5° Domingo del tiempo Ordinario, 5 de Febrero de 2012


San Marcos 1, 29-39         


“Médico de Alma y Cuerpo


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 La Casa: Jesús pasa de la sinagoga, lugar oficial de la religión judía, a la casa, lugar donde se vive la vida cotidiana junto a los seres más queridos. Allí Jesús se hace parte de los suyos, entra en intimidad: “Se acerca” a los que sufren, para mirar de cerca su rostro, iluminarlos y llenarlos de nueva esperanza“Coge de la mano” para tocar al enfermo y sanarlo. “Levanta” como el amigo cercano que infunde vida, que comparte todo: dolores, angustias y alegrías.
  1. Alivia: al que sufre no se le puede ayudar desde lejos. Hay que estar cerca. Sin prisas, con discreción y respeto total. Ayudarle a luchar contra el dolor. Darle fuerza para que colabore con los que tratan de curarlo.
  2. La Oración: «de madrugada», Jesús se levanta, «Allí se pone a orar». Necesita estar a solas con su Padre. Los cristianos más lúcidos y responsables quieren acercar a la Iglesia de hoy a vivir de manera más contemplativa. Es urgente. Los cristianos, por lo general, ya no sabemos estar a solas con el Padre. Los teólogos, predicadores y catequistas hablan mucho de Dios, pero hablamos poco con él.La costumbre de Jesús se olvidó hace mucho tiempo. Quizá hacemos muchas reuniones de trabajo y  grandes planes pero no sabemos hacer silencio ni hablamos Dios para descansar en su presencia y llenarnos de su paz
REFLEXIÓN
  Donde está Jesús crece la vida. San Marcos nos relata a ese Jesús que cura a los enfermos, acoge a los desvalidos, sana a los que sufren y perdona a Los pecadores. Donde está Jesús hay amor a la vida, interés por el hombre, pasión por la liberación de todo mal. No deberíamos olvidar nunca que la imagen primera que nos ofrecen los relatos evangélicos es la de un Jesús curador. 
   Un hombre que difunde vida y restaura lo que está enfermo. Los creyentes no debemos olvidar que el amor cristiano es siempre interés por la vida, búsqueda apasionada de felicidad para el hermano. El amor cristiano es la actitud que nace en aquél que ha descubierto que Dios ama tan apasionadamente nuestra vida que ha sido capaz de sufrir nuestra muerte.
PARA PENSAR
    Hace unos años un joven profesional circulaba por una avenida. Iba orgulloso en su flamante Mercedes recién estrenado. De repente vio un niño entre dos coches. Y cuando pasaba a su lado un ladrillo se estrelló contra la puerta de su nuevo coche.Dio un frenazo y salió furioso. Cogió al niño y comenzó a gritarle todo tipo de amenazas. Perdone, señor, decía el niño, no sabía qué hacer y le tiré el ladrillo porque nadie paraba. 
   El niño lloraba desconsoladamente mientras señalaba el suelo. Es mi hermano, se ha caído de la silla de ruedas y no lo puedo levantar. ¿Me podría ayudar? El joven lo levantó y lo sentó en su silla de ruedas. El ejecutivo montó en su Mercedes y nunca lo arregló. El impacto del ladrillo le recordaría siempre a no viajar tan rápido y a que le tuvieran que tirar un ladrillo para prestar ayuda al caído en el camino de la vida.¿Cuántos ladrillos nos tienen que tirar a nosotros para frenar nuestro ritmo y ver a los hermanos caídos?