11° Domingo del tiempo Ordinario, 13 Junio 2021, Ciclo B

 San Marcos 4, 26-34

Es la Semilla más Pequeña, y se Hace Más Alta que las Demás Hortalizas

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- La Semilla: se echa en la tierra, tanto si el agricultor duerme como si está despierto, brota y crece por sí misma. El hombre siembra con la confianza de que su trabajo no será infructuoso. Lo que sostiene al agricultor en su trabajo diario es precisamente la confianza en la fuerza de la semilla y en la bondad de la tierra. Todo cristiano, por tanto, sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios: esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles. 

2.- El Grano de Mostaza: considerada la más pequeña de todas las semillas. Pero, a pesar de su pequeñez, está llena de vida, y al partirse nace un brote capaz de romper el terreno, de salir a la luz del sol y de crecer hasta llegar a ser «más alta que las demás hortalizas» (cf. Mc 4, 32): la debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su potencia. Así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña, compuesta por los pobres de corazón, por los que no confían sólo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios.

3.- La Palabra de Dios: hace crecer, da vida. Y aquí quisiera recordaros otra vez la importancia de tener el Evangelio, la Biblia, al alcance de la mano —el Evangelio pequeño en el bolsillo, en la cartera— y alimentarnos cada día con esta Palabra viva de Dios: leer cada día un pasaje del Evangelio, un pasaje de la Biblia. Jamás olvidéis esto, por favor. Porque esta es la fuerza que hace germinar en nosotros la vida del reino de Dios.

4.- El Reino de Dios: en primer lugar, es una realidad que comienza de manera casi imperceptible, silenciosa y aparentemente frágil; crece de modo progresivo y, no obstante, no depende de la voluntad del hombre. En segundo lugar, el Reino, aunque comience de ese modo, está destinado a producir un resultado final lleno de frutos. el Reino de Dios no se impone mediante la fuerza o de repente: entra en la historia, se mezcla con la historia del hombre y crece en medio de ella. El Reino comienza por la acción del Padre, de un modo aparentemente oscuro y escondido, como la vida del Señor en la casa de Nazaret, pero está destinado a tener un formidable florecimiento: la promesa, mantenida, es que desde un comienzo en la pequeñez, llegue a un término glorioso. 

REFLEXIÓN 

   La liturgia de hoy nos propone dos breves parábolas de Jesús: la de la semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza (cf. Mc 4, 26-34). A través de imágenes tomadas del mundo de la agricultura, el Señor presenta el misterio de la Palabra y del reino de Dios, e indica las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso.

   En la primera lectura del libro de Ezequiel 17,22-24: anuncia el restablecimiento de la dinastía de David. Yahvé mismo trasplantará un retoño y éste crecerá en el más alto monte de Israel, en Sión, hasta convertirse en un cedro frondoso en el que anidarán toda clase de aves. Se trata, pues, de una profecía mesiánica en la que se utiliza la imagen del "árbol cósmico", alusión a un señorío universal a cuyo amparo acudirán todos los pueblos. 

   En la Segunda lectura la 2 carta a los Corintios 5,6-10se refiere a la parusía del Señor o si aquí afirma también un encuentro con el Señor en la muerte individual de los creyentes. No obstante, la mente de Pablo está también afirmar que el sentido de la muerte individual es un encuentro con el Señor. De todas formas, lo importante es en este mundo aceptar la responsabilidad cristiana y agradar al Señor, ante quien todos comparecerán para ser juzgados. La vida aquí en la tierra es un camino que nos conduce al encuentro con Dios.

   La lectura del Evangelio Marcos 4,26-34Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizasCuando un agricultor derrama su semilla en la tierra, prescindiendo de si está dormido o despierto, esa semilla va robusteciéndose, explota y la tierra la devuelve con creces en espiga o en un fruto determinado. Así es el Reino de Dios. Importante el factor humano pero, la tierra que lo hace fructificar, crecer, desarrollarse y expandirse, es la mano poderosa de Dios. 

   Una cosa es decirlo (fácil) pero otra, muy distinta, creerlo con todas las consecuencias: los condicionantes externos ayudan, por supuesto, pero sin los internos (sin la fuerza del Espíritu) todo quedaría relegado a lo humano.

Al escuchar el evangelio de este domingo se nos presenta ante nosotros un gran reto: ¿estamos sembrando en la dirección adecuada? ¿Hemos estudiado a fondo la tierra en la que caen nuestros esfuerzos evangelizadores?

PARA LA VIDA 

   “Un anciano muy pobre se dedicaba a sembrar árboles de mango. Un día se encontró con un joven que le dijo: ¿Cómo es que a su edad se dedica a plantar mangos? ¡Tenga por seguro que no vivirá lo suficiente para consumir sus frutos! El anciano respondió apaciblemente: Toda mi vida he comido mangos de árboles plantados por otros. ¡Que los míos rindan frutos para quienes me sobrevivan! 

   Continuando con su explicación el sembrador sentenció: Habitamos en un universo en el que todo y todos tienen algo que ofrecer: lo árboles dan, los ríos dan, la tierra, el sol, la luna y las estrellas dan. ¿De dónde, pues, esa ansiedad por tomar, recibir, amasar, juntar, acumular sin dar nada a cambio? Todos podemos dar algo, por pobres que seamos. 

   Podemos ofrecer pensamientos agradables, dulces palabras, sonrisas radiantes, conmovedoras canciones, una mano firme y tantas otras cosas que alivien a un corazón herido. Yo he decidido dar mangos, para que otros, que vengan después que yo, los disfruten. Y tú jovencito, preguntó el anciano, ¿has pensado en lo que quieres dar?” 

   Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más todavía si se trata de sembrar el Proyecto de Dios en el ser humano. La fuerza del Evangelio no es nunca algo espectacular o clamoroso. Según Jesús, es como sembrar algo tan pequeño e insignificante como "un grano de mostaza" que germina secretamente en el corazón de las personas.

Domingo Solemnidad Corpus Christi, 6 Junio 2021, Ciclo B

 San Marcos 14, 12 - 16 . 22 - 26

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- Jesús Eucaristía: aquel compartir el pan y el vino convertidos en el cuerpo y la sangre de Jesús que se lo ofrece a los suyos, Dios Todopoderoso hace una última promesa, firma con los hombres su último pacto que ya será eterno, porque la sangre de Cristo que firma el pacto no se derramará más y porque la fidelidad de Dios es inconmovible. Hoy más especialmente lo que celebramos es ese tener a Dios Eucaristía de nuestro lado, a nuestro lado, aliado nuestro, vecino nuestro, realmente presente a nuestro lado. Con la naturalidad del hombre que trae agua de la fuente. Porque para estar y hablar con el Señor Eucaristía no hay echar instancias, ni pagar pólizas, esperar fechas, ni horas. Está a nuestra disposición día y noche.

2.- La Paz: en la Eucaristía, como entonces, el Señor viene a traernos la paz, “la paz con vosotros”, cuántas veces hemos encontrado la paz ante el sagrario. Paz que tantas veces ha traído a nuestros corazones la seguridad de estar perdonados, como expiró sobre los discípulos para darles el poder del perdón, sigue expirando en nuestros corazones la paz del perdón. Como se llenaron de alegría al reconocer en ese conocido al Señor, sentimos nosotros la alegría del Señor personalmente.

3.- El Pan Partido: "Frágil" es "lo que con facilidad se hace pedazos". Y la imagen evangélica que contemplamos es la del Señor que "se hace pedacitos"… de pan y se entrega. En el pan partido -frágil- se esconde el secreto de la vida. ¡Qué curioso! La fragmentación, nacida del egoísmo, es el peligro más grande para nuestra vida social y también para nuestra vida interior. En cambio, en Jesús este fragmentarse bajo forma de pan tierno es su gesto más vital, más unificante: ¡para darse entero tiene que partirse! En la Eucaristía la fragilidad es fortaleza. 

4.- La Caridad: “Una sociedad con valores es una sociedad con futuro”, en esta situación profunda económica y de paro que están padeciendo muchas familias, para tomar conciencia de los derechos que tienen los más pobres a poseer de los bienes que tenemos. Es una oportunidad de rectificar y sentar las bases de la convivencia en valores sólidos capaces de construir un orden económico y social transparente y justo. 

REFLEXIÓN

   La festividad el Corpus Christi nos da fuerza para seguir adelante. El Señor, en custodia y rodeado de la fidelidad y del cariño de los suyos, nos precede. Nos comunica que se compromete con nosotros. Que avanza a nuestro lado. Que no vive de espaldas a nuestras pesadumbres. En definitiva, cada vez que celebramos esta fiesta, renovamos con emoción y con firmeza lo que el sacramento encierra: Dios está aquí y es “la fuente y la cumbre de nuestra vida cristiana” (L.G.11).

   En primer lugar, la Eucaristía es una comida. No es indiferente el signo humano que Cristo y la Iglesia han elegido como base de este sacramento: aquí es comer pan y beber vino en común, con todo lo que humana y bíblicamente simbolizan. Como al pueblo de Israel, en el camino del desierto, Dios le alimentó con el maná (1ª lectura), también a nosotros, en el camino siempre difícil de la vida, Cristo nos da a comer su Cuerpo y su Sangre: es el verdadero “viático”, alimento para el camino, alimento que es fortaleza y alegría.

   La Eucaristía nos une con Cristo. Es la dimensión “vertical” de este sacramento, que nunca acabaremos de apreciar y agradecer. El evangelio de hoy nos introduce en este misterio de comunión. La Eucaristía nos da vida, nos hace permanecer en Cristo, nos hace vivir por él como él mismo está unido y vive por el Padre: una comparación que no nos hubiéramos atrevido a hacer nosotros. Es el sacramento en que con más realismo ha querido Cristo que participáramos en su misma vida. Como dice el salmo de hoy, “con ninguna nación obró así”, “nos sacia con flor de harina”. Cristo Resucitado asume ese pan y ese vino y nos los ofrece, dándose a sí mismo a sus creyentes.

   Pero también hay una dirección “horizontal”: la Eucaristía nos une con nuestros hermanos. Participar en la misma mesa, después de haber escuchado la misma Palabra, nos debe hacer crecer en la actitud de fraternidad. Este es el mensaje de la lectura de Pablo. Ante todo, dice que la Eucaristía nos une con Cristo (“el Pan que partimos es comunión con el Cuerpo de Cristo...el cáliz que bendecimos es comunión con la Sangre de Cristo”), y en seguida añade que todos somos (deberíamos ser) un solo pan y un solo cuerpo porque todos comemos el mismo Pan, la misma Eucaristía. 

PARA LA VIDA

   Érase un muchacho que siempre llegaba tarde a casa cuando salía de la escuela. Los consejos y reprimendas no surtían ningún efecto. Finalmente, un día, su padre le llamó al orden y le dijo: "la próxima vez que llegues tarde, cenarás pan y agua. ¿Está claro?" El hijo lo entendió perfectamente. Pocos días después el muchacho llegó a casa más tarde que nunca. Sus padres no le dijeron nada. Cuando se sentaron a cenar vio que los platos de sus padres estaban llenos y en el suyo había sólo un trocito de pan y un vaso de agua. Miró al pan y luego al agua. El padre esperó un rato para que el hijo interiorizara el castigo. 

   Luego tomó el plato del hijo y se lo puso delante de él. Cogió su plato y lo puso enfrente de su hijo y se pusieron a cenar. Años más tarde, ese mismo muchacho al recordar aquel episodio de su vida comentaba: "Toda mi vida he sabido cómo es Dios por lo que hizo mi padre aquella noche". Hermosa lección en la que el padre se impone el castigo que su hijo merece. Una lección sin palabras. 

   Una lección sobre Dios que el hijo nunca olvidó. Jesús, como el padre de la historia, cada domingo coge nuestro plato vacío y nos ofrece un plato rebosante de amor y perdón y nos dice: "Tomad y comed, esto es mi cuerpo." Los domingos Jesucristo multiplica el pan para sus hijos e hijas. Primero escuchamos a Jesús para vernos a nosotros débiles, desobedientes y necesitados de sanación. Nosotros que vivimos en un mundo que ha arrinconado a Dios, tenemos que experimentar su presencia, su poder y su amor. Dios satisface nuestra hambre con el pan de vida.


Domingo Solemnidad de La Santísima Trinidad, 30 Mayo 2021, Ciclo B

 San Mateo 28, 16 - 20

Bautizándolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- Dios Comunidad de Amor: el Padre el origen, en el Hijo la natividad, en el Espíritu Santo del Padre y el Hijo la comunidad, y en los tres la igualdad". Nuestra experiencia de fe nos dice que Dios es Padre amoroso, que cuida de sus hijos y les protege, porque es "auxilio y escudo" (Salmo); Dios está a nuestro lado, dialoga con nosotros y nos ayuda, respeta nuestras diferencias, pero nos quiere a todos por igual. Dios es Hijo, que nos ama hasta el extremo de dar su vida por nosotros, que quiere darnos a conocer que sólo es feliz aquél que es capaz de darse al otro y de perdonar. Dios es Espíritu, que nos fortalece y nos da su aliento para que sigamos caminando hacia su encuentro. Pero lo que más nos importa es saber que Dios es Amor, amor entre personas. Dios es comunidad.

2.- La Trinidad:  misterio, fiesta, gloria, cielo, común unión, complicidad o “los tres a una” pueden definir perfectamente esta primera Solemnidad que celebramos dentro del Tiempo Ordinario recién retomado después de la Pascua.

3.- Misterio: nunca llegamos a alcanzar lo que representa y es en sí misma la figura de Dios. Difícil estamparlo en un dibujo e, incluso, de mil maneras puede ser posible pensarlo y pergeñarlo en nuestra mente.

4.- Fiesta: porque, después de la Pascua, todo apunta y despunta en la Santísima Trinidad. Hacemos fiesta y alabanza porque, en ese secreto indescifrable, sabemos que se encuentra la magnanimidad de Dios que es Padre, que se visualiza con el Hijo y que permanece en nosotros con el Espíritu Santo.

5.- Gloria: destinados, desde el Bautismo, a participar de la misma suerte de Cristo no concebimos el final de nuestra historia sin el mismo final que Jesús tuvo después de su Ascensión: visionar cara a cara la gloria del Padre. 

6.- Común Unión: es el secreto más profundo y vigoroso de la Santísima Trinidad. Es el aceite que hace posible que, el motor, se mantenga a punto. No se entiende el “feeling” entre los tres personajes de la Santísima Trinidad si no es por el amor que existe entre ellos. No es cuestión de caerse bien o mal. Las tres personas, Padre, Hijo y Espíritu, no se entienden de forma individual. Están unidos por el amor y, ese amor, es la razón de su ser. 

REFLEXIÓN 

   La Fiesta que hoy celebramos no es una invitación a descifrar el misterio que se esconde detrás de “un Dios en tres personas”; sino que es una invitación a contemplar a Dios que es amor, que es familia, que es comunidad y que creó a los hombres para hacerles compartir ese misterio de amor. 

   En la primera lectura, el Dios de la comunión y de la alianza, empeñado en establecer lazos familiares con el hombre, se presenta: como clemente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia. 

   En la segunda lectura, Pablo expresa, a través de la fórmula litúrgica de “la gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con vosotros”, la realidad de un Dios que es comunión, que es familia y que pretende atraer a los hombres hacia esa dinámica de amor. 

   En el Evangelio, Juan nos invita a contemplar a un Dios cuyo amor por los hombres es tan grande, que llega hasta el punto de enviar al mundo a su Hijo único; es Jesús, el Hijo, que, cumpliendo los planes del Padre, hace de su vida una donación total, hasta la muerte en cruz, a fin de ofrecernos a los hombres la vida definitiva. En esta fantástica historia de amor (que llega hasta la entrega de la vida del Hijo único y amado), se plasma la grandeza del corazón de Dios. 

   La teología nos enseña que la Trinidad es una comunidad de amor en la que Dios Padre es el que ama, el Hijo es el amado, y el Espíritu Santo es el amor mismo. No es que sean tres dioses distintos, sino que es un solo Dios en tres personas. 

   Nuestra fe, hoy más que nunca, contempla a un Dios comunitario. A un Dios familia. A un Dios que disfruta siendo Padre, Hijo y Espíritu. Un Dios que, entre otras cosas, nos promete un final feliz donde brillarán nuestros ojos al contemplar –entonces sin secretos, acertijos o laberintos– la inmensidad de su rostro divino. Pidamos al Dios que no nos deje de sorprendernos. 

   Que, en cada amanecer, en cada eucaristía, en la lectura de su Palabra, en la práctica de los sacramentos, en la próxima procesión del Corpus Christi se nos vaya revelando y, a la vez, velando para que nunca dejemos de tener apetito de Él, curiosidad por El y amor por El.

PARA LA VIDA 

Cuenta que un día estaba san Agustín, el que escribió un tratado precioso sobre este misterio de la Trinidad, paseando por la orilla de la playa. Estaba pensando en este misterio cuando se encontró un niño que estaba haciendo un hoyo en la arena de la playa. Ante la curiosidad de san Agustín que le preguntó qué estaba haciendo, el niño le respondió que quería pasar toda el agua del mar a ese pequeño hoyo que estaba haciendo en la arena. 

   Cuando san Agustín se sonrió y le dijo que eso era imposible, ya que el mar era demasiado grande como para que cupiese en ese hoyo tan pequeño, aquel niño le respondió que del mismo modo era imposible que el misterio de Dios, que es tan grande, cupiese en la mente humana, tan pequeña. Sea cierta o no esta anécdota, creo que ilustra muy bien la grandeza del misterio de Dios y la insignificancia de nuestra inteligencia. 

   Por mucho que queramos entenderlo, Dios es siempre más grande que nuestro entendimiento. Por ello, ante este misterio tan grande, nuestra actitud ha de ser la de alabar y dar gloria a Dios, que ha tenido a bien manifestarse a nosotros, los hombres, y que nos ha revelado su esencia: Dios es Amor.

Domingo Solemnidad de Pentecostés, 23 Mayo 2021, Ciclo B

San Juan 20, 19 - 23

Así También los Envío Yo

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 

1. Pentecostés: es la fiesta del Espíritu, el día en el que los apóstoles, con la recepción del Espíritu Santo recibieron una transformación interior tal que les cambió la vida para siempre. Cuando recibieron el Espíritu Santo y se les incendió el alma de vida espiritual y de espíritu cristiano cambiaron totalmente.

2. La Paz: es el primer mensaje que Jesús les da a sus discípulos cuando se les aparece. Paz interior y paz exterior, paz dentro de nosotros mismos y paz con los demás. La predicación del evangelio de Jesús debe hacerse siempre con valentía y con paz. Somos enviados por Jesús, el príncipe de la paz. Nuestra vida cristina, tanto de palabra como de obra, ha de producir siempre la paz y la alegría del espíritu.

3. La Iglesia:  en ella todos somos importantes; por ello es urgente que los laicos, que son la mayoría de los cristianos, encuentren su lugar y su carisma dentro de la Iglesia; así podrán desarrollarse de verdad los ministerios laicales. Pero para ello el laico o seglar tiene que abandonar su pasividad y participar plenamente en la vida de su comunidad.

4. La Alegría: con nuestra vida y con nuestra presencia en el mundo, los cristianos queremos dar testimonio de que  “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Papa Francisco). Vivir desde el espíritu, o mejor, dejar que sea el Espíritu el que viva en nosotros: esta es la fuente de la alegría que nadie nos podrá arrebatar, de la vida que nadie nos podrá arrebatar. Porque estamos llamados a una forma de existencia de una riqueza inagotable, de una alegría indescriptible. 

REFLEXIÓN 

   "Fiesta de las semanas” o “fiesta de las primicias” pues en ella se presentaban al Señor las primicias de los frutos cosechados siete semanas después de haberse iniciado la siega. Para los judíos era, por tanto, una fiesta de acción de gracias a Dios por la cosecha. Con el tiempo se convirtió en una fiesta que conmemoraba la promulgación de la Ley en el monte Sinaí. Por ello se la denominó también la fiesta del Sinaí o fiesta del Pacto. Se celebraba cincuenta días después de la pascua judía.

   Fue en la fiesta judía de Pentecostés cuando el Espíritu prometido por el Señor Jesús fue enviado sobre los Apóstoles: «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos los creyentes reunidos en un mismo lugar». Desde entonces Pentecostés es, para los cristianos, la fiesta en la que se celebra el envío del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo en torno a Santa María, acontecimiento que tuvo lugar cincuenta días después de la Resurrección del Señor Jesús.

   Aquella “primicia de la Pascua”, el Espíritu Santo, fue entregado por el Señor a sus discípulos el mismo día de su Resurrección. En aquella ocasión el Señor sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».

   De este modo los hacía partícipes de su propia misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». El Espíritu Santo, Don del Padre y del Hijo, es fruto de la Muerte y Resurrección del Señor. Los ministros del Señor, revestidos de este modo con el poder de lo Alto y en nombre de Jesucristo, son enviados con la misión específica de hacer partícipes a todos los hombres de los frutos de su obra reconciliadora.

El Espíritu santo se ha derramado también sobre nosotros para que salgamos de nuestros y demos testimonio del amor del Señor anunciando su Evangelio a todas las criaturas hasta los confines de la tierra. 

PARA LA VIDA 

   En New Port, Rode Island, está la comunidad de las Hermanas de Jesús Crucificado en la que cada hermana tiene un problema físico: la superiora es ciega, otras son sordas, otras parapléjicas… y cada Hermana edifica la comunidad desde su capacidad y recibe ayuda en su necesidad. La que ve guía a la ciega, las que pueden caminar llevan a las que no pueden, la que oye explica a la sorda… El defecto físico es un don, signo de la necesidad que tenemos de los demás. 

   La vida del Espíritu fluye en la comunidad porque nadie puede gloriarse de ser perfecto, nadie puede gloriarse de no necesitar a nadie. Todos nos necesitamos. Todos necesitamos del Espíritu. Hoy, Fiesta de Pentecostés, todos podemos recibir el regalo de Jesús: El Espíritu Santo. Para perdonar, alabar, pertenecer, hablar el idioma de Dios, congregar y revelar las mil caras de Dios.

Domingo de La Ascensión, 16 Mayo 2021, Ciclo B

San Marcos 16, 15 - 20

"Vayan a todo el mundo y proclamen el Evangelio"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 

1. La Ascensión: en la Ascensión misma contemplamos al Señor resucitado que victoriosamente asciende al Cielo. ¿Quién asciende al Cielo, sino Aquel que antes ha bajado del Cielo? El misterio de la Ascensión hay que verlo como la culminación de un proceso kenótico-ascensional, es decir, un proceso mediante el cual el Hijo de Dios “se abaja” al asumir nuestra naturaleza humana para luego “elevarse” nuevamente al Padre con un cuerpo resucitado y glorificado (ver Flp 2 ,6-11).

2. La Misión: anunciar a todos los hombres el evangelio. De ahora en adelante él obrará a través de ellos y de sus sucesores. Ellos tienen la increíble misión de dar continuidad a la obra de Cristo. Esta misión sigue hoy vigente y la Iglesia tiene el deber siempre de evangelizar y anunciar la salvación por Jesucristo. La esencia de este evangelio es que “Jesús de Nazaret es Cristo el Hijo de Dios” (Cf Rm 10,9) y que en él tenemos la salvación y la plena revelación de Dios.

3. La Esperanza: es una invitación a seguir trabajando por construir la “civilización del amor” y “dar razón de nuestra esperanza a todo aquel que nos la pidiere”(1 Pt 3,15). El cristiano debe ser un hombre de esperanza y de luz en medio de un mundo de tanta tiniebla. “La evangelización comprende además la predicación de la esperanza en las promesas hechas por Dios mediante la nueva alianza en Jesucristo.

4. La Evangelización: se refiere a la importancia del propio testimonio en la acción evangelizadora. Insistir en la necesidad de un anuncio explícito del mensaje de la evangelización. Esto hoy se puede hacer de muchas maneras, pero lo importante es que todos sientan la responsabilidad de ser misioneros, es decir, enviados por Cristo a anunciar el evangelio. 

REFLEXIÓN 

   En esta fiesta de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo, que festejamos cuarenta días después de la Pascua, recordemos las palabras de San Agustín: ̈Hoy Nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con Él nuestro corazón. 

   La Ascensión reafirma nuestra fe en el Resucitado: donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros. La comunidad cristiana, recién constituida, tiene necesidad del aliento del Señor (fuerza de lo alto); por eso, no se puede vivir con nostalgia (volvieron con gran alegría). Urge que los hombres conozcan que Dios ha estado con ellos, ha marcado un camino. Tenemos que exagerar la pasión de Dios. 

   Jesús tenía un tirón del Padre y el tirón de los amigos. Su corazón estaba roto por estas dos fuerzas. Siempre que les dice que se va, les dice que se queda. 

   Dios es ascensión continuada, aunque nunca se aleja de nosotros. Es meta cada vez más alta. Bajó para hacernos subir. Su Padre atrae desde arriba. Él empuja desde abajo. Por eso repitió tantas veces: levántate, vamos al monte, se levantó y se ciñó la toalla. 

   La Ascensión es un relevo. Nos ha entregado su muerte, su resurrección y su oferta de salvación. Los cristianos somos los últimos relevistas antes de la victoria. Corremos con el testigo en las manos y en el corazón. Ellos habían recorrido los caminos con Jesús y ahora se les va con una clara advertencia: predicad y sed testigos. La actitud de los doce es de adoración y de duda. 

   Se postraron y dudaron. No dudan del Resucitado, sino de su propia función. ¿Cuál será su papel ahora que ya no vive Jesús con ellos? «Yo estoy con vosotros». La marcha de Jesús no es definitiva. Si Él ha dicho que está con nosotros, estará con nosotros. Volverá como lo hemos visto subir: y se marchó después de haber pasado por la cruz. Los hombres necesitan saber que Dios ha estado con ellos; ha marcado un camino.

Mientras se elevaba, los bendecía. Todos los caminos están marcados por este gesto. Sus manos resucitadas están abiertas, sobre todos los caminos de los hombres, bendiciendo. 

PARA LA VIDA 

   Un día un niño vio cómo un elefante del circo, después de la función, era amarrado con una cadena a una pequeña estaca clavada en el suelo. Se asombró de que tan corpulento animal no fuera capaz de liberarse de aquella pequeña estaca, y que de hecho no hiciera el más mínimo esfuerzo por conseguirlo. 

   Decidió preguntarle al hombre del circo, el cual le respondió: "Es muy sencillo, desde pequeño ha estado amarrado a una estaca como ésa, y como entonces no era capaz de liberarse, ahora no sabe que esa estaca es muy poca cosa para él. Lo único que recuerda es que no podía escaparse y por eso ni siquiera lo intenta". 

   Soltemos las amarras que nos atan a una vivencia cristiana paralizada por el miedo, la tradición, la rutina, como le pasaba el elefante de este cuento de hoy. Abramos la mirada, miremos hacia lo alto y hacia dentro, como Cristo, y nuestros ojos se transformarán y nuestras manos se pondrán a trabajar y construir una Iglesia más auténtica, más sencilla, más positiva y cercana a los problemas e inquietudes del mundo de hoy, y a edificar un mundo más justo, más solidario, más pacífico y humano, en unión con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, sean de la religión que sean o sean sin ninguna religión, pero que compartan nuestros valores y nuestros sueños.

6° Domingo de Pascua, 7 Mayo 2021, Ciclo B

 San Juan 15, 9 - 17

"No Hay Amor más Grande que Dar la Vida por los Amigos"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 

1.- La Búsqueda: todos los que buscamos a Dios, todos los buscadores de Dios, debemos considerarnos compañeros y hermanos en la búsqueda del único y verdadero Dios. Hagamos, pues, de nuestro cristianismo un cristianismo universal y católico, buscando siempre la fraternidad y el encuentro, más que la diversidad, en nuestra continua búsqueda del único Dios verdadero.

2.- El Amor: amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. Cristo nos amó hasta dar su vida por nosotros, por eso nosotros debemos amarnos unos a otros hasta gastarnos y desgastarnos en el servicio a los demás. Si no amamos a los demás no amamos a Dios, porque así nos lo enseñó Jesús.

3.- La Acogida: La iglesia, haciéndose eco del mandamiento de Jesús, nos insta a volcar nuestro amor en nuevas situaciones de sufrimiento y de dolor de los hombres, como es el caso de ciertos enfermos abandonados, desasistidos y rechazados a causa de su enfermedad. En muchas parroquias se celebra estos días el sacramento de la Unción de Enfermos.

4.- La Caridad: nos invita a seguir bebiendo en esa fuente de vida y de amor que es Dios, a través de Jesús. No hay mayor hazaña que la de entregarse olvidándose de uno mismo; el dar sin esperar nada a cambio; el ganar, aunque aparentemente ante el mundo estés perdiendo. ¿Dónde reside esta forma tan rara y tan extraña de amar perdiendo? Ni más ni menos que en Dios. El amor cristiano, que es distintivo de los seguidores de Jesús, nos hace ver a las personas como hermanos. O dándole la vuelta a la frase, porque nos vemos como hermanos, somos capaces de entregarnos los unos a los otros. 

REFLEXIÓN 

La liturgia del 6º Domingo de Pascua nos invita a contemplar el amor de Dios, manifestado en la persona, en los gestos y en las palabras de Jesús y día a día hecho presente en la vida de los hombres por la acción de los discípulos de Jesús.

   La primera lectura afirma que esa salvación ofrecida por Dios a través de Jesucristo, y llevada al mundo por los discípulos, está destinada a todos los seres humanos, sin excepción. Para Dios, lo decisivo no es la pertenencia a una raza o a un determinado grupo social, sino la disponibilidad para acoger la oferta que él realiza.

   La segunda lectura presenta una de las más profundas y completas definiciones de Dios: “Dios es amor”. La venida de Jesús al encuentro de los hombres y su muerte en cruz, revela la grandeza del amor de dios por los hombres. Ser “hijo de Dios” es “conocer a Dios”, dejarse envolver en este movimiento de amor y amar a los hermanos.

   En el Evangelio, Jesús define las coordenadas del “camino” que sus discípulos deben recorrer, a lo largo de su vida por la historia. Ellos son los “amigos” a quienes Jesús reveló el amor del Padre; su misión es testimoniar el amor de Dios en medio de los hombres. A través de ese testimonio, se realiza el proyecto salvador de Dios y nace el Hombre Nuevo.

Siendo, pues, el amor algo muy grande e invencible, y no consistiendo en solas palabras, manifestémoslo en las obras. Jesús nos reconcilió consigo, siendo nosotros sus enemigos. En consecuencia, nosotros, hechos ya sus amigos, debemos permanecer siéndolo. El comenzó la obra, nosotros a lo menos vayamos tras El. Él no nos ama para propio provecho, pues de nada necesita; amémoslo nosotros a lo menos por propia utilidad. El nos amó cuando éramos sus enemigos; nosotros amémoslo a Él, que es nuestro amigo.

PARA LA VIDA 

   Érase una vez un zapatero ya muy anciano y muy cansado. Deseaba morir para ir con el Señor y deseaba también que el Señor lo visitara en su tienda. Un día mientras rezaba oyó una voz que le dijo: Mañana iré a tu tienda. Se puso a trabajar más feliz que nunca pero no pasó nada especial. Al rato entró una señora quejándose de unos niños que la insultaban y le robaban parte de la compra. El zapatero habló con ellos y prometieron no hacerlo más. Más tarde entró un forastero preguntando por una dirección y lo acompañó hasta el lugar indicado. 

   Luego entró una niña que tenía el padre enfermo y juntos se fueron en busca de un médico para que lo visitara. Poco antes de cerrar la tienda llegó un mendigo que quería comer y lo llevó a la Carreta y le pagó la cena. Cerró su tienda y se dijo, el Señor no ha venido a verme. Ya en casa y antes de acostarse oró diciendo: Señor, he estado muy ocupado, hoy, espero no hayas venido a visitarme mientras estaba fuera. Y una voz dijo: Vine a visitarte en cada persona que ayudaste. Sé que disfrutaste con mi presencia. Estoy muy contento del buen trato que me diste. La palabra de Dios no sólo nos dice quién es el Señor sino quiénes somos nosotros y cuál es nuestra relación con él y con los hermanos. 

Oración 

  Únenos a Ti... Únenos en la caridad: del amor que no excluye, sino acepta; del amor que no ofende, sino que perdona; del amor que no hiere, sino cura las heridas. Mándanos, en fin, solamente amar; y seremos verdaderamente tus amigos, misioneros de tu presencia amorosa en el mundo.