32° Domingo del Tiempo Ordinario, 10 de Noviembre 2013, Ciclo C


San Lucas  20, 27 -38
    


“ La Eternidad está en Juego”

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  1. La Vida: Dios es amigo de la vida. Por eso se compadece de todos los que no saben o no pueden vivir de manera digna. Llega incluso a «cerrar los ojos» a los pecados de los hombres para que descubran de nuevo el camino de la vida
  2. La Resurrección:  La fe en la resurrección es el centro de la experiencia cristiana. La respuesta de Jesús afirma que la resurrección no es una simple continuación de la vida, sino una vida nueva y distinta, una vida de plenitud que difícilmente podemos comprender desde nuestras realidades cotidianas. El poder de Dios, que llama a los hombres de la muerte a la vida, transforma y asume la totalidad del ser humano. Dios nos asegura que la continuidad entre nuestra vida terrena y la futura dependerá de nuestra unión a Él.
  3. La Eucaristía: es un banquete que supera a la muerte y anuncia el reino de la esperanza, aún en medio de tanta desesperanza. En la eucaristía somos invitados a formar parte de un banquete de amor. El banquete eucarístico es el símbolo más contundente que celebra al Dios de la vida, superando a la muerte tanto física como espiritual. El sacramento del amor y de la fiesta de la vida eterna.   
REFLEXIÓN 
   En este domingo la palabra de Dios, nos habla de la resurrección de todos los hijos de Dios. Cada uno de nosotros, estamos llamados a vivir para siempre. Los cristianos creemos en la resurrección de los muertos. Jesús ya abrió el camino y dio testimonio de esa resurrección. 
   El Reino de Dios es el reino de la vida donde la persona perdura, en la gloria, para siempre. Esa es nuestra fe y por eso vivimos de manera que la esperanza en la eternidad empapa cada minuto de nuestra existencia. Nuestra alma tiene sed infinita de Dios. No cabe duda que la resurrección de los muertos es un mensaje de esperanza. 
   Para el creyente, el tesoro más precioso no es la vida que se tiene, sino la que se espera. Con todo, la vida actual es preciosísima. ¿Cómo no va a serlo, si en ella el hombre se juega toda la eternidad? Confiar en este Dios quiere decir darnos cuenta de que estamos hechos para la vida. Y la vida consiste en estar con Él de manera ininterrumpida, para siempre. Además, «para Él todos viven» Dios es la fuente de la vida.
PARA LA VIDA
  Una vez un  joven monje se acercó a su sabio maestro y le preguntó: ¿las almas de los justos viven después de la muerte? El sabio no le contestó. El monje siguió insistiendo día tras día y el sabio callaba. El monje amenazó con dejar el monasterio, pues de qué servía sacrificarlo todo si las almas morían igual que los cuerpos. 
   Entonces el sabio sintió compasión y habló. Eres como un hombre que está muriendo de una flecha envenenada. Su familia lo llevó al hospital pero el moribundo se negó a que le sacaran la flecha si no le contestaban antes a tres preguntas: El hombre que le disparó, ¿era blanco o negro?, ¿era alto o bajo?, ¿era de noble casta, o era de clase baja? 
   Muchos somos como ese monje; hacemos preguntas imposibles. Y muchos dejan la iglesia y la fe e incluso reniegan de Dios porque no reciben respuesta o no reciben la respuesta que esperaban.

31° Domingo del Tiempo Ordinario, 3 de Noviembre 2013, Ciclo C


San Lucas  19, 1 - 10
     

“ Quiero hospedarme en tu casa...”
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  1. La Pequeñez: la actitud de Zaqueo es un ejemplo para nosotros que por encima de todo queremos ver a Jesús y seguirlo. Hay que sentirse pequeño de estatura para descubrir a Jesús, para conseguir que se descubra a nosotros. Pero debemos examinar la intensidad de nuestro deseo de ver al Señor. Como Zaqueo, ¿quiero yo ver a Jesús? ¿Hago todo lo posible para poder verlo? ¿Quiero descender de mi pecado, de mi mal, alojarlo en mi corazón y alojarme en el suyo?
  2. La Acogida:  significa, para nosotros, anular las distancias que nos separan de Jesús. Es demasiado fácil ser espectadores, sentados y sin ser molestados, ante el paso de Jesús. Es mejor bajar y permitir que Jesús nos conozca mejor, entre las paredes de nuestra casa, en las estancias del corazón. Es allí donde nace una relación de amistad y de amor con él, es allí donde nos encontraremos en condiciones de hablarle de nuestra vida. El encuentro con Jesús lo cambia todo.
  3. La Conversión: Zaqueo, da un salto a un árbol y luego, da un salto a la conversión, es decir, al corazón de Jesús. Jesús lo espera y lo atrae con su mirada de amor. Dice S. Ambrosio que mirando hacia lo alto, el Señor vio a Zaqueo en la rama; como el fruto entre las hojas, Zaqueo ya era fruto maduro para la conversión. “Zaqueo en el sicómoro es esa figura del fruto nuevo, del nuevo tiempo, del corazón nuevo”.    
REFLEXIÓN 
   Lo que primero se destaca en este relato del evangelio es la misericordia del Señor, el Buen Pastor, como Él mismo quiso llamarse, venido en pos de la oveja perdida. Rodeado por la multitud que se amontonaba a su paso, su Corazón sabía descubrir al necesitado. 
   Así como al entrar en la ciudad de Jericó había devuelto la vista a un pobre ciego, va ahora a otorgar la salud del alma a un rico publicano. Y es precisamente en el perdón de los pecados donde mejor se manifiesta la omnipotencia de Dios, como lo dice la primera lectura, del libro de la Sabiduría: “Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan”. 
   La presencia de Jesús impacta tan fuerte en la vida de Zaqueo que la “conversión” es inminente y desbordante. La respuesta final de Jesús no se hace esperar: su misión es venir para buscar y salvar a aquellos que están alejados de Dios.
PARA LA VIDA
   Cuentan que un rey mandó colocar una gran piedra en medio de un camino, por el que transitaba bastante gente, para ver quién la quitaba. El rey observaba a sus súbditos. Pero todos, ricos, cortesanos y pobres, al verla, daban un gran rodeo y seguían su camino. 
   Un día un campesino llegó con su carga al hombro, vio la piedra que estorbaba a todos, dejó su carga en el suelo y, después de muchos intentos, logró echar la piedra fuera del camino. Cuando volvió a coger su carga, vio una bolsa donde había estado la piedra. 
   La bolsa contenía muchas monedas de oro, y una carta del rey que decía que las monedas de oro eran para el que quitara la gran piedra. Y aprendió aquel día que cada obstáculo en el camino de la vida es una oportunidad para mejorar nuestra situación.

30° Domingo del Tiempo Ordinario, 27 de Octubre 2013, Ciclo C


San Lucas  18, 9 - 14
      


“¡Oh Dios! Ten compasión de este pecador”

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  1. La Oración, Sana: uno sólo puede curarse si se reconoce enfermo, necesitado de salvación. Dios espera este momento, incluso hasta lo provoca sabiamente con su pedagogía inconfundible. Todos somos siempre un poco “fariseos”, pero a todos Dios nos permite hacer la experiencia del publicano de la parábola, lograr una auténtica humildad, la que reconoce que Dios es mayor que nuestro corazón y que siempre perdona. Sólo una oración humilde, sana los corazones necesitados.-
  2. La Humildad:  la palabra “humildad” viene del latín “humus”, que significa tierra, suelo, y tiene su origen en la idea de abajarse o rebajarse. En sentido cristiano, podríamos decir que humillarse es volver a tomar conciencia de cuál es nuestro origen: el barro, y de cuál debería de ser nuestra natural condición: criaturas por debajo de aquel que las ha creado: Dios. Es la actitud del publicano: de humilde a salvado…
  3. La Arrogancia: el inicio del orgullo del hombre es apartarse de Dios su hacedor. Aquél que mira a su hermano por encima del hombro, incluso a los más pecadores, y juzga al prójimo está jugando a ser Dios, se está poniendo a sí mismo como referencia sin darse cuenta de dos cosas: que nadie conoce lo que hay en el corazón de ningún hombre (salvo Dios) y que Dios es el único con potestad para juzgar, nunca nosotros.    
REFLEXIÓN 
   En el fondo, la clave de la oración se reduce a SABER MIRAR. El Fariseo mira desde arriba, erguido, orgulloso, y todas su oración se desenvuelve alrededor de la palabra "YO". Palabra o pronombre que repite una y otra vez. Toda su oración es en torno a ese YO: Yo hago, yo no soy como otros, pago los diezmos, yo no soy adúltero..... Siempre el YO por delante. Ahí está el problema: No ver más allá del yo personal, contemplarse en sí mismo y lejos del publicano pecador. No le mira. Solo dice " yo no soy como ese publicano pecador”.
   ¿Hacia dónde MIRA el publicano? En postura de humildad no se atreve ni a levantar los ojos, indigno de mirar a un Dios, a quien pide perdón por sus pecados y faltas. En su pobreza y estado de pecado el publicano ha sabido descubrir la riqueza de la misericordia de Dios. Ha comprendido que la oración es sentirse necesitado de Dios y abrir su corazón al Padre. Y esta mirada hacia abajo en arrepentimiento y en expresión de perdón, encuentra a su vez otra MIRADA. Es la mirada del Padre compasivo que devuelve la dignidad al pecador, hecho de nuevo hijo/a de Dios. 
En medio de las oscuridades de nuestra vida o del mundo que nos rodea, su luz nos guía, su mirada divina nos sigue y su brazo nos levanta.

PARA LA VIDA
   Aquel día Luisito, jugando, rompió un jarrón en su casa. Su mamá le amenazó: "Ya verás cuando venga tu papá, cómo se va a poner". Al llegar su padre, fue a esconderse rápidamente debajo de la cama de sus padres. Su mamá lo había visto, y, cuando entró el papá en casa, lo llevó a su cuarto, y le dijo al niño: "Luisito, sal de debajo de la cama, que ya llegó tu papá y vio el jarro roto". 
  Este respondió: - "Papá, ¿me va a regañar?" Este respondió: "No, te voy a dar un besito". Entonces el niño salió de prisa de debajo de la cama, y corrió a los brazos de su papá. Se había sentido perdonado, salvado y querido. El hijo pródigo también se sintió salvado, y hoy lo mismo el publicano.

29° Domingo del Tiempo Ordinario, 20 de Octubre 2013, Ciclo C

San Lucas  18
 , 1 - 8 
      
“Hazme Justicia”

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  1. La Oración: para el cristiano debería ser tan natural como lo es hablar para el hombre; porque debería ser natural la necesidad de ponerse en contacto con Dios para decirle que le amamos y que le necesitamos. Orar no una vez, ni dos, ni tres sino siempre,  continuamente. Con tiempos fuertes de exclusiva oración, pero también con un estilo de hablar, de actuar y de luchar, propio de quien lo hace con temor y temblor por la propia debilidad, y al mismo tiempo con seguridad y alegría de la fe en que el Señor lleva las riendas.
  2. La Fe:  quiere decir esencialmente entregarnos a Dios, fiándonos de Él por completo, no de nosotros mismos, no de nuestras habilidades y posesiones, no de nuestra supuesta justicia, pues, solo Él justifica. Es escoger lo mejor: es refugiarse en el Señor más que en los hombres. Es la respuesta agradecida del ser humano ante las maravillas que Dios hace. La fe genera acción de gracias.
  3. La Justicia: son muchos los que se sienten marginados o tratados injustamente en la sociedad y hasta en los estrechos límites de la familia o del puesto de trabajo. Lejos de ser alienante, la oración puede ayudarles a adquirir conciencia de la propia dignidad y de los propios derechos. También la Iglesia, como comunidad tantas veces humillada, puede y debe dirigirse a Dios implorando su misericordia y su justicia, cuando muchos de sus hijos son perseguidos hasta la muerte.     
REFLEXIÓN 
   Las lecturas de la misa de hoy están referidas a la necesidad que tenemos de ser perseverantes en la oración. En el Evangelio, el Señor pone como ejemplo una situación humana y hace la comparación: si una persona es capaz de ceder ante la insistencia de quien pide algo, aunque sea por una cuestión de saturación y de cansancio, que no hará Dios que además es bueno y nos ama. 
   Sin embargo, vamos a detener nuestra reflexión en una expresión que Jesús dice al final de su enseñanza: "les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos se hará justicia”. Es decir que, ante la insistencia del hombre, Dios va a responder con justicia. Algunas veces nos pasa que nos desilusionamos porque decimos que Dios desoye nuestra oración. Y esto no es así. En numerosas oportunidades pedimos cosas que no nos convienen, o manifestamos deseos que son contrarios al amor. Y Dios siempre actúa con justicia y de acuerdo con su voluntad.
PARA LA VIDA
   Dos ranas cayeron en un cubo lleno de crema. Una se puso pesimista y le dio un triste 'Adiós' a su amiga, y se quedó quieta esperando la muerte. Pero su amiga se dijo: "Yo voy a luchar hasta el final. Nadaré alrededor hasta que no pueda más; y entonces moriré contenta". Pero, al nadar, sus patas batían la crema, que poco a poco se iba convirtiendo en mantequilla sólida. Y de pronto rápidamente ella pudo saltar fuera del cubo. Estaba salvada. Había triunfado el optimismo y la constancia. 
   Una joven de 28 años fue a la Iglesia un Domingo y al terminar la celebración le dijo al párroco: "Esta es la primera vez que vengo a la iglesia". -¿Y qué te ha parecido? -Me ha dado un poco de miedo. -¿Por qué? –“Me parece algo tan sublime y no lo había comprendido. De ahora en adelante vendré todos los Domingos a pedirle a Dios”-

28° Domingo del Tiempo Ordinario, 13 de Octubre 2013, Ciclo C

San Lucas  1
 , 46 - 47 
      
“Se Postró y Agradeció al Señor”

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  1. La Fe: la fe sana especialmente a los que reconocen la presencia de Dios entre nosotros mirándonos a todos con amor nos abre y amplía la mirada. La fe es una experiencia y una perspectiva, es un aprendizaje/ejercicio constate de mirarnos los unos a los otros como Dios nos mira. Al vivir concretamente esta mirada de amor radical habremos de experimentar una verdadera y plena sanación.
  2. La Curación:  Dios nos puede curar de miedos, vacíos y heridas que nos hacen daño. Nos puede sanar integralmente. El Señor sana y sigue sanando. Sana cuerpos y sana almas. El que más reconoce su necesidad y el que menos cree merecer el remedio es quien mejor y más pronto ve la mano de Dios y la agradece. Y lo opuesto también es verdad: quien se considera muy fuerte o quien tiene asumido que se lo merece todo no encuentra apenas de qué dar gracias.
  3. La Acción de Gracias: no olvidemos que Eucaristía significa "acción de gracias". Por eso nos reunimos todos los domingos, para agradecer a Dios el don de nuestra fe. A Él le debemos, como dice San Agustín "la existencia, la vida y la inteligencia; a él le debemos el ser hombres, el haber vivido bien y el haber entendido con gratitud. Nuestro no es nada, a no ser el pecado que poseemos. Nada nos mueve tanto a agradecer como recibir un regalo, una gracia, un bien que necesitábamos o deseábamos pero que por alguna razón estaba más allá de nuestras previsiones, recursos o fuerzas.     
REFLEXIÓN 
   Hoy podemos comprobar, ¡una vez más!, cómo nuestra actitud de fe puede remover el corazón de Jesucristo. El hecho es que unos leprosos, venciendo la reprobación social que sufrían los que tenían la lepra y con una buena dosis de audacia, se acercan a Jesús y —podríamos decir— le obligan con su confiada petición: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». 
   La respuesta es inmediata y efectiva: «Id y presentaos a los sacerdotes». Él, que es el Señor, muestra su poder, ya que «mientras iban, quedaron limpios». Esto nos muestra que la medida de los milagros de Cristo es, justamente, la medida de nuestra fe y confianza en Dios. ¿Qué hemos de hacer nosotros —pobres criaturas— ante Dios, sino confiar en Él? 
   Pero con una fe operativa, que nos mueve a obedecer las indicaciones de Dios. Basta un mínimo de sentido común para entender que «nada es demasiado difícil de creer tocando a Aquel para quien nada es demasiado difícil de hacer»…”Vete, tu fe te ha salvado…”
PARA LA VIDA
   Érase una vez un niño que jugando en el muelle del puerto se cayó a las aguas profundas del océano. Un viejo marinero, sin pensar en el peligro, se lanzó al agua, buceó para encontrar al niño y finalmente, agotado, lo sacó del agua. Dos días más tarde la madre vino con el niño al muelle para encontrarse con el marinero. 
   Cuando lo encontró le preguntó: "¿Es usted el que se lanzó al agua para rescatar a mi hijo? -"Sí, yo soy", respondió. -La madre le dijo: "¿Y dónde está el gorro de mi hijo? El evangelio de hoy nos recuerda una dimensión profunda de toda vida cristiana: la gratitud, la acción de gracias. Creer, tener fe, es ser agradecidos a Dios que actúa en las cosas normales de cada día.
 

27° Domingo del Tiempo Ordinario, 6 de Octubre 2013, Ciclo C

San Lucas  1, 46 - 47
 
      
“Auméntanos la Fe”

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  1. La Fe: la fe brota del corazón sincero del hombre que se detiene a escuchar a Dios. La fe no está en nuestras afirmaciones o en nuestras dudas. Está más allá: en el corazón... que nadie, excepto Dios, conoce. Es la respuesta íntima del ser humano a la acción de Dios.
  2. La Humildad:  pone de manifiesto que esa eficacia proviene de la convicción creyente de la propia pequeñez: "No somos más que unos pobres siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer". ¿Qué es lo que tenemos que hacer? Servir a Dios y hacer su voluntad.
  3. La Esperanza: las tribulaciones, los sufrimientos, las desgracias no podrán disminuir en lo más mínimo nuestra esperanza en la intervención de Dios. No hay que dudar, porque la acción de Dios llegará. ¿Cuándo? ¿Cómo? Hemos de dejar que Dios responda con plena libertad, con la seguridad de que todo lo hace con justicia y para bien de los que ama. 
  4. El Testimonio: la fe es un don que Dios nos da, y es una tarea que Dios nos encomienda. Como tarea la hemos de realizar día tras día, en las circunstancias concretas, que a veces pueden ser arduas y difíciles.     
REFLEXIÓN 
   En el Evangelio, seguimos reflexionando sobre la fe e incluso haremos nuestra la petición de los discípulos: Auméntanos la fe. La imagen del árbol arrancado de raíz nos habla que la fuerza de la fe está en la confianza que se pone en Dios y no en su tamaño. La parábola lo dice claramente. Vive desde la fe y es justo quien se siente a gusto con ser un obrero del Reino y, al final de la jornada, no espera mejor recompensa que poder seguir sirviendo a su Señor, pues sabe que la fuerza y el fruto de lo que haga le viene de Él.                
¿Qué es tener Fe?
   Tener fe es creer que Dios nos ama por encima de todo, sin ninguna condición, y por eso nos fiamos absolutamente de Él; lo amamos y lo servimos por completo sin poner nosotros tampoco ninguna condición. Tener fe en Dios significa que, me conceda o no lo que le pido, seguiré amándolo y fiándome de Él por completo, como criatura que soy.
PARA LA VIDA
Alejandro Solzhenitsyn, enviado a un campo de concentración, fue obligado a trabajar hasta el agotamiento. Sin descanso y mal alimentado, siempre vigilado e incomunicado creyó que todos le habían olvidado, incluso Dios. Pensó en suicidarse, pero recordaba las enseñanzas de la Biblia y no se atrevía. 
   Decidió escaparse y así serían otros los que lo matarían. El día de la fuga cuando echó a correr un prisionero que nunca había visto antes se plantó delante de él. Le miró a los ojos y vio más amor en esos ojos del que jamás había visto, que en los ojos de otro ser humano. 
   El extraño prisionero se agachó y con una ramita trazó la señal de la cruz en el suelo de la Rusia comunista. Cuando vio la cruz supo que Dios no le había olvidado. Supo que Dios estaba con él en el pozo de la desesperación. Pocos días después Solzhenitsyn estaba en Suiza. 
   Era un hombre libre. Vio la cruz dibujada en la tierra y supo que Dios no le había olvidado. Vio la cruz y ésta encendió la fe en su corazón. Vio la cruz y recordó la fidelidad de Dios, que su Amor es eterno.

26° Domingo del Tiempo Ordinario, 29 de Septiembre 2013, Ciclo C

San Lucas  16, 19 - 31
 
      
“El rico y el pobre Lázaro”

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  1. El Hombre Rico: al rico, le podemos poner nuestro nombre, porque de algún modo nos representa a cada uno de nosotros. No importa que “seamos” o no “ricos” en dinero, sino en nuestra actitud ante los otros. Nosotros somos el ¨rico¨, cuando no ponemos lo que Dios coloca en nuestras manos, al servicio de los demás. Cuando no nos conmueve el sufrimiento de los otros. Las riquezas materiales las vemos como nuestro cielo terrenal y nos despreocuparnos de lo que les pasa a los demás.
  2. La Pobreza:  la pobreza debe expresar al mismo tiempo una consagración en favor del prójimo. La pobreza conduce a la solidaridad con los pobres, a una mayor solidaridad en el amor. Sólo quien es pobre puede ser de verdad amigo de los pobres, de los pequeños, de los marginados.
  3. La Hospitalidad: gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles» (13,2). Es más, Jesús afirmaba que se acogería a él mismo, porque «os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis». Esto no lo hizo el rico con el pobre Lázaro.        
REFLEXIÓN 
   El problema que nos presenta el evangelio es, precisamente, el de comprender que la conversión requiere la escucha de la Palabra de Dios. Para convertirnos es absolutamente necesario que escuchemos con atención la Palabra de Dios. Es preciso que permitamos a la Palabra bajar a nuestro corazón. Ahora bien, para que podamos recibirla de manera fructuosa, es necesario abrirle nuestro corazón, a fin de permitirle penetrar hasta el fondo. 
   La conversión es siempre un problema de corazón, o sea, un problema de interioridad, de abandono fundamental de todo, con la intención de dejar que Dios disponga de toda nuestra vida. Podemos decir también que la conversión significa aflojar los dedos, aferrados a algo de una manera espasmódica, para caer por completo en las manos de Dios (Mt 6,25ss), o sea, para depender únicamente de él. 
   El verdadero pobre, cuando es tal, está totalmente suspendido del amor de Dios. Se muestra en todo libre y disponible a su amor. El rico, en cambio, se endurece cada vez más en este mundo. Justamente por eso no le resulta fácil comprender a los pobres, porque no capta el valor de la vida humana y, por consiguiente, tampoco el de la conversión.                
PARA LA VIDA
   Un hombre tenía una casa con grandes ventanas a través de cuyos cristales transparentes veía a los niños jugar en el jardín, al anciano sentado en un banco tomando el sol, a la joven madre empujando el cochecito de su hijo, a la pareja de novios tomados de la mano. 
   A través de los cristales transparentes participaba en la vida de los demás, se conmovía su corazón, se comunicaba con los hombres, y al fin llegaba a Dios. Pero un día comenzó a cambiar los cristales transparentes por espejos y al poco se vio aislado de todos y de todo. 
   Dejó de ver a los hombres y dejó de ver a Dios. Y ya no se vio más que a sí mismo reflejado en cientos de espejos. Siempre veía su rostro, cada vez más sombrío, más aislado, más triste. Encerrado en vida en una tumba de espejos. Separado por todos por un gran abismo que nadie puede pasar.