1° Domingo de Adviento, 27 Noviembre 2022, Ciclo A

 San Mateo 24, 37 - 44

Vigilemos Para Estar Preparados

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- Vigilar: hoy se nos invita a vigilar, también para estar prontos y así recibir al Señor, que vendrá al final de los tiempos, para manifestar la gloria del Padre y pronunciar el juicio sobre la historia y sobre cada hombre y cada mujer. Este juicio será, ciertamente, rico en misericordia, porque Dios conoce la fragilidad del hombre y la socorre, pero la misericordia de Dios tiene su fuente en la justicia, que ilumina las intenciones profundas que guían el camino de nuestra vida

2.- Esperar: la espera de Cristo, en fin, nos empuja a salir de nosotros mismos para ir a encontrarlo en el mundo, sobre todo en los miembros que más sufren de la humanidad, como el Santo Padre, con la palabra y con el ejemplo, constantemente nos invita a hacer. La esperanza cristiana, en efecto, que el Adviento nos pide vivir, no es la espera inútil de que suceda algo, sino un amoroso darse qué hacer, día a día, esperando que el Amado, que ya vino una vez, finalmente venga para siempre en su gloria.

3.- Alegrarse: "Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor". «Vayamos jubilosos al encuentro del Señor» resulta adecuado. Nosotros podemos encontrar a Dios, porque él ha venido a nuestro encuentro. Lo ha hecho, como el padre de la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-32), porque es rico en misericordia, dives in misericordia, y quiere salir a nuestro encuentro sin importarle de qué parte venimos o a dónde lleva nuestro camino. Dios viene a nuestro encuentro, tanto si lo hemos buscado como si lo hemos ignorado, e incluso si lo hemos evitado. Él sale el primero a nuestro encuentro, con los brazos abiertos, como un padre amoroso y misericordioso.

4.- Prepararse: «Estad preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24, 42.44). La exhortación a velar resuena muchas veces en la liturgia, especialmente en Adviento, tiempo de preparación no sólo para la Navidad, sino también para la definitiva y gloriosa venida de Cristo al final de los tiempos. Por eso, tiene un significado marcadamente escatológico e invita al creyente a pasar cada día, cada momento, en presencia de Aquel «que es, que era y que vendrá» (Ap 1, 4), al que pertenece el futuro del mundo y del hombre. Ésta es la esperanza cristiana. Sin esta perspectiva, nuestra existencia se reduciría a un vivir para la muerte.

5.- Creer: conlleva también tener una mirada nueva sobre el hombre, una mirada de confianza, de esperanza. A la Virgen María, que acogió al Hijo de Dios hecho hombre con su fe, con su seno materno, con atenta solicitud, con el acompañamiento solidario y vibrante de amor, encomendamos la oración y el empeño en favor de la vida naciente. Lo hacemos en la liturgia —que es el lugar donde vivimos la verdad y donde la verdad vive con nosotros— adorando la divina Eucaristía, en la que contemplamos el Cuerpo de Cristo, ese Cuerpo que tomó carne de María por obra del Espíritu Santo, y de ella nació en Belén, para nuestra salvación. 

REFLEXIÓN

   Estad en vela para estar preparados La liturgia de este domingo presenta una llamada vehemente a la vigilancia. El cristiano no debe instalarse en la comodidad, en la pasividad, en la negligencia, en la rutina, sino que debe caminar, siempre atento y vigilante, preparado para acoger al Señor que viene y para responder a sus desafíos. 

   La primera lectura invita a los hombres, a todos los hombres, de todas las razas y naciones, a dirigirse a la montaña donde habita el Señor. Del encuentro con el Señor y con su Palabra surgirá un mundo de concordia, de armonía, de paz sin fin. 

   La segunda lectura recomienda a los creyentes que despierten del letargo en el que están inmersos, en el mundo de las tinieblas (el mundo del egoísmo, de la injusticia, de la mentira, del pecado), que se vistan de luz (la vida de Dios, que Cristo ofreció a todos) y que caminen, con alegría y esperanza, al encuentro de Jesús, al encuentro de la salvación. 

   El Evangelio apela a la vigilancia. El creyente ideal no vive inmerso en los placeres que alienan, ni se deja sofocar por el trabajo excesivo, ni se adormece en una pasividad que le roba las oportunidades; el creyente ideal vive, cada minuto que pasa, atento y vigilante, acogiendo al Señor que viene, respondiendo a sus desafíos, cumpliendo su papel, empeñado en la construcción del “Reino”.

Se descuida la educación ética y moral en la enseñanza, y luego nos extrañamos por la corrupción de la vida pública.  Se incita a la ganancia del dinero fácil, se promueven los juegos de azar, y luego nos lamentamos de que se produzcan fraudes y negocios fraudulentos. Se exalta el amor libre y se ve como algo normal las relaciones extramatrimoniales, y al mismo tiempo nos molestamos ante el sufrimiento inevitable de los fracasos y rupturas de los matrimonios. Nos alarmamos ante esa plaga moderna de la depresión y el “estrés”, pero seguimos fomentando un estilo de vida superficial, vacío y competitivo. Estos y otros muchos son unos signos de que estamos equivocados, dormidos, vacíos. Este es precisamente el grito del evangelio, al comenzar un nuevo año litúrgico en este Adviento de: “Despertad. Venced el sueño. Estad en vela”. Nunca es tarde para escuchar la llamada de Jesús a “vivir vigilantes”, despertando de tanta superficialidad y asumiendo la vida de manera más responsable

PARA LA VIDA

   Cuenta una leyenda oriental que un hombre buscaba en el desierto agua para saciar su sed. Después de mucho caminar, muy fatigado, con la boca reseca, el peregrino descubrió por fin las aguas de un arroyo. Pero, al arrojarse sobre la corriente, su boca encontró sólo arena abrasadora. De nuevo comenzó a caminar, leguas y leguas; su sed y su cansancio iban en aumento. Por fin, escuchó el rumor del agua. Se divisaba en la lejanía un río caudaloso y ancho; sus manos tomaron el líquido tan ansiado, pero de nuevo era sólo arena. 

   Siguió caminando, con la lengua fuera, como un perro sediento. Hasta que de nuevo se oyó rumor de aguas de una fuente. Su chorro cristalino formaba un gran charco. Pero sólo la decepción respondió a la sed del caminante. Y con renovado afán se lanzó de nuevo al desierto. Atravesando montes y valles, sólo encontró soledad y aridez. No había agua, ni rastro de ella. Un día le sorprendió un viento de humedad; allá, a lo lejos, pareció que el mar inmenso brillaba ante sus ojos. El agua era amarga, pero era agua. 

   Al hundir su cabeza ansiosa entre las olas, no hizo sino sumergirse en un fango que no estaba originado por el agua. El peregrino entonces se detuvo; se acordó de su madre, que tanto sufriría por él cuando supiera de su muerte. Las lágrimas vinieron a sus ojos, resbalaron por sus mejillas y cayeron en el cuenco de sus manos. Entonces, asombrado, se dio cuenta de que aquellas lágrimas habían saciado de verdad su sed, y el peregrino, tomando fuerzas, prosiguió su camino y sintió su alma llena de luz. Fue un gran descubrimiento saber que el agua que buscaba no estaba en el desierto, sino dentro de su propio corazón.

   La verdadera preparación a la Navidad no consiste en pretender nuestras vidas de muchas cosas materiales, de caer en la droga del comprar por comprar, pensado quizá que en tener más consiste en ser más feliz. Miremos desde ahora a Belén. Dejemos que desde este primer domingo nuestras vidas se vuelvan hacia la estrella de luz que surge de aquel sencillo pesebre. Preparémonos por dentro, dejemos de buscar la felicidad fuera de nosotros, como nos dice el cuento de hoy. Dios está dentro, en lo más íntimo de nosotros mismos, como decía San Agustín. Que la voz de Dios resuene en nuestras vidas. Hagamos espacio de silencio, de oración, de escucha. Dios viene, Dios está entre nosotros. Somos nosotros quienes debemos ir a El y reconocerlo, escucharlo y amarlo.