25° Domingo del Tiempo Ordinario, 23 Septiembre 2018, Ciclo B


San Marcos 9, 30 - 37

“Ser Como Niños”


Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. El Primer Lugar: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos». Importantes son los que, sin pensar mucho en su nombre, prestigio o tranquilidad personal, se dedican sin ambiciones y con total libertad a servir, colaborar y contribuir al proyecto de Jesús. “Hacer el bien, pensar bien, hablar bien” (San Benito).
  2. Servir: es el mejor sinónimo del amor. Donde hay envidia y peleas no hay justicia ni paz. Paz y justicia van unidas pero deben pasar por el servicio. Nos da miedo la entrega y el servicio. Sin embargo la mesa del Señor es mesa común, fraternal y evangélica. Dejémonos empapar por Cristo, por su pan fraterno, por su paz y dispongámonos como él a servir, así nacerá en nosotros la felicidad plena.
  3. Seguir: “Seguir al Señor” es involucrarse y comprometerse con Él con todas las fuerza y a tiempo completo, sea cual sea nuestro estado de vida, soltero, casado, religioso… Es cooperar con Él en la construcción del Reino de Dios en este mundo. Como Jesús, todos venimos a este mundo con una misión que cumplir: la de ser felices y hacer felices a otros, lo que agrada mucho a Dios.
  4. Educar: la instrucción sobre el discipulado, aunque larga y dura como el camino hacia el Calvario, conduce a la resurrección. El último y servidor de todos es el primero porque entiende la vida “no para servirse uno mismo sino para servir a los demás”.

REFLEXIÓN

   En el Evangelio de hoy, Jesús nos invita a encontrar el equilibrio personal, a veces tan difícil de conseguir, en donde la necesidad de ser amados conviva con la necesidad de amar, como decía San Agustín. Jesús recuerda hoy en el evangelio, que quiere que seamos grandes... Pero nos recuerda que lo que nos hace grandes no son las cosas materiales, sino lo que está dentro de nosotros, es decir, Dios mismo. 

   Él nos hace personas grandes, nos da la capacidad de amar y de estar disponibles para aquellos que nos necesitan como son los pobres y menos favorecidos; y cuantos requieran nuestro apoyo material o espiritual. Pensemos en tantos padres  de familia que ya son ancianos; o los niños que necesitan de tiempo para estar con sus padres y jugar con ellos, y sentir ese cariño que a algunos, aunque parezca mentira, no tienen...; es la capacidad para acoger con una sonrisa. En definitiva, lo que nos hace grandes es vivir la vida en actitud de servicio y entrega generosa como Jesús.

   Jesús, es servidor de todos y nos invita a tener una actitud semejante a la suya. Él se hizo nuestro servidor, él se puso en nuestras manos, él se entregó a nosotros. Por eso no puede llamarse discípulo de Cristo aquel que se aprovecha del prójimo o lo explota de cualquier forma. Desde su propio ejemplo, Jesús nos invita a ser serviciales, siempre dispuestos a echar una mano cada uno en la medida de sus posibilidades.
   La clave de esta lógica de acción a la que nos invita Jesús, está desde el bautismo. Ahí quedaron grabadas, listas a desarrollar, todas las facultades que nos hacen capaces de obrar como hijos suyos porque somos propiedad suya.


PARA LA VIDA

   En una ocasión, el padre de una familia muy rica llevó a su hijo pequeño al campo con la intención de que viera lo pobre que era la gente que allí vivía. Estuvieron todo un día y una noche entera en la casa de un pueblo, con una familia campesina muy humilde. Al terminar el viaje, de regreso a casa en el coche, el padre le preguntó a su hijo: - ¿Qué te ha parecido el viaje?. - ¡Muy bonito, papá!, contestó alegremente el niño. El padre volvió a preguntar: - ¿Viste lo pobre que puede llegar a ser la gente? - Sí, dijo el niño. - Y, ¿qué aprendiste?, volvió a insistir el padre. 

   El niño calló un segundo y, después de pensar, respondió: - Ummmm… pues…, aprendí que nosotros tenemos un perro en casa, y ellos tienen cuatro. Que nosotros tenemos una piscina en medio del jardín y ellos tienen un río. Que nosotros tenemos en el patio unas lámparas compradas y ellos tienen las estrellas. Que nosotros tenemos un terreno que llega hasta un muro y ellos el campo. Al terminar el relato de lo que había aprendido el padre quedó mudo. Su hijo añadió: - Gracias papá por enseñarme lo pobres que somos.

24° Domingo del Tiempo Ordinario, 16 Septiembre 2018, Ciclo B




San Marcos 8,27-35 

“Tomar La Cruz”




Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. ¿Quién es Jesús?: es importante saber qué dice la Sagrada Escritura, la Iglesia, el Papa o los teólogos a cerca de Jesús. Pero, en mi fe, lo decisivo es qué digo yo. La respuesta a esta pregunta, la da mi experiencia que tengo de él, con él y en él. El día en que uno puede decirle a Cristo: «Tú eres el Camino, la Verdad y la Vida. Tú eres mi Salvador. Tú eres el Hijo de Dios encarnado por mi salvación», nuestra vida comenzará a reavivarse con una fuerza y una verdad nuevas.
  2. ¿La Cruz?: en el Crucificado no hay poder ni éxito, ni salud, ni vigor, no hay lógica ni sabiduría. Sólo hay un “amor crucificado” humilde, discreto, insondable hacia el ser humano. Las palabras de Jesús son tajantes. Quien quiera «salvar» su tranquilidad, su cuenta corriente, su vida privada, sus intereses..., al margen del evangelio, reducirá su vida a eso y se echará a perder como hombre, pues está prescindiendo de su verdadero fin.
  3. Nuestros Pensamientos: “Tú piensas como los hombres, no como Dios”.Desde una actitud típicamente judía, nosotros le seguimos pidiendo a la vida “señales”, es decir, signos claros de que las cosas marchan bien, resultados, éxito y eficacia. No sabemos qué pensar ni qué decir ante el fracaso, el sufrimiento inútil, la vejez o la enfermedad. Dejarse conducir por Jesús es encontrarse con un Dios diferente, más grande y más humano que todos nuestros pensamientos.
REFLEXIÓN

   Hay que “cargar con la cruz” y “gastar la vida” por Jesús y por el evangelio, para encontrar la vida verdadera. ¿Y cómo se hace esto? Siguiendo el mismo estilo de vida de Jesús. Todos queremos esa vida eterna que Dios nos promete, pero solo la encuentra aquel que la busca no para sí, sino para los demás, aquel que es feliz haciendo felices a los que están a su alrededor, aquel que pierde la vida dándola, amando a los demás, y posponiendo lo suyo… hasta dar la vida, como Jesús. Ir por este camino, es llevar a la práctica la sentencia: “nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos”, que Jesús impetró en la última cena. 

Aquí ya no vale responder con lo que otros dicen. A esta pregunta fundamental de Jesús tenemos que responder cada uno en primera persona y desde dentro. En el evangelio, Pedro, en nombre de todos los discípulos, confiesa que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Esta es también nuestra propia confesión, nuestra fe: nosotros creemos, con Pedro, que Cristo es el Señor. 

   A nosotros nos interesa Jesús no porque lo consideremos un gran hombre, sino porque en él Dios mismo se ha hecho presente y nos ha salido al encuentro. Para nosotros Jesús es importante, lo más importante, porque es el Hijo de Dios, porque es real y verdaderamente Dios uno con el Padre y el Espíritu Santo; para nosotros Jesús es importante, lo más importante, porque es verdaderamente hombre, nacido de la Virgen María, y por eso, porque es Dios y hombre es nuestro Salvador y Redentor. 

PARA REFLEXIONAR 

   “Un matrimonio pobre. Ella hilaba a la puerta de su casa pensando en su marido. Todo el que pasaba se quedaba admirado de la belleza de su cabello, negro, largo. Él iba cada día al mercado a vender algunas frutas. A la sombra de un árbol se sentaba a esperar, sujetando entre los dientes una pipa vacía. 

   No llegaba el dinero para comprar tabaco. Se acercaba el día del aniversario y ella no cesaba de preguntarse qué podría regalar a su marido. Y, además, ¿con qué dinero? Una idea cruzó su mente. Vendería su pelo para comprarle tabaco. Ya imaginaba a su esposo en la plaza, sentado ante sus frutas, dando largas bocanadas a su pipa. Así lo hizo y obtuvo por su pelo unas cuantas monedas, pero eligió con cuidado el más fino estuche de tabaco. 

   El perfume de las hojas arrugadas compensaba  el sacrificio de su pelo. Al llegar la tarde regresó el marido. Venía cantando por el camino. Traía en su mano un pequeño regalo: eran unos peines para su esposa. Los acababa de comprar, tras vender su pipa. Al encontrarse, se rieron y se abrazaron llenos de gozo y de alegría”. 

“Nadie tiene más amor que el que da su vida por sus amigos (Jn.15, 13)

23° Domingo del Tiempo Ordinario, 9 Septiembre 2018, Ciclo B


San Marcos 7,31-37 

“Ábrete”


Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Sordera: es urgente que los cristianos escuchemos también hoy esta llamada de Jesús. La primera sordera por curar es la del corazón. Se nos pide actuar con lucidez y responsabilidad. Sería funesto vivir hoy sordos a su llamada, desoír sus palabras de vida, no escuchar su Buena Noticia, no captar los signos de los tiempos, vivir encerrados en nuestra sordera. Es urgente ori al Señor; la fuerza sanadora de su palabra nos puede curar.
  2. El Aislamiento: es encerrarse en la ocupación de cada día sin más. Vivir sin interioridad. Caminar sin brújula, sin reflexión ni apertura a la esperanza. Perder incluso la sed y el deseo de vivir con ansia de Dios.
  3. Escuchar: son muchos los hombres y mujeres que se sienten incapaces de entablar un verdadero diálogo con su Creador. No saben escuchar a Dios y no saben hablarle. Se diría que son «sordomudos” ante El. Para encontrar a Dios no hay que recorrer largos caminos. Basta detenerse, cerrar los ojos, entrar en nuestro corazón y escuchar la vida que hay en nosotros mismos. Ahí, donde estamos ahora mismo, está Dios rodeándonos e impregnándonos con su vida.
  4. La Conversión: el egoísmo, la desconfianza y la insolidaridad son también hoy lo que más nos separa y aísla a unos de otros. Por ello la conversión al amor es camino indispensable para escapar de la soledad. El que se abre al amor al Padre y a los hermanos, no está solo.

REFLEXIÓN 

   El Evangelio de este domingo es muy apropiado para describir la situación de muchos cristianos ante Dios, ante su Palabra y su Amor misericordioso. La dignidad humana, el ser y vivir conforme a nuestra condición humana, se salva si salvamos la conciencia, si no nos dejamos manipular desde fuera, si somos libres desde la hondura del corazón, si somos capaces de cerrar alguna vez los oídos a los cantos de sirena de los explotadores y manipuladores de turno para escuchar la voz, casi imperceptible, de Dios que resuena allí, en lo secreto de nuestro corazón. 

   Ciertamente, en mayor o menor medida todos padecemos de sordera ante Dios. La voz de Dios es muy difícil de escuchar, si no cerramos antes los oídos del alma a los gritos y seducciones del materialismo que nos domina. Necesitamos acudir a Jesús para que cure nuestra sordera. Bien poco se nos pide: que queramos oír, que deseemos de verdad ser curados, que lo pidamos ardientemente. 

   Dios no dejará de hablar a nuestro corazón, es decir, no dejará de salvarnos si nos ponemos en sus manos como somos, pobres y necesitados de Él, pues como nos ha dicho la carta de Santiago, "Dios ha elegido a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que le aman".


PARA LA VIDA

   Un día apareció un hombre que tocaba la flauta de manera tan exquisita que encantaba a todo ser animado que escuchaba el dulce acento de sus melodías. Al escucharlo acudían todo tipo de personas y animales, y se agolpaban en la plaza para escuchar el divino y sonoro, pero oculto mensaje de la música del flautista. Un día, un joven, que conocía a un anciano del pueblo que era sordo y que pedía limosna en las afueras del pueblo, quedó sorprendido de que día a día, aquel anciano acudiera a la plaza para ‘oír’ al flautista.

   No aguantando la curiosidad, escribió unas preguntas al pordiosero: - ¿Qué vienes a hacer aquí si tú no puedes escuchar? ¿Qué te extasía tanto si tú no puedes apreciar lo que él toca?. Aquel pordiosero, con dificultad en el hablar, contestó: - Mira el centro de la plaza, alza la vista, ¿qué ves? - Una cruz, respondió el joven. Y el pordiosero le contestó: - Es la cruz de Cristo que se alza sobre la cúpula de la vieja Iglesia.

   Me extasía no escuchar nada y soñar que algún día, la música de la verdad crucificada, fascine y cautive a los hombres. Cuando se reúnen en la plaza, sueño que venzan su sordera espiritual y su ceguera, y que la música del mundo no los encante como serpientes y sean capaces de dejarse conquistar por la música del cielo. Sordo no es el que no percibe sonidos, sino el que no es capaz de percibir y soportar la música del amor y la verdad. Vosotros oís, los que oyen utilizan el tímpano; yo escucho, los que escuchamos utilizamos el corazón». 

22° Domingo del Tiempo Ordinario, 2 Septiembre 2018, Ciclo B


San Marcos 7,1-8.14-15.21-23 

“Manos Limpias...Corazón Sucio?”


Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Crisis: en las crisis se revela quiénes son los verdaderos discípulos de Jesús. Por muy dolorosa que nos parezca, la crisis actual será positiva si los que seguimos al Señor Jesús, muchos o pocos, nos vamos convirtiendo en sus discípulos, es decir, en hombres y mujeres que vivimos de sus palabras de vida, y hacemos de él, nuestra guía.
  2. A Quién Acudir:  «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna». «Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida». Sin embargo, cuando se vive lleno de ruido, es difícil escuchar esa voz. Son muchos los hombres y mujeres que no logran encontrarse con su evangelio. El ruido no les ha permitido la dicha de abrir su corazón y escuchar con sencillez y humildad la fuerza de sus palabras de vida y verdad.
  3. La Fe: para muchos es «cumplir con sus obligaciones religiosas». Pero la verdadera fe es implicar a Jesús en la vida personal y hacer de él el mejor amigo y referente. El creyente vive una especie de «aventura personal» con Dios. Su fe se va transformando y enriqueciendo a lo largo de los años. Cada vez entiende mejor lo que puede significar la promesa de Dios: «Yo os daré un corazón nuevo y pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne».           

REFLEXIÓN

   El relato de Juan nos recuerda una crisis de fe entre los discípulos de Jesús. Algunos vacilan, pues su modo de hablar les parece «inaceptable». Otros se echan para atrás y lo abandonan. Entonces Jesús se dirige directamente a los Doce. «También vosotros queréis marcharos?» Con su habitual sinceridad, Pedro le contesta: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos» 

   Los Doce descubren que, si abandonan a Cristo, no tendrían a quién acudir, pues no encontrarían en ningún otro «palabras de vida eterna». Aquel Jesús que a orillas del Tiberiades llamó un día a Pedro con una sola palabra: «Sígueme», hoy, me está diciendo a mí: «Ten fe, no vivas perdido, sigue mis pasos». Un cristiano cuando escucha las palabras de Jesús sabe que va a escuchar propuestas de eternidad. 

   Jesús es franco con sus discípulos. Está invitando a una fe que los alentará a acercarse a él, la fe no en algo espectacular, sino en sí mismo, en la nueva vida que nos ha mostrado en sus signos y palabras que ha proclamado. Jesús les recordó, y nos recuerda qué es lo que hace posible nuestra fe, quién es la fuente que nos permite seguirlo. 

   "Nadie puede venir a mí a menos que sea otorgado por mi Padre". La fe de Pedro flaqueará, como la nuestra cuando hay pruebas. Pero después de escuchar las desafiantes palabras de Jesús, Pedro no se aleja. Es posible que no entienda las consecuencias de decir "Sí" a Jesús, pero él cree en el que ha llegado a amar y continuará siguiéndolo.

PARA LA VIDA
    Cierto día, Buda, sentado sobre la flor del loto, enseñaba la necesidad de suprimir el sufrimiento para alcanzar la felicidad. El dolor, al oírlo, se quedó muy triste, porque ya nadie lo querría. Poco después pasó por allí un joven lleno de caridad, y, viendo llorar al dolor, se le enterneció el corazón, lo tomó de la mano y lo convirtió en su amigo inseparable. Ese joven se llamaba Jesús. Cuando Jesús comenzó a predicar, los oyentes se contagiaron de su felicidad. 

   Por primera vez en la historia, el dolor se alegraba viendo que él también podía dar algún fruto, pues Jesús decía que no habría felicidad sin cruz. Incluso murió en ella abrazado a su amigo el dolor, pero con el corazón inmerso en la alegría. Buda se asombró al constatar que Jesús y él buscaban lo mismo: la felicidad. Sin embargo, mientras Buda eliminaba el sufrimiento por la vía de la renuncia y de la meditación, Jesús lo asumía para sanar el pecado y traer la salvación.
   Al final, ni uno ni otro erradicaron el dolor del mundo. Buda no pudo; Jesús no quiso. Hoy, la felicidad toma la mano al sufrimiento para que no se encuentre solo. Y el sufrimiento se llena de esperanza y de alegría cuando ve que la felicidad pasa por el camino de la cruz.

21° Domingo del Tiempo Ordinario, 26 Agosto 2018, Ciclo B


San Juan 6, 60-69

“Tú Tienes Palabras de Vida Eterna”


Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Crisis: en las crisis se revela quiénes son los verdaderos discípulos de Jesús. Por muy dolorosa que nos parezca, la crisis actual será positiva si los que seguimos al Señor Jesús, muchos o pocos, nos vamos convirtiendo en sus discípulos, es decir, en hombres y mujeres que vivimos de sus palabras de vida, y hacemos de él, nuestra guía.
  2. A Quién Acudir:  «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna». «Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida». Sin embargo, cuando se vive lleno de ruido, es difícil escuchar esa voz. Son muchos los hombres y mujeres que no logran encontrarse con su evangelio. El ruido no les ha permitido la dicha de abrir su corazón y escuchar con sencillez y humildad la fuerza de sus palabras de vida y verdad.
  3. La Fe: para muchos es «cumplir con sus obligaciones religiosas». Pero la verdadera fe es implicar a Jesús en la vida personal y hacer de él el mejor amigo y referente. El creyente vive una especie de «aventura personal» con Dios. Su fe se va transformando y enriqueciendo a lo largo de los años. Cada vez entiende mejor lo que puede significar la promesa de Dios: «Yo os daré un corazón nuevo y pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne».           

REFLEXIÓN

   El relato de Juan nos recuerda una crisis de fe entre los discípulos de Jesús. Algunos vacilan, pues su modo de hablar les parece «inaceptable». Otros se echan para atrás y lo abandonan. Entonces Jesús se dirige directamente a los Doce. «También vosotros queréis marcharos?» Con su habitual sinceridad, Pedro le contesta: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos» 

   Los Doce descubren que, si abandonan a Cristo, no tendrían a quién acudir, pues no encontrarían en ningún otro «palabras de vida eterna». Aquel Jesús que a orillas del Tiberiades llamó un día a Pedro con una sola palabra: «Sígueme», hoy, me está diciendo a mí: «Ten fe, no vivas perdido, sigue mis pasos». Un cristiano cuando escucha las palabras de Jesús sabe que va a escuchar propuestas de eternidad.
   Jesús es franco con sus discípulos. Está invitando a una fe que los alentará a acercarse a él, la fe no en algo espectacular, sino en sí mismo, en la nueva vida que nos ha mostrado en sus signos y palabras que ha proclamado. Jesús les recordó, y nos recuerda qué es lo que hace posible nuestra fe, quién es la fuente que nos permite seguirlo. 

   "Nadie puede venir a mí a menos que sea otorgado por mi Padre". La fe de Pedro flaqueará, como la nuestra cuando hay pruebas. Pero después de escuchar las desafiantes palabras de Jesús, Pedro no se aleja. Es posible que no entienda las consecuencias de decir "Sí" a Jesús, pero él cree en el que ha llegado a amar y continuará siguiéndolo.

PARA LA VIDA
    Cierto día, Buda, sentado sobre la flor del loto, enseñaba la necesidad de suprimir el sufrimiento para alcanzar la felicidad. El dolor, al oírlo, se quedó muy triste, porque ya nadie lo querría. Poco después pasó por allí un joven lleno de caridad, y, viendo llorar al dolor, se le enterneció el corazón, lo tomó de la mano y lo convirtió en su amigo inseparable. Ese joven se llamaba Jesús. Cuando Jesús comenzó a predicar, los oyentes se contagiaron de su felicidad. 

   Por primera vez en la historia, el dolor se alegraba viendo que él también podía dar algún fruto, pues Jesús decía que no habría felicidad sin cruz. Incluso murió en ella abrazado a su amigo el dolor, pero con el corazón inmerso en la alegría. Buda se asombró al constatar que Jesús y él buscaban lo mismo: la felicidad. Sin embargo, mientras Buda eliminaba el sufrimiento por la vía de la renuncia y de la meditación, Jesús lo asumía para sanar el pecado y traer la salvación. 

   Al final, ni uno ni otro erradicaron el dolor del mundo. Buda no pudo; Jesús no quiso. Hoy, la felicidad toma la mano al sufrimiento para que no se encuentre solo. Y el sufrimiento se llena de esperanza y de alegría cuando ve que la felicidad pasa por el camino de la cruz.

Solemnidad de La Asunción de La Virgen María al Cielo, 19 de Agosto 2018, Ciclo B



“Fiesta Patronal Diócesis de Zipaquirá”


San Juan 6, 51-58

“Proclama mi alma la grandeza del Señor”




Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. María: es sobre todo Madre de esperanza para los más pobres y los más sufridos de este mundo. Si María es grande y bienaventurada fue por ser humilde y esclava, y porque Dios es el Dios de los pobres.
  2. El Camino:  con abundantes huellas nos ha dejado la Madre a su paso por nosotros. La diócesis de Zipaquirá se alegra como María en la solemnidad por sus sesenta y seis años de vida en Cristo”. El mejor tributo y homenaje que podemos hacer a nuestra Patrona, es precisamente gustar lo que Ella gustó, seguir lo que Ella siguió, tejer nuestra vida con la misericordia y la bondad del Señor.
  3. Asunción: en la fiesta de la Asunción de la Virgen María celebramos lo que le aguarda al que cree y espera por la fe: la gloria de Dios. El mayor gozo, por el cual exulta también María, es el vernos a nosotros sus hijos por la dirección adecuada: recordando las maravillas del Señor, viviendo según su voluntad, proclamando su santo nombre y abriendo las ventanas de nuestro vivir para que Dios entre por ellas y sea un gran vecino en nuestros corazones. 
  4. La Bendición de María:  Cristo es nuestra Bendición y María es la primera que participa de ella. Por eso es motivo de esperanza para la Iglesia, enviada a proclamar y hacer presente en el mundo esta bendición definitiva. Hoy también proclamamos, porque lo necesitamos, que es una bendición eficaz por sí misma y que alcanza a todos los hombres que se abren al Evangelio y lo viven en la esperanza, en el amor y en el compromiso entre los hombres.
REFLEXIÓN

   La Palabra de Dios nos recuerda que hace más de dos mil años Dios nos hizo un regalo de amor que no tiene precio. Dios, a través de una mujer humilde llamada María, entregó a su hijo Jesús al mundo entero. Un hijo que se sacrificó por amor al mundo; un hijo que vence a sus enemigos, incluida la muerte y que hace posible la resurrección. Un hijo "nacido de mujer" y del Espíritu. Un hijo en el que se puede contemplar la alegría de su Padre y ver el rostro glorioso de Dios. Lo divino se hace presente en lo humano. En Jesús, gracias al SI de María, Dios se hace presente. 
   Se pueden decir muchas cosas de la Virgen, pero si se pudiese resumir en una frase lo que fue la vida de María habría que decir lo siguiente: que ella fue esa persona que supo amar a Dios y al prójimo en todo momento. Este es, por tanto el gran ejemplo que nos deja María. El SI de su amor total. 
   María, con toda su grandeza, no es una mujer diversa de las demás mujeres de la tierra. Ella es enteramente mujer, no un ser superior venido de otro planeta ni una creatura sobrenatural bajada del cielo. Ella se presenta en el Evangelio con todas las características de su feminidad y de su maternidad en unas circunstancias históricas concretas, a veces teñidas por el dolor, otras coronadas por el gozo. 
   Siente como mujer, reacciona como mujer, sufre como mujer, ama como mujer. Su grandeza no procede de ella, sino de la obra maravillosa y designio de Dios, al que supo siempre estar atenta. Su asunción en cuerpo y alma al cielo no la aleja de nosotros; la hace más poderosa para mirar por los hombres, sus hermanos, con ojos de amor y de piedad. Su presencia gloriosa en el cielo nos habla no sólo de su privilegio, sino de una llamada que Dios hace a todos para participar de esa misma vida que nos espera, de la cual María ya es la puerta del cielo siempre abierta..
PARA LA VIDA 
   Javier estaba un día platicando con su cuñado Rafael y de pronto le hizo una confesión sorprendente. Ambos estaban casados con dos hermanas gemelas y aunque la esposa de Rafael deseaba desesperadamente tener un hijo, ésta después de diez años de matrimonio no había concebido.

   Javier le dijo a su cuñado que su esposa se había ofrecido a tener un hijo para dárselo a su hermana. El hijo nació, la madre lo acarició y se lo entregó a su hermana. Y ésta agradecida comentó: "Ni en sueños podría imaginar que alguien se sacrificara así para hacerme feliz". 

   Meses más tarde, un periódico publicaba la noticia con este titular: "Un regalo de amor que no tiene precio. Hermana da su bebé a hermana sin hijos". 

ORACIÓN 

Gracias Virgen María por las veces en que Tú bajaste al valle de nuestras lágrimas, en estos sesenta y seis años de nuestra Diócesis, por los momentos que has compartido nuestra cruz, por los instantes en los que dijiste “sí”, por los momentos de pruebas y dificultades, por todo esto !GRACIAS MADRE¡.


Hace dos mil años Dios nos hizo un regalo de Amor que no tiene precio:  
A través de una mujer llamada María, 

entregó a su hijo Jesús al mundo entero.



Para ganar Indulgencia Plenaria en esta Fiesta Patronal se necesita:
  • Estar en Gracia de Dios ( haber confesado todos los pecados mortales)
  • Tener intención de ganar la indulgencia
  • Comulgar
  • Orar por las Intenciones del Papa y
  • No tener afecto a pecado alguno ( arrepentidos y decididos a no pecar más) 








19° Domingo del Tiempo Ordinario, 12 de Agosto 2018, Ciclo B


San Juan 6, 41-51 

“El Pan de Vida”

Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.



  1. El Pan: Jesús es el «pan bajado del cielo». No ha de ser confundido con cualquier tipo de alimento. En Jesucristo podemos alimentarnos de su fuerza, de su luz, de su esperanza y aliento vida... que vienen del misterio mismo de Dios, el Creador de la vida. Jesús es «el PAN de la vida ».
  2. El Camino:  sin Dios en el corazón, quedamos como perdidos. No sabríamos de dónde venimos y hacia dónde iríamos. «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre». Jesús camino, no conduce a actitudes excluyentes de desprecio, intolerancia o rechazo, sino que atrae hacia una vida de acogida, fraternidad, amor, respeto y perdón.
  3. La Fe: no es algo natural y espontáneo. Es un don de Dios, y una tarea extraordinaria a conquistar. Un modo de «estar en la vida», que nace y se alimenta de la gracia de Dios. Para creer es importante enfrentarse a la vida con sinceridad total, pero es decisivo dejarse guiar por la mano amorosa de ese Dios que conduce nuestra vida y aumenta nuestra fe.
  4. La Esperanza: de estar con Jesús, la nutre el pan de vida que comulgamos, recibimos la vida de Cristo, y por eso creemos que este PAN nos da la vida eterna. No debemos separar nunca la comunión física de la comunión espiritual, porque comulgar con Cristo es comulgar con el cuerpo místico de Cristo, del que todos nosotros somos miembros vivos.           

REFLEXIÓN

   El episodio de Elías nos ayuda a entender el mensaje del evangelio, que hemos proclamado y escuchado. Jesús es el pan que baja del cielo, es el maná del éxodo, el pan elemental de Elías, pero es mucho más. Porque el maná y el pan de Elías eran símbolos. Así como el hombre recobra las fuerzas por el alimento, así el creyente recupera el ánimo por toda palabra que procede de la boca de Dios. Así superó Jesús la tentación en el desierto.

  Y así podemos vencer el desaliento los creyentes. Dios permanece oculto. En realidad, a Dios nadie lo ha visto. Pero sí se ha dejado ver en Jesús. Los apóstoles son testigos de excepción. Y Jesús es Palabra de Dios, o sea, la revelación de Dios hecha de un modo definitivo en la historia para los hombres.

   Quien me ve a mí, decía Jesús a Felipe, ve al Padre. Quien me escucha a mí, repetía, escucha al que me envió. Jesús es la palabra de Dios a los hombres. Por eso es el pan vivo que ha bajado del cielo a la tierra, se ha acercado a los hombres. Es el pan vivo, porque es pan de vida y para la vida. Por eso añade Jesús que quien come de ese pan vivirá eternamente y no sólo unos años, como ocurrió con el maná y el propio Elías.

   El Pan que yo daré, dice Jesús, es mi carne para la vida del mundo. Todo este discurso que desarrolla Juan a partir de la multiplicación de los panes tiene aquí su conclusión: en el anuncio de la eucaristía. Pan y agua, poca cosa, fue el alimento de Elías para caminar por el desierto. Pan y vino, poca cosa también, es el alimento de los cristianos para recorrer todo el camino de la fe. Pan y vino, símbolos para expresar el cuerpo y la sangre de Jesús, alimento definitivo. 

 PARA LA VIDA

   Como era su costumbre, iba Dios dando un paseo por la tierra de los hombres. Y, como siempre, eran pocos los que le reconocían. Aquel día pasó por una muy humilde casa donde estaba llorando un niño. Dios se detuvo y llamó a la puerta. Una mujer enferma salió fuera: - ¿Qué es lo que quiere, señor?. –Vengo a ayudarte, contestó Dios. - ¿Ayudarme a mí?. Nadie ha querido hacerlo hasta ahora.

   Sólo Dios podría ayudarme. Mi niño llora porque tiene hambre. Sólo me queda un pedazo de pan en el armario. Después no tendremos nada para comer. Al escuchar esto, Dios empezó a sentirse mal. Unas lágrimas como las del niño recorrían sus mejillas y su rostro se volvió igual de enfermo que el de la mujer. -¿Y nadie te ha querido ayudar, mujer?. –Nadie, señor. Todos me han dado la espalda.

   La mujer quedó impresionada por la reacción de aquella persona. Por su aspecto parecía tan pobre como ella. Ella, entonces, fue al armario donde guardaba su último pedazo de pan, cortó un poco y se lo ofreció. Cuando Dios vio este gesto, se emocionó mucho y mirándola a los ojos le dijo: -No, no, gracias. Tú lo necesitas más que yo. Quédatelo y dáselo a tu hijo. Mañana te llegará mi ayuda. No dejes de hacer con nadie lo que hoy has hecho conmigo. 

   Y dicho esto, se marchó. La mujer no entendió nada, pero se le quedó grabada aquella mirada. Esa noche, ella y su hijo se comieron el último pedazo de pan que les quedaba. Al día siguiente, la mujer se llevó una gran sorpresa. El armario estaba lleno de pan, un pan que nunca se acababa. En aquella casa nunca más faltó el pan. Pronto comprendió la mujer quién era aquél que había llamado a su puerta. Y desde entonces, no dejó de hacer con nadie lo que había hecho por él: compartir su pan con el necesitado.