23° Domingo del tiempo Ordinario, 5 Septiembre 2021, Ciclo B

 San Marcos 7, 31-37

"Hace Oír a los Sordos y Hablar a los Mudos"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.-Los Enfermos: socorrer y curar a los cojos, ciegos, mudos, pobres, marginados, en la sociedad en la que viven. Pues bien, esto es lo que tenemos que hacer nosotros en nuestra sociedad, en la medida de nuestras posibilidades. Es evidente que no podremos salvar la vida de todos los enfermos, ni acabar con todos los pobres y marginados del mundo en el que nosotros vivimos. Pero todos nosotros tenemos alguna posibilidad de ayudar para que el orden y la situación de nuestro mundo sea un poco más justo y menos desigual. Ayuda social, o ayuda económica, o religiosa, Con nuestro dinero, con nuestra oración, con nuestra ayuda personal, cuando esto sea posible.

2.-Estar Sordos: no sólo existe la sordera física, que en gran medida aparta al hombre de la vida social. Existe un defecto de oído con respecto a Dios, y lo sufrimos especialmente en nuestro tiempo. Nosotros, simplemente, ya no logramos escucharlo; son demasiadas las frecuencias diversas que ocupan nuestros oídos. Lo que se dice de él nos parece pre-científico, ya no parece adecuado a nuestro tiempo. Con el defecto de oído, o incluso la sordera, con respecto a Dios, naturalmente perdemos también nuestra capacidad de hablar con él o a él. Sin embargo, de este modo nos falta una percepción decisiva. Nuestros sentidos interiores corren el peligro de atrofiarse. Al faltar esa percepción, queda limitado, de un modo drástico y peligroso, el radio de nuestra relación con la realidad en general. El horizonte de nuestra vida se reduce de modo preocupante.

3.-La Buena Noticia: exige empeño, atención, perseverancia. Y, porque no decirlo, son tantos los inconvenientes, los “inhibidores” que nos impiden escuchar con nitidez a Dios que, en el campo de la fe, hay mucho sordo. Sobre todo, y lo más grave, la sordera espiritual que nos hace caer en el olvido sistemático de Dios. Yo diría que estamos padeciendo la “gripe E”. La gripe espiritual. Donde nos dejamos contagiar por lo malo. Y damos por bueno lo que es pernicioso para nuestra salud espiritual.

REFLEXIÓN

   La liturgia del Domingo 23 del Tiempo Ordinario nos habla de un Dios comprometido con la vida y la felicidad del hombre, continuamente empeñado en renovar, en transformar, en recrear a la persona, para hacerle alcanzar la vida plena del Hombre Nuevo.

   En la primera lectura un profeta de la época del exilio en Babilonia asegura a los exiliados, hundidos en el dolor y la desesperanza, que Yahvé está preparado para venir al encuentro de su Pueblo, para liberarlo y para conducirlo a su tierra. En las imágenes de los ciegos que vuelven a contemplar la luz, de lo sordos que vuelven a oír, de los cojos que saltan como venados y de los mudos que cantan con alegría, el profeta presenta esa vida nueva, excesiva, abundante, transformadora, que Dios va a ofrecer a Judá.

   La segunda lectura se dirige a aquellos que acogen la propuesta de Jesús y se comprometen a seguirle por el camino del amor, del compartir, de la donación. Les invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres.

   En el Evangelio Jesús, cumpliendo el mandato que el Padre le confió, abre los oídos y suelta la lengua de un sordomudo. En el gesto de Jesús, se revela ese Dios que no se conforma cuando el hombre se cierra en el egoísmo y en la autosuficiencia, rechazando el amor, el compartir, la comunión. El encuentro con Cristo lleva al hombre a salir de su aislamiento y a establecer lazos familiares con Dios y con todos los hermanos, sin excepción.

   Sí, Cristo abre al hombre al conocimiento de Dios y de sí mismo. Lo abre a la verdad, porque él es la verdad (cf. Jn 14, 6), tocándolo interiormente y curando así «desde dentro» todas sus facultades. El amor al prójimo, que es en primer lugar preocupación por la justicia, es el metro para medir la fe y el amor a Dios.

PARA LA VIDA

   Un día apareció un hombre que tocaba la flauta de manera tan exquisita que encantaba a todo ser animado que escuchaba el dulce acento de sus melodías.  A escucharlo acudían todo tipo de personas y animales, y se agolpaban en la plaza para escuchar el divino y sonoro, pero oculto mensaje de la música del flautista. Un día, un joven, que conocía a un anciano del pueblo que era sordo y que pedía limosna en las afueras del pueblo, quedó sorprendido de que día a día, aquel anciano acudiera a la plaza para ‘oír’ al flautista.

No aguantando la curiosidad, escribió unas preguntas al pordiosero: - ¿Qué vienes a hacer aquí si tú no puedes escuchar? ¿Qué te extasía tanto si tú no puedes apreciar lo que él toca? Aquel pordiosero, con dificultad en el hablar, contestó: - Mira el centro de la plaza, alza la vista, ¿qué ves? - Una cruz, respondió el joven. Y el pordiosero le contestó: - Es la cruz de Cristo que se alza sobre la cúpula de la vieja Iglesia.

Me extasía no escuchar nada y soñar que algún día, la música de la verdad crucificada, fascine y cautive a los hombres. Cuando se reúnen en la plaza, sueño que venzan su sordera espiritual y su ceguera, y que la música del mundo no los encante como serpientes y sean capaces de dejarse conquistar por la música del cielo.  Sordo no es el que no percibe sonidos, sino el que no es capaz de percibir y soportar la música del amor y la verdad. Vosotros oís, los que oyen utilizan el tímpano; yo escucho, los que escuchamos utilizamos el corazón».

Es urgente que los cristianos escuchemos también hoy esta llamada de Jesús. No son momentos fáciles para su Iglesia. Se nos pide actuar con lucidez y responsabilidad. Sería funesto vivir hoy sordos a su llamada, desoír sus palabras de vida, no escuchar su Buena Noticia,  no captar los signos de los tiempos, vivir encerrados en nuestra sordera. La fuerza sanadora de Jesús nos puede curar.

22° Domingo del tiempo Ordinario, 29 Agosto 2021, Ciclo B

  San Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

"Dejan de Lado el Mandamiento de Dios, por Seguir la Tradición de los Hombres"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.-Cambiar el Corazón: el corazón del hombre es, simbólicamente, el centro de donde salen los deseos más nobles: bondad, lucha por la justicia, nobleza de alma, amor generoso; pero también el corazón es, simbólicamente, el centro de donde salen los malos propósitos, fornicaciones, robos, homicidios, codicias, injusticias, fraudes, egoísmo, envidia, orgullo. Si cambiamos el corazón, cambiarán nuestras costumbres. Esta es nuestra gran tarea a lo largo de nuestra vida: cambiar nuestro corazón.

2.-Ser Cristiano: no consiste en «hacer» cosas distintas o mejores, sino en «ser» distinto y mejor, es decir, de otra calidad: la divina. El amor y el poder de Cristo se manifiestan en que no se conforma con un barniz superficial. Somos una «nueva creación» (2Cor 5,17), hemos sido hechos «hombres nuevos» (Ef 4,24) y por eso estamos llamados a vivir una «vida nueva» (Rom 6,4). La única postura coherente por parte del hombre elegido e iluminado es la de convertirse, de hecho y por sus obras, en una nueva criatura.

3.-La Pureza: no basta la limpieza exterior, que puede ir unida a la suciedad interior. Cristo ha venido a cambiar el interior del hombre, a darnos un corazón nuevo. Cuando el corazón ha sido transformado por Cristo, también lo exterior es limpio y bueno. De lo contrario, todo esfuerzo por alcanzar obras buenas será inútil. 

4.-Lo que Sale del Corazón: todo aquello que nos estropea por dentro, y sobre todo aquello que hace daño a los demás, sea por acción o por omisión. La lista que hace Jesús es muy significativa, y afecta las relaciones personales, a la vida de matrimonio, a la vida económica y laboral, a todo lo que hacemos. Lo que importa es la pureza del corazón, la buena voluntad. Pues lo que mancha al hombre no viene de fuera, sino que sale del interior.

REFLEXIÓN

   La liturgia del Domingo 22 del Tiempo Ordinario nos propone una reflexión sobre la “Ley”. Dios quiere la realización y la vida plena para el hombre y, en ese sentido, propone su “Ley”. La “Ley” de Dios indica al hombre el camino a seguir. Con todo, ese camino no se agota en un mero cumplimiento de ritos o de prácticas vacías de significado, sino en un proceso de conversión que lleva al hombre a comprometerse cada vez más en el amor a Dios y a los hermanos.

   La primera lectura nos asegura que las “leyes” y preceptos de Dios son un camino seguro para la felicidad y para la vida en plenitud. Por eso, el autor de esa catequesis recomienda insistentemente a su Pueblo que acoja la Palabra de Dios y se deje guiar por ella.

   La segunda lectura invita a los creyentes a escuchar y a acoger la Palabra de Dios; pero avisa que esa Palabra escuchada y acogida en el corazón, tiene que convertirse en un compromiso de amor, de compartir, de solidaridad con el mundo y con los hombres.

   En el Evangelio, Jesús denuncia la actitud de aquellos que hicieron del cumplimiento externo y superficial de la “ley” un valor absoluto, olvidando que la “ley” es solamente un camino para llegar a un compromiso efectivo con el proyecto de Dios.

   Ley de Dios es su Palabra que guía al hombre en el camino de la vida, lo libera de la esclavitud del egoísmo y lo introduce en la «tierra» de la verdadera libertad y de la vida. Por eso en la Biblia la Ley no se ve como un peso, como una limitación que oprime, sino como el don más precioso del Señor, el testimonio de su amor paterno, de su voluntad de estar cerca de su pueblo, de ser su Aliado y escribir con él una historia de amor.

   Ciertamente, la Ley de Dios permanece, pero ya no es lo más importante, ya no es la regla de la vida; se convierte más bien en un revestimiento, en una cobertura, mientras que la vida sigue otros caminos, otras reglas, intereses a menudo egoístas, individuales y de grupo.

PARA LA VIDA

   Una noche un Viejo Cacique Indio le contó a su nieto la historia de una batalla que se libra dentro de nosotros. Le dijo: “Mi querido nieto, hay una batalla entre dos lobos dentro de cada uno de nosotros. Uno es Malvado. Es ira, envidia, odio, celos, codicia, egoísmo, orgullo, agresividad, superioridad. El otro es Bueno. Es alegría, paz, amor, esperanza, solidaridad, simpatía, generosidad, verdad y fe, compasión y fe”. El nieto pensó acerca de eso durante un minuto y le preguntó a su abuelo: “¿Y cuál lobo gana?”. El Viejo Indio simplemente le respondió: “El que tú alimentas”.

   El mal no le viene al hombre de fuera. Le viene de dentro. Es el hombre el que contamina a la sociedad, o al menos se contaminan mutuamente. Todos somos responsables en alguna medida del mal del mundo. Los males: las guerras, los asesinatos, la violencia, la ambición consumista, el materialismo, las desigualdades, los rencores y odios entre personas y pueblos, la envidia…no son males externos al ser humano. Esto nos lo dice claramente Jesús en el Evangelio de hoy y nos lo recuerda el cuento de hoy. Dentro de nosotros hay una lucha entre el bien y el mal. Depende de nosotros el que ese bien prevalezca sobre el mal. Ahí está el desafío de nuestra libertad y nuestra voluntad. Dejémonos hoy interpelar por la palabra de Dios y pongámonos en actitud de humildad y de conversión para cambiarnos por dentro y cambiar así el mundo de fuera.

   Alimentemos el lobo bueno que llevamos dentro, fomentemos actitudes positivas de amor, solidaridad, perdón, tolerancia, paz, generosidad, responsabilidad…. y sin duda que el mundo cambiará a nuestro alrededor.

21° Domingo del tiempo Ordinario, 22 Agosto 2021, Ciclo B

 San Juan 6, 60 - 69

"¿A quién iremos? Tú tienes Palabras de Vida Eterna"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.-Las Palabras de Vida: en la sociedad moderna vivimos inundados de palabras: anuncios, publicidad, noticiarios, discursos y declaraciones invaden nuestro mundo. Esta “inflación de la palabra” ha penetrado también en algunos sectores de la Iglesia. Es la hora de la “papelorum progressio”, dicen algunos en broma. Se oyen muchas críticas a la predicación de la Iglesia. Nos dicen que no nos entienden, que es una predicación muy fría, descarnada, que no transmitimos entusiasmo. La palabra de Jesús era diferente. Nacía de su propio ser, brotaba de su amor apasionado al Padre y a los hombres. Era una palabra creíble, llena de vida y de verdad. Se entiende la reacción espontánea de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna». Uno de los mayores servicios que podemos realizar en la Iglesia es poner la persona y el mensaje de Jesús al alcance de los hombres y mujeres de nuestros días.

2.- Seguir a Jesús: el hombre es incapaz de darse la vida a sí mismo, él se comprende sólo a partir de Dios: es la relación con él lo que da consistencia a nuestra humanidad y lo que hace buena y justa nuestra vida. En el Padrenuestro pedimos que sea santificado su nombre, que venga su reino, que se cumpla su voluntad. Es ante todo el primado de Dios lo que debemos recuperar en nuestro mundo y en nuestra vida, porque es este primado lo que nos permite reencontrar la verdad de lo que somos; y en el conocimiento y seguimiento de la voluntad de Dios donde encontramos nuestro verdadero bien. Dar tiempo y espacio a Dios, para que sea el centro vital de nuestra existencia.

3.-La Eucaristía: este inmenso don es accesible a nosotros en el Sacramento de la Eucaristía: Dios se dona a nosotros, para abrir nuestra existencia a él, para involucrarla en el misterio de amor de la cruz, para hacerla partícipe del misterio eterno del cual provenimos y para anticipar la nueva condición de la vida plena en Dios, en cuya espera vivimos. La comunión eucarística, queridos amigos, nos arranca de nuestro individualismo, nos comunica el espíritu de Cristo muerto y resucitado, nos conforma a él; nos une íntimamente a los hermanos en el misterio de comunión que es la Iglesia, donde el único Pan hace de muchos un solo cuerpo (cf. 1 Co 10, 17)

 REFLEXIÓN

La liturgia del Domingo 21 nos habla de opciones. Nos recuerda que nuestra existencia puede ser gastada persiguiendo valores efímeros y estériles o apostando por valores eternos que nos conduzcan a la vida definitiva, a la realización plena. Cada hombre y cada mujer tiene, día a día, que hacer su elección.

En la primera lectura, Josué invita a las tribus de Israel reunidas en Siquén a escoger entre “servir al Señor” o el servir a otros dioses. El Pueblo elige claramente “servir al Señor”, pues ha visto, en la historia reciente de la liberación de Egipto y del camino por el desierto, como sólo Yahvé puede proporciona a su Pueblo la vida, la libertad, el bienestar y la paz.

En la segunda lectura, Pablo dice a los cristianos de Éfeso que la opción por Cristo tiene consecuencias también en las relaciones familiares. Para el seguidor de Jesús, el espacio de las relaciones familiares tiene que ser el lugar donde se manifiestan los valores de Jesús, los valores del Reino. Con su compartir el amor, con su unión, con su comunión de vida, el hogar cristiano está llamado a ser signo y reflejo de la unión de Cristo con su Iglesia

El Evangelio pone delante de nuestros ojos a dos grupos de discípulos, con opciones diversas ante la propuesta de Jesús. Uno de los grupos, prisionero de la lógica del mundo, tiene como prioridad los bienes materiales, el poder, la ambición y la gloria; por eso, rechaza la propuesta de Jesús. Otro grupo, abierto a la acción de Dios y del Espíritu, está disponible para seguir a Jesús en su camino de amor y de entrega de la vida; los miembros de este grupo saben que sólo Jesús tiene palabras de vida eterna. Es este último grupo el que es propuesto como modelo a los creyentes de todos los tiempos.

«en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros», por lo cual «una Eucaristía que no comporte un ejercicio concreto del amor es fragmentaria en sí misma» (Deus caritas est, 14). desde la comunión con el Señor, desde la Eucaristía nace una nueva e intensa asunción de responsabilidades a todos los niveles de la vida comunitaria; nace, por lo tanto, un desarrollo social positivo, que sitúa en el centro a la persona, especialmente a la persona pobre, enferma o necesitada. Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos, sino entrar en la misma lógica de amor y de donación del sacrificio de la cruz.

PARA LA VIDA

   Cierto día, Buda, sentado sobre la flor del loto, enseñaba la necesidad de suprimir el sufrimiento para alcanzar la felicidad. El dolor, al oírlo, se quedó muy triste, porque ya nadie lo querría. Poco después pasó por allí un joven lleno de caridad, y, viendo llorar al dolor, se le enterneció el corazón, lo tomó de la mano y lo convirtió en su amigo inseparable. Ese joven se llamaba Jesús. Cuando Jesús comenzó a predicar, los oyentes se contagiaron de su felicidad. Por primera vez en la historia, el dolor se alegraba viendo que él también podía dar algún fruto, pues Jesús decía que no habría felicidad sin cruz. 

   Incluso murió en ella abrazado a su amigo el dolor, pero con el corazón inmerso en la alegría. Buda se asombró al constatar que Jesús y él buscaban lo mismo: la felicidad. Sin embargo, mientras Buda eliminaba el sufrimiento por la vía de la renuncia y de la meditación, Jesús lo asumía para sanar el pecado y traer la salvación. Al final, ni uno ni otro erradicaron el dolor del mundo. Buda no pudo; Jesús no quiso. Hoy, la felicidad toma la mano al sufrimiento para que no se encuentre solo. Y el sufrimiento se llena de esperanza y de alegría cuando ve que la felicidad pasa por el camino de la cruz.

   El cuento de esta semana nos recuerda que Cristo nos invita a una felicidad que pasa por la cruz, que no huye del sufrimiento, que se abaja para amar y servir más y mejor. Una felicidad que no nace del poder ni de la fama ni del dinero, sino de la humilde entrega diaria en ser Buena Noticia para los empobrecidos y marginados de nuestra sociedad. Una felicidad que no es fácil, que es exigente, que nace de una vida esculpida en valores como el amor, la generosidad, la entrega hasta la muerte si es necesario.

Solemnidad Nuestra Señora de La Asunción, 15 Agosto 2021, Ciclo B

San Lucas 1, 39 - 56

"El Todopoderoso Ha Hecho en mí Grandes Cosas; Elevó a los Humildes"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.-María: en quien es glorificada la condición humana Esta mujer es María, la humilde esclava, la silenciosa, aquella que guarda en su corazón la Palabra de Dios. María, la fiel, aquella que creyó desde la Anunciación hasta el Nacimiento, desde el Templo hasta la Cruz. Misterio del amor, poder de la fe, fuerza de la esperanza. En María, toda la condición femenina –mejor dicho, toda la condición humana– es glorificada por Cristo resucitado: él arranca a su madre del pecado, la conduce por el camino estrecho de la fe hasta la Cruz, la ensalza haciéndola superar la muerte. Ella vive para siempre en la gloria de Dios.  

2.- María Virgen y Madre: "María, siempre virgen", afirma nuestra fe. Se trata de una integridad física, ciertamente, pero más todavía de una total y perpetua disponibilidad, de capacidad infinita de donación. Tan sólo el amor exige y da sentido a la virginidad. En el corazón absolutamente libre, en el corazón enteramente disponible, Dios halla un lugar, y –en el caso de María– se encarna. Quizá actualmente no está de moda hacer elogios de la virginidad. Pero hoy no podemos dejar de recordar la fe viva de la Iglesia desde hace 2.000 años, una fe que suscita vírgenes consagradas a Dios para que él pueda llenar más plenamente con su amor a los que son capaces de abrírsele totalmente como María. Por la acción misteriosa de Dios, María, la virgen, también es madre. Madre de Dios. 

3.- María se Fía de Dios: fiarse de Dios no es baldío. Fiarse de Dios, aun cuando las evidencias empíricas parezcan invitar a lo contrario; esto es lo que el autor quiere inculcar con esta joya del arte de narrar. Es la reacción entusiasmada de la persona que ha experimentado cómo Dios cumple su palabra. Y desde su experiencia concreta, María descubre alborozada que el cumplimiento de la palabra por parte de Dios está a la base de la existencia misma del pueblo. María: una persona para quien Dios es alguien con sentido, para quien el ordenamiento de Dios es una realidad. Y rompe en gritos entusiasmados de acción de gracias hacia quien hace posible la maravilla de un mundo diferente.

REFLEXIÓN 

   La liturgia de hoy nos presenta la resplandeciente imagen de la Virgen elevada al cielo en la integridad del alma y del cuerpo. En el esplendor de la gloria celestial brilla la Mujer que, en virtud de su humildad, se hizo grande ante el Altísimo hasta el punto de que todas las generaciones la llaman bienaventurada (cf. Lc 1, 48). Ahora se halla como Reina, al lado de su Hijo, en la felicidad eterna del paraíso y desde las alturas contempla a sus hijos. 

   El texto del Apocalipsis, habla del enorme dragón rojo, que representa la perenne tentación que se plantea al hombre: preferir el mal al bien, la muerte a la vida, el placer fácil de la despreocupación al exigente pero gratificante camino de la santidad, para el que todo hombre ha sido creado. En la lucha contra «el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado diablo y satanás, el seductor del mundo entero» (Ap12,9), aparece el signo grandioso de la Virgen victoriosa, Reina de gloria, de pie a la derecha del Señor. Y en esta lucha espiritual su ayuda a la Iglesia es decisiva para lograr la victoria definitiva sobre el mal. 

   En el Evangelio, el cántico de María, mantiene ese mismo contraste de los humildes que reconocen la grandeza del Señor, y el de los poderosos del mundo. Por una parte, la grandeza y la obra de Dios, que es la gracia santificante, es realizada en María, en su Iglesia, en cada cristiano discípulo misionero del Jesús. 

   Las maravillas de la vida divina en nosotros actúan mediante la fe, la esperanza, la caridad; Nos hace comunidad que vive y testimonia la comunión con Dios y con los hermanos. Las ideologías de género, la promoción del aborto, los métodos anticonceptivos amenazan a la naturaleza humana. Las así llamadas nuevas corrientes antropológicas aprisionan la libertad del hombre y la reduce a mero consumo de compra y vende. Un mundo sin Dios representa cada vez más un descalabro moral en la pérdida del ser hombre y mujer, de la familia y del pluralismo cultural. 

   Hoy debemos mirar a María Santísima quien nos abre a la esperanza: Qué bueno es escuchar juntos el cántico de María, el Magnificat. Nos abre a la esperanza para quienes experimentamos conflictos, lucha cotidiana, frustraciones, tentaciones y atractivos del mal, porque como María creemos en la victoria del amor, en el poder de Dios que “derriba a los poderosos y enaltece a los humildes”. Son éstos quienes experimentan la cercanía y la misericordia de Dios. 

PARA LA VIDA 

   Javier estaba un día platicando con su cuñado Rafael y de pronto le hizo una confesión sorprendente. Ambos estaban casados con dos hermanas gemelas y aunque la esposa de Rafael deseaba desesperadamente tener un hijo, ésta después de diez años de matrimonio no había concebido. Javier le dijo a su cuñado que su esposa se había ofrecido a tener un hijo para dárselo a su hermana. El hijo nació, la madre lo acarició y se lo entregó a su hermana. Y ésta agradecida comentó: "Ni en sueños podría imaginar que alguien se sacrificara así para hacerme feliz". Meses más tarde, un periódico publicaba la noticia con este titular: "Un regalo de amor que no tiene precio. Hermana da su baby a hermana sin hijos". 

   La Palabra de Dios nos recuerda a todos nosotros que hace dos mil años Dios nos hizo un regalo de amor que no tiene precio. Dios, a través de una mujer llamada María, entregó a su hijo Jesús al mundo entero. Un hijo que se sacrificó para hacerle feliz. Un hijo que hace posible la resurrección. Un hijo que vence a sus enemigos, incluida la muerte. Un hijo "nacido de mujer" y del Espíritu para que tú nazcas cada día a lo nuevo. Un hijo en el que puede contemplar la sonrisa de su Padre y ver el rostro glorioso de Dios. Y oír una voz del cielo que dice: "Ahora se ha hecho presente la salvación y el poder y el reino de Dios y la autoridad de su ungido". Regalo de Dios, sí, pero gracias a la fe de María que acogió la Palabra de Dios para entregarla al mundo hecha carne, hecha Jesús. 

19° Domingo del tiempo Ordinario, 8 Agosto 2021, Ciclo B

 San Juan 6, 41 - 51

"Yo Soy El Pan Vivo Bajado del Cielo"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- El Pan: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. el pan de vida, como la fe en Cristo, producen el mismo efecto. Es evidente que no se trata aquí de un comer físicamente el cuerpo de Cristo, como tampoco se trata aquí de un simple creer racionalmente en Cristo. Comer el cuerpo de Cristo es comulgar con él, es identificarse místicamente con él, como también creer en Cristo es querer identificarme con él, es querer vivir en comunión con él. Cuando comemos físicamente el cuerpo sacramentado de Cristo en la eucaristía debemos comulgar mística y espiritualmente también con Cristo. Solo si comulgamos espiritualmente con Cristo cuando comemos físicamente el pan consagrado, habremos comido el pan vivo que nos hace vivir para siempre.

2.- Comulgar: es unirse a Jesucristo y comprometerse en su misión. Comulgar es recibir el cuerpo de Cristo "que se entrega por la vida del mundo"; por lo tanto, es incorporarse personalmente a Cristo y enrolarse en su misión salvadora y en su sacrificio. La eucaristía fue instituida "la noche antes de padecer" para que los discípulos quedaran comprometidos en la misma entrega que Jesucristo, que se iba a realizar definitivamente al día siguiente. El que comulga debe saber que siempre se halla en esta situación: "antes de padecer" y que recibe "el cuerpo que se entrega para la vida del mundo". Comulgar no es sólo comer, es creer, y esto significa comprometerse.

3.- La Fe En La Eucaristía: es un gran tesoro; pero hay que buscarlo con sumisión, conservarlo por medio de la piedad y defenderlo aun a costa de los mayores sacrificios. No tener fe en el santísimo Sacramento es la mayor de todas las desgracias. Ante todo, ¿es posible perder completamente la fe en la sagrada Eucaristía, después de haber creído en ella y haber comulgado alguna vez? Yo no lo creo. Un hijo puede llegar hasta despreciar a su padre e insultar a su madre; pero desconocerlo…imposible. De la misma manera un cristiano no puede negar que ha comulgado ni olvidar que ha sido feliz alguna vez cuando ha comulgado.

REFLEXIÓN

   La liturgia del Domingo 19 del Tiempo ordinario nos da cuenta, una vez más de la preocupación de Dios por ofrecer a los hombres el “pan” de vida plena y definitiva. Por otro lado, invita a los hombres a prescindir del orgullo y de la autosuficiencia y a acoger, con reconocimiento y gratitud, los dones de Dios.

   La primera lectura muestra cómo Dios se preocupa por ofrecer a sus hijos el alimento que da vida. En el “pan cocido sobre piedras calientes” y en el “cántaro de agua” con la que Dios repone las fuerzas del profeta Elías, se manifiesta el Dios de la bondad y del amor, lleno de solicitud para con sus hijos, que anima a sus profetas y les da la fuerza para dar testimonio, también en los momentos de dificultad y de desánimo.

   La segunda lectura nos muestra las consecuencias de la adhesión a Jesús, el “pan” de vida. Cuando alguien acoge a Jesús como el “pan” que bajó del cielo, se convierte en un Hombre Nuevo, que renuncia a la vida vieja del egoísmo y del pecado y que pasa a vivir en la caridad, a ejemplo de Cristo.

   El Evangelio presenta a Jesús como el “pan” vivo que ha bajado del cielo para dar la vida al mundo. Para que ese “pan” sacie definitivamente el hambre de vida que reside en el corazón de cada hombre o mujer, es preciso “creer”, esto es, adherirse a Jesús, acoger sus propuestas, aceptar su proyecto, seguirlo en el “sí” a Dios y en el amor a los hermanos.

   Cristo, el Hijo de Dios vivo, encarnado en nuestra propia carne y sangre, para hacer a los hombres hijos de Dios, se nos ha convertido en Sacramento de Pan de vida al alcance de todos los hombres. 

   Quien quiere vivir sabe dónde está su vida y sabe de dónde le viene la vida. Que se acerque, y que crea, y que se incorpore a este Cuerpo, para que tenga participación de su vida» (Tratado sobre el Evangelio de San Juan 26,13).

 PARA LA VIDA

   Como era su costumbre, iba Dios dando un paseo por la tierra de los hombres. Y, como siempre, eran pocos los que le reconocían. Aquel día pasó por una muy humilde casa donde estaba llorando un niño.  Dios se detuvo y llamó a la puerta. Una mujer con cara enfermiza salió afuera: -¿Qué es lo que quiere, señor?. –Vengo a ayudarte, contestó Dios. -¿Ayudarme a mí?.Nadie ha querido hacerlo hasta ahora. Sólo Dios podría ayudarme. 

   Mi niño llora porque tiene hambre. Sólo me queda un pedazo de pan en el armario. Después no tendremos nada para comer. Al escuchar  esto, Dios empezó a sentirse mal. Unas lágrimas como las del niño recorrían sus mejillas y su rostro se volvió igual de enfermizo que el de la mujer. -¿Y nadie te ha querido ayudar, mujer?. –Nadie, señor. Todos me han dado la espalda. La mujer quedó impresionada por la reacción de aquella persona. 

   Por su aspecto parecía tan pobre como ella. Entonces fue al armario donde guardaba su último pedazo de pan, cortó un poco y se lo ofreció. Cuando Dios vio este gesto, se emocionó mucho y mirándola a los ojos le dijo: -No, no, gracias. Tú lo necesitas más que yo. Quédatelo y dáselo a tu hijo. Mañana te llegará mi ayuda. No dejes de hacer con nadie lo que hoy has hecho conmigo. Y dicho esto, se marchó. La mujer no entendió nada, pero se le quedó grabada aquella mirada. 

   Esa noche, ella y su hijo se comieron el último pedazo de pan que les quedaba. Al día siguiente, la mujer se llevó una gran sorpresa. El armario estaba lleno de pan, un pan que nunca se acababa. En aquella casa nunca más faltó el pan. Pronto comprendió la mujer quién era aquél que había llamado a su puerta. Y desde entonces, no dejó de hacer con nadie lo que había hecho por él: compartir su pan con el necesitado.

18° Domingo del tiempo Ordinario, 1° Agosto 2021, Ciclo B

 San Juan 6, 24 - 35

"El que Viene a Mí Jamás Tendrá hambre; el que Cree en Mí Jamás Tendrá Sed"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- El Alimento: alimentar el cuerpo es fácil, pero llenar el alma, el espíritu…sólo Dios tiene poder para hacerlo. El trabajo de los hombres es comer y dar de comer a todos. El trabajo de Jesús es darnos de comer el pan de vida, en este aquí y ahora, para el mañana y para siempre. Recibimos a Jesús en la Eucaristía. Que nuestras eucaristías sean realmente comulgar en todo nuestro ser con Cristo encarnado en el hoy de nuestra historia para tener vida eterna.

2.- Nuestra Búsqueda: “todos queremos más y más y más; el que tiene un euro quiere tener dos; el que tiene cuatro quiere tener seis.” Y a Jesús, primero, le pedían pan. Luego le exigían más y, al final, solicitaban de Cristo, todo, menos lo esencial: su Palabra, su Reino, la razón de su llegada al mundo. Que sigamos viviendo nuestra fe con la seguridad de que, Jesús, sigue siendo el pan de la vida. Y, sobre todo, que amemos al Señor no por aquello que nos da, sino por lo que es: Hijo de Dios.

3.- El Verdadero Pan: cada uno encuentra en él un sabor distinto…Porque no tiene el mismo sabor para el que se convierte y comienza el camino como para el que avanza en él o está ya llegando a la meta. No tiene el mismo sabor en la vida activa que en la vida contemplativa, ni para el que usa de este mundo como el que vive apartado de él, para el célibe y el hombre casado, para el que ayuna y distingue los días como para el que considera todos iguales. (cf Rm 14,5)…

4:- Puesto que Cristo nos llevaba en sí a todos nosotros, ya que hasta llevaba nuestros pecados, vemos que el agua representa al pueblo, mientras que el vino representa la sangre de Cristo. Así pues, cuando en el cáliz se mezclan el agua y el vino, el pueblo se une con Cristo, y la multitud de los creyentes se une y se junta a Aquel en quien cree. Esta unión y conjunción de agua y vino en el cáliz del Señor hace una mezcla que ya no puede deshacerse. Por esto la Iglesia, es decir la multitud que está constituida en Iglesia y persevera fiel y firmemente en su fe no podrá por nada ser separada de Cristo, ni nada podrá hacer que no permanezca adherida a él e indivisa en el amor.

REFLEXIÓN

La liturgia del Domingo 18 del Tiempo Ordinario repite, en lo esencial, el mensaje de las lecturas del pasado Domingo. Nos asegura que Dios está empeñado en ofrecer a su Pueblo el alimento que da la vida eterna y definitiva.

La primera lectura nos habla de la preocupación de Dios por ofrecer a su Pueblo, con solicitud y amor, el alimento que da la vida. La acción de Dios no se dirige, únicamente, a satisfacer el hambre física de su Pueblo, sino que pretende también, y principalmente, ayudar al Pueblo a crecer, a madurar, a superar las mentalidades estrechas y egoístas, a salir de su cerrazón y a tomar conciencia de otros valores.

La segunda lectura nos dice que la adhesión a Jesús implica dejar de ser un hombre viejo y pasar a ser otra persona. El encuentro con Cristo debe significar, para cualquier hombre, un cambio radical, una manera completamente diferente de situarse frente a Dios, frente a los hermanos, frente a uno mismo y frente al mundo.

Evangelio, Jesús se presenta como el “pan” de vida que baja del cielo para dar vida al mundo. A los que le siguen, Jesús les pide que acepten ese “pan”, esto es, que escuchen las palabras que él les dice, que las acojan de corazón, que acepten sus valores, que se adhieran a su propuesta.

Además del hambre física, el hombre lleva en sí también otra hambre, un hambre más fundamental, que no puede saciarse con un alimento ordinario. Se trata aquí de un hambre de vida, un hambre de eternidad. La señal del maná era el anuncio del acontecimiento de Cristo, que saciaría el hambre de eternidad del hombre, convirtiéndose él mismo en el «pan vivo» que «da la vida al mundo». 

¡Qué gran dignidad se nos ha dado! El Hijo de Dios se nos entrega en el santísimo Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. ¡Cuán infinitamente grande es la liberalidad de Dios! Responde a nuestros más profundos deseos, que no son únicamente deseos de pan terreno, sino que alcanzan los horizontes de la vida eterna. ¡Este es el gran misterio de la fe!

PARA LA VIDA

   Se me acercó, un día, un mendigo y me dijo: Quiero pan. Qué listo eres, le dije. Lo que necesitas es pan y has encontrado la mejor panadería de la ciudad. Cogí de la estantería un libro de cocina y empecé a decirle todo lo que sabía sobre el pan. Le hablé de la harina y del trigo, de las medidas y cantidades y de las distintas recetas. Cuando le miré me sorprendió que no sonriera. Sólo quiero pan, me dijo. Qué listo eres, alabo tu gusto. Sígueme y te enseñaré la panadería. No encontrarás una como ésta. 

   Tenemos pan para todos los gustos. Pero déjame que te enseñe lo mejor: nuestro salón de la inspiración. Sabía que estaba conmovido cuando lo introduje en el auditorio con sus magníficas vidrieras. El mendigo no dijo nada. Subí al podio y adopté la pose de orador. La gente de la redonda viene a escucharme y una vez a la semana a mis trabajadores, aquí reunidos, les leo las recetas del libro de cocina de la vida. Le pregunté al mendigo, sentado en la primera fila si quería escucharme. No, dijo, pero quisiera un trozo de pan. 

   Lo que tengo que decirte ahora es muy importante" le dije cuando salimos afuera. A lo largo de la calle encontrarás muchas panaderías pero aunque lo que hacen lo llamen pan no es verdadero pan, no está hecho según el libro. El mendigo se giró y se marchó. ¿No quieres pan le pregunté? Me miró, se encogió de hombros y dijo: Creo que he perdido el apetito. Qué vergüenza, me dije. El mundo ya no está preparado para el pan verdadero.

17° Domingo del tiempo Ordinario, 25 Julio 2021, Ciclo B

 San Juan 6, 1 - 15

"Distribuyó a los que Estaban Sentados, Dándoles Todo lo que Quisieron"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- La Caridad: la misericordia de Dios es infinita, porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. El amor a los pobres, lo mismo que a los enemigos, es el test por excelencia de la calidad de la caridad. Reconocer a los pobres el derecho a recibir el pan de la vida es comprometerse hasta el final con las exigencias del amor y materializar en una nueva multiplicación de los panes a escala del planeta el gesto alimenticio iniciado por Cristo.

2.- El Pan: La Eucaristía distribuye el pan de vida en abundancia como revelación de la persona de Cristo, signo escatológico y sacramento de la Pascua. Pero no puede darse una verdadera recepción de ese pan de vida sino mediante una disponibilidad absoluta que hace de cada participante un hermano de los más pobres entre los hombres.

3.- El Dinero: la oposición a esta nueva liberación está en el dinero, con el cual no se puede alimentar a todos ni se puede comprar la alegría de la fraternidad, y que siempre termina por pensar la vida en términos de poder humano, cosa de la cual Jesús huye. El hombre piensa que no hay más forma de multiplicar los panes que a base de dinero, pero Jesús no piensa así. Es la fraternidad la que multiplica los panes y hace la fiesta.

4.-: EL HAMBRE: Más de la mitad del mundo tiene hambre, mientras la otra mitad está harta. Aquéllos tienen hambre de pan y de justicia, éstos están hartos de pan y de todo. Los primeros mueren de hambre y desesperación ante la insolidaridad de los otros. Los segundos también se mueren aburridos de su crecimiento económico, de drogas, de alcohol, de stress, de autocomplacencia, de indiferencia hacia los pobres.

5.- La Misión de la Iglesia: los pastores de la Iglesia han de dar ese pan y ayudarnos a compartirlo. Deben ayudar a que llegue a todo el pan material que acaba con el hambre del cuerpo, y el pan de la palabra y la Eucaristía, que saciar el hambre más existencial del hombre.

REFLEXIÓN

   La liturgia del Domingo 17 del tiempo Ordinario, nos da cuenta de la preocupación de Dios por saciar el “hambre” de vida de los hombres. De forma especial, las lecturas de este Domingo nos dicen que Dios cuenta con nosotros para repartir su “pan” con todos aquellos que tienen “hambre” de pan, de amor, de libertad, de justicia, de paz, de esperanza.

    En la primera lectura el profeta Eliseo, al compartir el pan que le fue ofrecido con las personas que le rodean, testimonia la voluntad de Dios de saciar el “hambre” del mundo, y sugiere que Dios viene al encuentro de los necesitados a través de los gestos de compartir y de generosidad para con los hermanos que los “profetas” están invitados a realizar.

   En la segunda lectura, Pablo recuerda a los creyentes algunas de las exigencias de la vida cristiana. Les recuerda, especialmente, la humildad, la mansedumbre y la paciencia: son actitudes que no se casan con esquemas de egoísmo, de orgullo, de autosuficiencia, de prejuicios en relación con los hermanos.

   El Evangelio repite el mismo tema. Jesús, el Dios que ha venido al encuentro de los hombres, da cuenta del “hambre” de la multitud que le sigue y se propone liberarla de su situación de miseria y de necesidad que padece. A los discípulos (aquellos que van a continuar, hasta el fin de los tiempos, la misión que el Padre le confió), Jesús les invita a rechazar la lógica del egoísmo y a asumir otra del compartir, haciéndola realidad en el servicio sencillo y humilde en favor de los hermanos. 

    Todos, cada día, debiéramos de mirar nuestras manos. No para que nos lean el futuro, cuanto para percatarnos si –en esas horas– hemos realizado una buena obra; si hemos ofrecido cariño; si hemos desplegado las alas de nuestra caridad; si hemos construido o por el contrario derrumbado; si nos hemos centuplicado o restado en bien de la justicia o de la fraternidad. Si, amigos. Cada día que pasa, cada día que vivimos es una oportunidad que Dios nos da para multiplicarnos, desgastarnos y brindarnos generosamente por los demás.

PARA LA VIDA

  Un día, un niño se compró un helado de chocolate. Cuando iba a destaparlo, se acordó de que a su hermano mayor le encantaba el chocolate. Fue a casa, lo guardó en el frigorífico y le dijo a su hermano que había comprado su helado preferido. Éste se puso muy contento y le dijo que ya se lo comería más tarde. Pasó un rato y el hermano mayor fue a tomar su helado. Pero cuando iba a destaparlo, su hermana pequeña lo agarró de las piernas y se lo pidió. Al final, acabó dándoselo. 

   La hermana pequeña se fue muy contenta con su helado. Se sentó en una silla del comedor y se puso a mirar el helado. Estuvo pensando un momento y después fue rápidamente a buscar a su madre. La encontró en la terraza tendiendo la ropa. Había pensado regalarle su helado, porque sabía que le gustaba mucho el chocolote. La madre la tomó en brazos y le dio un beso. Le dijo que ahora no se lo podía comer, que se lo guardara en el frigorífico. Al mediodía llegó el padre a casa cansado del trabajo. 

   Hacía mucho calor y la madre, al oírle llegar, le dijo que se comiera el helado de chocolate que había en la nevera. El padre fue y lo tomó. Lo destapó y empezó a comérselo. Entonces recordó que a sus hijos les encantaba el chocolate. Mientras se comía el helado, fue a la tienda de al lado de su casa y compró una tarta helada de chocolate. Cuando llegó la hora de comer, todos se llevaron una gran sorpresa al ver aquella tarta tan rica de chocolate. Al pensar los unos en los otros, habían salido todos ganando.