San Lucas 21, 25-28. 34-36
1.- Adviento: La palabra “adviento” significa llegada, venida; se refiere a la llegada a este mundo de Jesús, llegada que sucedió hace ya dos mil veintiún años. Toda nuestra vida puede ser considerada un Adviento. Durante toda nuestra vida debemos también vivir esperando la segunda venida de nuestro Señor, que vendrá a liberarnos definitivamente del pecado y de la maldad. También durante todos los días de nuestra vida, no sólo las cuatro semanas del Adviento, debemos mirar al Hijo del hombre, que vendrá con poder y gloria al final de los tiempos, como a un Cristo liberador.
2.- El Amor Mutuo: es el primer mandamiento que debemos cumplir si queremos presentarnos santos e irreprochables ante el Señor Jesús en su segunda venida. Amemos a todas las personas del mundo con amor cristiano, con amor universal, aunque sean personas de otras religiones, de otras razas, de otras lenguas. Esto es algo que más de una vez nos resultará difícil de hacer, pero es algo que no podemos omitir, si queremos presentarnos santos irreprochables ante el Señor en su segunda venida.
3.- La Justicia: para nosotros, los cristianos, Jesús es el Justo por excelencia, por tanto si nosotros queremos ser buenos discípulos de Jesús debemos ser ante todo personas justas. La justicia debe ser para nosotros una virtud primera, como consecuencia precisamente de nuestro amor mutuo y de nuestro amor a todos. El que no es justo con el prójimo y con todos no podrá nunca decir que ama al prójimo y a todos, es decir, que tiene un amor católico, universal.
4.- La Esperanza: se abraza con el amor en su dimensión universal, llegando más allá de toda frontera, de toda discriminación y de todo condicionamiento. Hay muchos cristianos desanimados porque no ven a los jóvenes participando en la Eucaristía, otros se sienten desconcertados ante la falta de valores y la desintegración de muchas familias, hay quien está decepcionado porque ve una Iglesia demasiado instalada y alejada del Evangelio. Ante esto optan por la pasividad o resignación y niegan cualquier posibilidad de cambio. Hoy la Palabra de Dios nos alerta para que nos demos cuenta de que Jesús, el Hijo del Hombre, viene a liberarnos de todas nuestras dudas e incertidumbres. Él es nuestra justicia y nuestra salvación.
REFLEXIÓN
En este primer Domingo de Adviento, la Palabra de Dios nos presenta una primera inclusión en la “venida” del Señor.
En la primera lectura, por boca del profeta Jeremías, el Dios de la alianza anuncia que es fiel a sus promesas y que va a enviar a su Pueblo un “vástago” de la familia de David. Su misión será realizar ese mundo soñado de justicia y de paz: fecundidad, bienestar, vida en abundancia, serán los frutos de la acción del mesías.
La segunda lectura nos invita a no instalarnos en la mediocridad y en la comodidad, sino a esperar, con una actitud activa, la venida del Señor. Es fundamental, en esa actitud, la vivencia del amor: él es el centro de nuestro testimonio personal, comunitario, eclesial
El Evangelio nos presenta a Jesús, el mesías hijo de David, anunciando a todos los que se sienten prisioneros: “alegraos, vuestra liberación está próxima. El mundo viejo al que estáis encadenados va a caer y, en su lugar, va a nacer un mundo nuevo, donde conoceréis la libertad y la vida en plenitud. Estad atentos, para acoger al Hijo del Hombre que os va a traer ese mundo nuevo”. Es necesario, sin embargo, reconocerlo, saber identificar sus llamadas y tener el coraje de construir, con él, la justicia y la paz.
El tiempo de Adviento, que empieza precisamente hoy, nos insta a prepararnos para acoger al Señor que vendrá. Pero ¿cómo prepararnos? La significativa celebración que estamos realizando nos muestra que un modo concreto para disponernos a ese encuentro es la proximidad y la comunión con quienes, por cualquier motivo, se encuentran en dificultad. Al reconocer a Cristo en el hermano, nos disponemos a que él nos reconozca cuando vuelva definitivamente. Así la comunidad cristiana se prepara para la segunda venida del Señor: poniendo en el centro a las personas que Jesús mismo ha privilegiado, las personas que la sociedad a menudo margina y no considera.
Ayúdanos a orientar nuestro corazón hacia ti; ayúdanos a reconocer tu rostro que resplandece en toda criatura humana, aunque esté probada por la fatiga, la dificultad y el sufrimiento. Haz que comprendamos que "la gloria de Dios es el hombre que vive" (san Ireneo de Lyon, Adv. haer., IV, 20, 7), y que un día podamos gustar, en la visión divina, junto con María, Madre de la humanidad, la plenitud de la vida redimida por ti. Amén.
PARA LA VIDA
Un día, Alfredo, despertó en una víspera de Navidad, muy contento, pues una fecha muy importante estaba por llegar. Era el día del aniversario del Niño Jesús y el día en que Papá Noel vendría de visita como todos los años. Con sus cinco añitos, esperaba ansiosamente el caer de la noche, para volver a dormir y espiar el zapato que estaba en el frente de la puerta, pues no tenía árbol de Navidad. Se durmió muy tarde, para ver si conseguía atrapar a aquel "viejito", pero como el sueño era mayor que su voluntad, se durmió profundamente. En la mañana de Navidad, observó que su zapato no estaba allí, y que no había regalo alguno en toda su casa.
Su padre, sin trabajo, con los ojos llenos de lágrimas, observaba atentamente a su hijo, y esperaba tomar coraje para hablarle y decirle que su sueño no existía. Con mucho dolor en el corazón lo llamó: - Alfredo, hijo mío, ¡ven aquí! - ¿Papá? - ¿Que ocurre hijo? - Papá Noel se olvidó de mí... Hablando de eso, Alfredo abrazó a su padre y los dos se pusieron a llorar, cuando Alfredo habló: - ¿El también se olvidó de ti papá? – No, hijo mío.
El mejor regalo que yo podría haber ganado en la vida está en mis brazos, y quédate tranquilo pues yo sé que Papá Noel no se olvidó de ti. - Pero todos lo otros niños vecinos están jugando con sus regalos... El se olvidó de nuestra casa. - No se olvidó... El regalo te está abrazando ahora y va a llevarte a uno de los mejores paseos de tu vida. Y así, los dos fueron a un parque y Alfredo jugó con su padre durante el resto del día, regresando caída ya la noche.
Llegando a casa muy somnoliento, Alfredo fue para su cuarto y "escribió" para Papá Noel: "Querido Papá Noel, yo sé que es demasiado tarde para pedir alguna cosa, pero quiero agradecer el regalo que me diste. Deseo que todas las Navidades que yo pase, hagas que mi padre olvide sus problemas y que él pueda distraerse conmigo, pasando una tarde maravillosa como la de hoy.
Gracias por mi vida, pues descubrí que no es con juguetes que somos felices, y sí con el verdadero sentimiento que está dentro de nosotros y que Dios despierta en las Navidades. De quien te agradece por todo: Alfredo”. Y se fue a dormir. Entrando al cuarto para dar las buenas noches a su hijo, el padre de Alfredo vio la carta y a partir de ese día no dejó que sus problemas afectasen la felicidad de ellos y comenzó a hacer que todos los días fuesen Navidad para los dos.