6° Domingo del Tiempo Ordinario,16 de Febrero de 2020, Ciclo A


San Mateo 5, 17 - 37

“Dichosos los que Caminan en la Voluntad del Señor”

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- La Libertad: Dios creó al hombre, y lo adornó con el don de la libertad. Si es verdad que al hombre no se le imponen ni siquiera la vida y la muerte y que el camino que los hombres siguen depende de ellos mismos, sin embargo, es cosa clara que los que obedecen a lo mandado por el Señor reciben la vida y la bendición.
2.-La Ley: propuesta por Dios a su pueblo son obras de amor, y la observancia de sus mandamientos, sobre todo por parte del hombre libre, actos de amor. Sin embargo, Cristo afirma que no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud. La ley ha adquirido una nueva forma en el amor; somos libres para andar por los caminos del Señor y en ellos encontramos la sabiduría desde el momento mismo en que nos plegamos a su voluntad.
3.-La Sabiduría: oculta se nos revela por Jesús. el Misterio es Cristo mismo, transparencia del plan de Dios, que él realiza para nosotros. Al adherirnos a Cristo y al plan de salvación cuya revelación es el mismo Cristo, bajo el impulso del Espíritu Santo, nos hacemos perfectos y nos encaminamos hacia la gloria, cuyas primicias poseemos desde que fuimos bautizados. 
4.-La Alianza: es la oferta de la reconciliación de Dios con los hombres, por lo que el hombre debe reconciliarse primero con su prójimo antes de presentarse ante Dios. Dios es eternamente fiel en su alianza, por eso el matrimonio entre hombre y mujer debe ser una imagen de esta fidelidad.
5.-El Cielo o el Infierno: el radicalismo con el que Jesús entiende la ley de Dios conduce a la ganancia del reino de los cielos o a su pérdida. El que sigue a Dios, le encuentra el cielo y entra en su reino; quien sólo busca en la ley su beneficio personal, lo pierde y, si persiste en su actitud, le pierdo definitivamente. 

REFLEXIÓN 

   En este sexto Domingo del tiempo ordinario, pocos días antes del comienzo de la Cuaresma, la liturgia habla del cumplimiento de la ley por parte de Cristo. Él afirma que no ha venido a abolir la ley antigua, sino a darle plenitud. Con el envío del Espíritu Santo, grabará la ley en el corazón de los creyentes, es decir, en el lugar de las opciones personales y responsables. Con ese espíritu se podrá aceptar la ley no como orden externa, sino como opción interior. La ley promulgada por Cristo es, por tanto, una ley de «santidad» (cf. Mt 5, 48), es la ley suprema del amor (cf. Jn 15, 9-12).

   En la primera lectura del Eclesiástico 15,16-21 nos dice: Delante del hombre están la muerte y la vida. Y él, libremente, se orienta hacia lo que elige. La libertad del hombre fundamenta su responsabilidad teológica ante Dios y ante su propia conciencia. Es una libertad que puede y debe ser sanada por la gracia divina, con la que puede y debe colaborar. Solo así podrá ser una libertad perfecta.

   En la segunda lectura de la primera carta a los Corintios 2,6-10: Dios predestinó para nuestra gloria una Sabiduría que no es de este siglo. Cristo es, personalmente, la Luz de la Sabiduría divina, e ilumina amorosamente toda nuestra existencia. Sin Cristo, la vida del hombre permanece en las tinieblas, y corre el riesgo gravísimo de degradarse en el tiempo y para la eternidad.

   En el Evangelio de San Mateo 5,17-37: Se dijo a los antiguos..., pero yo os digo. Cristo se nos manifiesta como expresión de la voluntad definitiva del Padre. No ha venido a abrogar esa Voluntad divina, manifestada en la Ley, sino para consumarla en la verdadera santidad y en el pleno amor de Dios. San Juan Crisóstomo dice: 
   «Imposible quede nada sin cumplirse, pues hasta la más leve parte de la Ley ha de cumplirse. Con esto quiere hacernos ver dos cosas: primero, que no establece sus preceptos en pugna con los pasados, sino muy en consecuencia con ellos; y segundo, que muy razonable y oportunamente añade los nuevos»

PARA LA VIDA 

   Al terminar el maestro organizaba unos documentos en su escritorio; se le acercó uno de sus alumnos y en forma desafiante le dijo: - "Profesor, lo que más me alegra de haber terminado sus clases es que no tendré que escuchar más sus tonterías y podré descansar de verle esa cara aburrida" El alumno estaba erguido, con semblante arrogante, en espera de que el maestro reaccionara ofendido y descontrolado. 

   El profesor miró al alumno por un instante y en forma muy tranquila le preguntó:  - "Cuando alguien te ofrece algo que no quieres, ¿lo recibes?" El alumno quedó desconcertado por la calidez de la sorpresiva pregunta. - "¡Por supuesto que no!", contestó de nuevo en tono despectivo el muchacho. - "Bueno", prosiguió el profesor. "Cuando alguien intenta ofenderme o me dice algo desagradable, me está ofreciendo algo, en este caso una emoción de rabia y rencor, que puedo decidir no aceptar." - "No entiendo a qué se refiere", dijo el alumno confundido. - "Muy sencillo", replicó el profesor. 

   "Tú me estás ofreciendo rabia y desprecio, y, si yo me siento ofendido o me pongo furioso, estaré aceptando tu regalo. Y yo, mi amigo, en verdad prefiero obsequiarme mi propia serenidad."  - "Muchacho", concluyó el profesor en tono gentil, "tu rabia pasará, pero no trates de dejarla conmigo, porque no me interesa. Yo no puedo controlar lo que tú llevas en tu corazón, pero de mí sí depende lo que yo cargo en el mío."

5° Domingo del Tiempo Ordinario, 9 de Febrero de 2020, Ciclo A


San Mateo 5, 13-16

“Vosotros Sois la Sal y la Luz del Mundo”


Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- La Palabra: el deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación.
2.- La Luz: Dios es luz, Dios es amor; en Él no hay tinieblas y en su luz nosotros vemos la luz y nos transformamos. Nuestras obras deben brillar ante los hombres, para que den Gloria a Dios. Por Cristo, con Él y en Él, los bautizados son «la luz del mundo». La vestidura blanca simboliza que el recién bautizado se ha «revestido de Cristo»; que ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual significa que Cristo ha iluminado con su Luz al nuevo cristiano.
3.- La Sal: la sal se emplea para preservar a los alimentos de la corrupción y para darles sabor. Significa sabiduría, discreta, pero es eficaz al actuar. Para ser sal y luz es necesario estar limpios. Ser puros. Fidelidad al deber siempre estar en la caridad, en el amor. Porque el mundo es de Dios y lo alquila a los valientes.
4.- La Lámpara: “No se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón”. Sólo Cristo, a través de pequeñas lámparas que somos todos, comprometidos por su reino, es capaz de ofrecer sabor de eternidad y de felicidad a tantos hombres y mujeres que, en el horizonte de sus vidas, no ven sino fracaso, hastío o cansancio. Sin su fuerza no sería posible la luz en nuestro hogar. 

REFLEXIÓN

   La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano. Aquellos que son interpelados por el desafío del “Reino”, no pueden instalarse en una vida cómoda, ni refugiarse en una religión ritual y hecha de gestos vacíos. Tenemos que vivir de tal forma comprometidos con la transformación de este mundo que nos transformemos en luz que brille en la noche para llegar a la plenitud que Dios prometió a los hombres, el mundo del “Reino”. 
La primera lectura presenta las condiciones necesarias para “ser luz”: La “luz” que ilumina al mundo de todo aquel que se compromete verdaderamente con la justicia, con la paz, con la solidaridad, con la fraternidad. La verdadera religión no se fundamenta en una relación “platónica” con Dios, sino en un compromiso concreto que lleva al hombre a ser un signo vivo del amor de Dios entre sus hermanos.
La segunda lectura avisa que ser “luz” no es colocar la esperanza de salvación en esquemas humanos de sabiduría, sino que es identificarse con Cristo e interiorizar la “locura de la cruz” como el don de la vida. ¿Se puede esperar una revelación de salvación en el escándalo de un Dios que muere en la cruz? Sí. Es en la fragilidad y en la debilidad donde Dios se manifiesta: el ejemplo de Pablo – un hombre frágil y poco brillante – lo demuestra.
En el Evangelio Jesús exhorta a sus discípulos para que no se instalen en la mediocridad, en la comodidad; y les pide que sean la sal que da sabor al mundo y que testimonien la permanencia y la eternidad del proyecto salvador de Dios; también les exhorta a que seamos una luz que conduzca al encuentro del “Reino” de libertad y de la esperanza. 
PARA LA VIDA
   Un hombre que acababa de encontrarse con Jesús resucitado, iba a toda prisa por el camino de la Vida, mirando por todas partes y buscando. Se acercó a un anciano que estaba sentado al borde del camino y le preguntó: “por favor, señor, ha visto pasar por aquí a algún cristiano?”.
    El anciano, encogiéndose de hombros le contestó: “depende del tipo de cristiano que ande buscando”. “Perdone, dijo contrariado el hombre, “pero yo soy nuevo en esto y no conozco los tipos que hay. Solo conozco a Jesús”. Y el anciano dijo: “pues sí, amigo, hay de muchos tipos y maneras”.
  Los hay para todos los gustos: “hay cristianos por cumplimiento, por tradición, por costumbres, por superstición, por obligación, por conveniencia y cristianos auténticos”. “Los auténticos! ¡Esos son los que busco! ¡Los de verdad!”, exclamó el hombre emocionado. “Vaya!”, dijo el anciano con voz grave. “Esos son los más difíciles de ver.
    Hace ya mucho tiempo que pasó uno de esos por aquí, y precisamente me preguntó lo mismo que usted”. “Y cómo podré reconocerle?”. Y el anciano respondió: “no se preocupe, no será difícil reconocerlo.  “El no pasa desapercibido. Lo reconocerá por sus obras, porque siempre dejan huella”

4° Domingo del Tiempo Ordinario, La Presentación del Señor, 2 de Febrero de 2020, Ciclo A

San Lucas 2, 22-40

“Mis Ojos Han Visto la Salvación”

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.-La Presentación: aquí se nos presenta a Cristo, el Mediador que une a Dios y al hombre, superando las distancias, eliminando toda división y derribando todo muro de separación. Cristo viene como nuevo "Sumo Sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y a expiar así los pecados del pueblo". Siendo todavía niño, comienza a avanzar por el camino de la obediencia, que recorrerá hasta las últimas consecuencias.
2.-La Entrada: Jesús entra en el templo. Sin embargo, su entrada es humilde y reconocida sólo por unos cuantos humildes. Aparentemente una contradicción con el mensaje tremendo que venía de los profetas: se anunciaba fuego y llegó calidez; se anunciaba juicio y llegó salvación; se anunciaba temor y llegó mansedumbre. La absoluta generosidad de Dios significa la absoluta verdad del encuentro con Él. 
3.-La Fe: esta fe sencilla que espera de Dios la salvación definitiva es la fe de la mayoría. Una fe poco cultivada, que se concreta casi siempre en oraciones torpes y distraídas, que se formula en expresiones poco ortodoxas, que se despierta sobre todo en momentos difíciles de apuro. Una fe que Dios no tiene ningún problema en entender y acoger.
4.- Los Pobres: por eso la exultación de aquel Simeón, que, además de pobre tenía esa otra pobreza que es la ancianidad, vecina de la muerte. A este hombre, doblemente pobre, Cristo Bebé le da una doble alegría: la de la salvación y la de un descanso en la paz y en la luz. Emocionante encuentro entre el amanecer y el ocaso, entre un bebé y un anciano, entre la vida que declina y sólo pide un cobijo de paz, y la vida que despunta y regala de su esplendor y su luz. ¡Qué bello es Cristo! ¡Qué hermosa es la Luz de este día, con razón iluminado por la liturgia de las candelas! 

REFLEXIÓN 

   En el Evangelio de hoy, San Lucas refiere que la Virgen lleva al Niño en sus brazos y lo entrega, para que sea luz de los que están en tinieblas y en sombras de muerte. Es un buen día para que nosotros, iluminados con su luz y sosteniendo en nuestras manos la luz que alumbra a todos, nos apresuramos a salir al encuentro de aquel que es la luz verdadera. 

   Cuando los padres se acercan al Templo con el niño, no salen a su encuentro los sumos sacerdotes ni los demás dirigentes religiosos. Dentro de unos años, ellos serán quienes lo entregarán para ser crucificado. Jesús no encuentra acogida en esa religión segura de sí misma y olvidada del sufrimiento de los pobres. Tampoco vienen a recibirlo los maestros de la Ley que predican sus “tradiciones humanas” en los atrios de aquel Templo.
  
   Años más tarde, rechazarán a Jesús por curar enfermos rompiendo la ley del sábado. Jesús no encuentra acogida en doctrinas y tradiciones religiosas que no ayudan a vivir una vida más digna y más sana. Quienes acogen a Jesús y lo reconocen como enviado de Dios son dos ancianos de fe sencilla y corazón abierto que han vivido su larga vida esperando la salvación de Dios. Sus nombres parecen sugerir que son personajes simbólicos. 

   El anciano se llama Simeón (“El Señor ha escuchado”), la anciana se llama Ana (“Regalo”). Ellos representan a tanta gente de fe sencilla que, en todos los pueblos de todos los tiempos, viven con su confianza puesta en Dios.

   Los dos pertenecen a los ambientes más sanos de Israel. Son conocidos como el “Grupo de los Pobres de Yahvé”. Son gentes que no tienen nada, solo su fe en Dios. No piensan en su fortuna ni en su bienestar. Solo esperan de Dios la “consolación” que necesita su pueblo, la “liberación” que llevan buscando generación tras generación, la “luz” que ilumine las tinieblas en que viven los pueblos de la tierra. Ahora sienten que sus esperanzas se cumplen en Jesús.

PARA LA VIDA
   Un día un pobre hombre que vivía en la miseria y mendigaba de puerta en puerta, observó un carro de oro que entraba en el pueblo llevando un rey sonriente y radiante. El pobre se dijo de inmediato: “Se ha acabado mi sufrimiento, se ha acabado mi vida de pobre. Este rey de rostro dorado ha venido aquí por mí. Me cubrirá de migajas de su riqueza y viviré tranquilo.” 

   En efecto, el rey, como si hubiese venido a ver al pobre hombre, hizo detener el carro a su lado. El mendigo, que se había postrado en el suelo, se levantó y miró al rey, convencido de que había llegado la hora de su suerte. Entonces el rey extendió su mano hacia el pobre hombre y dijo: -¿Qué tienes para darme? El pobre, muy desilusionado y sorprendido, no supo qué decir. “¿Es un juego lo que el rey me propone? ¿Se burla de mí? ¿Es un nuevo pesar?” -se dijo. 

   Entonces, al ver la persistente sonrisa del rey, su luminosa mirada y su mano tendida, el pobre metió su mano en la alforja, que contenía unos puñados de arroz. Cogió un grano de arroz y se lo dio al rey, que le dio las gracias y se fue enseguida, llevado por unos caballos sorprendentemente rápidos. Al final del día, al vaciar su alforja, el pobre encontró un grano de oro. Se puso a llorar diciendo: -¿Por qué no le habré dado todo mi arroz!

3° Domingo del Tiempo Ordinario, 26 de Enero de 2020, Ciclo A


San Mateo 4,12-23

 "El Señor es mi Luz y mi Salvación"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.-La Luz: cuando Cristo ilumina nuestras almas no hay lugar en ella para el temor o el desaliento; por el contrario, en ella surge la paciencia que todo lo soporta. La fortaleza es capaz de la generosidad que no se reserva nada para sí. El alma descubre en sí capacidades hasta entonces desconocidas. "Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor". Palabras estupendas que iluminan nuestra existencia muchas veces turbada por las angustias del mundo, por los temores del mal, por la incertidumbre del futuro. Cristo no deja de llamarnos: Venid y seguidme... Está cerca el Reino de los cielos
2.-La Llamada: esta dignidad se expresa en la disponibilidad para servir, según el ejemplo de Cristo, que "no ha venido para ser servido, sino para servir". Hay que mirar con infinito respeto la vocación divina a una entrega total. Así como Dios llamó en el pasado a los apóstoles, así también hoy sigue llamando a muchos jóvenes a una vida de consagración total a la extensión de su Reino. A nosotros, miembros de la Iglesia, nos corresponde estar abiertos a la llamada de Dios, bien sea que se escuche en nuestro propio corazón, bien sea que se dirija a otros.
3.-La Vocación: la mies requiere operarios para que sea recogida; la palabra requiere predicadores para ser proclamada, para que "a todas partes alcance su pregón". Las actuales dificultades en la consecución de vocaciones no deberían desalentarnos, más bien, deberían enardecernos para redoblar los esfuerzos para obtener buenas y abundantes vocaciones.
4.-El Seguimiento: Seguir a Jesús es, más bien, inspirarse en él para continuar hoy de manera responsable la obra apasionante de «redención del hombre» comenzada con él y por él. Si la fe es seguimiento de Jesús, debemos preguntarnos sinceramente, a quién seguimos en nuestra vida, qué mensajes escuchamos, a qué líderes nos adherimos, qué causas defendemos y a qué intereses obedecemos, al mismo tiempo que pretendemos ser cristianos, es decir, «seguidores» de Jesucristo.
 REFLEXIÓN
   Hoy, tercer domingo del tiempo ordinario, la liturgia de la misa nos habla del comienzo de la vida pública de Cristo al iniciar esos tres años de predicación en la tierra. El Señor anuncia el Reino y llama a los primeros discípulos. La venida del Mesías y el anuncio del Reino de Dios, es como una luz en las tinieblas. Así lo expresa la primera lectura en que se lee el libro del profeta Isaías, que nos dice que "el pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz, y sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz".
   La Antífona de la comunión nos recuerda la afirmación de Jesús: "Yo soy la luz en el mundo". Y en el Salmo repetimos "el Señor es mi luz y mi salvación". El Evangelio nos muestra a Jesús como la luz anunciada por el profeta Isaías. El Señor comenzó a proclamar: conviértanse porque el Reino de Dios está cerca. También llama la los primeros discípulos que lo siguen inmediatamente.
   La humanidad caminó en tinieblas hasta que la luz brilló en la tierra cuando Jesús nació en Belén. Con la luz del recién nacido, - cuyas escenas hemos vivido en el tiempo de Navidad-, llegó la claridad a María y a José, a los pastores y a los magos. Luego, la luz del Señor se ocultó durante treinta años en la ciudad de Nazaret, donde Jesús llevó una vida normal, con todos los de su pueblo. Durante esos años el Señor nos enseña la posibilidad de la santificación en la vida corriente de una familia y de un trabajador, en un taller de carpintero.
   Es el momento de acertar en lo esencial y responder a lo que pueda dar verdadero sentido a nuestro vivir diario. La «segunda llamada» exige conversión y renovación. Dios sigue en silencio nuestro caminar, pero nunca deja de llamarnos. Su voz la podemos escuchar en cualquier fase de nuestra vida, como aquellos discípulos de Galilea que, siendo ya adultos, siguieron la llamada de Jesús. 

PARA LA VIDA
   Érase una vez un viajero inglés que llegó a España y encontró un gran enjambre de trabajadores en la ciudad de Burgos que estaban construyendo una iglesia. El viajero se acercó a varios obreros que estaban cavando una zanja y les preguntó qué estaban haciendo. El primero le contestó: “Yo hago lo que me mandan. Sólo me interesa el jornal para alimentar a mi familia. El segundo le dijo: “¿Yo? Estoy haciendo una zanja desde aquí hasta allá”. El tercer trabajador se paró, se apoyó en su pala y con un gran resplandor en los ojos le dijo: “Yo estoy ayudando al arquitecto a construir la magnífica catedral de Burgos”. En el evangelio de Mateo que acabamos de proclamar se nos dice que Jesús dejó Nazaret y se estableció en Cafarnaún, junto al lago. Entonces comenzó a predicar diciendo: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.
   “Los que piensan que han llegado han perdido el camino. Los que piensan que han alcanzado la meta, no han llegado a ninguna parte. Los que piensan que son santos son demonios”. Henri Nouwen

2° Domingo del Tiempo Ordinario, 19 de Enero de 2020, Ciclo A


San Juan 1,29-34


 "Este es el Cordero de Dios, que Quita el Pecado del Mundo"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.-El Cordero:  es conveniente volver a repasar esta frase que recitamos en cada misa. Es una profesión de fe cristiana que nos enseña que Dios se hizo hombre no sólo para vivir entre nosotros y también para dar su vida por nosotros.
2.-La Obediencia: algo muy importante es la actitud de escucha atenta a la voz de Dios. Debemos desechar la tendencia de reducir nuestro culto a Dios a la mera observancia de unos ritos. El espíritu cristiano nos arrastra a un amor genuino a Dios y al prójimo, un amor que se manifiesta en obras nuevas, y no sólo se queda en unas cuantas formas fijas. Al mismo tiempo, esta disposición de escucha obediente requiere que el cristiano posea un espíritu humilde. De esta manera él es capaz de escuchar la palabra de Dios. Esta apertura interior lo mantiene en una obediencia activa y real.
3.-El Testimonio: la única razón de ser de una comunidad cristiana es dar testimonio de Jesucristo, actualizar hoy en la sociedad el misterio del amor liberador de Dios manifestado en Cristo. Difícilmente seremos testigos de Dios si no manifestamos su amor salvador y liberador. La figura del Bautista, testigo verdadero de Jesucristo, nos obliga a hacernos la siguiente pregunta: ¿Ayuda mi vida a alguien a creer en Dios? Seguir a Jesús es comprometerse en la lucha y en el esfuerzo por hacer posible su Reino entre nosotros.
4.-La Vocación: Es encaminarse toda la vida a través del diálogo con Dios y abriéndose a su influencia. Juan lo subraya en varias ocasiones, mostrando cómo la mirada de Cristo sobre sus discípulos transforma la mirada de estos. Es esa mirada que cambia a Simón en Pedro (1, 42), que cambia de doctor de la ley en creyente a Natanael (1, 47-48). Progresar en la fe y en la vocación no se puede hacer, más que recibiendo las cosas y las personas como dones de Dios; la vocación no es cosa nuestra, surge del encuentro y de la acogida. 

REFLEXIÓN 
   Con este Domingo comenzamos el Tiempo Ordinario, que es una serie de treinta y cuatro semanas, partidas en dos partes por la Cuaresma y el Tiempo Pascual. Este es el primero de los cuatro domingos ordinarios antes de que comience la Cuaresma. Son semanas en las que aparece el domingo con su dimensión privilegiada de ser el Día del Señor y en el que se nos invita a la escucha de la Palabra, a la participación de la Eucaristía para que nuestras vidas se enraícen cada día más en el Misterio Pascual y así podamos morir cada día un poco más a nuestro hombre viejo y hacer posible que Cristo habite en nosotros con toda la profundidad y fuerza salvadora que desea. 
   Aunque no es un tiempo litúrgico de los llamados 'fuertes', sin embargo, ofrece la riqueza de la lectura continuada del evangelio. Este año, ciclo A, escucharemos el de san Mateo. Se nos invita a profundizar, a través de la Palabra de Dios en nuestra vida cotidiana. 
   La liturgia de este Domingo nos invita a situar la vocación en el contexto del plan que Dios tiene para los hombres y para el mundo. Dios tiene un proyecto de vida plena que ofrecer a los hombres y elige a personas concretas para que sean testigos de ese proyecto en la historia. 
La primera lectura nos presenta a un personaje misterioso, el Siervo de Yahvé, a quien Dios eligió desde el seno materno para que fuese un signo en el mundo y mostrase a toda la tierra la Buena Nueva del proyecto liberador de Dios.
La segunda lectura nos muestra una “llamada” que Pablo recuerda a los cristianos de la ciudad griega de Corinto que todos ellos están “llamados a la santidad”, esto es, son llamados por Dios a vivir realmente comprometidos con los valores del Reino.
El Evangelio de hoy nos sitúa en el marco de las primeras manifestaciones de Jesús como Salvador o, visto desde una óptica complementaria, de los primeros reconocimientos explícitos de Jesús como el Mesías esperado y como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él es el Dios que vino a nuestro encuentro, con una misión del Padre; y esa misión consiste en liberar a los hombres del “pecado” que les oprime alcanzar la vida plena. 

PARA LA VIDA 
   Un templo pasaba serias dificultades provocando el total abandono por parte de sus feligreses y quedando tan sólo cinco miembros: el párroco y cuatro personas ancianas, todos mayores de 60 años. En las montañas, cerca del templo, vivía un obispo en retiro. Una vez, el párroco se animó a pedirle al obispo algún consejo que podría ayudar a salvar la iglesia y hacer que los feligreses retornaran a ella. 
   El párroco y el obispo hablaron largamente, pero cuando el párroco le pidió el consejo, el obispo le respondió: "No tengo ningún consejo para ti. Lo único que te puedo decir es que el Mesías es uno de vosotros". De regreso al templo, el pastor les comentó a los cuatro miembros restantes lo que el obispo le había dicho. Durante los siguientes meses que siguieron, los viejos feligreses reflexionaron constantemente sobre las palabras del obispo. 

   "El Mesías es uno de nosotros", se preguntaron unos a otros. Decidieron entonces asumir dicha posibilidad, y empezaron a tratarse con un extraordinario respeto y exquisito cuidado puesto que uno de ellos podría ser el Mesías. Los meses fueron pasando, y las personas empezaron a visitar la pequeña Iglesia atraídos por el aura de respeto y gentileza que envolvía a los cinco feligreses. 
   Duros de creer, más personas empezaron a retornar a la Iglesia, y ellos comenzaron a traer amigos, y sus amigos trajeron más amigos. En pocos años, el templo volvió a ser instancia de fe y de regocijo, gracias a la multitud de fieles que asistían al templo. Y por supuesto, gracias al consejo del señor obispo.

Solemnidad Bautismo del Señor, 12 de Enero de 2019, Ciclo A

San Mateo 3, 13-17 


 "Este es mi Hijo muy Querido, en Quien Tengo Puesta Toda mi Predilección"
Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- El Bautismo:  con el bautismo de Jesús, Dios se une a la marcha peregrina de la humanidad hacia la casa del Padre. Nuestro bautismo nos marca como miembros del Reino de Dios. Nos hace propiedad de Dios.  El bautismo nos fortalece con la gracia de Cristo a lo largo de la vida; es el paso a una vida nueva, nos hace hijos de Dios y miembros de la familia de Jesús que es la Iglesia.
3.- La Trinidad: El Espíritu desciende sobre Jesús, el Padre habla al Hijo. En Jesús, los bautizados somos también los amados del Padre, los predilectos de su Hijo, y a quienes guía el Espíritu Santo. Somos fruto de la Trinidad.          
4.- El Padre: la voz del cielo es una confirmación de una especial relación entre Jesús y el Padre. La "complacencia" del Padre que Jesús recibe en el Espíritu Santo lo acompañará siempre en el caminar terreno, haciéndolo constantemente consciente del amor gozoso de Aquel que lo ha enviado al mundo.
5.- El Hijo: "Mi Hijo el predilecto, el amado": Y todos los bautizados en el nombre de Jesús, somos, igualmente amados del Padre; hijos en su Hijo y herederos del Reino.
6.- El Espíritu: Jesús sale del agua del río e inmediatamente después, abiertos los cielos, "desciende" el Espíritu y se posa sobre él. A todo bautizado, lo guiará el mismo Espíritu. 


REFLEXIÓN

   Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacía él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”. La liturgia de este Domingo tiene como escenario de fondo el proyecto salvador de Dios. En el bautismo de Jesús, a orillas del Jordán, se revela el Hijo amado de Dios, que vino al mundo enviado por el Padre, con la misión de salvar y liberar a los hombres. Cumpliendo el proyecto del Padre, Jesús se hizo uno de nosotros, compartió nuestra fragilidad y humanidad, nos liberó del egoísmo y del pecado, se empeñó en promovernos para que pudiésemos llegar a la vida plena.

La primera lectura presenta a un misterioso “Siervo”, escogido por Dios y enviado a los hombres para instaurar un mundo de justicia y de paz sin fin. Animado por el Espíritu de Dios, realizará esa misión con humildad y sencillez, sin recurrir al poder, a la imposición, a la prepotencia, pues esos esquemas no son los de Dios.
La segunda lectura afirma que Jesús es el Hijo amado que el Padre envió al mundo para realizar su proyecto de salvación; por eso, él “pasó por el mundo haciendo el bien” y liberando a todos los que vivían oprimidos. Este es el testimonio que nosotros, los discípulos, debemos dar para que la salvación que Dios ofrece llegue a todos los pueblos de la tierra.
En el Evangelio, se nos presenta la concreción de la promesa profética: Jesús es el Hijo -“Siervo” enviado por el Padre sobre quien reposa el Espíritu, y cuya misión es realizar la liberación de los hombres. Obedeciendo al Padre, se hizo hombre, se identificó con las fragilidades de los hombres, caminó a su lado, para llevarlos a la reconciliación con Dios, a la vida en plenitud. 

PARA LA VIDA PRÁCTICA 

   Nos cuenta una antigua leyenda hindú que en un tiempo todos los hombres que vivían sobre la tierra eran dioses, pero como el hombre pecó tanto, Brahma, el dios supremo, decidió castigarlo, privándolo del aliento divino que había en su interior y esconderlo en donde jamás pudiera encontrarlo y emplearlo nuevamente para el mal.

 - “Lo esconderemos en lo profundo de la tierra”, dijeron los otros dioses. - “No”, dijo Brahma, “porque el hombre cavará profundamente en la tierra y lo encontrará.
 - “Entonces, lo sumergiremos en el fondo de los océanos”, dijeron otros. - “Tampoco”, dijo Brahma, “porque el hombre aprenderá a sumergirse en el océano y también allí lo encontrará.
- “Escondámoslo en la montaña más alta”, dijeron entonces.
- “No”, dijo Brahma, “porque un día el hombre subirá a todas las montañas de la tierra y capturará de nuevo su aliento divino.  - “Entonces no sabemos dónde esconderlo ni tampoco sabemos de un lugar en donde el hombre no pueda encontrarlo”, dijeron los dioses menores. 
- Y dijo Brahma: “Escondedlo dentro del hombre mismo; jamás pensará en buscarlo allí”.  

   Y así lo hicieron. Oculto en el interior de cada ser humano hay algo de divino. Y desde entonces el hombre ha recorrido la tierra, ha bajado a los océanos, ha subido a las montañas buscando esa cualidad que lo hace semejante a Dios y que todo el tiempo, sin muchas veces saberlo, ha llevado en su interior.

Solemnidad Epifanía del Señor, 5 de Enero de 2019, Ciclo A

San Mateo 2, 1 - 12 

 "La Epifanía del Señor"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- Dios se Manifiesta: y, al manifestarse, se comunica, y, al comunicarse, impacta poderosa y bondadosamente a quien lo recibe en comunión. Dios se manifestó en Jesús, día de Navidad, como Salvador. Y la manifestación, percibida, equivale a gloria. Lo cantaron los ángeles: “Gloria a Dios en el cielo y a los hombres paz …” La intervención de Dios en estas sus manifestaciones incita a una respuesta, exige una aceptación vital de lo comunicado. 
2.- El Regalo: Los Reyes magos le llevaron: incienso, mirra y Oro. El regalo que nos ha hecho el mismo Dios, el único que sabe regalar de verdad. El que nos ha manifestado su amor insondable regalándonos a su Hijo. «En Él se nos ha manifestado el amor de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres».
3.- La Adoración: es amor y entrega. Es rendir nuestro ser a Dios y quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante El, admirando su misterio desde nuestra pequeñez e insignificancia.
4.- La Oración: Representa nuestra propia vida como un peregrinar, como una peregrinación de fe. Nosotros somos los magos. La fe es la estrella que nos guía. Belén es nuestra meta.
5.- La Fe: es el don por el que reconocemos a Dios. Es una estrella que nos lleva a Cristo. Es un don de Dios, una iluminación, no una propiedad nuestra. Cristo dijo: "Nadie puede venir a mí si no es atraído por el Padre que me envió"
6.- La Luz: Necesitamos el testimonio de otros y estamos obligados a "dar testimonio de la luz". El testimonio de una vida buena, de una fe viva, es mucho más eficaz que muchas palabras. Ese es el mensaje de las velas encendidas en pascua y el de la estrella de epifanía. Tendremos que comunicar a nuestros semejantes la luz que hemos recibido. 

REFLEXIÓN 

   Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio. 

   La liturgia de este Domingo celebra la manifestación de Jesús a todos los hombres. Es una “luz”, que se enciende en la noche del mundo y atrae hacia sí a todos los pueblos de la tierra. Cumpliendo el proyecto liberador que el Padre nos quería ofrecer, esa “luz” se encarnó en nuestra historia, iluminó los caminos de los hombres, los condujo al encuentro de la salvación, de la vida definitiva. 

La primera lectura anuncia la llegada de la luz salvadora de Yahvé, que transfigurará Jerusalén y que atraerá a la ciudad de Dios a pueblos de todo el mundo.

La segunda lectura presenta el proyecto salvador de Dios como una realidad que va a afectar a toda la humanidad, uniendo a judíos y a paganos en una misma comunidad de hermanos, la comunidad de Jesús.

En el Evangelio, vemos la concretización de esa promesa: al encuentro de Jesús vienen los “magos” de oriente, representantes de todos los pueblos de la tierra. Atentos a los signos de la llegada del Mesías, lo buscaron con esperanza hasta encontrarlo, reconocieron en él al “salvador de Dios” y lo aceptaron como “el Señor”. La salvación desechada por los habitantes de Jerusalén, se vuelve ahora un don que Dios ofrece a todos los hombres, sin excepción. 

   La fiesta de la Epifanía del Señor, o Día de los Reyes Magos, es un día de ilusión para todos, especialmente para los niños que, con una inmensa alegría, esperan los regalos de Melchor, Gaspar o Baltasar. 

   El regalo de la fe que hemos recibido del Señor, por medio del cual Él se nos manifiesta como a los Magos, es un tesoro que no podemos ni malgastar ni dejarlo improductivo. Además de agradecerlo, de manera permanente, hemos de hacerlo producir con muchos frutos de santidad personal, en medio de la vida ordinaria, gastándonos y desgastándonos, como San Pablo, por Dios y por la Iglesia.
Al celebrar la Epifanía del Señor, hemos de intentar imitar a los Magos en su empeño de dar a conocer a Jesús, único Salvador de todos y cada uno de los hombres. 
PARA LA VIDA 
   Hace ya un tiempo, un hombre castigó a su pequeña niña de 3 años por desperdiciar un rollo de papel de envoltura dorado. El dinero era escaso en esos días por lo que explotó en furia cuando vio a la niña tratando de envolver una caja para ponerla debajo del árbol de navidad. Mas sin embargo la niña le llevó el regalo a su padre la siguiente mañana y dijo: "Esto es para ti, Papito". El se sintió avergonzado de su reacción de furia, pero éste volvió a explotar cuando vio que la caja estaba vacía. 

   Le volvió a gritar diciendo: "Qué no sabes que cuando das un regalo a alguien se supone que debe haber algo adentro?" La pequeñita volteó hacia arriba con lágrimas en los ojos y dijo: "Oh, Papá, no está vacía, yo soplé besos adentro de la caja, todos para ti." El padre se sintió morir; puso sus brazos alrededor de su niña y le suplicó que lo perdonara.
   Se ha dicho que el hombre guardó esa caja dorada cerca de su cama por años y siempre que se sentía derrumbado, él tomaba de la caja un beso imaginario y recordaba el amor que su niña había puesto ahí. En una forma muy sensible, cada uno de nosotros humanos hemos recibido un recipiente dorado, lleno de amor incondicional y besos de nuestros hijos, amigos, familia o de Dios. Nadie podría tener una propiedad o posesión más hermosa que esta.  

   Hoy es la fiesta del regalo, sobre todo del regalo de la fe que nos trae Jesús, el principal de los regalos, que no es otro que regalarnos su Amor, su Paz, su propia vida divina. Jesús nos acoge como humanos para llevarnos a Dios y abrirnos su Corazón de Padre. ¡Maravilloso regalo! Lo demás, lo que nosotros le podamos ofrecer a Dios es nada en comparación con lo que Él nos da, pero, aun así, Jesús acoge el pobre regalo de nuestra humilde fe y de nuestro sencillo amor. Y todo de forma gratuita e incondicional.