27° Domingo del Tiempo Ordinario, 8 Octubre 2017, Ciclo A


San Mateo 21, 33 - 46

"Por sus Frutos los Conoceréis"

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Viña: amada fue Israel, pueblo elegido, cuidado por Dios, pero que, lamentablemente, no produjo los frutos que esperaba de él. Dios espera frutos, ahora de nosotros, la viña que Él ha cultivado con amor. Hemos recibido mucho de Dios y debemos ofrecer y dar frutos de vida eterna, de santidad verdadera, de caridad sincera.
  2. Los Frutos: a pesar del cuidado que Dios como viñador entrañable, la viña no prospera, ni da fruto; no da uvas dulces; da uvas inmaduras, amargas y silvestres. El cristiano debe dar buenos frutos; es una persona injertada en Cristo por el bautismo, por ello, debe dar frutos de vida eterna. Así como el Padre ha enviado al mundo a Cristo a cumplir la misión redentora, así Cristo envía a los cristianos, especialmente a los apóstoles, a cumplir una misión.
  3. Los Labradores: reciben la viña en arriendo. Son gente sin escrúpulos, gente que no sirven a la viña, sino se sirven de ella para su propio provecho. No piensan cómo acrecentar la viña y ofrecer al dueño el fruto merecido, sino que su intento es arrebatar la viña a su dueño. La fecundidad espiritual pasa siempre por la cruz y el dolor. Quien quiera ser fecundo huyendo de esta ley de salvación, se equivoca, y un día quedará amargamente desilusionado. “Sin efusión de sangre no hay redención”.
  4. El Envío: resulta difícil, y a veces doloroso, ser enviados una y otra vez a la viña del Señor. Entre otras cosas porque, las resistencias o contradicciones con las que nos encontramos, pueden llegar a mermar o debilitar nuestras iniciativas. ¡Cuándo llegaremos a comprender que no podemos ser más que el Maestro? Jesús también halló incomprensiones y descalificaciones. No sería bueno una viña del Señor con el “abono envenenado” que muchos intentan esparcir sobre lo santo y bueno que la Iglesia guarda como depositaria de la fe. Seamos fieles a lo que el Señor nos ha confiado. No colaboremos con crítica destructiva que busca acabar la viña encomendada. Más bien agradezcamos porque el Señor nos permite ser obreros de su viña.
REFLEXIÓN

   Contemplemos el amor del dueño de la viña por su viña; la magnanimidad de Dios para perdonar, para esperar, para insistir; la delicadeza de Dios con los hombres.
 
   La fidelidad y el amor de Dios deben conmovernos y deben suscitar en nosotros una gran valoración y una fundada gratitud.

   El Señor no falla. Lo demuestra la historia de la salvación: una y otra vez los profetas enviados hasta enviar a su propio Hijo. Si los viñadores no sirven, se les quita la viña y se les da a otros, pero la viña dará sus frutos indefectiblemente. Tenemos asegurada la fertilidad y la fecundidad, aunque los frutos a veces se demoren, tenemos seguridad (esperanza) de que vendrán, aunque haya poda y haya que cavar y quitar piedras, aunque haya malos viñadores que todavía estén en la viña.
 
   La presencia de viñedos en la tierra es señal de bendición de Dios. La tierra fértil y rica en viñedos es figura de los tiempos mesiánicos. La alegría que es fruto de la esperanza, siempre irá unida a la paz.
La segunda lectura a los Filipenses nos dice: "No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia recurran a la oración, la paz de Dios que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús".
 
   En la viña de Dios que es la Iglesia, Cristo es la vid y nosotros los sarmientos. El sarmiento debe estar unido a la vid, que es al mismo tiempo la piedra angular; si no, se seca y muere. Unirnos a la vid sobre todo en la Eucaristía. El vino es fruto de la vid y se transforma en la sangre de Cristo, sello de la nueva alianza de fidelidad mutua, y es la Eucaristía. Como otras vides, imitando la Eucaristía, debemos morir a nosotros mismos en el lagar para ser sangre de Cristo, para ser otros Cristo.
PARA LA VIDA

   El único sobreviviente de la inundación de un barco a causa de una terrible tormenta fue llevado por las olas a una isla completamente deshabitada. El hombre, desesperado y sin saber qué hacer, rezaba continuamente a Dios pidiendo por su rescate. Todos los días miraba hacia al horizonte en busca de algún barco, pero nunca veía nada. Ni siquiera el indicio de una pequeña señal. Con el paso del tiempo perdió toda esperanza.

   Ya cansado decidió construir una pequeña choza con ramas secas para protegerse del viento y la lluvia, y además, guardar las pocas pertenencias que conservaba. Pero un día, mientras escarbaba en el suelo en busca de algo de comida, vio sorprendido que su pequeña choza ardía en llamas: estaba siendo consumida por el fuego con todo lo que había dentro. La desesperación fue total. Ya no podía pasarle nada peor. Todo estaba perdido.

   El hombre estaba derrumbado: “¡Dios mío, ¡cómo pudiste hacerme esto!, exclamaba mientras lloraba amargamente. Al día siguiente, muy temprano, por la mañana, al hombre le despertó el sonido de un barco que se aproximaba a la isla. ¡Venían a rescatarlo! “¿Cómo supieron que estaba aquí?, preguntó a los hombres que lo rescataron. “Tuviste suerte, - le contestaron – Vimos tus señales de humo”.

   Que no nos pase como al hombre del cuento, que fue incapaz de descubrir la presencia de Dios en aquellas señales de humo que le salvaron la vida. Dios siempre está buscándonos, pero tenemos que dar señales de esperarlo. Hagamos que nuestra semana sea una búsqueda del Señor que necesita nuestras manos para trabajar como obreros en su viña. Esa viña que somos nosotros, la Iglesia, el mundo, la familia, nuestra vida y nuestros hermanos, los más necesitados.

26° Domingo del Tiempo Ordinario, 1 Octubre 2017, Ciclo A


San Mateo 21, 28 - 32

"Hijo, ve hoy a Trabajar en la Viña"

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. El Pecado: Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. Más que el número de pecados que se hayan cometido, cuando el pecador se arrepiente sinceramente y cambia su vida, Dios perdona y olvida. Lo dice el Señor por Isaías: "Así fueren sus pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán" (1,18).
  2. Examen de Conciencia:  todos hemos de reconocer el mal que hemos hecho... Dice San Juan de la Cruz, que un pájaro puede estar atado por un hilo o por una cadena, la consecuencia es la misma: no puede volar. Y lo explica para indicar que el crecimiento en la vida cristiana puede estar obstaculizado por grandes pecados o por pequeños pecados consentidos, contra los cuales no se lucha. Sea una cosa u otra la consecuencia es la misma: no se avanza. Hace falta reconocer el mal en nosotros... 
  3. El Perdón:  como necesidad de una profunda renovación espiritual en la Iglesia. Todos somos  invitados a convertirnos y a creer en el amor misericordioso predicado por Cristo; el Reino crecerá en la medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un Padre en la intimidad de la oración y se esfuerce en cumplir su voluntad”
  4. La Verdad:  no es nuestra. No nos pertenece. Viene del Padre. Pero tenemos la posibilidad de hacer que sea nuestra: traduciéndola en nuestra conducta práctica, en la realidad del mundo en que vivimos. El «hacer» la voluntad de Dios, establece una relación estrecha, una especie de parentesco, entre nosotros y la verdad.
  5. Nosotros:  quizá al comienzo no digamos que sí, pero al final podemos hacer lo que se debe hacer, Que no pase lo  contrario: que digamos sí, pero que luego hagamos nuestro capricho.

REFLEXIÓN 

   Al escuchar el Evangelio de hoy, alguien podrá preguntarse “¿Para qué esforzarme por vivir según los mandamientos de Dios, si el mismo Jesús dice que los publicanos y las prostitutas entrarán antes en el Reino de Dios? “Sin embargo, si profundizamos un poco lo que dice Jesús, Él nos habla no simplemente de malos y buenos, sino de dos actitudes diferentes ante la invitación de Dios Padre a trabajar en su viña. La viña es el Reino de Dios y nuestra actitud es definitiva. 

   En esta parábola, uno de los hijos, aparentemente desobediente y el otro obediente, acaban haciendo ambos lo contrario de lo que habían dicho. Sin embargo quien quiere verdaderamente al Padre, es el hijo que hace lo que el Padre le pide. El hijo que verdaderamente contrarió a su Padre no fue el que le ofendió primero diciendo que no iba a ir a la viña y después fue, sino el que le dijo que sí y después faltó a su compromiso.

   En estos dos hijos, Jesús representa, por un lado, a los pecadores: los publicanos y las prostitutas; por otro, a los muy cercanos a Dios sacerdotes y ancianos del pueblo de Israel. Unos, pecadores públicos y aborrecidos por el pueblo, los otros, en apariencia piadosos. Y a ellos, a éstos últimos, el Señor les dice que entrarán antes que ellos, en el Reino de los Cielos, los publicanos y las prostitutas.

   Jesús les dice en esta parábola, que ellos que se creían los hijos muy piadosos, son en realidad los desobedientes. Y para mayor vergüenza todavía, los compara con la gente tenida por ellos como de muy bajo nivel. 

   Aquí, es importante recordar las palabras de la encíclica Redemptoris missio:“Todo hombre, por tanto, es invitado a convertirse y creer en el amor misericordioso predicado por  Cristo; el Reino crecerá en la medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un Padre en la intimidad de la oración y se esfuerce en cumplir su voluntad” (Juan Pablo II, Redemptoris missio 13). En realidad se nos muestra que “todos estamos necesitados de conversión”. No hay quien pueda arrojar, sin pecado, la primera piedra.

PARA LA VIDA

   Cuenta una leyenda japonesa que un hombre murió y fue al cielo. Un guía le dio un tour en el Bus Turístico por el paraíso y, maravillado, dijo: esto es mucho más bello que nuestro universo. En el recorrido vio una gran sala llena de estanterías y en las estanterías estaban alineadas miles y miles de orejas humanas. ¿Qué hacen tantas orejas humanas aquí?, preguntó.  El guía le comentó: “Estas orejas pertenecen a todos los católicos que durante su vida han escuchado la Palabra de Dios en miles de sermones, pero nunca la han puesto en práctica. Así que sólo sus orejas han subido al cielo”.

   Tal vez a nosotros nos sucede lo mismo que a las orejas de la leyenda japonesa, que están tan llenas del mensaje que sólo sirven para llenar las estanterías del cielo.

   Nuestras orejas todavía escuchan el mensaje y podemos arrepentirnos y convertirnos en el primero de los hijos, y empezar a trabajar en las muchas viñas de Dios. Hay muchas orejas que nunca escuchan el mensaje, difícilmente las vemos en la iglesia. Pero si escuchan el clamor de los pobres, si son misericordiosos, si son constructores de la paz, si practican las obras de misericordia, si están presentes en las periferias del mundo, sí hacen de los demás el centro de su vida, si la avaricia no es el motor de sus vidas, si viven sencillamente…están donde Dios está y merecerán el denario al final de la jornada.

25° Domingo del Tiempo Ordinario, 24 Septiembre 2017, Ciclo A


San Mateo 20, 1 - 16

"Id También Vosotros a Mi Viña"

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Viña: nos invita a encontrar un equilibrio más justo entre las dos exigencias del mérito y de la necesidad. En la viña, para que los sarmientos den buen fruto, hay que preparar el terreno, regar, podar, curar, cosechar... Esto mismo tenemos que aplicarlo a cada uno de nosotros que seríamos como el sarmiento. Para dar el fruto que Dios quiere de cada persona, se necesita tener un buen terreno... regar... podar... curar... y finalmente cosechar...
  2. Cultivadores: todos cultivamos esta viña. Somos trabajadores, jornaleros…No somos llamados por Dios sólo para hacer las cosas de nuestro gusto y provecho, sino a trabajar por su gloria. Así nosotros debemos mirar primero lo que pertenece a la gloria de Dios y después hacer las cosas que son de nuestra utilidad, y para nuestra dignidad y sustento.
  3. El Llamado: Dios llama a todos y acoge a todos los que temprano o tarde responden a su llamada. Lo que vale es que se quiera trabajar en el Reino, no los méritos que se pretendan. Dios es generoso y le basta que el hombre diga sí a su llamada.
  4. La Necesidad: aunque a nosotros nos sorprenda, Dios no está mirando nuestros méritos sino lo que valemos para él. Por eso, Dios increíblemente bueno, nos regala incluso lo que no nos merecemos. Cuando nos encontramos con alguien, no hemos de preguntamos qué se merece de nosotros, sino en que podemos ayudarlo para vivir.
  5. La Bondad: Dios es bueno con todos los hombres, lo merezcamos o no, seamos creyentes o ateos. Su bondad misteriosa está más allá de la fe de los creyentes y del increencia de los ateos. Lo primero es dejarle a Dios ser Dios, y no empequeñecer con nuestros cálculos y esquemas, su amor insondable, inagotable y gratuito para todos sus hijos.
  6. La Fe: el justo vive de la fe. Es difícil que viva mal quien cree bien. Creed con todo el corazón, sin desfallecer, sin dudar, sin argumentar con sospechas humanas contra la misma fe. Se llama fe porque se realiza lo que se dice. Cuando se pronuncia la palabra fides (Fe), indica que se hace lo que se dice.
 

REFLEXIÓN
 
   Nos cuesta entender que los caminos del Señor son distintos a los nuestros. Dios se presenta como el Rey generoso que no funciona por rentabilidad, sino por amor gratuito e inmerecido. Ésta es la buena noticia del evangelio, aunque nosotros lo entendemos como injusto desde nuestra lógica humana de justicia.
 
   En lugar de parecernos a él, intentamos que él se parezca a nosotros con salarios, tarifas, comisiones y porcentajes. Queremos comerciar con él y que nos pague puntualmente el tiempo que le dedicamos y que prácticamente se reduce al empleado en unos ritos sin compromiso y unas oraciones sin corazón.
 
   Con una mentalidad utilitarista, muy propia de nuestro tiempo, preguntamos: ¿Para qué sirve ir a misa, si Dios nos va a querer igual? Así evidenciamos que no hemos tenido la experiencia de que Dios nos quiere y no reaccionamos en consecuencia amándole también más por encima de leyes y medidas. Dios es gratuito.
 
   La infinita misericordia de Dios sólo tiene un enemigo: el ojo malo y egoísta. Pero quien tiene el ojo malo y no intenta curarse, es también enemigo de sí mismo, porque corre el peligro de echar a perder la eternidad.
 
   Si esperamos la vida eterna como justa recompensa a nuestros méritos, cerramos la posibilidad de sorprendernos como los trabajadores de la última hora, frente a la generosidad del amo. Pasaremos la eternidad contabilizando nuestros méritos. Confrontándolos con los de los demás y llenándonos de envidia.
 
   Dios no está sometido al tiempo: en él no hay últimos ni primeros. Ese es un asunto nuestro. Lo que Dios quiere es que se responda a su llamada, “al amanecer” o a “media tarde”. Lo que sí pide, es que seamos fieles a lo que él quiere de cada uno con las herramientas que nos dio y sin pedir cuentas a Dios por su actitud con los demás. Los planes de Dios no son nuestros planes; sus “caminos son más altos que los nuestros”. Desde lo alto Dios, Dios ve mejor que nosotros.
 
PARA LA VIDA
 
   Imagínense la alegría de un estudiante que ha preparado a conciencia un trabajo durante una semana y el profesor le premia con un 10. Pero su alegría se desvanece cuando uno de sus compañeros que ha dedicado una hora recibe también otro 10. No es justo, piensa el primero.
Imagínense un feligrés de toda la vida que colabora en mil asuntos de la parroquia y llega uno nuevo y el párroco le da más confianza y responsabilidades que a él. Qué falta de consideración y respeto con los de siempre.
 
   Imagínense los escándalos financieros. Leía yo en el periódico que un ejecutivo de GM no sólo recibía un sueldo millonario, sino que además la compañía le pagaba un apartamento, el colegio de los hijos, una limusina y un avión particular.
 
   ¿Qué pensarían los pequeños inversionistas de GM? Injusto, un robo.
Imagínense un cura que va al cielo y San Pedro lo coloca en un rincón y a un taxista lo coloca en la sección V.I.P. ¿Acaso no merece el cura un sitio mejor? San Pedro le dice, cuando tú predicabas la gente se dormía, pero mientras el taxista conducía, la gente oraba sin parar.
Nuestra primera reacción ante muchas situaciones de la vida es gritar: No es justo.
 
   Quizá porque nos regimos por una injusticia de lógica humana. ¿Y quién no ha sido víctima de la injusticia humana?
 
   La palabra de Dios en esta historia de Mateo nos sorprende y escandaliza. Los trabajadores de última hora reciben lo mismo que los que trabajaron todo el día. No comprenden ni la generosidad ni la gratuidad de semejante patrón.
 
   No olvidemos: para Dios valemos más que nuestras acciones. Valemos, sencillamente porque nos ama infinitamente.

24° Domingo del Tiempo Ordinario, 17 Septiembre 2017, Ciclo A


San Mateo 18, 21 -35

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. El Rencor: el sentir rencor, como sentir cualquier otro desorden moral, puede sucederle a cualquiera. Pero el pecado no está en el sentir el rencor, el pecado se da cuando el rencor se acepta y se consiente. Ahí es donde ha de darse la lucha del cristiano, en no consentirlo. El que siente, pero no consiente, no peca, no deja de amar. El buen discípulo de Cristo, cuando siente rencor, odio, resentimiento, etc, no solo no debe consentirlo, sino que ha de saber perdonar por amor y también olvidar. El hermano está de por medio.
  2. El Perdón: no es fácil perdonar siempre. El perdón se hace más real y más puro cuando se desea para el otro todo lo mejor. El perdón, además de desatarnos de nuestros propios dioses, nos hace comprender, vivir, gustar y entender el gran amor que Dios siente por cada uno de nosotros. ¿Perdonas? ¿Estás cerca de Dios?. ¿No perdonas? ¿nuestros corazón, sera que está totalmente ocupado por Dios?. En nuestra vida de todos los días, son muchas las veces que tenemos que perdonar, y también muchas las veces en que tenemos que ser perdonados. Dios perdona a quien sabe perdonar. Podría, pues, decirse que el perdón que damos nosotros es la medida del que recibimos de Dios.
  3. La Misericordia: los hijos del reino de Dios “son misericordiosos como el Padre celeste (Lc 6,36) y han comprendido que: “el amor no busca su interés, no se irrita, sino que deja atrás las ofensas y las perdona Si el corazón de Dios se conmueve ante nuestras miserias, si su compasión se enciende ante nuestras desgracias, ¿no deberíamos hacer otro tanto nosotros con nuestros hermanos que nos han ofendido? El antídoto para el veneno del odio, del rencor, del resentimiento es el Amor que viene de Dios. Quien se deja tocar por el Amor del Señor, quien experimenta su misericordia que es más grande que cualquiera de nuestros pecados, es capaz de amar como Él; es capaz como Él de perdonar toda ofensa o daño recibido, por muy grave que éste sea. 

REFLEXIÓN 

   Jesucristo nos enseña a perdonar siempre. Cuando perdonamos a nuestros hermanos y a nuestros enemigos, imitamos a Dios que siempre perdona. Si Dios no dudó en entregar a su Hijo por nuestros pecados, cuánto más debemos nosotros perdonarnos mutuamente las ofensas. Después de afirmar su doctrina sobre el perdón de las ofensas, el Señor cuenta la parábola del siervo sin misericordia. Diez mil talentos era una cantidad muy grande de dinero, y el señor, tiene compasión de él y le perdona la deuda. Así es el perdón de Dios.

   Es mucho lo que le debemos, pero Él tiene misericordia de nosotros y nos perdona. Nosotros no tenemos con qué pagar nuestra deuda con Dios y Él nos perdona siempre, simplemente porque es movido a compasión. Nuestra deuda con Dios es siempre grande tal como era grande la deuda del siervo de la parábola. Y Dios perdona...Con ese perdón, Dios nos deja en libertad, ya que el perdón de Dios nos hace libres y de siervos que somos, nos convierte en hijos.

   Hoy Dios nos pone una meta muy exigente. ¡Perdonar de corazón! ¡Perdonar desde adentro y no por compromiso! Sólo así estaremos imitando a Dios en su misericordia. Dios nos perdona muchísimo. En comparación, lo que puedan adeudarnos los hombres es muy poca cosa. ¿Seremos capaces de darnos cuenta lo poquito que es lo que nos debe nuestro hermano, comparado con lo que nosotros le debemos a Dios? Si logramos pensar de esta forma y darnos cuenta, entonces seremos capaces de perdonar a nuestro hermano, siempre.

   Y sólo así, cuando en el padrenuestro le digamos a Dios: ... ̈perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden ̈, lo haremos confiados que ese perdón que nosotros hacemos de corazón nos permite pagar nuestra gran deuda con Dios e ir creciendo en el ̈Amor ̈.

   Quienes mejor nos hablan del perdón son los mártires. Ellos sufren a manos de sus verdugos, sin embargo, no permiten que la más mínima apariencia de rencor se anide en su alma. Así, san Esteban pide a Dios que perdone el pecado de aquellos que lo están apedreando. Miles de sacerdotes internados en Dachau, en Viet-Nam, en Tirana, en Lituania etc..., dieron sus vidas por la conversión de sus verdugos. Esto es vida cristiana. El perdón en el mártir autentifica su amor y su fe en Dios, dador de toda vida.

PARA LA VIDA 

   Corrie Ten Boom cuenta en su autobiografía que terminada la guerra y liberada de un campo de concentración Nazi predicó un sermón en la iglesia sobre el PERDÓN.

   Al terminar el sermón, un hombre, con una mano extendida y una gran sonrisa, se dirigió hacia ella.

   Corrie lo reconoció; era el jefe de los vigilantes del campo donde ella y su hermana habían estado encarceladas por haber escondido en su casa a unos judíos y donde su hermana había muerto.

   El guarda le dijo: “Oh, Fraulein, le estoy muy agradecido por su mensaje poderoso. Qué alegría pensar que Jesús ha lavado todos mis pecados.
   Corrie, paralizada, no podía levantar la mano.

   “Los pensamientos de venganza hervían dentro de mí, vi el pecado…y no podía hacer nada. No sentí la menor chispa de amor o caridad, así que susurré una oración en silencio. Jesús, no puedo perdonarle, por favor dame tu perdón”.

   La oración ofrecida, pudo levantar la mano y estrechar la del hombre que la había torturado.

   Historia de un perdón grande. Nuestra vida debería estar llena de perdones pequeños que son tan difíciles de ofrecer como los grandes.

   La fuerza de perdonar de corazón no es nuestra, se la tenemos que pedir a Jesús que es el que nos manda perdonar como condición para ser perdonados.

23° Domingo del Tiempo Ordinario, 10 Septiembre 2017, Ciclo A


San Mateo 18, 15 -20

Si tu Hermano Peca, Corrígelo con Amor

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.


  1. La Corrección FraternaEs decir la necesidad que todos tenemos de corregir y ser corregidos por los demás en nuestros defectos y errores y orientarnos por el buen camino.  Porque nadie puede decir que está tan seguro de sí mismo como para pensar que nunca comete errores.  Corregir no es fácil, porque cuando corregimos a alguien, a veces, no lo hacemos con cariño y respeto. A veces, bajo el pretexto de corregir, lo que hacemos es humillar al otro que no piensa ni actúa como nosotros. Por eso la corrección ha de hacerse con sumo cuidado que nunca haya duda de que esa corrección busca el bien del otro.
  2. El Amor: genera vida y felicidad.  El amor debe manifestarse en la ternura, en el abrazo, en la bienvenida, en la sonrisa sincera, en la lágrima de la despedida y en el beso sincero, pero también en la exigencia, en la disciplina y en la corrección cuando sea necesario. Corregirnos y orientarnos mutuamente en el mandamiento que nos dejó Jesús: el amor a Dios y al prójimo, como Él nos ha amado.
  3. La Oración: para sentir a Dios en lo más íntimo, para sentir que me quiere, para sentirme bien a solas con él. Conocer no es bastante. Sentir el amor de Dios desde lo íntimo. Contemplar a Jesús: ver en Él al Hijo perfecto. “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del Cielo”. Nuestros egoísmos individuales dificultan la oración. Solo el amor puede unirnos ante Dios.  Solo la concordia entre los hermanos garantiza el valor y la eficacia de nuestras plegarias.
  4. La Misión: no conocemos a Jesús para quedárnoslo, sino para anunciarlo. No hemos recibido un privilegio, sino un encargo. No somos poseedores, si no mensajeros. Dios me soñó para otros. Recuperar el sentido de la respuesta a este encargo de mi Padre. El verdadero creyente alimenta su fe en el seno de una comunidad compartiendo con otros hombres y mujeres la misma esperanza en el Dios de Jesucristo. 

REFLEXIÓN


    Todos somos responsables unos de otros. Es quizá la enseñanza básica del evangelio de hoy. Si somos hermanos no podemos desentendernos unos de otros. Debemos reconocer que lo fácil es desentenderse o limitarse a una crítica insolidaria, a espaldas del afectado. Debemos ayudarnos mutuamente a vivir como cristianos. A través del "buen ejemplo"
 
   Los creyentes deberíamos escuchar hoy más que nunca la llamada de Jesús a corregimos y ayudamos mutuamente a ser mejores. Jesús nos invita, sobre todo, a actuar con paciencia y sin precipitación, acercándonos de manera personal y amistosa a quien está actuando de manera equivocada. «Si tu hermano peca, repréndelo a solas, entre los dos. Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano.»
 
   Cuánto bien nos puede hacer a todos esa crítica amistosa y leal, esa observación oportuna, ese apoyo sincero en el momento en que nos habíamos desorientado. Todo hombre es capaz de salir de su pecado y volver a la razón y a la bondad. Pero necesita con frecuencia encontrarse con alguien que lo ame de verdad, le invite a interrogarse y le contagie un deseo nuevo de verdad y generosidad.
   Son muchos los factores que constantemente deterioran nuestras relaciones personales dentro de la familia, entre vecinos y compañeros de trabajo o en la convivencia diaria.
 
   La comunicación queda fácilmente bloqueada, sobre todo, cuando constatamos que el otro ha actuado de manera injusta o desleal. Nos sentimos como justificados para excluirlo de nuestra aceptación amistosa y encerrarnos en un juicio destructor.
 
   No es éste el camino acertado para crecer. Jesús nos anima a adoptar una postura positiva, orientada a salvar la relación con el hermano, sin buscar su desprestigio o su condena, sino únicamente el bien. Sorprendentemente, Jesús indica que es «el ofendido» el que ha de tomar la iniciativa para facilitar la reconciliación.
 
   Todos cometemos fallos y equivocaciones. Todos tenemos momentos malos y necesitamos poder empezar de nuevo, contar con una nueva oportunidad. Hay que seguir creyendo en el amigo, en la esposa, en el compañero aunque hayamos de ser críticos para ayudarle a salir de su error. 

    PARA LA VIDA 
   Una señora tenía una sirvienta muy trabajadora, pero comprobó que cada vez que su sirvienta visitaba a su madre echaba en falta algo. La espió y encontró un cesto con azúcar, café, telas y otras baratijas escondido debajo de la cama. Cesto que llevaba a su madre. La señora no se sublevó ni reaccionó con violencia o insultos.


   Sintió compasión y con cordialidad le dijo: “Estoy segura de que su madre vive en escasez y aquí tenemos de todo. En este cesto hay azúcar, café y unas telas, déselas a su madre y dígale que le envío mis mejores saludos y deseos. La sirvienta se puso colorada y balbuceó un tímido gracias. Nunca más la señora echó nada en falta. La corrección surtió su efecto y las dos convivieron en paz y sin sospechas durante largos años. 

   “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos”. La palabra pecado, ayer tan presente en nuestras vidas, hoy, ha perdido contenido y se ha secularizado. Ya no hay que dar cuentas a nadie, ni a Dios ni a los demás y mucho menos al cura. El pecado existe y es un gran mal. A nosotros nos toca eliminar sus efectos y sanar al pecador. Tarea difícil en este tiempo de un individualismo feroz, pero hay que intentarlo y de una manera especial entre nosotros, los seguidores de Jesús, la Iglesia de Jesús. “Si hace caso, has salvado a tu hermano”. “Existimos desde un diálogo”.

22° Domingo del Tiempo Ordinario, 3 Septiembre 2017, Ciclo A


San Mateo 16, 21 -27

“El que no Toma su Cruz, y me Sigue, no es Digno de Mi”

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.


  1. Dios nos Seduce: la seducción implica atracción y enamoramiento…Y eso es lo que siente el profeta respecto a su Dios que lo ha escogido “antes de formarse en el seno materno”… Esa seducción es la que, lejos de abandonar su misión, le hace entregarse a ella con más fuerza.
  2. Sed de Dios: desde la sed, realidad que expresa una necesidad imperiosa, así nuestra alma esté sedienta de Dios. Sin Dios, somos tierra reseca. Quien ha probado lo bueno que es el Señor no desea otro “agua viva” que no sea Él.
  3. El Sacrificio: cuerpo ofrecido, mente transformada, renovada, a punto siempre para discernir la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada. Nuestro ser referido a Dios, no a la mentalidad de este mundo. No buscándonos a nosotros mismos sino a Dios y su querer que revierte sin duda en nuestro bien.
  4. Tentación: Satanás es "el que divide". El que intenta separar del camino señalado por el Padre y aceptado por amor. En el desierto Satanás sugiere atajos de facilidad, de éxito a golpes de milagros, de poder. Lo de Pedro también es una tentación, o sea, el intento de hacer replegar a Cristo a los caminos de los hombres, en el sentido de los deseos terrenos, de las ambiciones triunfalistas, apartándolo de "su" camino. Pedro es roca. Pero la piedra puede ser también tropiezo, escándalo, no nos olvidemos de esto.
  5. Seguir a Jesús: ser seguidores de Jesús implica ir detrás, nunca delante de Jesús, pues perdemos la ruta y el tiempo. Él es el Camino. Al increpar a Jesús Pedro es como “Satanás”, se convierte en “adversario” de Jesús y estorbo para sus planes. Nuestro éxito personal, el sentido de la vida y el camino a la plenitud no están en afincarnos en nosotros mismos, sino en abrir el horizonte limitado de nuestra vida a una entrega radical por amor. Perder la vida para “encontrarla de verdad”.
  6. La Cruz: es signo de lo ignominioso y de crueldad para los hombres. Pero desde una perspectiva de “martirio”, de radicalidad y de consecuencia de vida, la cruz es el signo de la libertad suprema. No basta con afirmar que el discípulo está llamado a sacrificarse y martirizarse como ideal supremo, porque tampoco Jesús deseó y buscó su muerte en la cruz que le dieron, sino que le vino como consecuencia de una vida radicalmente de amor y de entrega a los demás. 

REFLEXIÓN
"Negarse a sí mismo"

   La expresión no implica un simple negarse algo para uno mismo, o la negación que aquí se contempla no es la que nace del ejercicio que uno mismo voluntariamente se impone, sino del que le imponen los demás. Negarse a sí mismo significa aquí, colocarse último ante los demás, estar dispuesto a renunciar al propio tipo de vida en aras de los demás. Negarse a sí mismo es, en definitiva, olvidarse de sí mismo, porque el corazón está fijo en los ojos y el corazón de Dios.
   Este modo de ser y de vivir comporta dureza y sufrimiento. Esta es la cruz de la que habla el texto y que el discípulo es invitado a cargar. Una Cruz que puede llegar a ser tan real y física como la de Jesús. De aquí se deduce que el comprometerse a seguir a Jesús significa arriesgarse a un estilo de vida que termina en la muerte por amor. El seguimiento de Cristo comprende para todos la disposición para recorrer el camino en solitario y soportar el odio del pueblo, de la comunidad, de la nación, de la propia familia. Palabras duras, cuyas aristas no podrán ser limadas por nuestra mediocridad. 

   Jesús asumió las realidades humanas y al asumirlas las transformó. Tomó nuestra carne mortal y la hizo inmortal. Tocó un día el barro del camino y con él devolvió la vista a un ciego. 

   Tocó el pan y el vino para transformarlo en su cuerpo y sangre, y así hizo con otras realidades humanas. También tocó el sufrimiento y lo transformó. La Cruz tocada por Él se convierte de fracaso en signo de victoria, de humillación en símbolo de triunfo, de muerte en fecundo signo de vida, de locura a los ojos del mundo en sabiduría de Dios, en triunfo del bien sobre el mal, en triunfo del amor sobre el odio, del poder santificador de la gracia sobre el poder destructor del pecado. 

   Por eso, cuando se nos propone la Cruz como una opción fundamental, en lugar de hablar de un sacrificio costoso debería hablarse de un gozoso amor preferencial. Y más que de amor a la cruz debe hablarse de amor al crucificado. 

PARA LA VIDA 

   Un día apareció un hombre que tocaba la flauta tan maravillosamente que todo el pueblo acudía a la plaza a escucharle.  Un día un joven que conocía a un anciano que era sordo y que pedía limosna quedó sorprendido al verle todos los días en la plaza. No aguantando la curiosidad, escribió unas preguntas para el anciano. ¿Qué vienes a hacer aquí si eres sordo? ¿Qué te extasía tanto si no puedes apreciar la música?

   El anciano le contestó: Mira al centro de la plaza, levanta la vista, ¿qué ves?   Una Cruz, respondió el joven. 

   Es la Cruz de Cristo que se alza sobre la cúpula de la vieja iglesia. Cierto, no oigo nada, pero me extasía pensar que algún día la música de la verdad crucificada fascine y cautive a los hombres y pongan sus ojos en la cruz, la de Jesús. 

   Algo muy anunciado son las pastillas, esas píldoras maravillosas que curan toda enfermedad y toda impotencia. Pero todas producen efectos secundarios. El Evangelio de Jesús es también una pastilla maravillosa que nos da la salvación eterna. ¿Va acompañado este anuncio de algún efecto secundario? Sí; Jesús nos lo dice muchas veces y de muchas maneras. ¿Quieres salvación, felicidad y vida eterna? Carga con la cruz y sígueme. Hay una Cruz para Jesús y hay una Cruz para cada uno de nosotros.

21° Domingo del Tiempo Ordinario, 27 Agosto 2017, Ciclo A


San Mateo 16, 13 -20

“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. ¿Quién es Jesús?: el Hijo de Dios encarnado por nuestra salvación. Hemos de dar nuestra respuesta comprometida a Cristo Salvador, el Buen Pastor que da la vida por las ovejas, el Amigo que da la vida por sus amigos. Debemos responder con sinceridad al Señor y reconocerlo como el primero y único Señor de nuestra vida!
  2. La Fe: si algo necesitamos los cristianos modernos es la vivacidad de la fe. Una fe llena de amor. Como la fe que alaba Jesús, y que Mateo nos muestra en gente aparentemente alejada de la religión: el centurión romano, la mujer que sufre hemorragias, la mujer cananea. Para garantizar la vivacidad de la fe en Cristo el Hijo de Dios, Jesús instituye la Iglesia, y la edifica sobre un hombre débil que le creyó de corazón: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”.
  3. La Iglesia: Jesús edifica su nuevo pueblo. "Ekklesía", que en griego significa convocación, y asamblea reunida. Nosotros pertenecemos a esos convocados. También hoy la comunidad aquí reunida para la Eucaristía, que participamos de ella sincera y activamente, expresamos nuestro acto de fe en Cristo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y, como Pedro y la primera comunidad, somos proclamados dichosos. ¿Sentimos realmente esta dicha, esta felicidad de la fe como iglesia?
  4. La Palabra: provoca nuestra admiración. Siempre que repasamos sus palabras y sus gestos aparece la inmensidad de su misterio. Nos damos cuenta de su manera clara y amorosa de proceder. No lo comprendemos todo, evidentemente, pero le tenemos una confianza absoluta, porque sabemos que todo sucede para nuestro bien. 
  5. La Salvación: consiste en que Dios se nos comunica en Cristo Jesús, que nos incorpora a sí y nos introduce en su vida divina. Por eso Jesús s lo central de nuestra fe. No podemos colocar la fe en cualquier hombre: por más importante que sea, sólo sería creer en un ídolo. Tan sólo puedo creer en Dios que es el absoluto. Creemos y colocamos toda la confianza en Jesús, es porque Él es Dios.
REFLEXIÓN 

   Jesús les pregunta a los discípulos qué opinión tienen de Él. Entonces Simón Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (16,16). Una vez que Pedro confiesa la fe, Jesús, alaba a Pedro y se dirige a él con nombre propio y con su patronímico (nombre del papá) para indicar: Su plena realidad humana: “Simón”. Su origen y su historia: “Hijo de Jonás”.  Jesús le pone un nuevo nombre. 
   Al “Tú eres” dicho por Simón a Jesús, Jesús le responde con otro “Tú eres” y le declara su nueva identidad: “Tú eres Pedro”, es decir “Roca”. Este término no aparecía antes en ninguna parte como nombre de persona, es una nueva creación de Jesús. Para Simón comienza una nueva vida.
Jesús le da una nueva tarea. Con la nueva existencia, Jesús le da una nueva responsabilidad. Con tres imágenes Jesús describe la nueva tarea del apóstol:
  • La Roca: una roca sobre la que Jesús edificará su Iglesia. La Iglesia presentada como la comunidad de los que expresan la misma confesión de fe de Pedro. Pedro debe darle consistencia y firmeza a esta comunidad de fe, la cuida y la apacienta. 
  • Las Llaves: no significan que Pedro sea nombrado portero del cielo, sino el administrador que representa al dueño de la casa ante los demás y que actúa como delegado por la autoridad misma de Dios.
  • El Atar y Desatar: es una imagen que indica la autoridad de su enseñanza. Pedro debe decir qué se permite y qué no en la comunidad; él tiene la tarea de acoger o excluir de ella. El punto de referencia de su enseñanza es la misma doctrina de Jesús. 
   Con las palabras a Pedro, Jesús se declara una vez más como el Señor de la Iglesia. Jesús es su Pastor y nunca la abandona sino que le da una guía con autoridad. En la Iglesia todo proviene de Jesús y apunta a Él. Es cierto que quien edifica la Iglesia es Jesús, Él es el fundamento, la piedra angular. Pedro debe hacer visible este fundamento y esta piedra siendo signo de unidad y de comunión entre todos los discípulos que confiesan la misma fe. Con razón decía San Ambrosio: “Ubi Petrus, Ibi Ecclesia”, es decir, “donde está Pedro, allí está la Iglesia”. 
PARA LA VIDA 

    En un midrash, una historia judía, del Talmud se dice que Israel es el centro del mundo. El centro de Israel es Jerusalén. El centro de Jerusalén es el Templo. El centro del Templo es el Arca de la Alianza, presencia y gloria de Dios, y debajo del Arca está la roca sobre la que descansa todo.
Todo necesita un centro, una roca, un cimiento sobre el cual levantar el edificio de la vida con sus creencias, sus aspiraciones y sus sueños presentes y futuros.
 

   Israel, el pueblo concebido por Yahvé, tuvo su centro en el Templo. Hoy, la Torah, proclamada en las sinagogas es la roca y el centro sobre lo que descansa todo, la que recuerda que Yahvé es uno.
Jesús, como un judío que era, vino a engendrar un nuevo pueblo, a proclamar el Reino de Dios, a acercarnos tanto a Dios que lo podamos experimentar como centro de la vida.
 

   Este Jesús, en palabras del evangelio, ha sido constituido como único centro del cristiano. “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

   Hoy, Domingo, a los que nos hemos reunido en la casa de Dios, Jesús nos hace dos preguntas. No se trata de un examen, no se trata de un saber teológico, porque nosotros nos hemos reunido no como teólogos, sino como creyentes, como hombres de fe. Jesús quiere saber lo que nuestro corazón siente, quiere saber sobre qué roca se afirma nuestro vivir, y quiere saber si estamos centrados en El o en el imperio de lo efímero.