31° Domingo del Tiempo Ordinario, 5 Noviembre 2017, Ciclo A


San Mateo 22, 34-40

“La Coherencia, es el Camino Recto del Discípulo del Señor”

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Soberbia: cuando el orgullo se adueña del alma, no es extraño que detrás vengan todos los vicios: la avaricia, las intemperancias, la envidia, la injusticia. El soberbio intenta inútilmente quitar de su corazón a Dios, que es misericordioso con todas las criaturas, para acomodarse a las entrañas de maldad”.  Dejarse llevar de la soberbia pervierte la autoridad y perjudica al prójimo. Y puede llegar a los extremos de la ridiculez.
  2. La Humildad: el cristiano elige el último puesto sólo porque no busca la fama por iniciativa propia. Pero cuando siente la invitación de Dios a salir hacia delante, acepta la tarea con sentido de la responsabilidad para cumplir con su vocación. El ser humano se humilla sólo ante Dios y, por eso, es Dios quien lo ensalzará. El ejemplo más noble de una humillación de este tipo es Jesús mismo. Él «se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y a la muerte de cruz. Por eso Dios lo ha exaltado y le ha dado el nombre sobre todo nombre»
  3. El Servicio: «El mayor de vosotros será el que sirva a los demás. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado». La verdadera grandeza en el reino de Dios se mira por la capacidad de servir a los demás como Cristo mismo hizo, y nos mandó seguir su ejemplo. La autoridad se verifica en el servicio. Que el mayor tenga que ponerse al servicio del más pequeño. Así, servir es configurar la propia vida a favor de la Comunidad. El amor por el prójimo nos empuja a sacrificar nuestra paz cuando Dios nos llama a su servicio.
  4. La Caridad: ayuda al pobre, ofrece lo que tienes sin pararte a pensar en recompensas. Cuando actúes de esa forma, tendrás la impresión de que has perdido y, sin embargo, estás creando en torno a ti una imagen (un signo y un preludio) de aquel reino decisivo que es un don del Dios que cura, un don del Dios que ofrece todo lo que tiene a sus hijos amados. Cristo nos asegura que la misericordia es decisiva, porque lleva la verdad del reino de Dios y es la garantía de entrada a él. No están la salud del alma y la esperanza de la vida eterna sino en la cruz. Toma, pues, tu cruz y sigue a Jesús, e irás a la vida eterna.
REFLEXIÓN

   En el Evangelio de hoy Jesús reconoce que los escribas y fariseos enseñan la Ley dada por Dios a través de Moisés: "En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos". Pero observa que no la enseñan para que Dios sea glorificado, sino para ser glorificados ellos. Ellos conocen el camino de la vida y pueden enseñarlo a otros, pero no lo recorren ellos mismos. 

   Por eso no hay que imitarlos: "Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen". Enseñan el amor a Dios y se aman más a sí mismos; enseñan el amor al prójimo e imponen a los demás cargas pesadas, que ellos no cumplen; enseñan la humildad y son soberbios; enseñan la modestia y son vanidosos y arrogantes. "Quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame 'Rabbí'".

   El cristiano está llamado a la santidad y a ser testigo fiel de Cristo resucitado con la palabra y con el ejemplo de vida; es decir, en coherencia. Con la vocación cristiana Dios nos llama a la coherencia, a la sinceridad de vida, a la entrega auténtica, a que nuestro sí sea sí, y nuestro no sea no, sin doblez ni meras apariencias, sin doble vida. 

   Lo que tiene valor ante Dios no son las solas palabras, ni las apariencias irreales. Lo que Dios considera valioso es la autenticidad en el modo de vivir, la verdad vivida y la nobleza del esfuerzo por vivir aquello en lo que se cree, de manera especial, cuando se dan consejos o se anuncia el mensaje del Evangelio. En el mensajero, testigo o apóstol, palabra y vida no pueden ir separados, manteniendo una especie de divorcio. 

   Los padres, principales educadores de sus hijos, han de educarlos con el buen ejemplo, sin olvidar hablarles y enseñarles que las verdades cristianas es un deber que tienen. Palabra y testimonio de vida siempre han de ir de la mano. De esa manera, harán lo que dicen y no formarán parte del grupo de tantos que dicen, pero hacen.

PARA LA VIDA

   Un joven - de buena posición social - comenzó a salir con una joven artista. Esta relación era cada vez más seria y el joven estaba considerando la posibilidad de casarse. Pero como era muy precavido contrató a un detective privado para investigar a la joven y asegurarse de que no tuviera otros hombres, ni hijos, ni nada oscuro en su vida. 

   El detective desconocía esta relación. Sólo le dieron el nombre de la joven a investigar. Durante meses siguió las andanzas de la joven y, al final de su investigación, entregó el siguiente informe. Es una joven encantadora, honrada, y muy decente. Sólo hay una cosa que reprocharle. Últimamente sale con un joven -de muy buena posición social- que es de carácter dudoso y de una reputación más que sospechosa. Este joven hipócrita recibió la medicina que necesitaba: - mira, primero en los riñones de tu vida para limpiarla.
  
no señales a nadie con el dedo, y mira primero tus errores, corrígelos y podrás ver sin prejuicio a los demás.

   Jesús, en este episodio de su vida, está investigando las palabras y la conducta de los fariseos, y hoy nos pide ser mejores que ellos; es decir, obrar coherente mente de palabra y de obra, como lo manda Dios.

30° Domingo del Tiempo Ordinario, 29 Octubre 2017, Ciclo A


San Mateo 22, 34 - 40

"Amarás al Señor tu Dios con Todo tu Corazón"

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. El Amor: Dios por naturaleza es Amor y, porque en su ser es amor, lo es también en su obrar dentro de la Trinidad, y en su obrar hacia fuera de la vida trinitaria: creación, redención, santificación. Puede, por tanto, decirse (nuestro lenguaje humano siempre es imperfecto al hablar de Dios) que, en Dios, el amor está por encima de todo. Respecto al hombre, la doctrina católica nos enseña que fue creado a imagen y semejanza de Dios. Dios, que es amor, lo creó por amor, y lo hizo capaz de conocerle racionalmente y de amar a semejanza de Él.
  2. Amar a Dios: es reconocer humildemente el Misterio último de la vida; orientar confiadamente la existencia de acuerdo con su voluntad: amar a Dios como fuerza creadora y salvadora, que es buena y nos ama bien. Todo esto marca decisivamente la vida pues significa alabar la existencia desde su raíz; tomar parte en la vida con gratitud; optar siempre por lo bueno y lo bello; vivir con corazón de carne y no de piedra; resistirnos a todo lo que traiciona la voluntad de Dios negando la vida y la dignidad de sus hijos.
  3. El Prójimo: estamos invitados a querer a quienes nos rodean “con obras y de verdad” (1 Jn 3,18) “pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20). Este amor hecho de servicio afectivo y efectivo se podría concretar en decenas de incidencias diarias: Ese hablar sin herir; la sonrisa a tiempo que desdramatiza una situación; la paciencia y la serenidad en las horas difíciles; el buen humor en los momentos de tensión, y el no querer tener siempre razón... ¡Y tantos detalles más!
  4. Las Obras de Misericordia: nos permiten salir al encuentro del sufrimiento y de la necesidad de nuestros hermanos. Mencionemos algunos ejemplos. Las obras de misericordia espirituales nos invitan a consolar al afligido, aconsejar al que duda, perdonar las injurias, sufrir con paciencia las adversidades. Preguntémonos sinceramente: ¿practico yo estas obras espirituales? ¿Soy una persona que sé consolar, que sé ofrecerle oportunidades de promoción humana? ¿Sé aconsejar a los demás? ¿Me intereso por ellos, me interesan sus sufrimientos? ¿O soy más bien de los que pasan por la vida con una santa indiferencia ante los miles de sufrimientos humanos? Ni siquiera me doy cuenta de ellos. 

REFLEXIÓN

   Jesús ha resumido todo el quehacer del discípulo en la tarea de amar a Dios y al prójimo, asociando de manera inseparable los dos preceptos centrales de la Biblia: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’, y ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Todo se reduce, pues, a vivir el amor a Dios y el amor al hermano. De aquí se deriva todo lo demás. ¿Cómo entender esta enseñanza de Jesús? Ciertamente, el amor a Dios y el amor al prójimo no han de ser confundidos como si fueran una y la misma cosa. El amor a Dios no se reduce y agota en el amor al prójimo, ni el amor al prójimo se identifica sin más con el amor a Dios.

   Amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma, no nos aleja, ni mucho menos, del amor concreto al hermano. Jesús habla de un amor al prójimo por sí mismo. Se trata de amar y ayudar al hombre concreto y real, tal como vive y sufre, con sus limitaciones y con sus necesidades. No se nos manda amar al prójimo como un medio para amar a Dios; el prójimo no es ningún medio, vale por sí mismo, es digno de amor por sí mismo, porque es criatura de Dios, porque es hijo del Padre que hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia a justos y pecadores. 

  El Amor Divino culmina en la misericordia. Sólo el amor a Dios posibilita el amor al prójimo y sólo en éste se manifiesta y se verifica. Hablar del amor de Dios no es hablar de emociones o sentimientos hacia un Ser imaginario, ni de invitaciones a oraciones y rezos: es reconocer el misterio último de la vida, orientar la existencia hacia Dios Padre, que es bueno y nos quiere bien. Es pasión por Dios y pasión por el hombre. 

   «Ama y haz lo que quieras»; «Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor». Tenemos el peligro de que el amor de Dios haga más ruido que el amor al prójimo. El ruido corresponde al segundo, porque el primero es silencioso, fuerza interior. Hablar menos de Dios y vivir más desde Dios, aun a riesgo de ser mal interpretados como le pasó a Jesús, cuyo silencio sobre el amor de Dios fue interpretado como negación de ese amor. 

PARA LA VIDA 

   Érase una vez un rey que no tenía hijos para sucederle y puso un gran anuncio en los periódicos invitando a los jóvenes a solicitar la adopción en su familia. Sólo se requerían dos condiciones: amar a Dios y amar al prójimo. Un muchacho campesino quería, pero no se atrevía a presentarse porque iba cubierto de harapos. 

   Se puso a trabajar, hizo dinero, compró ropa nueva y se puso en camino para intentar ser adoptado por la familia del rey. Cuando ya estaba llegando al palacio, se encontró con un mendigo que tiritaba de frío. El joven campesino se conmovió y le dio su ropa nueva. Vestido de harapos, le parecía inútil continuar pero decidió terminar el viaje y llegar al palacio. Llegó y todos los empleados se burlaban de él. 

   Finalmente fue admitido a la presencia del rey. Cuál no fue su sorpresa cuando vio que el rey era el mendigo del camino y que vestía las ropas que le había regalado. El rey bajó de su trono, abrazó al joven y le dijo: “Bienvenido, hijo mío”. Dios Padre es ese rey que bajó de su trono, se vistió con nuestras ropas, nuestra carne, y nos dijo y sigue diciendo: Bienvenidos, hijos míos. 

   Amar es dedicar tiempo a quien se ama. Amar es estar al servicio de quien se ama. Amar es escuchar el grito de quien se ama. Amar es sacrificarse por quien se ama. Amar es dar la vida por quien se ama.

29° Domingo del Tiempo Ordinario, 22 Octubre 2017, Ciclo A


San Mateo 22, 15 - 21

"Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios"

      Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.


  1. La Imagen del Cesar: lo que pertenece al César es local, temporal, caduco y lleva su imagen y su inscripción. Y nos identificamos con esas imágenes y le pagamos nuestro tributo: en dinero, en tiempo, en propaganda, en ropas… Son nuestras lealtades a las cosas que pasan, a los Césares del momento, a las modas, a los partidos políticos y todos nos piden un impuesto. 
  2. La Imagen de Dios: Dios no es temporal sino eterno, no de un lugar o nación sino universal, no pasa como las monedas, permanece siempre, no cambia cada cuatro años como los gobiernos; él es eterno. La imagen de Dios no está grabada en una moneda, sino en el corazón.
  3. La Misión de la Iglesia: es de índole espiritual, pues consiste en la salvación de las almas. El sacerdote misionero lleva a todos los lugares el tesoro valioso de los Sacramentos, la Palabra de Dios, en definitiva, la luz de Cristo. Sólo en Cristo llegaremos a la plena realidad del “ungido del Señor” aquel que libera definitivamente a su pueblo de la esclavitud, de la muerte y del pecado. En Cristo, conocemos la bondad del Padre, porque Él nos revela el rostro amoroso del Padre.
  4. Nuestra Existencia: es alabar y glorificar a Dios porque Él es el Señor digno de toda alabanza. Dado que hemos sido creados a imagen de Dios, nuestra vida no debería ser otra cosa sino un canto de alabanza al Señor por su inmenso amor.
  5. Dar Gracias: ante Dios el hombre se presenta como un deudor de los dones divinos: el don de la existencia, el don de la fe, el don de la redención... La vida del hombre, en este sentido, debe ser una continua “acción de gracias” a un Dios providente que vela por sus creaturas con amor de Padre.
  6. La Oración: se eleva como incienso para suplicar al Señor las gracias necesarias para continuar el camino. La oración, por tanto, aumenta nuestro deseo y con ello la capacidad de recibir el regalo de Dios.
  7. El Perdón: si el Señor tomase en cuenta nuestras faltas, ¿quién podría resistir ante su mirada? ¿Quién podría presentarse inocente ante el Señor? Todos han sido hechos "a imagen y semejanza de Dios" (Gn 1,26). Así como la moneda tiene la imagen del César, cada ser humano posee la imagen de Dios (Cf San Agustín).
 REFLEXIÓN 

   Yo te llamé por tu nombre, aunque tú no me conocías: Estas palabras de la primera lectura del libro de Isaías comentan las gestas de Ciro en favor de Israel. El profeta ve todo aquello que Ciro ha hecho, como parte del llamado divino; ve en Ciro, no sólo el rey de Persia, sino el ungido del Señor; es decir, ve en él un instrumento humano de los designios del Dios de la historia.

   En realidad no son los hombres quienes, por su cualidades, se lanzan al cumplimiento de una misión, sino más bien es la misión dada por Dios que los transforma en personas capaces de llevar adelante esa tarea.

   Este modo de obrar de Dios se repite en la historia de cada ser humano: Yo te llamé por tu nombre...aunque tú no me conocías. Al llamarnos por nombre, el Señor revela sus pensamientos de benignidad sobre nosotros, porque los pensamientos de Dios son de paz y no de aflicción.

   Da a César lo que es del César. ¿Qué cosa exige el César de ti? Su propia imagen. ¿Qué cosa te exige el Señor? Su propia imagen. Pero la imagen del César está sobre la moneda, en cambio la imagen de Dios está en ti mismo.

   Lo que sí es de Dios: el hambre de los que no tienen pan, el sufrimiento del cesante, las lágrimas de los que sufren la injusticia, la vida de los perseguidos por confesar a Cristo, el dolor de los explotados, la libertad de los oprimidos, la conciencia de cada persona. Porque todo eso pertenece a la naturaleza del hombre, creado a imagen de Dios.

   Ser de Dios nos obliga a realizarnos como personas responsables y solidarias. El hombre pertenece a Dios, ha sido redimido por Jesús y pertenece al “Reino de Dios”. De Dios es el regalo de la vida, la alegría de vivir, el gozo de la fraternidad. De Dios es la persona, porque es Dios el único que le da libertad (los demás poderes esclavizan). Dios es Señor de la historia y dará cumplimiento a nuestra historia salvándonos.

PARA LA VIDA 
   Cuenta la leyenda que una mujer pobre con un niño en los brazos, pasando delante de una caverna, escuchó una voz misteriosa que allá adentro le decía: - Entra y toma todo lo que desees, pero no te olvides de lo esencial. Recuerda algo: después que salgas, la puerta se cerrará para siempre. Por lo tanto, aprovecha la oportunidad, pero no te olvides de lo esencial. 

   La mujer entró en la caverna y encontró muchas riquezas. Fascinada por el oro y por las joyas, puso al niño en el suelo y empezó a juntar, ansiosamente, todo lo que podía en su delantal. La voz misteriosa habló nuevamente. - Tienes solo ocho minutos. Agotados los ocho minutos, la mujer cargada de oro y piedras preciosas, corrió hacia fuera de la caverna y la puerta se cerró. 

   Recordó, entonces, que el niño quedó allí afuera y la puerta estaba cerrada para siempre. ¡La riqueza duró poco y la desesperación... para el resto de su vida! Lo mismo ocurre, a veces, con nosotros. Tenemos unos 80 años para vivir, en este mundo, y una voz siempre nos advierte: - ¡Y no te olvides de lo esencial! Y lo esencial es Dios, los valores espirituales, la oración, la vigilancia, la familia, los amigos, la propia vida. 

   Pero la ganancia, la riqueza, los placeres materiales nos fascinan tanto que lo esencial siempre se queda a un lado. Así agotamos nuestro tiempo aquí, y dejamos a un lado lo esencial: ¡Los tesoros del corazón!

28° Domingo del Tiempo Ordinario, 15 Octubre 2017, Ciclo A


San Mateo 22, 1 - 14

"Vamos Todos al Banquete"

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. El Banquete: es así como nosotros solemos celebrar los momentos más importantes de nuestra vida, sentándonos a la mesa, junto a los que más queremos; invitando a nuestros mejores amigos. Así mismo hace Dios con nosotros, si queremos ser sus invitados, si tomamos en serio su invitación y obramos en consecuencia.
  2. Los Invitados: son todos, buenos y malos, en ningún caso quiere decir que los invitados puedan asistir a la boda sin la preparación debida, sin el traje de fiesta. A todos, a los primeros y a los últimos, a los judíos y a los gentiles, se nos exige para entrar en el Reino de los Cielos una disposición interior y exterior adecuada, se nos exige, sobre todo, la limpieza de corazón y la conversión de alma como el más bello traje de fiesta.
  3. La Fiesta: es la Salvación, que todos anhelamos. Y que sólo puede venir de Dios, fuente de Vida: sólo él puede enjugar verdaderamente las lágrimas de todos los ojos, hacer desaparecer el velo de dolor que cubre todos los pueblos, aniquilar para siempre, la Muerte. Convertir nuestra vida -la tuya, la mía, la de todos- en una gran fiesta. Por eso podemos exclamar con las palabras del profeta Isaías: "Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación".
  4. La Vida Cristiana: es también una llamada a solidaridad en las necesidades básicas, que no puede ser más que consecuencia de una comunión de fe y de amor. Compartir los dones espirituales podría ser, en algunos casos, demasiado poco ante la angustia y las necesidades que muchos experimentan. Dios es el primero que comparte la creación con nosotros y debemos ser consecuentes.
  5. La Eucaristía: ¡Dios me invita a su fiesta! ¿Cómo respondo yo? Dios llama e invita continuamente, toca y toca a la puerta del corazón. ¿Le abro? ¿Salgo a su encuentro? ¿Lo busco? ¿O le digo: “ahora no”, “más tarde”, “ahora no tengo tiempo”, “déjame en paz”, “tengo otras cosas más importantes que hacer, otros asuntos más importantes que atender”, “tengo pereza”, “no te quiero en mi vida”, “tu fiesta me aburre”? ¿O respondo como María, con prontitud, y con presteza abro mi corazón a Aquel que llama?

REFLEXIÓN

    Jesús dedica su vida entera a difundir la gran invitación de Dios:
 «El banquete está preparado. Venid». 
   Esto es lo que recuerda Jesús en la primera parte de la parábola. Los primeros invitados fueron excluidos por el rey y, en su lugar, mandó a sus oficiales a invitar a todo el que quisiera venir, no importa quiénes fuesen, de modo que acudieron una gran cantidad de personas, y con todos ellos se celebró la fiesta. 

   Sin embargo, aparece en la parábola un elemento inesperado. El rey encuentra uno que había entrado sin el traje propio para asistir a una fiesta de ese género. Esto plantea una serie de interrogantes. ¿Dónde consiguieron los demás el traje apropiado que llevaban puesto? En realidad ese detalle no aparece en la parábola. Jesús quiere referirse a algo mucho más importante que un simple traje: es la gracia, la fe y el amor que Dios nos da y que nos convierte en hijos suyos santos.

   Podemos entonces concluir que el pueblo de Israel, como tal, perdió la categoría que había recibido de pueblo elegido de Dios. El Señor, por medio de Jesús, llamaría a todos sin distinción a asistir a un banquete que nunca termina: la vida en el Cielo. Pero para que podamos asistir, aunque estemos invitados, necesitamos de un traje, que también se nos dará absolutamente gratis. Este traje es el que identifica nuestro derecho de asistir al banquete, de modo que nadie podrá entrar al cielo si no está en gracia de Dios. 

   El mismo Dios nos da esta gracia en el Bautismo. Aquellos que no conocen a Jesús, pero demuestran su deseo de salvación por medio de una búsqueda incesante de la divinidad, recibirán también la gracia de la salvación. Sólo quedarán excluidos aquellos que, habiendo tenido la oportunidad de conocer a Dios y recibir su amor, lo han despreciado, sintiéndose capaces de rechazar la invitación recibida por creer que no la necesitan. No podríamos nunca descubrir quiénes son los que se encuentran vestidos de gracia. Sólo Dios puede saberlo, ya que El conoce lo más íntimo de los corazones de todos. 

PARA LA VIDA

   Érase una vez un hombre muy rico que solía dar una cena al mes a sus amigos. En una ocasión algunos invitados no pudieron asistir por enfermedad. El hombre quería celebrar y brindar con los amigos ausentes en la siguiente reunión, así que mandó a su mayordomo colocar una botella de su mejor vino en una caja especial y le dijo al mayordomo: “Respeta esta caja. Tiene una finalidad muy especial para nuestros huéspedes”. 

   El mayordomo respetó la orden de su señor y cada vez que pasaba delante de la caja hacía una inclinación. Después el señor murió y las cenas siguieron celebrándose. El mayordomo recordó a los invitados que tenían que respetar la caja especial. 

   Así las cenas comenzaron a ser más serias y en lugar de celebrar la amistad de todos, se dedicaron a comer en silencio y a mirar la caja con mucho respeto. 
   La palabra de Dios, en este domingo, nos habla también de un Dios rico en amor, de un gran banquete y de una fiesta de bodas.

Dios invita a todos a su fiesta, nadie queda excluido, sólo quedan fuera los que no quieren entrar; los que no aceptan la invitación; los muy ocupados en sus negocios, o en lo mundano y lo profano.

27° Domingo del Tiempo Ordinario, 8 Octubre 2017, Ciclo A


San Mateo 21, 33 - 46

"Por sus Frutos los Conoceréis"

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Viña: amada fue Israel, pueblo elegido, cuidado por Dios, pero que, lamentablemente, no produjo los frutos que esperaba de él. Dios espera frutos, ahora de nosotros, la viña que Él ha cultivado con amor. Hemos recibido mucho de Dios y debemos ofrecer y dar frutos de vida eterna, de santidad verdadera, de caridad sincera.
  2. Los Frutos: a pesar del cuidado que Dios como viñador entrañable, la viña no prospera, ni da fruto; no da uvas dulces; da uvas inmaduras, amargas y silvestres. El cristiano debe dar buenos frutos; es una persona injertada en Cristo por el bautismo, por ello, debe dar frutos de vida eterna. Así como el Padre ha enviado al mundo a Cristo a cumplir la misión redentora, así Cristo envía a los cristianos, especialmente a los apóstoles, a cumplir una misión.
  3. Los Labradores: reciben la viña en arriendo. Son gente sin escrúpulos, gente que no sirven a la viña, sino se sirven de ella para su propio provecho. No piensan cómo acrecentar la viña y ofrecer al dueño el fruto merecido, sino que su intento es arrebatar la viña a su dueño. La fecundidad espiritual pasa siempre por la cruz y el dolor. Quien quiera ser fecundo huyendo de esta ley de salvación, se equivoca, y un día quedará amargamente desilusionado. “Sin efusión de sangre no hay redención”.
  4. El Envío: resulta difícil, y a veces doloroso, ser enviados una y otra vez a la viña del Señor. Entre otras cosas porque, las resistencias o contradicciones con las que nos encontramos, pueden llegar a mermar o debilitar nuestras iniciativas. ¡Cuándo llegaremos a comprender que no podemos ser más que el Maestro? Jesús también halló incomprensiones y descalificaciones. No sería bueno una viña del Señor con el “abono envenenado” que muchos intentan esparcir sobre lo santo y bueno que la Iglesia guarda como depositaria de la fe. Seamos fieles a lo que el Señor nos ha confiado. No colaboremos con crítica destructiva que busca acabar la viña encomendada. Más bien agradezcamos porque el Señor nos permite ser obreros de su viña.
REFLEXIÓN

   Contemplemos el amor del dueño de la viña por su viña; la magnanimidad de Dios para perdonar, para esperar, para insistir; la delicadeza de Dios con los hombres.
 
   La fidelidad y el amor de Dios deben conmovernos y deben suscitar en nosotros una gran valoración y una fundada gratitud.

   El Señor no falla. Lo demuestra la historia de la salvación: una y otra vez los profetas enviados hasta enviar a su propio Hijo. Si los viñadores no sirven, se les quita la viña y se les da a otros, pero la viña dará sus frutos indefectiblemente. Tenemos asegurada la fertilidad y la fecundidad, aunque los frutos a veces se demoren, tenemos seguridad (esperanza) de que vendrán, aunque haya poda y haya que cavar y quitar piedras, aunque haya malos viñadores que todavía estén en la viña.
 
   La presencia de viñedos en la tierra es señal de bendición de Dios. La tierra fértil y rica en viñedos es figura de los tiempos mesiánicos. La alegría que es fruto de la esperanza, siempre irá unida a la paz.
La segunda lectura a los Filipenses nos dice: "No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia recurran a la oración, la paz de Dios que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús".
 
   En la viña de Dios que es la Iglesia, Cristo es la vid y nosotros los sarmientos. El sarmiento debe estar unido a la vid, que es al mismo tiempo la piedra angular; si no, se seca y muere. Unirnos a la vid sobre todo en la Eucaristía. El vino es fruto de la vid y se transforma en la sangre de Cristo, sello de la nueva alianza de fidelidad mutua, y es la Eucaristía. Como otras vides, imitando la Eucaristía, debemos morir a nosotros mismos en el lagar para ser sangre de Cristo, para ser otros Cristo.
PARA LA VIDA

   El único sobreviviente de la inundación de un barco a causa de una terrible tormenta fue llevado por las olas a una isla completamente deshabitada. El hombre, desesperado y sin saber qué hacer, rezaba continuamente a Dios pidiendo por su rescate. Todos los días miraba hacia al horizonte en busca de algún barco, pero nunca veía nada. Ni siquiera el indicio de una pequeña señal. Con el paso del tiempo perdió toda esperanza.

   Ya cansado decidió construir una pequeña choza con ramas secas para protegerse del viento y la lluvia, y además, guardar las pocas pertenencias que conservaba. Pero un día, mientras escarbaba en el suelo en busca de algo de comida, vio sorprendido que su pequeña choza ardía en llamas: estaba siendo consumida por el fuego con todo lo que había dentro. La desesperación fue total. Ya no podía pasarle nada peor. Todo estaba perdido.

   El hombre estaba derrumbado: “¡Dios mío, ¡cómo pudiste hacerme esto!, exclamaba mientras lloraba amargamente. Al día siguiente, muy temprano, por la mañana, al hombre le despertó el sonido de un barco que se aproximaba a la isla. ¡Venían a rescatarlo! “¿Cómo supieron que estaba aquí?, preguntó a los hombres que lo rescataron. “Tuviste suerte, - le contestaron – Vimos tus señales de humo”.

   Que no nos pase como al hombre del cuento, que fue incapaz de descubrir la presencia de Dios en aquellas señales de humo que le salvaron la vida. Dios siempre está buscándonos, pero tenemos que dar señales de esperarlo. Hagamos que nuestra semana sea una búsqueda del Señor que necesita nuestras manos para trabajar como obreros en su viña. Esa viña que somos nosotros, la Iglesia, el mundo, la familia, nuestra vida y nuestros hermanos, los más necesitados.

26° Domingo del Tiempo Ordinario, 1 Octubre 2017, Ciclo A


San Mateo 21, 28 - 32

"Hijo, ve hoy a Trabajar en la Viña"

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. El Pecado: Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. Más que el número de pecados que se hayan cometido, cuando el pecador se arrepiente sinceramente y cambia su vida, Dios perdona y olvida. Lo dice el Señor por Isaías: "Así fueren sus pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán" (1,18).
  2. Examen de Conciencia:  todos hemos de reconocer el mal que hemos hecho... Dice San Juan de la Cruz, que un pájaro puede estar atado por un hilo o por una cadena, la consecuencia es la misma: no puede volar. Y lo explica para indicar que el crecimiento en la vida cristiana puede estar obstaculizado por grandes pecados o por pequeños pecados consentidos, contra los cuales no se lucha. Sea una cosa u otra la consecuencia es la misma: no se avanza. Hace falta reconocer el mal en nosotros... 
  3. El Perdón:  como necesidad de una profunda renovación espiritual en la Iglesia. Todos somos  invitados a convertirnos y a creer en el amor misericordioso predicado por Cristo; el Reino crecerá en la medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un Padre en la intimidad de la oración y se esfuerce en cumplir su voluntad”
  4. La Verdad:  no es nuestra. No nos pertenece. Viene del Padre. Pero tenemos la posibilidad de hacer que sea nuestra: traduciéndola en nuestra conducta práctica, en la realidad del mundo en que vivimos. El «hacer» la voluntad de Dios, establece una relación estrecha, una especie de parentesco, entre nosotros y la verdad.
  5. Nosotros:  quizá al comienzo no digamos que sí, pero al final podemos hacer lo que se debe hacer, Que no pase lo  contrario: que digamos sí, pero que luego hagamos nuestro capricho.

REFLEXIÓN 

   Al escuchar el Evangelio de hoy, alguien podrá preguntarse “¿Para qué esforzarme por vivir según los mandamientos de Dios, si el mismo Jesús dice que los publicanos y las prostitutas entrarán antes en el Reino de Dios? “Sin embargo, si profundizamos un poco lo que dice Jesús, Él nos habla no simplemente de malos y buenos, sino de dos actitudes diferentes ante la invitación de Dios Padre a trabajar en su viña. La viña es el Reino de Dios y nuestra actitud es definitiva. 

   En esta parábola, uno de los hijos, aparentemente desobediente y el otro obediente, acaban haciendo ambos lo contrario de lo que habían dicho. Sin embargo quien quiere verdaderamente al Padre, es el hijo que hace lo que el Padre le pide. El hijo que verdaderamente contrarió a su Padre no fue el que le ofendió primero diciendo que no iba a ir a la viña y después fue, sino el que le dijo que sí y después faltó a su compromiso.

   En estos dos hijos, Jesús representa, por un lado, a los pecadores: los publicanos y las prostitutas; por otro, a los muy cercanos a Dios sacerdotes y ancianos del pueblo de Israel. Unos, pecadores públicos y aborrecidos por el pueblo, los otros, en apariencia piadosos. Y a ellos, a éstos últimos, el Señor les dice que entrarán antes que ellos, en el Reino de los Cielos, los publicanos y las prostitutas.

   Jesús les dice en esta parábola, que ellos que se creían los hijos muy piadosos, son en realidad los desobedientes. Y para mayor vergüenza todavía, los compara con la gente tenida por ellos como de muy bajo nivel. 

   Aquí, es importante recordar las palabras de la encíclica Redemptoris missio:“Todo hombre, por tanto, es invitado a convertirse y creer en el amor misericordioso predicado por  Cristo; el Reino crecerá en la medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un Padre en la intimidad de la oración y se esfuerce en cumplir su voluntad” (Juan Pablo II, Redemptoris missio 13). En realidad se nos muestra que “todos estamos necesitados de conversión”. No hay quien pueda arrojar, sin pecado, la primera piedra.

PARA LA VIDA

   Cuenta una leyenda japonesa que un hombre murió y fue al cielo. Un guía le dio un tour en el Bus Turístico por el paraíso y, maravillado, dijo: esto es mucho más bello que nuestro universo. En el recorrido vio una gran sala llena de estanterías y en las estanterías estaban alineadas miles y miles de orejas humanas. ¿Qué hacen tantas orejas humanas aquí?, preguntó.  El guía le comentó: “Estas orejas pertenecen a todos los católicos que durante su vida han escuchado la Palabra de Dios en miles de sermones, pero nunca la han puesto en práctica. Así que sólo sus orejas han subido al cielo”.

   Tal vez a nosotros nos sucede lo mismo que a las orejas de la leyenda japonesa, que están tan llenas del mensaje que sólo sirven para llenar las estanterías del cielo.

   Nuestras orejas todavía escuchan el mensaje y podemos arrepentirnos y convertirnos en el primero de los hijos, y empezar a trabajar en las muchas viñas de Dios. Hay muchas orejas que nunca escuchan el mensaje, difícilmente las vemos en la iglesia. Pero si escuchan el clamor de los pobres, si son misericordiosos, si son constructores de la paz, si practican las obras de misericordia, si están presentes en las periferias del mundo, sí hacen de los demás el centro de su vida, si la avaricia no es el motor de sus vidas, si viven sencillamente…están donde Dios está y merecerán el denario al final de la jornada.

25° Domingo del Tiempo Ordinario, 24 Septiembre 2017, Ciclo A


San Mateo 20, 1 - 16

"Id También Vosotros a Mi Viña"

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Viña: nos invita a encontrar un equilibrio más justo entre las dos exigencias del mérito y de la necesidad. En la viña, para que los sarmientos den buen fruto, hay que preparar el terreno, regar, podar, curar, cosechar... Esto mismo tenemos que aplicarlo a cada uno de nosotros que seríamos como el sarmiento. Para dar el fruto que Dios quiere de cada persona, se necesita tener un buen terreno... regar... podar... curar... y finalmente cosechar...
  2. Cultivadores: todos cultivamos esta viña. Somos trabajadores, jornaleros…No somos llamados por Dios sólo para hacer las cosas de nuestro gusto y provecho, sino a trabajar por su gloria. Así nosotros debemos mirar primero lo que pertenece a la gloria de Dios y después hacer las cosas que son de nuestra utilidad, y para nuestra dignidad y sustento.
  3. El Llamado: Dios llama a todos y acoge a todos los que temprano o tarde responden a su llamada. Lo que vale es que se quiera trabajar en el Reino, no los méritos que se pretendan. Dios es generoso y le basta que el hombre diga sí a su llamada.
  4. La Necesidad: aunque a nosotros nos sorprenda, Dios no está mirando nuestros méritos sino lo que valemos para él. Por eso, Dios increíblemente bueno, nos regala incluso lo que no nos merecemos. Cuando nos encontramos con alguien, no hemos de preguntamos qué se merece de nosotros, sino en que podemos ayudarlo para vivir.
  5. La Bondad: Dios es bueno con todos los hombres, lo merezcamos o no, seamos creyentes o ateos. Su bondad misteriosa está más allá de la fe de los creyentes y del increencia de los ateos. Lo primero es dejarle a Dios ser Dios, y no empequeñecer con nuestros cálculos y esquemas, su amor insondable, inagotable y gratuito para todos sus hijos.
  6. La Fe: el justo vive de la fe. Es difícil que viva mal quien cree bien. Creed con todo el corazón, sin desfallecer, sin dudar, sin argumentar con sospechas humanas contra la misma fe. Se llama fe porque se realiza lo que se dice. Cuando se pronuncia la palabra fides (Fe), indica que se hace lo que se dice.
 

REFLEXIÓN
 
   Nos cuesta entender que los caminos del Señor son distintos a los nuestros. Dios se presenta como el Rey generoso que no funciona por rentabilidad, sino por amor gratuito e inmerecido. Ésta es la buena noticia del evangelio, aunque nosotros lo entendemos como injusto desde nuestra lógica humana de justicia.
 
   En lugar de parecernos a él, intentamos que él se parezca a nosotros con salarios, tarifas, comisiones y porcentajes. Queremos comerciar con él y que nos pague puntualmente el tiempo que le dedicamos y que prácticamente se reduce al empleado en unos ritos sin compromiso y unas oraciones sin corazón.
 
   Con una mentalidad utilitarista, muy propia de nuestro tiempo, preguntamos: ¿Para qué sirve ir a misa, si Dios nos va a querer igual? Así evidenciamos que no hemos tenido la experiencia de que Dios nos quiere y no reaccionamos en consecuencia amándole también más por encima de leyes y medidas. Dios es gratuito.
 
   La infinita misericordia de Dios sólo tiene un enemigo: el ojo malo y egoísta. Pero quien tiene el ojo malo y no intenta curarse, es también enemigo de sí mismo, porque corre el peligro de echar a perder la eternidad.
 
   Si esperamos la vida eterna como justa recompensa a nuestros méritos, cerramos la posibilidad de sorprendernos como los trabajadores de la última hora, frente a la generosidad del amo. Pasaremos la eternidad contabilizando nuestros méritos. Confrontándolos con los de los demás y llenándonos de envidia.
 
   Dios no está sometido al tiempo: en él no hay últimos ni primeros. Ese es un asunto nuestro. Lo que Dios quiere es que se responda a su llamada, “al amanecer” o a “media tarde”. Lo que sí pide, es que seamos fieles a lo que él quiere de cada uno con las herramientas que nos dio y sin pedir cuentas a Dios por su actitud con los demás. Los planes de Dios no son nuestros planes; sus “caminos son más altos que los nuestros”. Desde lo alto Dios, Dios ve mejor que nosotros.
 
PARA LA VIDA
 
   Imagínense la alegría de un estudiante que ha preparado a conciencia un trabajo durante una semana y el profesor le premia con un 10. Pero su alegría se desvanece cuando uno de sus compañeros que ha dedicado una hora recibe también otro 10. No es justo, piensa el primero.
Imagínense un feligrés de toda la vida que colabora en mil asuntos de la parroquia y llega uno nuevo y el párroco le da más confianza y responsabilidades que a él. Qué falta de consideración y respeto con los de siempre.
 
   Imagínense los escándalos financieros. Leía yo en el periódico que un ejecutivo de GM no sólo recibía un sueldo millonario, sino que además la compañía le pagaba un apartamento, el colegio de los hijos, una limusina y un avión particular.
 
   ¿Qué pensarían los pequeños inversionistas de GM? Injusto, un robo.
Imagínense un cura que va al cielo y San Pedro lo coloca en un rincón y a un taxista lo coloca en la sección V.I.P. ¿Acaso no merece el cura un sitio mejor? San Pedro le dice, cuando tú predicabas la gente se dormía, pero mientras el taxista conducía, la gente oraba sin parar.
Nuestra primera reacción ante muchas situaciones de la vida es gritar: No es justo.
 
   Quizá porque nos regimos por una injusticia de lógica humana. ¿Y quién no ha sido víctima de la injusticia humana?
 
   La palabra de Dios en esta historia de Mateo nos sorprende y escandaliza. Los trabajadores de última hora reciben lo mismo que los que trabajaron todo el día. No comprenden ni la generosidad ni la gratuidad de semejante patrón.
 
   No olvidemos: para Dios valemos más que nuestras acciones. Valemos, sencillamente porque nos ama infinitamente.