33° Domingo del Tiempo Ordinario, 13 de Noviembre 2016, Ciclo C


San Lucas  21, 5 - 19

“  El que Persevere Hasta el Final, se Salvará..."   


  1. El Llamado: en ningún momento augura Jesús a sus discípulos un camino fácil de éxito y gloria. Al contrario, les da a entender que su larga historia estará llena de dificultades y luchas. Este camino que a nosotros nos parece extrañamente duro es el más acorde: Como por la cruz, se llega a la Gloria. 
  2. La Ingenuidad: en momentos de crisis, desconcierto y confusión no es extraño que se escuchen mensajes y revelaciones proponiendo caminos nuevos de salvación. Estas son las consignas de Jesús. En primer lugar, «que nadie os engañe»: no caer en la ingenuidad de dar crédito a mensajes ajenos al evangelio, ni fuera ni dentro de la Iglesia. Por tanto, «no vayáis tras ellos»: No seguir a quienes nos separan de Jesucristo, único fundamento y origen de nuestra fe. 
  3. Lo Esencial: cada generación, en la historia, tiene sus propios problemas, dificultades y búsquedas. No hemos de perder la calma, sino asumir nuestra propia responsabilidad. No se nos pide nada que esté por encima de nuestras fuerzas. Contamos con la ayuda del mismo Jesús: «Yo os daré palabras y sabiduría»… Incluso en un ambiente hostil de rechazo o desafecto, podemos practicar el evangelio y vivir con sensatez cristiana. Las dificultades prueban la calidad de la fe. 
  4. El Testimonio: los tiempos difíciles no han de ser tiempos para los lamentos, la nostalgia o el desaliento. No es la hora de la resignación, la pasividad o la dimisión. La idea de Jesús es otra: en tiempos difíciles «tendréis ocasión de dar testimonio». Es la hora del testimonio, precisamente cuando hemos de reavivar entre nosotros la llamada a ser testigos humildes pero convincentes de Jesús, de su mensaje y de su proyecto. 
  5. La Paciencia:  esta es la exhortación de Jesús para momentos duros: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». El término original puede ser traducido indistintamente como «paciencia» o «perseverancia». Entre los cristianos hablamos poco de la paciencia, pero la necesitamos más que nunca. Es el momento de cultivar un estilo de vida cristiana, paciente y tenaz, que nos ayude a responder a nuevas situaciones y retos sin perder la paz ni la lucidez.

REFLEXIÓN 

   El Evangelio de hoy nos muestra los elogios que las gentes de Jerusalén hacían del Templo, que estaba siendo restaurado y embellecido por entonces. Jesús anuncia que un día no quedará piedra sobre piedra de aquel monumento (Lc 21,5-19). La pregunta siguiente era de esperar: “Y, ¿cuándo va a ser eso?” 
   Sin embargo, para Jesús no es importante saber el tiempo. Por eso lleva la atención a dos cuestiones fundamentales, como ha subrayado el papa Francisco: “Primero: no dejarse engañar por los falsos mesías y no dejarse paralizar por el miedo. Segundo: vivir el tiempo de la espera como tiempo del testimonio y de la perseverancia”.  

   No hay por qué asustarse. Este es un tiempo de conversión, de modo que, sea pronto o tarde, todos tendremos que presentarnos ante el Señor a la hora de nuestra muerte. Este será el fin para cada uno de nosotros. Y esa será la hora de la verdad. Allí no habrá más tiempo para arrepentirse, pues se nos ha dado toda esta vida para que mantengamos el buen rumbo. Lo cierto es que el Señor nos está dando siempre la oportunidad de arrepentirnos y cambiar. Y hasta el más grande pecador que pueda haber existido, tiene la posibilidad de salvación con tal de que se arrepienta. Mientras tengamos vida en la tierra estamos a tiempo. Después Dios dará a cada uno lo que le corresponda. 

   Jesús nos trae esperanza y edifica nuestros corazones para seguir luchando, para no desfallecer aun cuando parezca que nada cambia, para solidarizarnos con los más vulnerables, y aun cuando tengamos que enfrentar la propia muerte. Muchos profetas no colectaron en sus vidas los frutos de sus cosechas, pero los frutos de sus palabras y testimonio profético son verdaderamente inmensurables. Estamos seguros que cada uno de nosotros somos fruto de esos esfuerzos, de esos extraordinarios ejemplos de perseverancia y fortaleza. 

PARA LA VIDA 
   Una hermosa niña de quince años se enfermó repentinamente, quedando casi ciega y paralizada. Un día escuchó al médico de cabecera, mientras le decía a sus padres: - Pobre niña; por cierto que ha vivido ya sus mejores días. - No, doctor - exclamó la enferma-, mis mejores días están todavía en el futuro. Son aquellos en los cuales he de contemplar al Rey en su hermosura. 
   Esa es nuestra esperanza. No seremos aniquilados. Cristo resucitó de entre los muertos como garantía de que nosotros también resucitaremos. La resurrección es el gran antídoto contra el temor de la muerte. Nada puede reemplazarla. Las riquezas, el genio, los placeres mundanales, no nos pueden traer consuelo en la hora de nuestra muerte. El Cardenal Borgia exclamó al morir: - ¡En mi vida he preparado para todo menos para la muerte y ahora, ¡Ay de mí!, no me encuentro listo!


32° Domingo del Tiempo Ordinario, 6 de Noviembre 2016, Ciclo C


San Lucas  20, 27 - 38

“  En Él Vivimos, Nos Movemos y Existimos "   

  1. La Vida: es en medio de la vida donde los creyentes debemos descubrir a nuestro Dios como Alguien que la sostiene, la impulsa, y nos llama a vivir y a hacer vivir. Esta vida pequeña de cada uno de nosotros, llena de trabajos, sufrimientos, lágrimas y algunas pequeñas alegrías, se convertirá por fin en Vida, Amor, Felicidad. «Desde entonces, la actitud fundamental del cristianismo, por encima de todas las cosas, es la alegría, como orientación de todo su ser. Con esta actitud deberían recibirse todas las experiencias de la vida, incluso las del sufrimiento y la muerte». 
  2. La Muerte: los hombres nos matamos unos a otros en las guerras, por el odio y en la lucha por nuestros propios intereses. Nos estamos acostumbrando a buscar una solución eficaz a nuestros problemas acudiendo rápidamente a la supresión del adversario. El creyente siente que, ya desde ahora y aquí mismo, se nos llama a la resurrección y la vida. Por eso, toma partido por la vida allí donde la vida es lesionada, ultrajada y destruida. El que cree en la resurrección ama la vida, la defiende, la hace crecer, lucha siempre para que sea más humana, hermosa, sana y feliz. «La resurrección se hace presente y se manifiesta allí donde se lucha y hasta se muere por evitar la muerte que está a nuestro alcance». 
  3. La Resurrección: "Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos causas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección". "Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos". La certeza de nuestra resurrección radica en que Cristo ha resucitado. Si él murió para hacernos hijos de Dios y darnos vida nueva por su Espíritu, esta vida no puede ser perecedera, sino definitiva y eterna. Como creyentes debemos ser personas optimistas y plenas de alegre esperanza, amantes de la vida divina que, que palpita en los hermanos. 
REFLEXIÓN 

   En este Domingo, la palabra de Dios, nos habla de la resurrección de todos los hijos de Dios. Cada uno de nosotros, estamos llamados a vivir para siempre. Los cristianos creemos en la resurrección de los muertos. Jesús ya abrió el camino y dio testimonio de esa resurrección. El Reino de Dios es el reino de la vida donde la persona perdura, en la gloria, para siempre. Esa es nuestra fe y por eso vivimos de manera que la esperanza en la eternidad empapa cada minuto de nuestra existencia.
   No se habla hoy de eternidad. Todo es contingente, limitado, de “usar y desechar”. Vivimos un mundo de estímulos y respuestas inmediatas, donde todo se convierte en frágil y las palabras pierden su sentido más eterno. Hablar de algo “para siempre” es casi impensable. Lo eterno aburre, cansa y nos da pereza. Y sin embargo, será lo que nunca se acaba, lo que queda para siempre.
   El problema que el ser humano tiene quizás no sea su muerte, sino su vida, el modo de afrontarla. La propia y la ajena. El reto está en vivir, en hacerlo cada día con esperanza e ilusión, desde la entrega y el amor, gozando de este regalo único que se nos ha dado. Compartiéndola con otros, cuidando vidas que también nos pertenecen, haciéndonos responsables, maduros, solidarios. En Jesús de Nazaret tenemos no sólo el modelo del hombre que experimentó la resurrección final, sino de aquel que hizo de su existencia una vida con seno y plenitud.
   No seremos, de verdad, lo que debemos de ser hasta que no sepamos pasar por la muerte como el verdadero nacimiento. Si negamos la resurrección, negamos a nuestro Dios, al Dios de Jesús que es un Dios de vivos y que da la vida verdadera en la verdadera muerte. Somos su cuerpo sobre el mundo y tenemos que participar de su misma suerte. Afirma San Pablo: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe y nuestra esperanza” 

PARA LA VIDA

   Érase una vez un monje que se acercó a Buda y le preguntó: ¿las almas de los justos viven después de la muerte? Buda no le contestó. El monje siguió insistiendo día tras día y Buda callaba. El monje amenazó con dejar el monasterio, pues de que servía sacrificarlo todo si las almas morían igual que los cuerpos. Entonces Buda sintió compasión y habló. 

   Eres como un hombre que está muriendo de una flecha envenenada. Su familia lo llevó al hospital pero el moribundo se negó a que le sacaran la flecha si no le contestaban antes a tres preguntas. El hombre que le disparó ¿era blanco o negro?, ¿era alto o bajo?, ¿era de una casta alta o era de una clase social baja? Muchos somos como ese monje. 

   Hacemos preguntas imposibles. Y muchos dejan la iglesia y la fe e incluso reniegan de Dios porque no reciben respuesta o no reciben la respuesta que esperaban. Los hombres de todos los tiempos, ante el silencio y el muro de la muerte, se han preguntado y seguimos preguntando: ¿hay algo después?

31° Domingo del Tiempo Ordinario, 30 de Octubre 2016, Ciclo C


San Lucas  19, 1 - 10

“  Hoy ha Llegado la Salvación a esta Casa "   


  1. La Riqueza: vivimos en una sociedad del placer sin frenos, de los derechos sin obligaciones, del dinero sin trabajar, del divorcio sin firmas, del amor sin rostro…una sociedad alejada cada día más de Dios. Y en medio de ella tenemos que vivir como cristianos creyentes. E ahí están los obstáculos que tenemos que superar, y esto no es nada fácil. Como Zaqueo, habrá que buscar los medios de ir a Jesús. 
  2. El Llamado: Dios llama a los hombres a entrar en comunión con él. Ahora bien, se trata de hombres pecadores. La respuesta al llamamiento de Dios les exigirá por tanto en el punto de partida una conversión, y luego, a todo lo largo de la vida, una actitud penitente. El enfermo que recibe al médico es un enfermo con esperanza. 
  3. La Misericordia: así es Dios con nosotros, clemente, misericordioso, rico en piedad, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas (Salmo 144). Dios reprende con amor, poco a poco, dando a cada uno su tiempo para que se corrija y vuelva al buen camino. El Señor nunca quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, y así debe ser nuestra conducta hacia todas aquellas personas a las que consideramos más pecadoras que nosotros. 
  4. La Conversión: o el cambio de vida, es fruto de un encuentro real con Jesucristo: «la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los po­bres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro ve­ces más». Es la conversión que se expresa en la acción decidida por cambiar todo aquello que en nosotros se aparta de las enseñanzas del Señor, todo aquello que lleva a defraudar al prójimo y atenta contra la caridad. 
  5. La Acogidael Señor sale a nuestro encuentro cuando lo buscamos con sincero corazón, y nos pide llevarlo a nuestra casa, acogerlo en nuestro interior. ¡Así es el encuentro con el Señor cuando le abrimos de par en par las puertas, cuando lo dejamos entrar a lo más íntimo de nosotros mismos! ¡Qué diferencia con nuestra actitud muchas veces egoísta y desconfiada! ¡Cuántas veces tenemos miedo de abrirle al Señor la puerta de nuestro corazón y dejarlo entrar! ¡Cuántas veces, aunque nuestro corazón nos reclama un encuentro mayor, respondemos ante la invitación del Señor: “no Señor, de lejos nomás, porque dejarte entrar a mi casa ya es mucha intimidad y demasiado compromiso”!

REFLEXIÓN

   Acogida, esta podría ser la palabra clave de la Liturgia de este Domingo. Zaqueo es el protagonista. Acoger a Jesús significa para él recibir la salvación de Dios, su amistad y su perdón. Junto con Zaqueo también son artífices de la acogida los tesalonicenses, que han dejado espacio y tiempo al anuncio del Evangelio y que están llamados a preparar el momento de su encuentro con Jesús a través de la fidelidad y la disponibilidad a realizar lo que está bien a los ojos de Dios en un tiempo difícil, donde sería más conveniente no exponerse con el nombre de cristiano. 
   Acogida significa, buscar los caminos para abrirse al diálogo con hombres de diferente origen y cultura, que forman parte de la creación y se encuentran bajo la mirada compasiva de Dios. Su existencia bajo el mismo cielo, querida por el Creador del universo, cancela la distinción entre puro e impuro, entre seres de primera y de segunda categoría, y trae consigo el reconocimiento de una fraternidad universal. 
   Acogida significa, para nosotros, anular las distancias que nos separan todavía de Jesús. Es demasiado fácil ser espectadores, sentados y sin ser molestados, ante el paso de Jesús. Es mejor bajar y permitir que Jesús nos conozca mejor, entre las paredes de nuestra casa, en las estancias del corazón. Es allí donde nace una relación de amistad y de amor con él, es allí donde nos encontraremos en condiciones de hablarle de nuestra vida. La acogida no es un adorno ni una cuestión de formalidad: es esencial para que nazca una relación cualitativamente diferente con Jesús y con las personas que encontremos. La familiaridad con Jesús nos permite, además, desprendernos de la sed del beneficio, del deseo de riquezas y de las preocupaciones que éstas suscitan (cf. Lc 8,14; 10,38-42): «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» 

PARA LA VIDA 

   Érase una vez un rey que mandó colocar una gran piedra en medio del camino. El rey observaba a sus súbditos para ver si alguno la quitaba. Los ricos comerciantes y los cortesanos, al verla, simplemente daban un gran rodeo y seguían su camino. Algunos criticaban al rey por no tener limpios los caminos. Un día un campesino llegó con su carga al hombro, la dejó en el suelo y después de muchos intentos logró echar la piedra fuera del camino. 
   Cuando volvió a coger su carga vio una bolsa donde había estado la piedra. La bolsa contenía muchas monedas de oro y una carta del rey que decía que las monedas de oro eran para el que quitara la gran piedra. Y aprendió, aquel día, que cada obstáculo en el camino de la vida es una oportunidad para mejorar nuestra situación. La vida es una larga carrera de obstáculos. Hay personas que los evitan y hay otros que se enfrentan a ellos y encuentran su recompensa.
   Hay cristianos que piensan que es Dios quien tiene que quitar los obstáculos de su camino y hay otros cristianos que simplemente piden a Dios el valor y la fuerza para enfrentarse y vencer los obstáculos de la vida.


30° Domingo del Tiempo Ordinario, 23 de Octubre 2016, Ciclo C


San Lucas  18, 9 - 14
“  ¡Oh Dios, Ten Misericordia de Este Pecador "   


  1. La Humildad: “ten piedad de mí porque soy un pecador”. En el corazón del creyente no existen las cuentas pendientes ni los reproches. En el corazón humilde se aprende a buscar y a guardar la voz de un Dios que valora y potencia la humildad como una gran autopista para ir más deprisa a su encuentro. 
  2. La Caridad: estamos muy equivocados si pensamos que la caridad es sólo la asistencia material o la compasión por los demás. Caridad es querer a los demás, comprenderles, ponernos en su lugar, porque la caridad más que en dar está en comprender que todos somos necesitados de Dios. 
  3. El Orgullo: todos necesitamos de todos y vivimos de todos, aunque estemos inflados de orgullo y vanidad. Unas veces somos tan “fariseos” que nos cuesta muy poco, o casi nada, traspasar los límites y ajustar cuentas con el mismo Dios sin percatarnos que todo nos viene de Él.  
  4. La Oración: en la oración interviene todo el ser humano: su cuerpo y su espíritu, su inteligencia y su voluntad, sus gestos y posturas como sus actitudes profundas. La postura de su cuerpo ha de ser un reflejo de la postura con que está delante de Dios en la intimidad de su alma. Con el corazón no se señala la afectividad humana, sino todo el mundo interior, ese sagrario intocable en el que se encuentra uno consigo mismo, se expone a la verdad de Dios, y le declara con humildad su indigencia, su pecado, su arrepentimiento, su amor. 
  5. La Justicia: no se excluye que Dios, a la vez sea Padre, y también un Padre que hace justicia. Hace justicia a quien ora con la actitud adecuada, como el publicano, y lo justifica; y hace justicia a quien ora con actitud impropia, como el fariseo, que sale del templo sin el perdón de Dios. Lleno de él pero vacío de Dios. La Justicia debe estar puesta al servicio del Evangelio. 

REFLEXIÓN 

   El Señor nos enseña que la oración que a Dios maravilla no es un ramillete de rezos, sino ponerse de rodillas y mostrar lo que hay en el corazón. Nuestra cultura no suele ayudar a que valoremos la humildad y la sencillez. Al contrario, la sociedad actual aplaude al que alardea de sus virtudes y a los que se muestran superiores a los demás. Jesús nos pide humildad de corazón. No presumir de las propias virtudes, pero tampoco esconderlas. El humilde es el que reconoce lo que sabe hacer y es capaz de ponerlo al servicio de los demás.
   Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador. El fariseo y el publicano revelan dos dimensiones en cada uno de nosotros. Todos tenemos una buena cuota de soberbia, como el fariseo. Esa soberbia que nos lleva a tratar a Dios, casi, de igual a igual. Pero también a veces nos es dada la humildad del publicano, que nos hace mantenernos a distancia y no alzar los ojos al cielo.
   Este Domingo es una oportunidad para examinar nuestra actitud cuando oramos. Porque puede suceder que, sin saberlo y sin quererlo, estemos orando "al estilo del fariseo". Rezo porque me lleva a la Iglesia la esposa o la novia. Nuestra actitud ha de ser, saborear en el interior nuestras preocupaciones y proyectos delante de Dios. O hablo con Dios porque necesito abrir el corazón, desahogarme y dejar mi vida entre sus manos. 
   Muchas veces vamos a la Iglesia, más que para encontrarnos con Dios, a encontrarnos con las amistades; más que para alabar y dar gloria a Dios, para mantener nuestra reputación de buen católico, o presentarle una contabilidad a Dios de todo cuanto hemos hecho, o creemos ser o merecer, como pidiendo que Dios nos premie. Recordemos: orar es conectarnos con Dios. Y con Dios sólo se conecta, si se es humilde. Si en mi humildad bendigo a Dios, le agradezco su perdón y misericordia, le suplico por las necesidades espirituales y materiales propias y de los hombres, entonces Dios prestará oídos a mi oración. Nuestra oración será del agrado de Dios, si buscamos su Gloria y sólo su Gloria. "A Él el honor y la gloria por los siglos de los siglos". 

PARA LA VIDA 

   Federico, el Rey de Prusia, visitó en una ocasión una de las cárceles del país y habló con todos los encarcelados. Todos se declaraban inocentes y víctimas de las circunstancias y de los demás. Cuando saludó a unos de los últimos condenados le dijo: Supongo que usted es también inocente. El hombre le contestó: No, yo soy culpable y merezco el castigo. El rey dijo a los carceleros: Suelten a este bandido no sea que contagie a los otros reos. 

JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 

   “Todos estamos invitados a «salir», como discípulos misioneros, ofreciendo cada uno sus propios talentos, su creatividad, su sabiduría y experiencia en llevar el mensaje de la ternura y de la compasión de Dios a toda la familia humana. En virtud del mandato misionero, la Iglesia se interesa por los que no conocen el Evangelio, porque quiere que todos se salven y experimenten el amor del Señor”.
Las misiones evidencian el amor de Dios, nuestro Padre, que es misericordioso con todos y ama a todos los pueblos. Además nos recuerdan que Jesucristo revela el rostro del Padre rico en misericordia. Y el Espíritu Santo nos ayuda a ser misericordiosos como nuestro Padre celestial, para amar como él nos ama y hacer de nuestra vida un signo de su bondad.

29° Domingo del Tiempo Ordinario, 16 de Octubre 2016, Ciclo C


San Lucas  18, 1 - 8
“  Orar sin Desanimarse "   


  1. La Oración: es el alimento y el respiro del alma que la une íntimamente con el amado Dios. Es el primer deber, la primera necesidad del creyente. Orar es sencillamente hablar con el amado, con Dios Padre, conversar con el enamorado. Dios no es un juez malo. Dios es infinitamente bueno y hará justicia a sus elegidos si aclaman a él día y noche, si se enamoran más de él. La Oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría. En una palabra es algo grande, algo sobrenatural que dilata el alma, uniéndola más a Jesús.
  2. La Fe: si se apaga la fe, se apaga la oración, y nosotros caminamos en la oscuridad, nos extraviamos en el camino de la vida. La oración perseverante es más bien expresión de la fe en un Dios que nos llama a combatir con Él, cada día, en cada momento, para vencer el mal con el bien. De la fe fluye la oración; y la oración que fluye suplica constancia para la misma fe. Para que la fe no decayese en medio de las tentaciones, dijo el Señor: “Vigilad y orad para que no entréis en tentación”.
  3. La Justicia: son muchos los que se sienten marginados o tratados injustamente en la sociedad y hasta en los estrechos límites de la familia o del puesto de trabajo. Lejos de ser alienante, la oración puede ayudarles a adquirir conciencia de la propia dignidad y de los propios derechos. También la Iglesia, como comunidad tantas veces humillada, puede y debe dirigirse a Dios implorando su misericordia y su justicia, cuando muchos de sus hijos son perseguidos hasta la muerte. 
  4. La Perseverancia: consiste en persistir por conseguir un noble fin. Dios nos dará lo que le pedimos, si persistimos en su búsqueda. Dios escucha a sus hijos que laman a él, día y noche.
    REFLEXIÓN

       Las lecturas de la misa de hoy están referidas a la necesidad que tenemos de ser perseverantes en la oración. En el evangelio, el Señor pone como ejemplo una situación humana y hace la comparación: si una persona es capaz de ceder ante la insistencia de quien pide algo, aunque sea por una cuestión de saturación y de cansancio, qué no hará Dios que además es bueno y nos ama? Sin embargo, vamos a detener nuestra reflexión en una expresión que Jesús dice al final de su enseñanza: Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos se hará justicia”.
       Ante la insistencia del hombre, Dios va a responder con justicia. Algunas veces nos pasa que nos desilusionamos porque decimos que Dios desoye nuestra oración. Y esto no es así. En numerosas oportunidades pedimos cosas que no nos convienen, o manifestamos deseos que son contrarios al amor. Y Dios siempre actúa con justicia y de acuerdo con su voluntad. No debemos cansarnos de orar. Y si alguna vez comenzamos a sufrir el desaliento o el cansancio, tenemos que pedir a quienes nos rodean que nos ayuden, sabiendo que ya en ese momento el Señor nos está concediendo otras gracias, quizás más necesarias que lo que estamos pidiendo.
       Perseverar en la oración es el punto de partida para alcanzar la paz, la alegría y la serenidad. En la confianza de que nada puede contra una oración perseverante, le vamos a pedir hoy al Señor, que con la intercesión de María nos conceda la gracia de alcanzarla. Ya san Benito enseñaba a sus monjes: "Ora et labora". "Ni ores sin trabajar, ni trabajes sin orar". 
       Desde entonces está claro que no estamos hablando de dos caminos, sino de un único y solo camino en el que se entrecruzan la oración y la acción, la reflexión y la lucha diaria. En la iglesia se ora, pero activamente, metiendo en la oración los trabajos y las preocupaciones del día. En donde quiera que estemos, nuestro corazón necesita conectarse con el Amor supremo y fuente de todo. La oración no es otra cosa que sabernos creaturas, frente  nuestro creador. 


    PARA LA VIDA 

       La Madre Teresa de Calcuta, la servidora de los más pobres entre los pobres, visitó un día al famoso y poderoso abogado de Washington Edward Bennett Williams. Williams, abogado de Richard Nixon, Frank Sinatra y otros personajes importantes, presidía una pequeña fundación caritativa y Madre Teresa decidió visitarle en busca de ayuda para un hospital de enfermos del Sida que iba a construir. 
       Antes de la visita, Williams confió a su colaborador Paul Dietrich: “Pablo, sabes que el Sida no es mi enfermedad preferida y no quiero dar dinero para esa causa, pero tengo una santa católica que viene a verme y no sé qué hacer”. Decidieron recibirla con cortesía, escucharla y decirle que no. Madre Teresa entró en la oficina, les expuso su proyecto y les pidió la ayuda económica. Wlliams le dijo:”Nos conmueve su petición, pero no es posible”. Madre Teresa contestó: “Vamos a rezar”. Williams y Paul bajaron sus cabezas y terminada la oración Madre Teresa hizo la misma súplica. 
       De nuevo Williams le dijo que no era posible. Madre Teresa dijo una vez más: “Vamos a rezar”. Williams, exasperado, miró al techo y dijo: “Está bien, está bien. Paul tráeme la chequera”. Madre Teresa no se dejó intimidar por las negativas del abogado y salió de la importante oficina con un cheque. Madre Teresa, como la viuda del evangelio, persevera en la oración, llama a las puertas de los jueces y abogados de este mundo y alcanza la justicia que los más pobres del mundo son merecedores.

    28° Domingo del Tiempo Ordinario, 9 de Octubre 2016, Ciclo C


    San Lucas  17, 11 - 19

    “  La Fe que Sana y Salva "   


    1. La Lepra: más allá de entenderla como algo meramente físico, simboliza una situación psicológica y social. En fin, los leprosos de hoy son los más menospreciados de nuestros grupos sociales, los que son excluidos de los círculos de la comunidad. Y a otro nivel más personal, también podríamos encontrar nuestras propias lepras que no nos dejan sanar aquello que nos obstaculiza de vivir en plenitud y felicidad, aquello que nos desgasta y carcome el corazón y el alma: a veces son rencores, envidias, miedos y fobias, odios y prejuicios.
    2. La Compasión: Jesucristo se conmueve ante el sufrimiento humano; siente misericordia ante nuestros dolores y enfermedades, nunca pasa de largo, no se hace el sordo a nuestra llamada. Aunque nosotros seamos infieles, “Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo”. La misericordia de Dios se extiende también a nuestros pecados, a nuestras malas acciones. Su compasión nunca se acaba.
    3. La Gratitud: es la memoria del corazón. En ella experimentamos la salvación que Dios tiene para nosotros. Dios nos ha traído aquí para recordarnos que todo lo que nos rodea, todo lo que somos y tenemos es su don, su regalo. La gratitud tiene una fuerza transformadora que se extiende hacia los demás. Dar gloria a Dios consiste en encarnar la gratitud de un amor que sana con tal fuerza y poder que no puede quedarse para uno mismo: sale de si, se expresa y se comparte con los demás.
    4. La Fe: Jesús siempre repite: "Tu fe te ha curado, "Tu fe te ha salvado". Donde Jesús no encontraba fe, como sucedió en Nazaret, no podía hacer ningún milagro. Sus milagros estaban en relación con la salvación integral que trae al hombre la Buena Nueva de la salvación. Cada milagro del Señor nos dice que él es fuente de vida, esperanza y liberación para el hombre amado por Dios.
      REFLEXIÓN

         La primera  lectura del Libro de los Reyes nos presenta una narración del ciclo del profeta Eliseo -discípulo del gran profeta Elías-, en la que se nos muestra la acción beneficiosa para un leproso extranjero; nada menos que Naamán, el general de Siria, pueblo eterno enemigo de Israel. La segunda lectura es uno de los textos cristológicos más sublimes del Nuevo Testamento. Seguramente procede de una antigua fórmula de fe; un credo que confiesa no solamente la descendencia davídica de Jesús, sino principalmente su resurrección, a partir de la cual viene al mundo la salvación. 
         El relato de los leprosos curados por Jesús, tal como lo trasmite San Lucas, quiere enlazar de alguna manera con la primera lectura, aunque es este evangelio el que ha inducido, sin duda, la elección del texto de Eliseo. Y tenemos que poner de manifiesto, como uno de los elementos más estimados, la acción de gracias de alguien que es extranjero, como sucede con Naamán el sirio y con este samaritano que vuelve para dar gracias a Jesús. 
         El samaritano, extranjero, casi hereje, sabe que si ha sido curado ha sido por la acción de Dios. Pero además, el texto pone de manifiesto que no es la curación física lo importante sino que, profundizando en ella, se habla de salvación; y es este samaritano quien la ha encontrado de verdad viniendo a Jesús antes de ir a cumplir preceptos. Quien sabe dar gracias a Dios, pues, sabe encontrar la verdadera razón de su felicidad.
      Todos los domingos se celebra la Eucaristía. La palabra Eucaristía procede del griego y significa «acción de gracias». La Iglesia siempre ha sido consciente de la importancia de la acción de gracias; por eso llamó a su celebración «Eucaristía», porque Jesús empezó la Última Cena dando gracias a Dios: antes de partir el pan y de presentar el cáliz, dio gracias, bendijo a Dios por su bondad. Se abrió, en medio de la gratitud, al amor que viene de Dios y quiere transformar todo el mundo. Por eso nosotros nos reunimos en la iglesia para dar gracias. Tal vez no pensamos nunca bastante en el hecho de que la Eucaristía es, en primer lugar, un sacrificio de acción de gracias, que debe situarse, antes que nada, en esta actitud.


      PARA LA VIDA 

         En cierta ocasión murió un hombre profundamente creyente. Durante toda su existencia intentó llevar una vida sencilla y austera. Cerró los ojos al mundo con la misma serenidad con la que los mantuvo abiertos ante los muchos acontecimientos que se le presentaron en su caminar. Desde siempre le preocupó querer y disfrutar aquello que hacía. Y, por ello mismo, antes de presentarse ante Dios les dijo a los suyos: “temo que Dios pueda decirme que no estuve suficientemente pendiente de Él”. Cuando se presentó ante Dios, el hombre creyente, dijo: “perdóname, Señor, si mis fuerzas las dediqué más a lo material que hacia lo espiritual”. 
         Dios le contestó: “¿Cómo puedes decir eso amigo mío?”. “Cada mañana cuando despertabas me ofrecías tu trabajo. Después de realizarlo me dabas las gracias por la fuerza que yo te inspiraba. Cuando, a final de mes, te correspondían con el sueldo, supiste dejar una parte aunque fuera muy pequeña, para las necesidades de los otros. En varias ocasiones, y por tu posición en la empresa, tuviste oportunidad de haberte convertido en un pequeño ladronzuelo y, por si fuera poco, nunca pudo contigo el afán de poseer o de aparentar lo que no podías alcanzar. Entra, amigo y disfruta del paraíso”.

      27° Domingo del Tiempo Ordinario, 2 de Octubre 2016, Ciclo C


      San Lucas  17, 3b - 10

      “  El Justo, Vivirá por su Fe "   

      1. La Fe: la fe, a pesar de ser un don gratuito, es también una virtud que hemos de fomentar y de custodiar. En ese sentido debemos recordar que la fe es un don, el principal de los dones. Es gracia y viene de Dios. Al igual que los discípulos debemos pedirla; rogar siempre con insistencia para que el Señor nos aumente la fe, y poder vivir en armonía con Dios, enfrentando las crisis que se puedan presentar. Por eso, la fe se la compara aquí con un grano de mostaza, pequeño, muy pequeño, porque en esa pequeñez, muchas posibilidades pueden encerrarse, si uno se fía verdaderamente de Dios, el que todo lo puede, a partir de lo pequeño.
      2. El Servicio: es la actitud que caracteriza al creyente. Un servicio humilde, constante, sin desfallecer. Un servicio atento, minucioso. Y, una vez cumplido con esmero, la conciencia de haber hecho sólo aquello que era obligación, y sin esperar ni, mucho menos, exigir, recompensa. Porque no se ha hecho nada especial. Porque sólo se ha cumplido con el propio deber. Tanto en el servicio a Dios como en el servicio al hermano, en que aquél se manifiesta y culmina.
      3. El Esfuerzo: "¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!". Defender los valores éticos en nombre del Señor Jesús debe ser una tarea decisiva para quien es responsable de una comunidad cristiana. Cuando se da esa razón secreta para seguir a Jesús, no se vive pendiente de recompensas; se hace lo que se debe hacer y entonces se es feliz en ello, como servidores...
      4. La Confianza: es tener la certeza, aún en medio de las dificultades, que Dios quiere siempre lo mejor para sus hijos. Sus proyectos son mejores que los nuestros; lo que él quiere para cada uno de nosotros supera con creces lo que nosotros mismos estamos aspirando. En esa Realidad que llamamos «Dios» lo cambia todo. Hay muchas cosas que siguen sin entenderse, pero la persona «sabe» que la palabra «Dios» encierra un misterio en el que está lo que de verdad desea el corazón humano. Lo importante es, entonces, «dejarse amar».
        REFLEXIÓN  

           La fe nos lleva al compromiso de vida. Una fe que no es comprometida no es auténtica. Ya es de ser consecuentes con las exigencias de nuestra fe. Quizá las situaciones difíciles y duras que vivimos sean un llamado para despertar nuestra fe adormecida. Cuando todo va bien decae el compromiso y la autenticidad. No vale lamentarse, tampoco sirve emprender una cruzada para recristianizar nuestra sociedad. Lo que hay que hacer es ser coherentes con nuestra fe. Entonces seremos fermentos en medio de la masa. 
           Más claro no lo puede decir San Pablo a Timoteo: "no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor", "toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios", "vive con fe y amor en Cristo Jesús". "guarda este precioso depósito". Lo que nunca nos va a faltar es la ayuda del Espíritu Santo, "que habita en nosotros". Y todo ello realizado con humildad, pues podremos decir "que hemos hecho lo que teníamos que hacer". Es preciso que el discípulo que es pequeño, pobre y siempre insuficiente ante la gran tarea que Dios le confía.
           El Señor Jesús quiere que no nos creamos indispensables en el Reino. No cuentan las obras que nosotros podamos hacer, que acaban por volvernos, poco o mucho, orgullosos. No es ésta la lógica para la que el Señor nos quiere educar. Sólo él es quien obra todo, y nada le es imposible (Lc 1,37). Cuando hayamos hecho todo lo que estaba en nuestro poder, será una gracia que crezca en nosotros la conciencia de que“si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 126,1), y seremos bienaventurados porque confiaremos en el Señor. Después de afirmar esto debemos añadir algo muy importante. 
           Dios no está obligado a darnos ningún premio, ni tiene por qué agradecernos ningún servicio. Sin embargo, desde el momento en que es amigo nos suscita la confianza; sabemos que se preocupa de nosotros y podemos confiar en su presencia y en su ayuda. Una vez que hemos hecho lo nuestro y hemos dicho "somos unos pobres siervos", podemos añadir..., "y sin embargo, tenemos un amigo que nos quiere más que todo lo que nosotros podemos imaginar". Por eso estamos seguros en sus manos. 

        PARA LA VIDA 

           Alejandro Solzhenitsyn, enviado a un campo de concentración, fue obligado a trabajar hasta el agotamiento. Sin descanso y mal alimentado. Siempre vigilado e incomunicado creyó que todos le habían olvidado incluso Dios. Pensó en suicidarse, pero recordaba las enseñanzas de la Biblia y no se atrevía. Decidió escaparse y así serían otros los que lo matarían. 
           El día de la fuga cuando echó a correr un prisionero que nunca había visto antes se plantó delante de él. Le miró a los ojos y vio más amor en esos ojos del que jamás había visto en los ojos de otro ser humano. El extraño prisionero se agachó y con una ramita trazó la señal de la cruz en el suelo de la Rusia comunista. Cuando vio la cruz supo que Dios no le había olvidado. Supo que Dios estaba con él en el pozo de la desesperación. 
           Pocos días después Solzhenitsyn estaba en Suiza. Era un hombre libre. Vio la cruz dibujada en la tierra y supo que Dios no le había olvidado. Vio la cruz y ésta encendió la fe en su corazón. Vio la cruz y recordó la fidelidad de Dios y que su amor es eterno.