32° Domingo del Tiempo Ordinario, 10 de Noviembre de 2019, Ciclo C


San Lucas 20,27-38


 "Dios, no es Dios de Muertos, sino de Vivos"


Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.-La Vida: Los hombres viven como si no fueran a morir jamás. Trabajan sin descanso para acaparar, corren de un lado para otro intentando (según dicen) divertirse y gozar. Las revistas ponen delante de los asombrados lectores las vidas de los famosos que no descansan, los pobres, de fiesta en fiesta y de desfile de modelos en desfile de modelos. La vida debería ser distinta para todos, más hermosa, más feliz, más segura, más larga. En el fondo vivimos anhelando vida eterna. No es difícil entender la actitud, hoy bastante generalizada, de vivir sin pensar en «la otra vida».
2.-La Muerte: Es verdad que habrá un día en que nuestro caminar por este mundo llegará al final. Ahora bien, nunca olvidemos que la muerte no es el final del camino del hombre; la muerte no es la última palabra sobre el ser humano ni sobre su historia. Recordemos las palabras de Cristo que han de llenar de gozo y de esperanza nuestro corazón: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mi aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn.11,25- 26).  “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn.6,54).
3.-La Resurrección: no es la reanimación de un cadáver. La vida eterna no es, una mera prolongación de la vida de este mundo. La resurrección es la forma de existencia totalmente nueva y transformada. Se trata de una nueva vida, de la participación plena en la vida de Dios. Para los cristianos la respuesta es una sola: «Lo que ha cambiado nuestras vidas es la seguridad de que son eternas». Y el punto de apoyo de esa seguridad es la resurrección de Jesús. Si Él venció a la muerte, también a mí me ayudará a vencerla. 

REFLEXIÓN 

   En este Domingo, la palabra de Dios nos habla de la resurrección de todos los hijos de Dios. Cada uno de nosotros, estamos llamados a vivir para siempre Los cristianos creemos en la resurrección de los muertos. Jesús ya abrió el camino y dio testimonio de esa resurrección. El Reino de Dios es el reino de la vida donde la persona perdura, en la gloria, para siempre. 

En la primera lectura del libro de los Macabeos narra la historia de siete hermanos que fueron martirizados por no claudicar en su fe, antes de dar su último suspiro.

La segunda lectura nos ofrece un texto de consolación. La Palabra del Señor nos abre a la esperanza como posibilidad cierta de eternidad. Dios siempre es fiel al hombre y le da toda la gracia que necesita para vivir la fe con coherencia y producir buenas obras, que le conduzcan a una vida eterna feliz junto a Dios.

El Evangelio tiene como tema central la resurrección de los muertos, que negaban los saduceos. Con el ejemplo que le ponen, los saduceos pretenden poner en ridículo a Jesús, cosa que no consiguen. Detrás de la muerte, por lo tanto, hay otra vida que no acabará y que será feliz para los que hayan obrado el bien en su peregrinar por esta vida. La condenación, sin embargo, será para los obradores del mal no arrepentidos. 

   "Espero en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro". Esta última afirmación del Credo, constituye la respuesta cristiana a la esperanza radical del hombre. No se puede vivir instalado permanentemente en la duda, el temor, la inseguridad. No se puede vivir sin esperanza. Incluso en aquellos casos en que no se cree en nada ni en nadie, la criatura humana siempre se aferra a algo o a alguien.
Creer en la resurrección de los muertos no es cultivar, de manera infantil, un optimismo barato en la esperanza de un final feliz. El creyente siente, aquí y desde ahora, que se nos llama a la resurrección y a la vida, a la cual fuimos destinados. 
PARA LA VIDA 

   Un hombre encontró un huevo de águila. Se lo llevó y lo colocó en el nido de una gallina de corral. El aguilucho fue incubado y creció con la nidada de pollos. Durante toda su vida, el águila hizo lo mismo que hacían los pollos, pensando que era un pollo. Escarbaba la tierra en busca de gusanos e insectos, piando y cacareando. Incluso sacudía las alas y volaba unos metros por el aire, al igual que los pollos. Después de todo, ¿no es así como vuelan los pollos? Pasaron los años y el águila se hizo vieja. 

   Un día divisó muy por encima de ella, en el límpido cielo, una magnífica ave que flotaba elegante y majestuosamente por entre las corrientes de aire, moviendo apenas sus poderosas alas. La vieja águila miraba asombrada hacia arriba: “¿Qué es eso?”, preguntó a una gallina que estaba junto a ella. “Es el águila, el rey de las aves”, respondió la gallina. “Pero no pienses en ello. Tú y yo somos diferentes de él”. De manera que el águila aquella no volvió a pensar en ello. Y murió creyendo que era una gallina de corral.

   Dios es un Dios de vivos, no de muertos; un Dios que nos llama a la vida y a la vida en plenitud, no a la existencia en mediocridad. Para Dios todos estamos vivos, la muerte para él no existe, no cambia en absoluto su mirada misericordiosa de Padre sobre nosotros.

   No basta morir para estar muerto; muerto es aquel que no vive la vida en plenitud, quien sólo la vive para sí mismo, quien la esconde y la malgasta, quien ha perdido horizontes de eternidad.

31° Domingo del Tiempo Ordinario, 3 de Noviembre de 2019, Ciclo C


San Lucas 19, 1 - 10


 "He Venido a Salvar lo que Estaba Perdido"


Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- Dios Creador: Desde el momento mismo en que Dios inició su obra creadora, comenzó el gran proyecto de su amor. La aventura maravillosa de ser correspondido en el amor. Pero también la aventura del riesgo del amor, del rechazo del amor, de la incomprensión del amor, del rostro doloroso del amor. "Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste, pues si algo odiases, no lo habrías creado", dice la Sabiduría. El amor de Dios será entronizado en los cielos y los hombres adorarán eternamente la triple faz del Amor.
2.- Dios Misericordioso: Sostiene al que va a caer, endereza al que se dobla. pues toda la creación experimenta la bondad de Dios. Así es el reinado de Dios: reino de justicia, de amor y de paz. No se limita a perdonar al que arrepentido se le acerca. Él mismo se encamina hacia él. Dios hace lo que nadie puede hacer.  «Buscaré a la oveja perdida, tomaré a la descarriada, curaré a la herida y sanaré a la enferma». Él hace todo, pero a nosotros nos corresponde abrir el corazón de par en par para que Él pueda sanarnos y hacernos seguir adelante.
3.- Cristo Ama al Pecador: Cristo, rico en misericordia, Él mismo va al encuentro. Cristo se invita a sí mismo contra las ingratitudes de la gente que lo rodea. Seguro que, si lo hubiera despreciado, hubiera conseguido el aplauso del público. Pero no fue así. ¡Qué amor tan grande le tenía! La alegría de Zaqueo nos abre una ventana al interior de su alma. Despreciado, aborrecido, injuriado por todos. Es, sin embargo, un hombre creado y redimido por Dios: él es también un hijo de Abraham. Dios lo ama. De ello se siente ahora seguro al encontrar en su propia casa la salvación, Cristo Jesús. 

REFLEXIÓN
   La liturgia de este domingo nos invita a contemplar el amor de Dios. Nos presenta a un Dios que ama a todos sus hijos, sin exclusión; también a los pecadores, a los malos, a los marginales, a los “impuros” y muestra que sólo el amor transforma y da vida. 
En la primera lectura un “sabio” de Israel explica la “moderación” con la que Dios trató a los opresores egipcios. Esa moderación solo tiene una explicación: por amor. Ese Dios omnipotente, que lo creó todo, ama con amor de Padre a cada ser que salió de sus manos, también a los opresores, incluso a los egipcios, porque todos son sus hijos.
La segunda lectura hace referencia al amor de Dios, poniendo de relieve su papel en la salvación del hombre (de él parte la llamada inicial a la salvación; él acompaña con amor el caminar diario del ser humano; él le dará, al final del camino, la vida plena). Además de eso, alerta a los creyentes para que no se dejen manipular por fantasías de fanáticos que aparecen, a veces, perturbando el camino normal del cristiano.
El Evangelio presenta la historia de un hombre pecador, marginado y despreciado por sus conciudadanos, que se encontró con Jesús y descubrió en él el rostro de Dios que le amaba. Invitado a sentarse a la mesa del “Reino”, ese hombre egoísta, se dejó transformar por el amor de Dios y se convirtió en un hombre generoso, capaz de compartir sus bienes y de conmoverse con la suerte de los pobres. 
   Jesús hoy también quiere encontrarse con nosotros, y alojarse en nuestro hogar, con nuestra familia. Zaqueo da el primer paso, busca encontrarse con Jesús, y nosotros también tenemos necesidad de dar el primer paso. Entonces el Señor se nos va a invitar hoy a nuestras casas. Nosotros, igual que Zaqueo, tenemos que disponer todo para acogerlo.

PARA LA VIDA 

   Durante años fui un neurótico. Era un ser angustiado, deprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y yo no dejaba de recordarme lo neurótico que yo era. Y me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no acababa de conseguirlo por mucho que lo intentara. Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que era. Y también insistía en la necesidad que yo cambiara. 
   Y también con él estaba de acuerdo, y no podía sentirme ofendido con él. De manera que me sentía impotente y como atrapado. Pero un día me dijo: “No cambies. Sigue siendo tal cual eres. En realidad no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te valoro tal como eres y no puedo dejar de quererte”. Aquellas palabras sonaron en mis oídos como música: “No cambies. No cambies…Te quiero…Te valoro” Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y, ¡oh maravilla!, logré cambiar.
   Enorme ejemplo para todos nosotros que enseguida juzgamos conductas y condenamos sin piedad. Maravilloso espejo en que mirarnos y en que mirarse la Iglesia, llamada a ser instrumento de salvación, no de condena, de acogida, no de rechazo, de amor, no de exclusión. No son las leyes, las condenas públicas, el rasgado de vestiduras, el sólo recuerdo de los preceptos morales lo que hace cambiar a las personas, sino el amor acogedor y misericordioso. Sólo el amor incondicional nos cambia, sólo el perdón nos convierte, sólo la misericordia nos recompone y nos salva, sólo Dios nos devuelve nuestra más grande dignidad de hijos suyos.

30° Domingo del Tiempo Ordinario, 27 de Octubre de 2019, Ciclo C


San Lucas 18, 9-14


 "Si el Afligido Invoca al Señor, Él lo Escucha"


Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- Dios JustoLa justicia de Dios sobrepasa, de manera absoluta, la justicia humana. La justicia de Dios no es parcial. Dios juzga justamente. El más pobre, el más desvalido, el más desafortunado, encuentra en él su refugio, su abogado, su Justo Juez. La voz suplicante del oprimido, los gritos angustiosos del huérfano, las quejas entrecortadas por sollozos de la viuda encuentran en él acogida y respuesta. Dios los atiende. Entre ellos y Dios no se interpone nada en absoluto: ni el oro, ni la distancia, ni las nubes. Dios les hace justicia, en el sentido más pleno de la palabra. La respuesta de Dios acalla los deseos y necesidades más perentorias. 
2.- El Fariseo: Él es puro y perfecto. La clase baja, el pueblo, dista mucho de ser como él. El Fariseo ostenta el distintivo de la religiosidad. El Fariseo, el piadoso modelo, sube a orar. Su oración resulta vacía; no alcanza nada. El soberbio es humillado; El fariseo, con toda su piedad, ora mal. El Fariseo dice verdad en lo que ora. Realmente cumple la Ley, pero lo hace más bien materialmente. La actitud del fariseo es la de aquél que exige o reclama a pleno derecho. Dios le es deudor. Las palabras de gratitud hacia Dios encubren un absoluto desprecio de los demás. Él nada necesita, nada pide; está sano, es justo, se encuentra limpio, perfecto. El soberbio no ve, no se ve, no se conoce, se oculta a sí mismo.
3.- El Publicano: Es también otra de las figuras típicas de la vida religiosa y social de Israel. Es lo contrario del fariseo. De oficio, cobrador de impuestos; por costumbre, extorsionador del pueblo. El Publicano, proverbial pecador, alcanza misericordia. El humillado es enaltecido. El publicano, con todo su pecado, ora bien. También el Publicano dice verdad en sus palabras. Se reconoce malhechor y pecador. Su actitud ante Dios es diferente. No osa levantar los ojos del suelo, sabiendo que es indigno de presentarse ante Dios. Confía, no obstante, en la misericordia del Señor. A ella se acoge. Se reconoce enfermo y ruega la salud. Dios usó de misericordia; Dios lo sanó. Salió de allí justificado. 

REFLEXIÓN 

   La liturgia de este domingo nos muestra que Dios siente “debilidad” por los humildes y por los pobres, por los marginados; y que estos, en su despojamiento, en su humildad, en su finitud (y hasta en su pecado), son los que están más cerca de la salvación, pues son los que están más disponibles para acoger el don de Dios. 
La primera lectura define a Dios como a un “juez justo”, que no se deja sobornar por las ofrendas de esos poderosos que practican la injusticia con los hermanos; en contrapartida, ese Dios justo ama a los humildes y escucha sus súplicas.
En la segunda lectura, tenemos una invitación a vivir el camino cristiano con entusiasmo, con entrega, con ánimo, a ejemplo de Pablo. La lectura se separa un poco del tema general de este domingo; con todo, podemos decir que Pablo fue un buen ejemplo de esa actitud que el Evangelio propone: él confió, no en sus méritos, sino en la misericordia de Dios, que justifica y salva a todos los hombres que la acogen.
El Evangelio define la actitud que el creyente debe tener frente a Dios. 
   Rechaza la actitud de los orgullosos y autosuficientes, convencidos de que la salvación es el resultado natural de sus méritos, y propone la actitud humilde del pecador, que se presenta ante Dios con las manos vacías, pero dispuesto a acoger su don. Esa es la actitud del “pobre”. La humildad es el conocimiento exacto de sí mismo. La humildad abre a uno a la misericordia de Dios. El humilde se ve como es, se siente como es, enfermo y necesitado. Dios levanta al deprimido; en cambio abaja al presumido. Nuestra actitud ante Dios debe ser la del que pide, la del que ruega, la del que necesita, la del que implora. Así es el hombre ante Dios. 

PARA LA VIDA 

   A una vieja dama de mentalidad muy religiosa, a la que no satisfacía ninguna de las religiones existentes, se le ocurrió fundar su propia religión. Un periodista, que deseaba sinceramente comprender el punto de vista de dicha anciana, le preguntó un día: - ¿De veras cree usted, como dice la gente, que nadie irá al cielo, a excepción de usted misma y de su criada? La vieja dama reflexionó unos instantes y respondió: - Bueno,….de la pobre María no estoy tan segura. 

   Un día de sol, un elefante se bañaba en un río de la jungla. Un ratón se acercó a la orilla y contemplaba al elefante y le dijo: elefante, sal del agua. - ¿Por qué? - Cuando salgas te lo diré. El elefante salió del agua y le preguntó: ¿Qué quieres, ratón? Sólo quería ver si llevabas puesto mi traje de baño.

El hombre actual tiende fácilmente a justificarse -personalidad, libertad, responsabilidad-. Difícilmente se ve miserable, injusto, pecador. Se halla en una grave situación. Hoy día nadie se acusa de nada. Todo el mundo hace las cosas bien. Los «otros» son los que hacen las cosas mal. El hombre actual no se reconoce enfermo, no necesita de la misericordia divina. Más aún, a veces se insolenta con Dios. La actitud no es cristiana. Conviene meditar sobre ello. Todos tenemos mucho de fariseo y poco de humilde

29° Domingo del Tiempo Ordinario, 20 de Octubre de 2019, Ciclo C


San Lucas 18, 1 - 8


"Orar con Insistencia
 "Ni Ores sin Trabajar, ni Trabajes sin Orar"


Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- La Oración: como en la vida espiritual todo es don, nada se puede recibir sin la oración humilde y constante a Dios. Con ella se abre la puerta del corazón de Dios de un modo invisible, pero real y eficaz. "Sin mí no podéis hacer nada". "Todo es posible para el que cree", para el que ora con fe. Dios es tan bueno que, incluso sin orar, recibimos muchas cosas de Él. Lo que ciertamente resulta infalible es que, si pedimos a Dios lo que Jesús nos enseña a pedir y en el modo en que nos enseña, Dios nos lo concederá.
2.- La Constancia:  que, en nuestra mentalidad, hasta nos puede parecer inoportuna, a Dios le agrada y le conmueve. Una constancia que puede ser exigente, incluso dura, y requerir no poco esfuerzo, como en el caso de Moisés, pero que Dios bendice
3.- La Justicia: si por egoísmo los seres humanos hacen justicia, favores, ¡cuánto más Dios hará justicia!, “Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a El día y noche, aunque los haga esperar?”. 
4.- La Fe: No es suficiente haber crecido en la fe; no basta que llevemos una vida cristiana, es preciso estar alerta, vigilante, a fin de que nuestra fe se convierta en vida, para que se verdadera. Esto lo añade el Señor para dar a conocer que si la fe falta, la oración es inútil. Por tanto, cuando oremos, creamos y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración y la oración produce a su vez la firmeza de la fe. Si la fe es luz, no vivamos en las tinieblas, vivamos en la luz, viviendo la fe. 

REFLEXIÓN
   La liturgia de la Palabra de hoy nos invita a mantener con Dios una relación estrecha, una comunión íntima, un diálogo insistente: sólo de esa forma será posible al creyente aceptar los planes de Dios, comprender sus silencios, respetar sus ritmos, creer en su amor. 
La primera lectura da a entender que Dios interviene en el mundo y salva a su Pueblo sirviéndose, muchas veces, de la acción de hombres; pero, para que el hombre pueda ganar la dura batalla de la existencia, tiene que contar con la ayuda y la fuerza de Dios. Ahora bien, esa ayuda y esa fuerza brotan de la oración, del diálogo con Dios.
La segunda lectura, sin referirse directamente al tema de la relación del creyente con Dios, presenta otra fuente privilegiada para el encuentro entre Dios y el hombre: la Sagrada Escritura. Siendo la Palabra con la que Dios indica a los hombres el camino que lleva a la vida plena, ella debe tener un lugar preponderante en la vida cristiana.
El Evangelio sugiere que Dios no está ausente, ni se queda insensible ante el sufrimiento de su Pueblo. Los creyentes deben descubrir que Dios les ama y que tiene un proyecto de salvación para todos los hombres; y ese descubrimiento sólo puede realizarse a través de la oración, de un diálogo continuo y perseverante con Dios. 

   De este modo, los textos litúrgicos de este domingo dan un valor extraordinario a la oración, como elemento constitutivo de la ortopraxis y como fundamento del progreso espiritual y de toda victoria en las luchas diarias de la fe. Hay que orar para recibir, pero también para dar según el don recibido. El don de Dios estará acompañado por la acción del hombre, basada en el don mismo. La victoria es de Dios, pero no sin que el hombre ponga los medios para la acción divina eficaz. Sin la espada de Josué no hubiese habido victoria, pero la sola espada, sin la intervención de Dios, hubiese terminado en derrota. Sin el esfuerzo de Timoteo por ser primeramente buen judío y luego buen discípulo de Pablo, Dios no hubiese podido "dotarle" para llevar a cabo la misión de dirigente de la comunidad de Éfeso.

PARA LA VIDA 

   Una noche tuve un sueño: Soñé que con el Señor caminaba por la playa, y a través del cielo, escenas de mi vida pasaban. Por cada escena que pasaba percibí que quedaron dos pares de pisadas en la arena. Unas eran las mías y las otras las del Señor. Cuando la última escena pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena, y noté que muchas veces en el camino de mi vida había sólo un par de pisadas en la arena. 

   Noté también que esto sucedió en los momentos más difíciles de mi vida. Esto me perturbó y, entonces, pregunté al Señor: “Señor, tú me dijiste, cuando yo resolví seguirte, que andarías conmigo a lo largo de todo el camino, pero he notado que durante los peores momentos de mi vida se divisan en la arena sólo un par de pisadas.

   No comprendo por qué me dejaste en las horas que más te necesitaba”. Entonces El, clavando en mí su mirada infinita de amor, me contestó: “Mi hijo querido, yo siempre te he amado y jamás te dejaría en los momentos más difíciles. Cuando viste en la arena un solo par de pisadas, fue justamente allí donde yo te cargué en mis brazos”.

28° Domingo del Tiempo Ordinario, 13 de Octubre de 2019, Ciclo C


San Lucas 17, 11 - 19

 La Obediencia de la fe” 

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.-La Lepra: era una enfermedad, que no tenía remedio, llevaba implacablemente a la muerte. Y como además era contagiosa, el leproso era ¨impuro¨. Eran la imagen del muerto en vida. El Señor no lo cura sólo físicamente como a los otros. Cristo le da la salvación total. No sólo su pie volvió limpio, sino también su corazón se llenó de fe en Jesús. Para este samaritano, lo que comenzó con las curaciones del cuerpo, se transformó en una nueva existencia en Cristo.
2.-La Oración: es “un grito” que no teme “molestar a Dios”, “hacer ruido”, como cuando se “llama a una puerta” con insistencia. He aquí, según el Papa Francisco, el significado de la oración dirigida al Señor con espíritu de verdad y con . la seguridad de que Él puede escucharla de verdad.
3.-La Curación: La salvación corporal no es algo que merezca la pena por sí misma. Ahí está la verdadera salvación del individuo: en el verdadero conocimiento del único Dios. el que más reconoce su necesidad y el que menos cree merecer el remedio es quien mejor y más pronto ve la mano de Dios y la agradece. 
4.-La Obediencia: implica ya, al menos, un grado mínimo de fe en la persona a la que se obedece. Una fe que no está exenta de tropiezos y dificultades. La obediencia agrada a Dios. Dios no es un extraño, es nuestro Padre. ¿Cómo no buscar agradarle? Jesús, nuestro modelo, es un testigo supremo de obediencia. Obedeció a Dios durante su vida pública, teniendo como su alimento diario la voluntad de su Padre. Le obedeció hasta la muerte y tuvo una muerte de cruz.
5.-La Gratitud: Nada nos mueve tanto a agradecer como recibir un regalo, una gracia, un bien que necesitábamos o deseábamos pero que por alguna razón estaba más allá de nuestras previsiones, recursos o fuerzas. La gratitud, además, para un creyente, está en el corazón mismo de la fe: un cristiano que no sabe dar gracias es alguien que ha cerrado su corazón y ha olvidado el lenguaje de Dios. 

REFLEXIÓN

   La liturgia de este domingo nos muestra, con ejemplos concretos, cómo Dios tiene un proyecto de salvación para ofrecer a todos los hombres, sin excepción. Reconocer el don de Dios, acogerlo con amor y gratitud, es la condición para vencer la alienación, el sufrimiento, el alejamiento de Dios y de los hermanos y llegar a la vida plena. 

La primera lectura nos muestra la historia de un leproso (el sirio Naamán). El episodio revela que sólo Yahvé ofrece al hombre la vida y la salvación, sin límites ni excepciones; al hombre le queda acoger el don de Dios, reconocerlo como el único salvador y manifestarle gratitud.
La segunda lectura define la existencia cristiana como la identificación con Cristo. Quien acoge el don de Dios, se hace discípulo: se identifica con Cristo, vive en el amor y en la entrega a los hermanos y llega a la vida nueva de la resurrección.
El Evangelio nos presenta a un grupo de leprosos que se encuentran con Jesús, y que a través de Jesús descubren la misericordia y el amor de Dios. Ellos representan a toda la humanidad, envuelta por la miseria y por el sufrimiento, sobre quien Dios derrama su bondad, su amor, su salvación. También aquí nos llama la atención sobre la respuesta que el hombre da al don de Dios: todos los que experimentan la salvación que Dios ofrece deben reconocer el don, acogerlo y manifestarle su gratitud.

   Agradecer el don recibido sin hacer nada, sin merecerlo, es sólo obra del Espíritu. Agradecer es cantar y contar la bondad de Dios en voz muy alta. Agradecer es la respuesta improvisada de un nuevo amor. Agradecer es reconocer que todo es gracia, don de Dios y este reconocimiento es una profesión de fe. El domingo cristiano, día de la comunidad, día del “nosotros” proclamamos que “Es justo, es necesario, es nuestro deber y salvación dar GRACIAS a Dios siempre y en todo lugar”. 

PARA LA VIDA

   Cuenta el Padre Weichs, que : Un hombre estaba debajo de una palmera. En eso, un mono enfurecido, le tiró desde arriba un coco sobre la cabeza. Primero, el hombre se quedó sorprendido, sin moverse. Entonces, se agarra la cabeza porque le duele. Después cae su mirada sobre el coco, delante de él. El hombre sonríe, mira hacia arriba y le dice al mono: Gracias Parte el coco, bebe su contenido, come su carne y de la cáscara fabrica dos pequeñas fuentes. 

   Lo mismo se puede aplicar al leproso del evangelio. Todo el mundo habría dicho: ¨Qué desgracia sufre ese pobre leproso¨. Pero, sin embargo, mirando hacia atrás, este samaritano, tal vez agradeció a Dios su lepra. Porque eso que le parecía quizás la más horrible desgracia, se le convirtió en ¨Gracia¨. En este día aprendamos del samaritano a ser agradecidos con Dios, a darle gracias. 

   En la Eucaristía, en especial es donde damos ¨gracias a Dios. Pidámosle al Señor, ir a celebrar la Eucaristía dispuestos a glorificar a Dios, y tener el corazón repleto de gozo por las maravillas que Dios obra en nosotros. Que María nos enseñe a ser más agradecidos con el Señor.

27° Domingo del Tiempo Ordinario, 6 de Octubre de 2019, Ciclo C


San Lucas 17, 5 - 10


 Señor, Auméntanos la Fe” 


Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- El Injusto: No teme a nada ni a nadie. Dios no lo soporta. El que no actúa según la voluntad de Dios, confía en su propio poder, pero se apoya en una realidad frágil e inconsistente; por ello se doblará, está destinado a caer.
2.- El Justo: Su fe en el Dios vivo lo salvará. Sobrevivirá debido a su fe. En realidad, no puede desaparecer el que se ha unido con toda su alma a la mano todopoderosa del Dios Inmortal. Dios no permite que sus fieles perezcan. El justo vive y vivirá por la fe. 
3.- La Docilidad: Dios nos conduce. Hay que dejarse llevar, por más que surjan diversas dificultades. Esta es una actitud de humildad que nos coloca verdaderamente en nuestro sitio y permite al Señor ser muy generoso con nosotros. 
4.- El Pastordebe cobrar ánimo e infundirlo, proclamar la palabra de Dios y hacer callar al impío, actuar con energía y consolar con delicadeza, dar la cara por el Señor y guardar celoso el tesoro encomendado. 
5.- La Fe: Es la virtud teologal del creerá. Así sea pequeña, es capaz de obrar maravillas. La fe alcanza lo imposible. Lo que el hombre, en su inteligencia y voluntad, no puede conseguir, lo consigue con la fePor la fe comenzamos a ver, comenzamos a apreciar y comenzamos a caminar en este mundo nuevo, que es, en el fondo, la manifestación de Dios mismo. Por la fe caminamos asidos de la mano de Dios. Por la fe nos dejamos llevar.
6.- El CriadoEstá siempre en dependencia del amo. En ese sentido no es un hombre libre. El esclavo depende en todo y para todo de su señor. El cristiano es un siervo, una criatura, un ser dependiente. Y lo es bajo todo concepto. ¿Qué tiene que no le venga de su Señor? No debe olvidarlo nunca. Él es el Dueño y nosotros somos los siervos. El cristiano, aunque hijo, no debe olvidarlo. 

REFLEXIÓN

    En la Palabra de Dios que hoy se nos propone, se entrecruzan varios temas (la fe, la salvación, la radicalidad del “camino del Reino”, etc.), pero sobresale la reflexión sobre la actitud concreta que el ser humano debe asumir frente a Dios. Las lecturas nos invitan a reconocer, con humildad, nuestra pequeñez y finitud, a comprometernos por el “Reino” sin cálculos ni exigencias, a acoger con gratitud los dones de Dios y a entregarnos confiadamente en sus manos. 

En la primera lectura, el profeta Habacuc interpela a Dios, le insta a que intervenga en el mundo para poner fin a la violencia, a la injusticia, al pecado. Dios, como respuesta, manifiesta su intención de actuar en el mundo, en el sentido de vencer a la muerte y a la opresión; pero da a entender que sólo lo hará cuando sea el momento oportuno, de acuerdo con su proyecto; al hombre le queda confiar y esperar pacientemente el “tiempo de Dios”.
La segunda lectura invita a los discípulos a renovar cada día su compromiso con Jesucristo y con el “Reino”. De forma especial, el autor exhorta a los animadores cristianos para que conduzcan con fortaleza, con equilibrio y con amor a las comunidades que les han sido confiadas y a que defiendan siempre la verdad del Evangelio.
En el Evangelio se invita a los discípulos a adherirse, con coraje y radicalidad, a ese proyecto de vida que, en Jesús, Dios vino a ofrecer al hombre. A esa adhesión se le llama “fe”; y de ella depende la instauración del “Reino” en el mundo. Los discípulos, comprometidos en la construcción del “Reino” debemos, sin embargo, tener conciencia de que no actuamos por nosotros mismos; somos, únicamente, instrumentos a través de los cuales Dios realiza la salvación. Nos queda cumplir nuestro papel con humildad y gratuidad, como “unos pobres siervos, (que) hemos hecho lo que teníamos que hacer”. 

PARA LA VIDA 

   El santo Joneyed acudió a la Meca vestido de mendigo. Estando allí, vio cómo un barbero afeitaba a un hombre rico. Al pedirle el barbero que le afeitara a él, el barbero dejó inmediatamente al hombre rico y se puso a afeitar a Joneyed. Y al acabar no quiso cobrarle. En realidad, lo que hizo fue darle a Joneyed una limosna. 

   Joneyed quedó tan impresionado que decidió dar al barbero todas las limosnas que pudiera recoger aquel día. Sucedió que un acaudalado peregrino se acercó a Joneyed y le entregó una bolsa de oro. Joneyed se fue aquella tarde a la barbería y ofreció el oro al barbero. Pero el barbero le gritó: - “¿Qué clase de santo eres? ¿No te da vergüenza pretender pagar un servicio hecho con amor? 

   Nos pasa como en el cuento de hoy a Joneyed, creemos que tenemos que pagar siempre algo a Dios: sean nuestras misas, nuestros rosarios, nuestras buenas obras. Nos cuesta entender que a Dios no se le compra, que Dios es puro don, puro amor incondicional, y que su amor no depende de nuestros comportamientos. 

   Dios nos ama, no porque seamos buenos, nos ama por que sí, porque somos sus hijos, incubando en nosotros la gran revolución del amor.
Hagamos todo con esta gozosa experiencia de agradecimiento, sin exigir nada, trabajando cada día por el Reino de Dios, pues Dios ya sabe lo que necesitamos y nos dará todo por añadidura.

26° Domingo del Tiempo Ordinario, 29 de Septiembre de 2019, Ciclo C


San Lucas 16, 19 – 31


 El Pobre Lázaro y el Rico Epulón” 



Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- El Licencioso:  es de hombres que han hecho de este siglo «su siglo». Hombres que han cifrado en el disfrute de los bienes de este mundo su ideal y su gloria. Las riquezas materiales, con mayor frecuencia, nos hacen despreocuparnos de lo que les pasa a los demás. 
2.-El Necesitado: Dios es libertad para el cautivo, justicia para el oprimido, pan para el hambriento, luz para el ciego, firmeza para el débil, cobijo de la viuda, sustento del huérfano y defensa del peregrino. ¡Qué maravilla! Dios reina sirviendo al necesitado, salvando. Dios reina sembrando el consuelo y la vida. Ese es nuestro Dios. 
3.-El Hombre de Dios: camina en Dios, vive en Dios, suspira y trabaja por Dios. Dios es todo en todo momento. El hombre de Dios no es hombre de este mundo. Su vida transcurre bajo otro signo. Es expresión viva de la más radical consagración a Dios. El hombre de Dios vive la fe de Abraham, la esperanza de Moisés, la dedicación del profeta. El hombre de Dios es misericordioso, sabe tratar con delicadeza y respeto 
4.-El Rico: es un hombre de este mundo y para este mundo. Come, bebe, banquetea, se entrega de todo corazón a los placeres que le depara esta vida. El rico no pude llevarse nada de sus riquezas. Todos sus goces y deleites quedaran atrás, aquí en la tierra. 
5.-El Pobre Es pobre bajo todo concepto. No tiene bienes, no tiene comida; pasa necesidad extrema. Por no tener, no tiene ni quien le dé las migas que se arrojan al suelo. No hay quien se interese por él. Le falta la salud; está lleno de llagas. Hasta el pedir limosna le resulta difícil, pues está enfermo, y la enfermedad le dificulta el caminar y le hace abominable ante los demás. El que pasaba necesidad se ve colmado de dicha. El enfermo y abandonado aparece glorioso y glorificado. Fue pobre, ahora es rico. Sufrió mucho, ahora goza indeciblemente. 

REFLEXIÓN 

   La liturgia de este Domingo nos propone, de nuevo, la reflexión sobre nuestra relación con los bienes de este mundo. Nos invita a verlos, no como algo que nos pertenece de forma exclusiva, sino como dones que Dios puso en nuestras manos, para que los administremos y compartamos, con gratuidad y amor. 

En la primera lectura, el profeta Amós denuncia violentamente a una clase dirigente ociosa, que vive en el lujo a costa de la explotación de los pobres y que no se preocupa mínimamente por el sufrimiento y la miseria de los humildes. El profeta anuncia que Dios no va a pactar con esta situación, pues este sistema de egoísmo e injusticia no tiene nada que ver con el proyecto que Dios soñó para los hombres y para el mundo.
La segunda lectura no tiene relación directa con el tema de este domingo. Traza el perfil del “hombre de Dios”: debe ser alguien que ama a los hermanos, que es paciente, que es manso, que es justo y que transmite fielmente la propuesta de Jesús. Podríamos, también, añadir que es alguien que no vive para sí, sino que vive para compartir, todo lo que es y lo que tiene, con los hermanos.
El Evangelio nos presenta, a través de la parábola del rico y del pobre Lázaro, una catequesis sobre la posesión de los bienes. En la perspectiva de Lucas la riqueza es siempre un pecado, pues supone la apropiación, en beneficio propio, de los dones de Dios que están destinados a todos los hombres. Por eso, el rico es condenado y Lázaro recompensado. Es interesante en este orden de ideas que el nombre del rico no aparece por ninguna parte. Para él Lázaro no existía, pero ante Dios es Lázaro el que tiene nombre. Su historia y su dolor son preciosos ante los ojos de Dios, mientras que la comedia de placer del ricachón no tiene valor ni nombre en los cielos. 

PARA LA VIDA

    Cuentan que un sacerdote se aproximó a un herido en medio de una dura batalla de una lejana guerra, y le preguntó: ¿quieres que te lea la Biblia?  - Primero dame agua, que tengo sed- le respondió el herido. Y el sacerdote le entregó el último trago de su cantimplora, aunque sabía que no había más agua en muchos kilómetros a la redonda. – Y ahora, ¿quieres que te lea la Biblia?- volvió a insistir el sacerdote. – Primero dame de comer- suplicó el herido. 

   Y el sacerdote le dio el último mendrugo de pan que guardaba en su mochila. – Tengo frío- fue el siguiente lamento del herido, y el sacerdote se despojó de su abrigo, a pesar del frío que calaba hasta los huesos, y cubrió al lesionado. – Ahora sí, le dijo el herido al sacerdote, ahora puedes hablarme de ese Dios que te hizo darme tu última agua, tu último mendrugo y tu único abrigo. Ahora quiero conocer a tu Dios. 

  No podemos hablar de Dios si no damos primero testimonio de nuestro amor solidario. Si no damos el pan del cuerpo, ¿quién va a creernos que tenemos el pan del alma? Los Lázaros de nuestro mundo están cerca y nos gritan y sacuden nuestras conciencias. Esos Lázaros son los pobres, y los inmigrantes, y los ancianos, y los que están solos, y los que necesitan de nuestro tiempo, de nuestra sonrisa, de nuestro hombro para llorar y de nuestra mesa para comer. Que la Palabra de Dios de este domingo abra nuestros corazones a los Lázaros que se acercarán a nuestra vida.