Domingo de Pentecostés, 20 de Mayo 2018, Ciclo B


San Marcos 20, 19 - 23

Así También los Envío Yo

Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. Pentecostés: es la fiesta del Espíritu, el día en el que los apóstoles, con la recepción del Espíritu Santo recibieron una transformación interior tal que les cambió la vida para siempre. Cuando recibieron el Espíritu Santo y se les incendió el alma de vida espiritual y de espíritu cristiano cambiaron totalmente.
  2. La Paz: es el primer mensaje que Jesús les da a sus discípulos cuando se les aparece. Paz interior y paz exterior, paz dentro de nosotros mismos y paz con los demás. La predicación del evangelio de Jesús debe hacerse siempre con valentía y con paz. Somos enviados por Jesús, el príncipe de la paz. Nuestra vida cristina, tanto de palabra como de obra, ha de producir siempre la paz y la alegría del espíritu.
  3. La Iglesia:  en ella todos somos importantes; por ello es urgente que los laicos, que son la mayoría de los cristianos, encuentren su lugar y su carisma dentro de la Iglesia; así podrán desarrollarse de verdad los ministerios laicales. Pero para ello el laico o seglar tiene que abandonar su pasividad y participar plenamente en la vida de su comunidad.
  4. La Alegría: con nuestra vida y con nuestra presencia en el mundo, los cristianos queremos dar testimonio de que  “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Papa Francisco). Vivir desde el espíritu, o mejor, dejar que sea el Espíritu el que viva en nosotros: esta es la fuente de la alegría que nadie nos podrá arrebatar, de la vida que nadie nos podrá arrebatar. Porque estamos llamados a una forma de existencia de una riqueza inagotable, de una alegría indescriptible. 

REFLEXIÓN

   Fiesta de las semanas” o “fiesta de las primicias” pues en ella se presentaban al Señor las primicias de los frutos cosechados siete semanas después de haberse iniciado la siega. Para los judíos era, por tanto, una fiesta de acción de gracias a Dios por la cosecha. Con el tiempo se convirtió en una fiesta que conmemoraba la promulgación de la Ley en el monte Sinaí. Por ello se la denominó también la fiesta del Sinaí o fiesta del Pacto. Se celebraba cincuenta días después de la pascua judía.

   Fue en la fiesta judía de Pentecostés cuando el Espíritu prometido por el Señor Jesús fue enviado sobre los Apóstoles: «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos los creyentes reunidos en un mismo lugar». Desde entonces Pentecostés es, para los cristianos, la fiesta en la que se celebra el envío del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo en torno a Santa María, acontecimiento que tuvo lugar cincuenta días después de la Resurrección del Señor Jesús.

   Aquella “primicia de la Pascua”, el Espíritu Santo, fue entregado por el Señor a sus discípulos el mismo día de su Resurrección. En aquella ocasión el Señor sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».

   De este modo los hacía partícipes de su propia misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». El Espíritu Santo, Don del Padre y del Hijo, es fruto de la Muerte y Resurrección del Señor. Los ministros del Señor, revestidos de este modo con el poder de lo Alto y en nombre de Jesucristo, son enviados con la misión específica de hacer partícipes a todos los hombres de los frutos de su obra reconciliadora.
   El Espíritu santo se ha derramado también sobre nosotros para que salgamos de nuestros y demos testimonio del amor del Señor anunciando su Evangelio a todas las criaturas hasta los confines de la tierra. 

PARA LA VIDA

   En New Port, Rode Island, está la comunidad de las Hermanas de Jesús Crucificado en la que cada hermana tiene un problema físico: la superiora es ciega, otras son sordas, otras parapléjicas… y cada Hermana edifica la comunidad desde su capacidad y recibe ayuda en su necesidad. La que ve guía a la ciega, las que pueden caminar llevan a las que no pueden, la que oye explica a la sorda… El defecto físico es un don, signo de la necesidad que tenemos de los demás. 


   La vida del Espíritu fluye en la comunidad porque nadie puede gloriarse de ser perfecto, nadie puede gloriarse de no necesitar a nadie. Todos nos necesitamos. Todos necesitamos del Espíritu. Hoy, Fiesta de Pentecostés, todos podemos recibir el regalo de Jesús: El Espíritu Santo. Para perdonar, alabar, pertenecer, hablar el idioma de Dios, congregar y revelar las mil caras de Dios.

7° Domingo de Pascua, 13 de Mayo 2018, Ciclo B


San Marcos 16, 15 - 20

Vayan a todo el mundo y proclamen el Evangelio

Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Ascensión: en la Ascensión misma contemplamos al Señor resucitado que victoriosamente asciende al Cielo. ¿Quién asciende al Cielo, sino Aquel que antes ha bajado del Cielo? El misterio de la Ascensión hay que verlo como la culminación de un proceso kenótico-ascensional, es decir, un proceso mediante el cual el Hijo de Dios “se abaja” al asumir nuestra naturaleza humana para luego “elevarse” nuevamente al Padre con un cuerpo resucitado y glorificado (ver Flp 2 ,6-11).
  2. La Misión: anunciar a todos los hombres el evangelio. De ahora en adelante él obrará a través de ellos y de sus sucesores. Ellos tienen la increíble misión de dar continuidad a la obra de Cristo. Esta misión sigue hoy vigente y la Iglesia tiene el deber siempre de evangelizar y anunciar la salvación por Jesucristo. La esencia de este evangelio es que “Jesús de Nazaret es Cristo el Hijo de Dios” (Cf Rm 10,9) y que en él tenemos la salvación y la plena revelación de Dios.
  3. La Esperanza: es una invitación a seguir trabajando por construir la “civilización del amor” y “dar razón de nuestra esperanza a todo aquel que nos la pidiere”(1 Pt 3,15). El cristiano debe ser un hombre de esperanza y de luz en medio de un mundo de tanta tiniebla. “La evangelización comprende además la predicación de la esperanza en las promesas hechas por Dios mediante la nueva alianza en Jesucristo.
  4. La Evangelización: se refiere a la importancia del propio testimonio en la acción evangelizadora. Insistir en la necesidad de un anuncio explícito del mensaje de la evangelización. Esto hoy se puede hacer de muchas maneras, pero lo importante es que todos sientan la responsabilidad de ser misioneros, es decir, enviados por Cristo a anunciar el evangelio.
 REFLEXIÓN

   En esta fiesta de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo, que festejamos cuarenta días después de la Pascua, recordemos las palabras de San Agustín: ̈Hoy Nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con Él nuestro corazón.
   La Ascensión reafirma nuestra fe en el Resucitado: donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros. La comunidad cristiana, recién constituida, tiene necesidad del aliento del Señor (fuerza de lo alto); por eso, no se puede vivir con nostalgia (volvieron con gran alegría). Urge que los hombres conozcan que Dios ha estado con ellos, ha marcado un camino. Tenemos que exagerar la pasión de Dios.
   Jesús tenía un tirón del Padre y el tirón de los amigos. Su corazón estaba roto por estas dos fuerzas. Siempre que les dice que se va, les dice que se queda.
Dios es ascensión continuada, aunque nunca se aleja de nosotros. Es meta cada vez más alta. Bajó para hacernos subir. Su Padre atrae desde arriba. Él empuja desde abajo. Por eso repitió tantas veces: levántate, vamos al monte, se levantó y se ciñó la toalla.


   La Ascensión es un relevo. Nos ha entregado su muerte, su resurrección y su oferta de salvación. Los cristianos somos los últimos relevistas antes de la victoria. Corremos con el testigo en las manos y en el corazón. Ellos habían recorrido los caminos con Jesús y ahora se les va con una clara advertencia: predicad y sed testigos. La actitud de los doce es de adoración y de duda.


   Se postraron y dudaron. No dudan del Resucitado, sino de su propia función. ¿Cuál será su papel ahora que ya no vive Jesús con ellos? «Yo estoy con vosotros». La marcha de Jesús no es definitiva. Si Él ha dicho que está con nosotros, estará con nosotros. Volverá como lo hemos visto subir: y se marchó después de haber pasado por la cruz. Los hombres necesitan saber que Dios ha estado con ellos; ha marcado un camino.

Mientras se elevaba, los bendecía. Todos los caminos están marcados por este gesto. Sus manos resucitadas están abiertas, sobre todos los caminos de los hombres, bendiciendo.

PARA LA VIDA 

   Un día un niño vio cómo un elefante del circo, después de la función, era amarrado con una cadena a una pequeña estaca clavada en el suelo. Se asombró de que tan corpulento animal no fuera capaz de liberarse de aquella pequeña estaca, y que de hecho no hiciera el más mínimo esfuerzo por conseguirlo.
   Decidió preguntarle al hombre del circo, el cual le respondió: "Es muy sencillo, desde pequeño ha estado amarrado a una estaca como ésa, y como entonces no era capaz de liberarse, ahora no sabe que esa estaca es muy poca cosa para él. Lo único que recuerda es que no podía escaparse y por eso ni siquiera lo intenta".

   Soltemos las amarras que nos atan a una vivencia cristiana paralizada por el miedo, la tradición, la rutina, como le pasaba el elefante de este cuento de hoy. Abramos la mirada, miremos hacia lo alto y hacia dentro, como Cristo, y nuestros ojos se transformarán y nuestras manos se pondrán a trabajar y construir una Iglesia más auténtica, más sencilla, más positiva y cercana a los problemas e inquietudes del mundo de hoy, y a edificar un mundo más justo, más solidario, más pacífico y humano, en unión con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, sean de la religión que sean o sean sin ninguna religión, pero que compartan nuestros valores y nuestros sueños.

6° Domingo de Pascua, 6 de Mayo 2018, Ciclo B


San Juan 15, 9 - 17

“Amaos los unos a los otros, como yo os he amado”

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
    1. El Amor:  Cristo es la revelación del amor del Padre, y él nos muestra el camino para llegar a la casa del Padre. Él es el camino, la verdad y la vida. Así como el Padre lo envía a Él, así Él nos envía a nosotros los cristianos al mundo para cumplir una misión de salvación.
    2. Permanecer: en el amor a Dios es permanecer en el mandamiento de Jesús, o sea, en el amor al prójimo. Hoy precisamente la iglesia, haciéndose eco del mandamiento de Jesús, nos invita a colocar nuestro amor en tantas situaciones de sufrimiento y de dolor de los hombres, como es el caso de ciertos enfermos abandonados, desasistidos y rechazados a causa de su enfermedad.
    3. Acoger: los discípulos deben acoger los mandamientos del Señor con avidez, atesorarlos y custodiarlos amorosamente en sus mentes y corazones, para observarlos y ponerlos en práctica. Su enseñanza debe llegar a ser para todo discípulo la norma de vida y conducta.
    4. Alegrarse:  la anhelada felicidad, la encuentra el ser humano en la permanencia en el amor del Señor, por medio de la obediencia a Él. Lo que es causa de plena alegría para el Hijo, es también causa de alegría suprema para los discípulos, quienes por su adhesión y permanencia en el Hijo entran a participar de aquella misma comunión de amor que el Hijo vive con el Padre y es la fuente de su gozo pleno.
    5. La Ruta Segura: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» Tener a Jesús como amigo es algo extraordinario para nosotros: él, el Hijo de Dios; él, lleno de santidad; él, que es la misma perfección. Por nuestra parte, somos indignos, pero es él quien quiere comunicarnos su amistad.
    REFLEXIÓN 
   Las lecturas de hoy nos han centrado claramente en la consigna del amor como el programa prioritario de los cristianos. La Pascua que estamos celebrando, tiene aquí su clave principal: ¿amamos como Jesús nos ama? Este es el "mandamiento" por excelencia, que nunca acabamos de aprender y cumplir. No está mal que nos miremos a este espejo y nos examinemos, para saber si estamos siguiendo bien los caminos del Resucitado. 
   La carta de san Juan, y su evangelio, nos proponen este tema del amor con una "lógica" que nos podría parecer un poco extraña. Ante todo, nos asegura que Dios es amor. 
   No somos nosotros los que amamos primero. Es él el que nos ha amado, anticipándose a nosotros. Y lo ha demostrado en toda la historia, sobre todo en su momento central, cuando hace más dos mil años nos envió a Cristo su Hijo. 
   La mejor prueba del amor de Dios la tenemos precisamente en la Pascua que estamos celebrando desde hace cinco semanas: ha resucitado a Jesús y en él a todos nosotros, comunicándonos su vida. De Dios podemos resaltar su inmenso poder, su sabiduría, su santidad. Hoy hemos escuchado la definición más sorprendente: Dios es amor. Y ahí está el punto de partida de todo. 
   Un segundo paso es constatar que Cristo Jesús es la personificación perfecta de ese amor: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo". En Cristo vemos el amor de Dios en acción. Cristo nos muestra su amor: "Ya no os llamo siervos, os llamo amigos". "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". El Cristo de la Pascua, el entregado a la muerte y resucitado a la vida, es el que puede hablar de amor. En la misma escena en que dice estas palabras su cena de despedida hará con sus discípulos un adelanto simbólico de su entrega en la cruz: se ciñe la toalla y les lava los pies.

PARA LA VIDA 
   Érase una vez un zapatero ya muy anciano y muy cansado. Deseaba morir para ir con el Señor y deseaba también que el Señor lo visitara en su tienda. Un día mientras rezaba oyó una voz que le dijo: Mañana iré a tu tienda. Se puso a trabajar más feliz que nunca pero no pasó nada especial. Al rato entró una señora quejándose de unos niños que la insultaban y le robaban parte de la compra. El zapatero habló con ellos y prometieron no hacerlo más. 
   Más tarde entró un forastero preguntando por una dirección y lo acompañó hasta el lugar indicado. Luego entró una niña que tenía el padre enfermo, y juntos fueron en busca de un médico para que lo visitara. Poco antes de cerrar la tienda llegó un mendigo que quería comer y lo llevó a la Carreta y le pagó la cena. Cerró su tienda y se dijo, el Señor no ha venido a verme. 


   Ya en casa y antes de acostarse oró diciendo: Señor, he estado muy ocupado hoy; espero no hayas venido a visitarme mientras estaba fuera. Y una voz dijo: "Vine a visitarte en cada persona que ayudaste. Sé que disfrutaste con mi presencia. Estoy muy contento del buen trato que me diste". La palabra de Dios no sólo nos dice quién es el Señor sino quiénes somos nosotros y cuál es nuestra relación con él y con los hermanos. “Permaneced en mi amor”, nos dijo el Señor…

5° Domingo de Pascua, 29 Abril 2018, Ciclo B


San Juan 15, 1 - 8

Yo Soy la Vid y Vosotros los Sarmientos

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Vid: es Jesús, el tronco y la raíz de donde surge la vida que viene de Dios. Permanecer unido a Cristo es permanecer unido a la gracia, porque sin ella nada podemos. Permanecer unido a Cristo es permanecer unido a Él por la oración, por la vida interior. Es hacer que todas nuestras obras y actos se hagan en la presencia de Dios y ordenadas a él.
  2. Los Sarmientos: somos cristianos, en tanto que estemos adheridos a la vid, a la cepa que es Cristo. Porque la vida cristiana es la vida de Cristo y ésta llega a nosotros, si estamos unidos a él; separados de él estamos muertos, no nos llega vida alguna: “Sin mí no podéis hacer nada”. Por eso el Señor insiste mucho en la necesidad de permanecer en él, es decir, de mantenernos unidos a él para que su vida sea nuestra vida, para que la gracia que brota de la raíz y sube por el tronco nos alcance a los sarmientos.
  3. El Labrador: mi Padre es el labrador”. Ante todo, el labrador es el que planta la viña: el Padre envió a su Hijo al mundo como vid verdadera. Pero el labrador no se limita a plantar la viña, tiene luego que cuidarla; es el trabajo de poda para fortalecer a los buenos sarmientos y tirar a los que no dan fruto. Por el bautismo todos los cristianos hemos sido injertados en la vid verdadera que es Cristo; si permanecemos en él dando fruto de buenas obras, es porque el labrador, el Padre, nos cuida, vela por nosotros y nos protege.
  4. La Iglesia: si Jesús es la piedra angular, o, como dice el Evangelio de hoy, la vid verdadera, la Iglesia se construirá si la levantamos sobre el cimiento de Cristo, si nos injertamos en él que es la cepa plantada por el labrador, por Dios Padre, en este mundo. Sobre Cristo y unidos a él, como el sarmiento a la vid, podemos edificar la Iglesia con las piedras vivas que somos los cristianos. 
REFLEXIÓN 

   En el Evangelio de este día, Jesucristo compara a Dios Padre con un labrador y al pueblo elegido con una vid. Con esta comparación, el Señor, nos muestra el cuidado amoroso del Padre para con nosotros. “Cristo se presenta como la verdadera vid, porque a la vieja vid. Al antiguo pueblo elegido, ha sucedido el nuevo, la Iglesia cuya Cabeza es Cristo.

   Hace falta estar unidos a la nueva y verdadera vid, a Cristo, para producir fruto. No se trata sólo de pertenecer a una Comunidad sino de vivir la vida de Cristo, vida de la gracia, que es la savia vivificante que anima al creyente y le capacita para dar frutos de vida eterna.

   Éste es el verdadero problema de una Iglesia que celebra a Jesús resucitado como «vid» llena de vida, pero que está formada, en buena parte, por sarmientos muertos. ¿Para qué seguir distrayéndonos en tantas cosas, si la vida de Jesús no corre por nuestras comunidades y nuestros corazones? Nuestra primera tarea hoy y siempre es «permanecer» en la vid, no vivir desconectados de Jesús, no quedamos sin savia. ¿Cómo se hace esto? El evangelio lo dice con claridad: hemos de esforzamos para que sus «palabras» permanezcan en nosotros.

   El que permanece en Mí y yo en él, ése da fruto. La Iglesia no es sino la realización del misterio del Cristo total. Él, Cabeza; nosotros, sus miembros. Él, la Vid; nosotros, los sarmientos injertados en la cepa por la fe y la gracia que santifica. Por el buen fruto se reconoce el árbol bueno. Y por los frutos, por las buenas obras, reconocemos también a los creyentes.

   La experiencia profunda de la unión con Jesús, de pertenecerle, de participar de su vida, es lo que hizo posible el nacimiento de aquella primera comunidad de creyentes, capaces de tener toda su existencia transformada según Jesús.

PARA LA VIDA
   Un misionero en África tenía una planta eléctrica que iluminaba la iglesia y su pequeña casa. Un día le hicieron una visita unos hombres de unos campos lejanos. Uno de ellos se fijó en la bombilla que colgaba del techo de la sala. Cual no fue su sorpresa cuando el sacerdote subió el interruptor y la bombilla se encendió. Uno de los visitantes le pidió una bombilla y pensando que la quería como adorno o Juguete le dio una bombilla fundida. En una de sus visitas a los poblados el misionero entró en la choza del que le había pedido la bombilla y la vio colgada de una cuerda cualquiera. El misionero tuvo que explicarle que para que diera luz necesitaba una planta, unos cables, una conexión y una bombilla que sirviera.

   Hoy, nos visita el misionero Jesús en nuestra pequeña casa y nos dice: "No pueden producir frutos si no permanecen en mi".
  • ¿De qué sirve tener una bombilla colgada del techo si no está conectada?
  • ¿De qué sirve tener una Biblia si uno no está conectada al que es la Palabra viva de Dios?
  • ¿De qué sirve llevar el nombre de cristiano si uno no está conectado al Cristo que me da el nombre?
  • ¿De qué sirve la hermosura del culto si no damos frutos?
El misionero Jesús nos recuerda, hoy, a todos nosotros: "sin mí no pueden hacer nada".

La vida cristiana, la vida del cristiano, sólo tiene plenitud y sentido si está conectada a Cristo.

4° Domingo de Pascua, 22 Abril 2018, Ciclo B


San Juan 10, 11-18

Yo soy el Buen Pastor
    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
  1. El Pastor: da la vida por las ovejas; Jesús es el Buen Pastor porque nos conoce, nos ama, nos cuida, nos guía y siente lástima de los que andan como ovejas sin pastor. Él es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, porque realmente ofrece su vida como sacrificio en el Altar de la Cruz, en rescate por todos. Gracias a su libre entrega ha reconciliado a la humanidad entera con su Padre, devolviendo la vida divina y eterna —perdida por el pecado— a quienes creen en Él (ver Jn 3,15).
  2. La Puerta:  es la imagen de la libertad y de la confianza también: no se entra por las azoteas, por las ventanas, a hurtadillas, a escondidas. Sin puerta no hay entradas ni salidas, ni caminos ni proyectos. Jesús es la puerta por donde podemos entrar y salir para encontrar a Dios y para encontrar la vida. Quien esté fuera de esa puerta, quien pretenda construir un mundo al margen de Jesús lo puede hacer, pero no hay otro camino para encontrarse con el Dios de vida y con la verdad de nuestra existencia.
  3. El Llamado: Dios sigue llamando a los jóvenes. La Iglesia está necesitada de vocaciones religiosas, y muy necesitada de vocaciones para el sacerdocio. Hemos de pedir al Señor que sean abundantes las vocaciones para la vida consagrada, y que oiga nuestra oración y nos conceda muchas vocaciones sacerdotales para los seminarios.
  4. Llamados a la Santidad: en la última exhortación, el Santo Padre explica que ella consiste en la unión con Cristo y de la apertura al misterio de la gracia. Somos personas que tenemos que “hacer sentir la presencia cotidiana de Dios, la alegría, la esperanza y su perdón que nos reconcilia con él y con nosotros mismos. 


REFLEXIÓN 

   La admiración que la Palabra de Dios de este cuarto domingo de Pascua suscita en nosotros, se expresa en la figura del Buen Pastor que nos ha presentado el Evangelio. Jesús se identifica con el Buen Pastor, haciendo resaltar lo que esto significa por contraste con el pastor asalariado. ¿Cuáles son las notas o cualidades del Buen Pastor? Al pastor asalariado no le importan las ovejas, en cuanto ve el peligro las abandona y huye; en cambio el Buen Pastor las defiende del ataque de los lobos, hasta dar su vida por ellas. 
   Jesús aplica la comparación a sí mismo: la defensa que él hace de sus ovejas llega hasta dar la vida por ellas: “Yo doy mi vida por las ovejas”. Pero además, el buen pastor conoce a las ovejas y las ovejas conocen al pastor. Se trata de un conocimiento que es expresión de amor. Jesús nos conoce en tal grado y de tal manera que llega a decir “igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre”. 
    Nos conoce porque nos ama hasta el extremo de dar la vida. Con toda seguridad, él nos conoce y ama, pero ¿le conocemos nosotros a él?, ¿sabemos distinguir su voz de las de los asalariados, cuyo interés no son las ovejas sino su propia promoción? Este lenguaje del pastor y las ovejas, a lo mejor nos parece ya caduco, pero se trata sólo de una bella imagen que expresa una verdad fundamental: por nosotros, para librarnos de la perdición, del pecado y de la muerte, Cristo ha dado su vida. 
   El Buen Pastor no se conforma con velar por las ovejas que le han sido confiadas, no sólo atiende a las ovejas del propio rebaño, sino que se preocupa también de las que están fuera, de las ovejas “que no son de este redil: también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor”. Es que Cristo ha muerto por la salvación de todos; ha sido elevado sobre la cruz para atraer a todos hacia él. Su preocupación de Buen Pastor por todos los hombres se la encomendó a los apóstoles cuando les mandó ir por todo el mundo a hacer discípulos suyos a todas las gentes.

PARA LA VIDA 
   Cuentan que un pastor fue arrestado por haber robado una oveja. Él juraba que era inocente, que la oveja era suya y que hacía días que la echaba de menos. El caso fue llevado ante juez; éste perplejo, no sabía cómo resolver el caso. Finalmente decidió que trajeran la oveja a la sala y mandó al acusador que saliera de la sala y llamara a su oveja. La oveja no respondió a su voz, sólo levantaba la cabeza asustada. El juez mandó luego salir al acusado, y cuando éste comenzó a hacer su llamada habitual la oveja, esta saltó y corrió hacia la puerta. Estaba claro que la oveja conocía la voz de su dueño. Su oveja, dijo el juez, lo conoce. Con sabiduría salomónica declaró el caso cerrado. 
   ¿Conocemos la voz de nuestro Pastor? ¿La distinguimos de las múltiples voces que solicitan nuestra atención? Jesús es el Buen Pastor y la puerta del redil, puerta para entrar y salir porque Jesús no nos ata, nos deja y nos quiere libres. Pensemos cada uno de nosotros si somos imagen del Buen Pastor, que conoce a cada una por su nombre, que las personaliza y las ama como únicas y dignas de ser amadas y cuidadas. Será el primer paso para hacerse interrogar a los jóvenes. Junto con la oración por las vocaciones y todas las iniciativas pastorales al respecto. Pero si no somos cercanos, si no nos dejamos conocer, si no les abrimos las puertas, de nada servirán todas las iniciativas que programemos, incluso aunque sean exitosas.

3° Domingo de Pascua, 15 Abril 2018, Ciclo B


San Lucas 24, 35-48

“La Paz Esté con Ustedes
    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
  1. Dios es Fiel: ha cumplido todo su plan de salvación y lo ha cumplido de un modo misterioso que supera todos nuestros cálculos humanos. Así pues, que la fidelidad de Dios a sus promesas y a su amor por el hombre sea aquello que nos dé seguridad en el camino. El Señor no nos ha abandonado. Podrá una madre olvidarse de su hijo, que Dios no lo hará con nosotros, porque en su Hijo muerto y resucitado nos ha dado todo. Nos ha dado su amor.
  2. La Alegría: esta alegría de peregrinos —que va unida siempre a la fatiga y al sufrimiento del camino— requiere de nosotros, conversión del corazón y empeño en su custodia, porque puede verse, fácilmente, turbada y abrumada por el espanto, por el cansancio, por la angustia... En una palabra, por todos los peligros que nos acechan mientras vamos de viaje. De ahí que tengamos necesidad de una fuerza interior, divina: eso que nosotros no seríamos capaces de guardar por nosotros mismos es confiado al Espíritu, al Espíritu consolador.
  3. La Paz: el don pascual de Jesús no es la paz de una vida imperturbable, sino la paz vivida en la tranquilidad, la seguridad y la protección que provienen del poder y del amor de Dios. El fundamento y la garantía de tal saludo y de tal don es el Resucitado mismo en su vida nueva, vencedora de la muerte.
  4. El Testimonio: sí, el Señor quiso hacer «testigos de estas cosas» (Lc 24, 34) a aquel puñado de hombres y mujeres que lo siguieron y lo vieron triunfar sobre la muerte. Como ellos ayer, tú y yo somos hoy herederos del testimonio que dieron aquellos testigos de la Resurrección del Señor. No podemos guardarnos esta tremenda Noticia para nosotros mismos, sino que estamos llamados a dejar que el acontecimiento histórico de la Resurrección de Cristo nos impacte y nos transforme de tal modo que nos impulse a transmitir esta buena Nueva a cuantos podamos, con nuestras palabras pero más aún con el testimonio de una vida transfigurada por el encuentro cotidiano con el Señor Resucitado.

REFLEXIÓN

   En las lecturas del domingo anterior, veíamos como la comunidad cristiana nace desde la fe en la presencia de Cristo resucitado. Hoy nos vamos a detener en el modo de esta presencia de Jesús Resucitado en su comunidad. Porque esa presencia constituye una verdadera novedad y es la nota característica de la fe cristiana.
   En este Evangelio, se cuenta que cuando Jesús se hace presente, los apóstoles sienten un cierto temor. Ese temor es el signo del pasado, de otros modos de entender la presencia de Dios en su pueblo. El temor del Sinaí y de tantos cultos que sienten a Dios como un tremendo poder pronto a descargarse sobre los hombres.
   Lo sorprendente y nuevo de la comunidad cristiana es que Dios se hace presente en forma sencilla, en simples reuniones de la gente de pueblo, junto al mar o en una comida. Sin embargo, inconscientemente, los que sienten la presencia de Jesús: se atemorizan y reviven el miedo reverencial de la vieja religión.
   ¿Será posible que Dios pueda hacerse presente en medio de nuestras cosas cotidianas? Este es precisamente el deseo del Señor: hacerse presente, no con grandes ceremonias, sino con tal sencillez que parecía uno más. Lo primero que hace Jesús, es devolverle a su gente la confianza y la paz. Nada de temores. Está entre ellos para comer pescado como uno más, para conversar, para ver sus problemas, para trabajar juntos, para explicarles su mensaje.
   De esta experiencia surge esa nota tan característica de una comunidad verdaderamente cristiana: la alegría. Una alegría sólo posible si se apoya en la confianza y en la paz interna, en la serena relación del pueblo con Dios.
  

PARA LA VIDA

   Érase una vez un niño indio que había sido picado por una serpiente y murió. Sus padres lo llevaron al hombre santo de la tribu y colocaron su cuerpo ante él. Los tres, sentados, lloraron durante largo rato. El padre se levantó, se acercó al cuerpo de su hijo, puso sus manos sobre los pies del niño y dijo: A lo largo de mi vida no he trabajado por mi familia como era mi obligación. En ese momento el veneno salió de los pies del niño. La madre se levantó también y colocando sus manos sobre el corazón del niño dijo: A lo largo de mi vida no he amado a mi familia como era mi obligación. En ese momento el veneno salió del corazón del niño.
   Finalmente, el hombre santo se levantó y extendiendo sus manos las puso sobre la cabeza del niño y dijo: A lo largo de mi vida no he creído en las palabras que decía como era mi obligación. En ese momento el veneno salió de la cabeza del niño. El niño se levantó y también sus padres y el hombre santo y toda la tribu celebró una gran fiesta ese día.
   El veneno mortal es la falta de responsabilidad del padre, la falta de amor de la madre, la falta de fe del hombre santo. El contraveneno, la medicina de la vida, es el amor. En este tiempo de Pascua, de vida nueva y resucitada, tiempo en que "Dios ha glorificado a su siervo Jesús", Pedro y los testigos de la resurrección nos exhortan: "Arrepiéntanse y conviértanse para que todos sus pecados sean borrados". Expulsar el veneno y estrenar vida nueva.

2° Domingo de Pascua, 8 Abril 2018, Ciclo B


San Juan 20, 19 -31

“Su Misericordia es Eterna

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Resurrección: es el acontecimiento novedoso en la comunidad que se da y cuida mutuamente; que buscan el bienestar de todos (particularmente de aquellos que viven en situaciones más precarias). La resurrección se hace tangible cuando encarnamos la infinita misericordia de Dios, cuando aprendemos a perdonarnos a nosotros mismos y a perdonar a quienes nos han ofendido.
  2. La Paz: trae consigo todos los bienes. Por tanto, la paz es sinónimo de plena felicidad. Esta paz sólo puede venir de Dios, como un don de su amor y benevolencia. ¿Por qué esa paz sólo puede ser alcanzada por un don divino, y no ser el fruto de una esforzada construcción humana? ¿De qué paz se trata? Esta paz no es mera ausencia de conflictos exteriores, sino la paz que procede de la reconciliación de las rupturas introducidas en el hombre y en sus relaciones con Dios, consigo mismo, con los demás y con la creación toda por el pecado.
  3. La Fe: así como la primera comunidad vivía intensamente su fe en Cristo resucitado y daba testimonio de ella ante una sociedad pagana y gnóstica, así hoy nos corresponde dar testimonio de esa misma fe. Nos corresponde transmitir a las futuras generaciones la pureza de la doctrina y la rectitud de las costumbres.
  4. La Misericordia: muchas veces hemos visto el rostro misericordioso de Dios, su paciencia; también en muchas personas la determinación de entrar en las llagas de Jesús, diciéndole: Señor estoy aquí, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre. Y hemos visto siempre que Dios lo ha hecho, ha acogido, consolado, lavado, amado. Tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos. Sentiremos su ternura, tan hermosa, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor. 

REFLEXIÓN

    A solo siete días de haber celebrado la Resurrección del Señor, en la fiesta que alcanza la cumbre de nuestra fe de cristianos, las tres lecturas de la misa de hoy nos presentan hechos y acontecimientos vividos por la primera comunidad de la Iglesia, inmediatamente después de la Resurrección de Jesús de entre los muertos. La celebración pascual no se limita a las ceremonias del domingo pasado, sino que se extiende a estos 50 días del tiempo pascual, que comienzan el Domingo de Pascua, y van hasta la solemnidad de Pentecostés en que celebramos la venida del Espíritu Santo.

   En la primera lectura, en el Libro de los Hechos de los Apóstoles se nos muestra la forma en que vivieron los primeros cristianos, y ella debe ser una enseñanza para nosotros, cristianos de principios del siglo 21 que nos hemos olvidado de la solidaridad y el amor que debe existir entre nosotros. Dice San Lucas en este pasaje, que era la forma de alabar a Dios y de tratar a sus hermanos, lo que les permitía a los primeros discípulos ganarse la simpatía de todo el pueblo.

   Y en la segunda lectura, San Pedro nos dice que la alegría de la Resurrección supera las contrariedades y vence todas las pruebas, porque el Señor nos dio una vida nueva y  una esperanza viva. Y el Evangelio de San Juan nos presenta la fe de Tomás que tantas enseñanzas nos deja, porque nuestra fe a veces se parece a la de Tomás.

   Las primeras dudas de Tomás desaparecen cuando el Señor lo invita a «Poner su dedo y meter su mano en el costado del Señor. La respuesta de Tomás es un acto de fe, de adoración y de entrega sin límites, cuando exclama: ¡Señor mío y Dios mío!.

   Si nuestra fe es firme, también esta fe servirá para que la fe de muchos otros se apoyen en ella. Es preciso que nuestra fe en Jesucristo vaya creciendo día tras día.
  
PARA LA VIDA

    De vez en cuando se lee o se oye la siguiente anécdota de Napoleón preso y desterrado, cuando se encontraba en la isla de Santa Elena. En conversación con uno de sus generales, Napoleón le preguntó: ¿Qué piensa usted de Jesucristo? A lo cual respondió su interlocutor: ¡Oh! Yo no me preocupo de semejantes cuestiones. Y Napoleón volvió a preguntarle: ¿Cómo? fue usted bautizado en la  Iglesia Católica, ¿y no le interesa Jesucristo? La respuesta del general ante la nueva pregunta fue el silencio. Entonces Napoleón hizo el siguiente comentario: Estamos presos en esta roca que nos devora, ¿y no es capaz usted de decirme quién era Jesucristo? Pues, ya se lo diré yo. 

   Mire a todos los grandes hombres de la Historia. Todos han pasado, y no queda de ellos nada. Mire usted mi vida: he conquistado casi toda Europa, he sido admirado, he sido querido y también he sido odiado. Y vea lo que queda de mí ahora, condenado a morir en el destierro de esta isla perdida en el océano. ¡Créame, mi general! Conozco a los hombres, y yo le puedo asegurar a usted que Jesucristo era algo más que un hombre.

   La resurrección del Señor es el fundamento y la certeza absoluta de nuestra fe. Porque Cristo resucitó nuestra fe es totalmente verdadera, sin que haya posibilidad alguna de error o mentira.