2° Domingo Pascua o de la Misericordia, 19 de Abril 2020, Ciclo A

San Juan 20, 19 - 31

 “¡Hosanna al Hijo de David!  ¡Bendito el que Viene en Nombre del Señor!”

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 

1.-La Alegría: es el signo propio de los cristianos, pues nosotros creemos en un Dios que está vivo y presente entre nosotros. Era cierto lo que Jesús había dicho: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Cristo, tras su muerte, no nos ha abandonado, sino que permanece a nuestro lado para siempre. Y ésta es la mayor de las alegrías que podemos tener. Ya no hay miedo, pues Cristo vive.
2.-La Paz: si el pecado es el odio, la ira, la envidia, las críticas, la soberbia, y tantas otras cosas que nos llevan a la muerte, la Resurrección ha vencido al pecado, y por ello Cristo Resucitado es portador de la paz. Es la paz del corazón, la paz que nos une de nuevo a Dios y a los demás, de los que nos habíamos separado por culpa del pecado. Todos nosotros necesitamos de la alegría y de la paz que Cristo nos trae con su resurrección.
3.-La Misericordia: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. La misericordia del Señor no tiene fin, es eterna, pues Dios ha vencido a la muerte, ha destruido el pecado, nos ha salvado con su resurrección. la misericordia de Dios es grande, y que por esa misericordia nos ha salvado, nos ha hecho vivir de nuevo, nos ha dado una esperanza viva. 
4.-La Fe: en Jesús vivo y resucitado consiste en reconocer su presencia en la comunidad de los creyentes, que es el lugar natural donde él se manifiesta y de donde irradia su amor. Sólo si permanecemos unidos haremos signos y prodigios, ayudaremos a los que sufren y seremos capaces de dar un sentido auténtico a nuestro mundo perdido y desorientado. 

REFLEXIÓN 

   Se puede ver la misericordia de Dios particularmente en su Hijo, Jesucristo.  De hecho, el papa Francisco llama a Jesús “el rostro de la misericordia del Padre”.  En el evangelio hoy Jesús muestra la misericordia tres veces.  Reflexionando en cada instancia nos ayudará a vivir mejor nuestro compromiso cristiano.  Ambas la pandemia y el mundo actual nos retan compartir la alegría de conocer a Cristo. 
   En primer lugar, Jesús muestra la misericordia cuando aparece a sus discípulos.  Ellos están apiñados juntos en temor.  Tal vez los judíos vengan para acusarlos de tomar el cuerpo de Jesús de su sepulcro.  Con la presencia de Jesús en su medio la situación cambia.  “Paz” – dice él – y la alegría reemplaza el miedo. 

    La posibilidad de contraer el virus Covid-19 ha aterrorizado a muchos de nosotros hoy día.  No queremos sentir como si estuviéramos ahogando, mucho menos queremos morir.  Somos sabios a tomar al pecho la paz que Jesús ofrece a nosotros también.  Ciertamente es preciso que sigamos los guías de los funcionarios de atención médica.  Pero es aún más importante que recordemos que Dios nos ama. 

   Jesús hace rodeos para mostrar la misericordia a Tomás. Este discípulo una vez era tan convencido que Jesús era el Mesías que quería morir con él.  Pero ahora Tomás rechaza el testimonio de los demás que Jesús ha resucitado.  Pide prueba física antes de que crea.  No queriendo que Tomás se quede en dudas, Jesús le aparece y le invita a tocar sus heridas. Jesús permite que seamos perdonados por la Reconciliación.  

PARA LA VIDA

   Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar el Aconcagua (de casi 7000 metros de altura, y cubierto en su mayoría de nieve) inició su travesía después de muchos años de preparación. Pero quería la gloria para él solo, así que emprendió la aventura sin compañeros. Empezó a subir, y se le fue haciendo tarde, y más tarde. Lejos de prepararse para acampar, siguió subiendo, decidido a llegar a la cima. 

   No tardó mucho en oscurecer. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, nada de visibilidad, no había luna y las estrellas eran cubiertas por las nubes.  Fue entonces que, subiendo por un acantilado (a sólo cien metros de la cima), se resbaló y se desplomó hacia el vacío por los aires. Caía a una velocidad vertiginosa, lo único que podía ver eran veloces manchas más oscuras que pasaban en la misma oscuridad, y todo lo que podía sentir era la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. 

   Seguía cayendo… y, en esos angustiantes momentos, le pasaron por su mente todos los momentos de su vida, los gratos y los no tan gratos. Él pensaba que iba a morir... sin embargo, de repente, sintió un tirón muy fuerte que casi lo parte en dos.  Sí... como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larga cuerda que lo amarraba de la cintura. 

   En esos momentos de quietud, suspendido en el aire, no pudo más que gritar: ¡Ayúdame, Dios mío...! Y de golpe, lo inesperado. Una voz grave y profunda surgió de los cielos para responderle: ¿Qué quieres que haga, hijo mío?  ¡Sálvame, Dios mío!  ¿Realmente crees que te pueda salvar?  Por supuesto, Señor... Entonces, corta la cuerda que te sostiene.  Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró más a la cuerda y reflexionó... Cuentan que el equipo de rescate que fue a buscarlo se sorprendió al encontrarlo colgado, congelado, muerto, agarradas con fuerza las manos a una cuerda... a tan sólo dos metros del suelo. 

Domingo de Ramos, 5 de Abril 2020, Ciclo A

San Mateo 26, 14 - 27,66 

 “¡Hosanna al Hijo de David!  ¡Bendito el que Viene en Nombre del Señor!”


Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 

1.-La Entrada a Jerusalén: Jesús que entra triunfante en Jerusalén, acompañado por sus discípulos y aclamado por todo el pueblo como rey y como Mesías. Pero la fiesta y la alegría de hoy pronto se convertirán en entrega, en pasión, en dolor. Jesús entra en Jerusalén para dar su vida en la cruz.
2.Jesús Aclamado como Mesías: “Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor”. Jesús es aclamado como rey y como Mesías. Reconocer a Cristo como rey significa aceptarlo como aquél que nos guía en nuestro camino, como aquél a quien debemos escuchar y al que seguimos. Reconocer a Cristo como Mesías es aceptarlo como nuestro salvador, siendo conscientes de que no podemos hacer nada sin Él, que nuestra salvación viene de Él. 
3.-Un Mesías Pobre: al contemplar hoy a Cristo que entra en Jerusalén montado en un asno, pobremente, reconocemos a Dios que quiere entrar también en nuestra vida de forma sencilla. Jesús triunfante, al entrar en la ciudad santa, no entró de forma portentosa, sin pompa ni lujos. Jesús no entró en Jerusalén montado en carroza, con un séquito que le acompañase, sino que entró humildemente.
4.-Un Mesías Sufriente: podemos contemplar la pasión y muerte del Señor. Cristo, que hoy entra triunfante en Jerusalén, es el Mesías sufriente, que muere por amor, que da la vida por nosotros. Éste es el verdadero sentido de la Semana Santa que hoy empezamos: celebrar y vivir el amor de Dios manifestado en la entrega incondicional de Cristo en la Cruz. Pongamos a Cristo en el centro de nuestra vida y caminemos así hasta la Pascua de la Resurrección.

REFLEXIÓN

   Año tras año el pasaje evangélico del domingo de Ramos nos relata la entrada de Jesús en Jerusalén. Junto con sus discípulos y con una multitud creciente de peregrinos, había subido desde la llanura de Galilea hacia la ciudad santa. Como peldaños de esta subida, los evangelistas nos han transmitido tres anuncios de Jesús relativos a su Pasión, aludiendo así, al mismo tiempo, a la subida interior que se estaba realizando en esa peregrinación. Jesús está en camino hacia el templo, hacia el lugar donde Dios, como dice el Deuteronomio, había querido «fijar la morada» de su nombre (cf. Dt 12, 11; 14, 23).
   Por eso, al comenzar Semana Santa, le decimos: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”. Sólo él, como afirma el Papa, nos salva del pecado, de la muerte, del miedo y de la tristeza. ¿Cómo lo hace? Con el poder del amor, que es el único poder capaz de hacer triunfar para siempre la verdad, la unidad, el bien, la justicia, el progreso, la paz y la vida.
   Escuchando al Padre, que quiere que todos seamos por siempre felices con él, Jesús no se echó para atrás, ni siquiera cuando fue traicionado por un amigo y abandonado por los demás; cuando fue calumniado, humillado, golpeado, escupido, azotado, coronado de espinas, injustamente condenado, despojado y clavado en la cruz.
   ¿Y nosotros? ¿Cómo reaccionamos ante el mal, cuando lo sufrimos o cuando somos parte de él? Porque a veces somos espectadores, otras veces somos víctimas, y otras veces somos victimarios.
   Velemos, oremos y sigamos su camino de amor. Así seremos libres, contribuiremos a construir juntos una familia y un mundo mejor, y alcanzaremos la altura de la vida por siempre feliz que sólo Dios puede dar.

PARA LA VIDA
   Había una vez un hombre que no quería cargar con su cruz. Se quejaba continuamente a Dios porque creía que su cruz era muy pesada y muy difícil de llevar. Entonces Dios le llevó a un monte lleno de cruces de madera de todos los tamaños y formas: con nudos, lisas, grandes, astilladas, pulidas... de todo tipo. El Señor le dijo: -¿Ves todas estas cruces?  Son las cruces de los hombres. Ya que no quieres cargar con la tuya, escoge la que quieras para cargarla sobre tus hombros.

   El hombre fue caminando entre las cruces. Había muchísimas y no sabía cuál escoger. Probó una cruz ligera, pesaba poco, pero larga y molesta de llevar. Se colocó al cuello una cruz de obispo, un pectoral, pero era tremendamente pesada de responsabilidad y de sacrificio. Otra era lisa y simpática en apariencia, pero en cuanto se la echó encima empezó a clavársele sobre los hombros, como si estuviera cubierta de clavos.
   Tomó entonces una cruz de plata que brillaba resplandeciente, pero al tenerla consigo sintió que empezaba a invadirle una sensación de congoja y soledad. Probó una y otra vez, pero cada cruz tenía algún defecto y ofrecía su propia dificultad. Y después de pasear entre todas las cruces vio una de tamaño medio, muy bien pulida y desgastada por el uso. No resultaba demasiado pesada ni dificultosa de llevar. Parecía hecha a propósito para él.
   El hombre la cargó sobre sus hombros, con aire de satisfacción.  Y le dijo al Señor que quería llevarse esa cruz. -¿Seguro que quieres llevarte esa y no otra? - le preguntó Dios, y el hombre respondió afirmativamente. Entonces el Señor le explicó que la cruz que acababa de escoger era precisamente su vieja cruz, aquella que había arrojado con desgana, la misma que había llevado durante toda su vida.

5° Domingo de Cuaresma, 29 de Marzo 2020, Ciclo A


San Juan 11, 1 - 45 

Yo Soy la Resurrección y la Vida


Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 

1.-La Vida: al hacer de esta vida un don absoluto y definitivo al Padre, en la muerte de cruz, Cristo con este don asegura a la vida la victoria y, al mismo tiempo, vuelve a confirmar la dignidad única e irrepetible de cada vida humana. Vuelve a confirmar la ley fundamental de la vida.
2.-La Muerte: quitar la vida humana significa siempre que el hombre ha perdido la confianza en el valor de su existencia; que ha destruido en sí, en su conocimiento, en su conciencia y voluntad, ese valor primario y fundamental. Si aceptásemos el derecho a quitar el don de la vida al hombre aún no nacido, ¿lograremos defender después el derecho del hombre a la vida en todas las demás situaciones? “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae” (Jn 6,44).
3.-La Fe: que es garantía de nuestra futura resurrección, se demuestra fácilmente: si realizamos las obras que agradan a Dios, si poseemos en nosotros el Espíritu de Cristo, es decir, si vivimos en amistad con Dios: en paz y en gracia de Dios. La fe por sí sola, la fe de palabras, no es garantía de resurrección. Para nosotros, Cristo es nuestra vida y nuestra resurrección si creemos en él: y creer en él significa seguir sus caminos, cumplir el evangelio, resistir al pecado. Esto es aceptar a Cristo de palabra y de obra. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. 

REFLEXIÓN 

   En este 5º Domingo de Cuaresma, la liturgia nos garantiza que el designio de Dios es la comunicación de una vida que sobrepasa definitivamente la vida biológica: es la vida definitiva que supera la muerte. 
   En la primera lectura, Yahvé ofrece a su Pueblo exiliado, desesperado y sin futuro (condenado a la muerte) una vida nueva. Esa vida viene por el Espíritu, que recreará el corazón del Pueblo y lo insertará en una dinámica de obediencia a Dios y de amor a los hermanos. 
   La segunda lectura recuerda a los cristianos que, en el día de su bautismo, optaron por Cristo y por la vida nueva que Él vino a ofrecer. Les invita, por tanto, a ser coherentes con esa elección, a realizar las obras de Dios y a vivir “según el Espíritu”. 
   El Evangelio nos garantiza que Jesús vino a realizar el designio de Dios y dar a los hombres la vida definitiva. Ser “amigo” de Jesús y adherirse a su propuesta (haciendo de la vida una entrega obediente al Padre y una donación a los hermanos) es entrar en la vida definitiva. Los creyentes que viven de esa manera experimentan la muerte física; pero no están muertos: viven para siempre en Dios.
   Hoy, la resurrección de Lázaro, pone las cartas sobre la mesa: ¡Cristo es la resurrección! El motor que nos empuja a un cambio de mentalidad y de actitudes. Sólo por este gran regalo que nos trae Jesús, una resurrección para nunca morir, merece la pena intentar una renovación en el aquí y en el ahora. Situar a Dios justo en el lugar que le corresponde y saber que, el Señor, está por encima de la misma muerte. 
   Nuestra nueva vida no comienza después de haber respirado nuestro último aliento, o cuando nuestros cuerpos se entregan a la tumba, comienza ahora.

PARA LA VIDA

   Antes de salir de la habitación, un paciente le preguntó al médico: “Doctor, tengo miedo a morir. Dígame lo que hay al otro lado”. El médico le dijo que no lo sabía. Usted, un hombre cristiano, ¿no sabe lo que hay al otro lado? El médico tenía el pomo de la puerta en la mano, del otro lado de la puerta venía el sonido de los gemidos y patadas de un perro. Cuando abrió la puerta de un salto se plantó en medio de la habitación dando brincos de alegría al ver al doctor.
   Éste se dirigió al paciente y le dijo: ¿Ha observado a mi perro? Nunca ha estado en esta habitación. Lo único que sabía era que su dueño estaba dentro y cuando la puerta se abrió entró sin miedo. Yo no sé lo que hay al otro lado de la muerte, sí sé una cosa. Sé que mi dueño está ahí, al otro lado de la puerta, y eso me basta.
  La respuesta a la gran pregunta, los seguidores de Jesús, la encontramos en el evangelio de Jesús y en el final de Jesús. La Pascua, meta de nuestro viaje cuaresmal, es el paso de la muerte a la vida, es el grito que proclama que Jesús vive, y para El no hay ni olvido ni silencio.

4° Domingo de Cuaresma, 22 de Marzo 2020, Ciclo A

San Juan 9, 1 - 41

Fue, se Lavó y Volvió con Vista

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 
1.-La Alegríadebemos alegrarnos, puesto que el auténtico espíritu cuaresmal es búsqueda de la alegría profunda, fruto de la amistad con Dios. Nos alegramos porque la Pascua ya está cerca, y dentro de poco celebraremos nuestra liberación del mal y del pecado, gracias a la vida nueva que nos trajo Cristo muerto y resucitado.
2.-La Luz«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida» (Jn 8, 12). Cristo es Buen Pastor porque es la luz de nuestras almas. ¡Ser luz también en la parroquia, en tu ciudad, en tu patria! Ser luz, con la frecuencia asidua y convencida a la Santa Misa dominical y festiva; ser luz eliminando escrupulosamente las palabras soeces, alejándonos de cuanto oscurece el alma; ser luz con el ejemplo continuo de bondad y de fidelidad en todo lugar, pero especialmente en el ambiente privilegiado de la familia, recordando que «toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz».
3.-El Agua: es símbolo de Cristo, el enviado del Padre que devuelve la vista al ciego de nacimiento. El ciego curado había realizado así un itinerario que lo llevó gradualmente a descubrir la identidad de Aquél que lo había curado, a confesar su fe en Él como profeta y finalmente a postrarse ante Él para adorarlo como el Hijo enviado del Padre. Nuestro deber para con Dios es creer en Él y dar testimonio de Él.
REFLEXIÓN
El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo especial de gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para con nosotros. La liturgia de este domingo, denominado «Laetare», nos invita a alegrarnos, a regocijarnos.
   La primera lectura no se refiere directamente al tema de la “luz” (el tema central de la liturgia de este Domingo). Sin embargo, cuenta la elección de David para ser rey de Israel y su unción; es un pretexto óptimo para que reflexionemos sobre la unción que recibimos el día de nuestro Bautismo y que nos constituyó como testigos de la “luz” de Dios en el mundo.
   En la segunda lectura, Pablo propone a los cristianos de Éfeso que rehúsen vivir al margen de Dios (“tinieblas”) y que escojan la “luz”. En concreto, Pablo explica que vivir en la “luz” es practicar las obras de Dios (la bondad, la justicia y la verdad).
   En el Evangelio, Jesús se presenta como “la luz del mundo”; su misión es liberar a los hombres de las tinieblas del egoísmo, del orgullo y de la autosuficiencia. El ciego de nacimiento representa al hombre marcado por el pecado, que desea conocer la verdad sobre sí mismo y sobre su destino, pero se ve impedido por una enfermedad congénita. Sólo Jesús puede curarlo: él es «la luz del mundo» (Jn 9, 5). Al confiar en él, todo ser humano espiritualmente ciego de nacimiento tiene la posibilidad de «volver a la luz», es decir, de nacer a la vida sobrenatural. Para quien encuentra a Jesús, no hay términos medios: o reconoce que lo necesita a él y su luz, o elige prescindir de él. En este último caso, tanto a quien se considera justo ante Dios como a quien se considera ateo, la misma presunción les impide abrirse a la conversión auténtica.
PARA LA VIDA 
   La antorcha de Cristo: Cuatro amigos escritores: Pedro, Rosa, Sergio y Jaime, deciden ir a un castillo para estudiar su historia. Comenzaron a recorrer el castillo y al caer la tarde un fuerte relámpago apagó las luces. Pedro aseguró que era un simple corte de luz y que pronto se restablecería. 
   Pasó el tiempo y nada. Se quedaron quietos pero el frío se hacía insoportable. Sergio largó la mano y encontró un pedazo de madera e hizo una antorcha, la cual iluminó todo, y comenzaron salir. Pero Jaime quien argumentó conocer muy bien el castillo y la oscuridad no era problema. Trataron de disuadirlo, pero todo fue en vano pues era demasiado orgulloso. 
   Los demás siguieron y al rato escucharon un fuerte golpe. Al correr encontraron a Jaime muerto, había rodado por unas escaleras. Los amigos lloraron la muerte de su infortunado amigo. Pero si Jaime hubiese seguido a Sergio, quien llevaba la antorcha, él hubiese permanecido con vida. “Ciegos somos todos, cuando nos cerramos a la verdad y andamos en la equivocación”

3° Domingo de Cuaresma, 15 de Marzo 2020, Ciclo A

San Juan 4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42  

“Si Conocieras el DON de Dios: ¡CRISTO!”


Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.
SIN GRABAR AÚN
1.-La SedSólo quien ha experimentado la sed del desierto, como los israelitas en Rafidim, está capacitado para entender el valor del agua, que se convierte en el símbolo de lo único que puede satisfacer profunda y plenamente al hombre. Sólo quien ha experimentado la sed ardiente de Dios, sabe valorar el precio del Agua Viva de la gracia. San Agustín decía que Dios tiene sed de nuestra sed de él, es decir, desea ser deseado. Cuanto más se aleja el ser humano de Dios, tanto más él sigue con su amor misericodioso.
2.-El Agua: el Don de Dios, simbolizado en el agua, que es Cristo, su amistad, su seguimiento, nuestra divinización y plenitud. Es la perla preciosa, el tesoro escondido en el campo (Mt 13,44). El que lo encuentra se hace rico. Es lo mejor que le puede pasar.
3.-El Encuentro: como el de la samaritana, es el que hace al cristiano convincente y persuasivo, y ese encuentro sólo lo conseguiremos en la oración. Sin oración, los sembradores siembran granos vacíos, sin germen de vida, consiguientemente estériles.  
4.-La Adoración a Dios: constituye la razón de ser de la Iglesia y de cada hombre, el cual no puede dar expresión cabal a su existencia, sin manifestar este acto amoroso, espontáneo y consciente a Dios, su Creador. Y este acto de adoración se realiza sobre todo en la comunidad reunida para la celebración del banquete del Señor, en la fracción del pan, que también nosotros renovaremos dentro de poco.
REFLEXIÓN 
   La Palabra de Dios que hoy se nos propone afirma, esencialmente, que nuestro Dios está siempre presente en nuestro caminar por la historia y que sólo Él nos ofrece un horizonte de vida eterna, de realización plena, de felicidad perfecta. 
La primera lectura muestra cómo Yahvé acompañó el caminar de los hebreos por el desierto del Sinaí y cómo, en los momentos de crisis, respondió a las necesidades de su Pueblo. El cuadro revela la pedagogía de Dios y nos da la clave para entender su lógica, manifestada en cada paso de la historia de la salvación.
La segunda lectura repite, en otros términos, la enseñanza de la primera: Dios acompaña a su Pueblo en su marcha por la historia; y, a pesar del pecado y de la infidelidad, insiste en ofrecerle, de forma gratuita e incondicional, la salvación.
El Evangelio: El simbolismo del agua vuelve con gran elocuencia en la célebre página evangélica que narra el encuentro de Jesús con la samaritana en Sicar, junto al pozo de Jacob. Notamos enseguida un nexo entre el pozo construido por el gran patriarca de Israel para garantizar el agua a su familia y la historia de la salvación, en la que Dios da a la humanidad el agua que salta hasta la vida eterna. Si hay una sed física del agua indispensable para vivir en esta tierra, también hay en el hombre una sed espiritual que sólo Dios puede saciar. Esto se refleja claramente en el diálogo entre Jesús y la mujer que había ido a sacar agua del pozo de Jacob.
En el diálogo entre Jesús y la samaritana vemos delineado el itinerario espiritual que cada uno de nosotros, que cada comunidad cristiana está llamada a redescubrir y recorrer constantemente. 

PARA LA VIDA
Agua dulce 
   Un pequeño buque de carga navegaba cerca de las costas de América del Sur cuando la provisión de agua potable se le agotó. El capitán no conocía exactamente cuál era su posición; entonces, al percibir otro barco a lo lejos, la tripulación envió por radio un pedido de socorro en estos términos: "El agua dulce falta a bordo" Cuál no fue su sorpresa cuando el navío interpelado respondió: ¡Sólo tienen que sacar agua! 
   Así lo hicieron; sacaron agua, la filtraron y bebieron tanta agua dulce como quisieron. ¿Qué había sucedido? Su barco se encontraba cerca de la desembocadura del Amazonas, el gran río cuyas aguas se pierden en el Atlántico a más de cien kilómetros mar adentro. A pesar de las apariencias contrarias, se salvaron al creer el mensaje que se les dirigió. 
   Hay sed, pero… Vivimos distraídos, con mucho trabajo. Se vive deseando y no buscando. Queriendo y no buscando… Nos falta decisión. Coraje. Disposición. Jesús el agua que da vida. Es regalo de Dios. Por el agua y el espíritu nos regeneramos.

2° Domingo de Cuaresma, 8 de Marzo 2020, Ciclo A

San Mateo 17, 1 - 9 


Este es mi Hijo, el Amado, mi Predilecto. Escuchadlo

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.


1.-La Transfiguraciónes el anticipo de la gloria de su resurrección. Cuando en nuestras eucaristías vemos la sagrada forma y el cáliz, no vemos la presencia física de Cristo, sino la presencia real de Cristo transfigurado en el pan y en el vino.
2.-La OraciónLos cristianos de hoy necesitamos urgentemente "interiorizar" nuestra fe si queremos reavivarla. No basta oír el Evangelio, quizá de manera distraída, rutinaria y gastada y sin deseo alguno de escuchar. Todos, sacerdotes y pueblo fiel, teólogos y lectores, necesitamos escuchar su Buena Noticia de Dios, no desde fuera sino desde dentro.
3.-El Camino: requiere constante escucha de la Palabra de Dios y perseverancia en medio de las dificultades y tribulaciones. Nosotros optamos por el camino fácil. Quisiéramos vivir en un permanente estado de felicidad y de ensueño.
4.-Bajar del Monte: estemos dispuestos a bajar del monte, a la vida cotidiana, donde también debemos reconocer al Señor, al Siervo, en su camino por la cruz a la gloria, debemos aprender a escucharle, y a imitarle en su obediencia a la voluntad del Padre. El Señor nos concede muchas veces probar un poco las delicias del paraíso, en medio de las vicisitudes de nuestra existencia, para fortalecernos y animarnos a construir el amor fiel de la entrega total.

REFLEXIÓN 

   Hoy, segundo domingo de Cuaresma, prosiguiendo el camino penitencial, la liturgia, después de la escena de las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a reflexionar sobre el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración en el monte. Considerados juntos, ambos episodios anticipan el misterio pascual: la lucha de Jesús con el tentador preludia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. 
  Por una parte, vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación; por otra, lo contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad. De este modo, podríamos decir que estos dos domingos son como dos pilares sobre los que se apoya todo el edificio de la Cuaresma hasta la Pascua, más aún, toda la estructura de la vida cristiana, que consiste esencialmente en el dinamismo pascual: de la muerte a la vida. 
   En la primera lectura, «Abraham partió, como le había dicho Yahveh» (Gn 12, 4). Abraham, ejemplo y modelo del creyente, confía en Dios. Llamado por Yahveh, deja su tierra, con toda la seguridad que implica, sostenido sólo por la fe y la obediencia confiada en su Señor. Dios le pide el «riesgo» de la fe, y él obedece, convirtiéndose así, por la fe, en padre de todos los creyentes.
    San Pablo nos asegura en la segunda lectura que, como Timoteo, también cada uno de nosotros es «ayudado por la fuerza de Dios» (2 Tim 1, 8). Y el país hacia el que nos encaminamos es la vida nueva del cristiano, una vida pascual, que sólo puede realizarse con la «fuerza» y con la «gracia» de Dios. 
   El Evangelio nos invita a la montaña del Tabor para encontrarnos con Jesús y seguir avanzando al Padre. El Tabor: son los dichosos momentos de oración, los encuentros de Eucaristía, la cercanía de la comunidad, los espacios de silencio y de acogida gratuita. Pero no es un Tabor que nos aísle del mundo, sino para que renueve en nosotros la utopía, las ilusiones, la entrega, la generosidad, la fe en que el reino de Dios ha llegado a este mundo.

PARA LA VIDA 

   Un pobre campesino regresaba del mercado al atardecer. Descubrió de pronto que no llevaba su libro de oraciones. Se hallaba en medio del bosque y se le había salido una rueda de su carreta. El pobre hombre estaba afligido pensando que aquel día no iba a poder recitar sus plegarias. Entonces oró de este modo: He cometido una verdadera estupidez, Señor. He salido sin mi libro de rezos. 
   Tengo tan poca memoria que sin él no sé orar. De modo que voy a decir cinco veces el alfabeto muy despacio. Tú, que conoces todas las oraciones, puedes juntar las letras y formar las plegarias que ya no recuerdo. Y Dios dijo a sus ángeles: De todas las oraciones que he escuchado hoy, ésta ha sido sin duda alguna, la mejor. Una oración que ha brotado de un corazón sencillo y sincero. 
   La oración, el encuentro gozoso con el Señor, no es para quedarse en ella, sino para llevarla a nuestra vida de cada día. La mejor oración, la que en verdad agrada, no es la recitación mecánica de rezos, por bellos que sean, sino la que brota del corazón sencillo y en la que se expresa la confianza y el amor a Dios.

1° Domingo de Cuaresma, 1 de Marzo 2020, Ciclo A

San Mateo 4, 1 - 11

“No tentarás al Señor tu Dios”

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- La Tentación: que va haciendo daño en aspectos fundamentales de nuestra vida: nos quita tiempo para la familia, para los amigos, para charlar, para acoger gratuitamente, para estar con los hijos, con la pareja, con el marido, con la esposa, para nuestro descanso, para escuchar nuestros sentimientos, para mirar nuestra mente, nuestros corazones, nuestro espíritu, en fin, menos tiempo para Dios. Las tentaciones van haciendo daño en aspectos fundamentales de nuestra vida: menos tiempo para la familia, menos tiempo para los amigos, menos tiempo para charlar, menos tiempo para acoger gratuitamente, menos tiempo para estar con la familia, menos tiempo para nuestro descanso o para escuchar nuestros sentimientos, para mirar nuestra mente, nuestros corazones, nuestro espíritu, menos tiempo para encontrarnos con Dios.
2.- El Desierto: nos invita a echar un vistazo a lo más profundo de nosotros mismos, a desenmascarar nuestros engaños que nos hacen creer que es mejor y más feliz el que más tiene, el que más manda, el que más aparenta, el que más vence, el que más egoísta es. Con la cuaresma podemos descubrir que el mal también está en nosotros y en nuestra manera y actitud como percibimos las cosas y las personas. Cuaresma en definitiva para ser más nosotros mismos, porque sólo en Dios encontramos la verdadera raíz de nuestra vida. 

REFLEXIÓN

   Jesucristo fue un hombre real y verdadero; por eso no sólo no debemos extrañarnos de que tuviera tentaciones, sino que no hubiera sido hombre real si no las hubiera tenido. Todos nosotros tendremos tentaciones a lo largo de toda nuestra vida y, como verdaderos discípulos de Cristo, tenemos la obligación de luchar contra ellas y, con la gracia de Dios, vencerlas.
   En esta Cuaresma que comenzamos, estemos dispuestos a caminar por el desierto, poniendo nuestra confianza y nuestra esperanza en el Señor. Hoy nuestra profesión de fe es reconocer que Cristo es el Señor de nuestra vida y de nuestra historia, que en Él está nuestra salvación. Acojámonos a Él en este tiempo de lucha contra la tentación, apoyados en su palabra, y así iremos preparando paso a paso la Pascua, el triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte. No hay victoria si no es en la cruz de Jesús. 
   En la primera lectura indica qué es el pecado y las consecuencias que produce en la vida del hombre. Nuestros antepasados cedieron a las lisonjas del tentador, interrumpiendo el diálogo de confianza y de amor que tenían con Dios

   En la segunda lectura se afirma, "Que, si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos" (Rm 5, 19). Estas consoladoras palabras del apóstol, nos confortan en nuestro camino espiritual. En el mundo, dominado a menudo por el mal y el pecado, resplandece victoriosa la luz de Cristo. Él, con su pasión y resurrección, ha derrotado el pecado y la muerte, abriendo a los creyentes las puertas de la salvación eterna. Este es el mensaje alentador que nos transmite la liturgia de hoy.

   En el Evangelio, San Mateo nos vuelve a proponer la impresionante página evangélica de las tentaciones de Jesús: "En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo" (Mt 4, 1). La misión del Redentor inicia precisamente con su victoria sobre la triple insidia del príncipe del mal.
PARA LA VIDA 

   Una muñeca de sal recorrió miles de kilómetros de tierra firme, hasta que, por fin, llegó al mar. Quedó fascinada por aquella móvil y extraña masa, totalmente distinta de cuanto había visto hasta entonces… ¿Quién eres tú?, le preguntó al mar la muñeca de sal. Con una sonrisa, el mar le respondió. “Entra y compruébalo tú misma”. Y la muñeca se metió en el mar. Pero, a medida que se adentraba en él, iba disolviéndose, hasta que apenas quedó nada de ella. Antes de que se disolviera el último pedazo, la muñeca exclamó asombrada... ¡Ahora ya sé quién soy ¡ 
   Así, lanzándonos sin miedo en los brazos de Dios, confiando en su misericordia y la victoria sobre el mal, sabremos quienes somos. Cuaresma es tiempo para agradecer más, para amar más, para preocuparnos más de los que nos rodean, para ser solidarios con los que sufren y con los más necesitados, para buscar y amar a Dios. Mostremos cuanto nos ama Dios cuando nos dejamos sumergir en su corazón amoroso que siempre nos espera.