3° Domingo de Adviento, 12 Diciembre 2021, Ciclo C

 San Lucas 3, 2b-3. 10-18

"¿Qué debemos hacer?

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- Gaudette: alegraos siempre en el Señor, os lo repito. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. En este tercer domingo de Adviento debemos, pues, manifestar litúrgicamente nuestra alegría, nuestra paz y nuestro entusiasmo religioso. Los cristianos debemos ser personas alegres, no con una alegría bullanguera y aturdidora, sino con una alegría interior, manifestada en nuestro comportamiento y en nuestras relaciones con los demás. Así debemos celebrar en concreto este domingo <gaudete>.

2.-Razones Para la Alegría:  Valorar y reforzar las fuerzas positivas de nuestra alma. Vivir abiertos hacia el prójimo.  Tener un gran ideal, algo que centre nuestra existencia y hacia lo que dirigir lo mejor de nuestras energías.  En el amor, preocuparse más por amar que por ser amados. Tener el alma siempre joven y, por tanto, siempre abierta a nuevas experiencias. Descubrir que Dios es alegre, que una religiosidad que atenaza o estrecha el alma no puede ser la verdadera, porque Dios o es el Dios de la vida o es un ídolo. Dios es alegría. Dios no quiere la tristeza, Dios es optimista, Dios es posibilidad de todo lo bueno, Dios es omnipotencia para hacer el bien.

3.-Necesidad de Conversión: El camino por donde podemos adquirir esa alegre liberación que debe disfrutar ya todo cristiano no es otro que la conversión. Conversión hacia Dios. La conversión lleva a compartir: el que tenga dos túnicas, debe dar al que no tiene; y el que tiene que comida, debe compartirla. Esto es una sociedad solidaria, es la que la Iglesia promueve, preocupada por dar a todos lo necesario. No podemos aceptar ciegamente la diferencia nacida del dinero o de la fuerza. Dios quiere que compartamos el bien que ha dado para todos. La conversión será duradera y profunda si somos capaces de criticar nuestra falsa manera de contemplar el mundo y los hombres. Una característica de la conversión de Juan es que no sólo es personal sino que va buscando una renovación social. 

REFLEXIÓN

   El tema de este tercer Domingo de Adviento puede girar alrededor de la pregunta: “y nosotros, ¿qué debemos hacer?”. Preparar el “camino” por donde el Señor viene, significa cuestionar nuestros límites, nuestro egoísmo y comodidad y operar una verdadera transformación de nuestra vida en la dirección de Dios.

   La primera lectura, sugiere que en el principio, en medio y en el final de ese “camino de conversión”, nos espera el Dios que nos ama. Su amor no sólo perdona nuestras faltas, sino que provoca la conversión, nos transforma y nos renueva. De ahí la invitación a la alegría: Dios está en medio de nosotros y, a pesar de todas nuestras deficiencias, insiste en hacer el camino con nosotros, porque nos ama.

   La segunda lectura insiste en las actitudes correctas que deben marcar la vida de todos los que quieren acoger al Señor: alegría, bondad, oración.

   El Evangelio sugiere tres aspectos en los que esa transformación es necesaria: es preciso salir de nuestro egoísmo y aprender a compartir; es necesario romper los esquemas de explotación y de inmoralidad y proceder con justicia; es preciso renunciar a la violencia y a la prepotencia y respetar absolutamente la dignidad de nuestros hermanos. Por otra parte, el cristiano, “bautizado en el Espíritu”, recibe de Dios una vida nueva, y tiene que vivir de acuerdo con esa vida.

    Es decir, el Mesías viene a recoger el fruto, el buen trigo, quemando en nosotros todo aquello que no sirve. En este tercer domingo de Adviento, domingo de la alegría, vivamos el gozo de la cercanía del Señor que viene a salvarnos. Pero que esta alegría sea no una alegría fugaz y superficial, sino una alegría en el Señor, pues Dios viene a nosotros, a traernos la paz y la confianza en Él. Preparemos esta venida del Señor dejando atrás todo aquello que es paja en nuestra vida, para sacar a relucir el buen fruto que Dios espera de nosotros.

   No podemos exigir a los que se empeñan en vivir la Navidad con cara semi-acontecida que la vivan cristianamente. Ni tan siquiera podemos pretender que, otros que hablan de “espíritu navideño”, den un paso adelante y tengan la experiencia de unos días con Jesús el del pesebre. Pero ¿y nosotros? ¿Cómo la vivimos? ¿Ya pregonamos el secreto de la Navidad? El hecho de que algunas ciudades sean adornadas con aderezos que no dicen nada y que afean más que embellecen, no significa el que nosotros no podamos manifestar hacia fuera lo que, en nuestras casas, se vive por dentro: el Nacimiento de Cristo.

PARA LA VIDA

   Mister Liddel era el presidente  de la gran empresa Maximus, dueña de media docena de bancos y de siete grandes industrias internacionales. Todo conseguido por sus hábiles maniobras y buen olfato para los negocios. Un día llegó algo tarde a la reunión de accionistas pero, en vez de disculparse, puso a temblar a todos los funcionarios con su mirada fría y distante. De pronto, al fondo del salón observó la presencia de un limpiabotas. Era un viejo negro de aspecto humilde, con las manos sucias y con la ropa harapienta. Mister Liddel no lo había visto jamás, pero tenía unos minutos libres y podía permitirse el lujo de hacerse sacar un poco más de brillo a su fabuloso par de zapatos de 600 euros que llevaba puestos. El viejo negro trabajó con gran habilidad. Al terminar, Mister Liddel fue a darle un euro, pero se encontró con su mirada. 

   Una mirada extraña, profunda, con una luz bondadosa y divertida que le brillaba dentro. Al levantarse del banquillo, los zapatos de Mister Liddel salieron disparados como cohetes, llevándolo fuera del salón. Parecía que iba a un maratón, eso sí, un  maratón un poco extraño. Los zapatos lo llevaron delante de un niño pobre sin piernas que pedía limosna en la calle, y no se movieron de allí hasta que Mister Liddel vació todo el contenido de la cartera en las manos del chaval aterrorizado. Luego, los zapatos llevaron a Mister Liddel hacia suburbios llenos de pobres chabolas y de gente que sufría, y de cuya existencia Mister Liddel nunca había oído. Los zapatos lo obligaron a ver lágrimas, soledad, miseria, abandono. 

   Después de unas cuantas horas, Mister Liddel estaba muy cansado, pero se sentía distinto. Por primera vez veía de verdad a la gente. Y para terminar, al atardecer, los zapatos hicieron una cosa inesperada: llevaron a Míster Liddel a una iglesia. Y es que no había vuelto a ella desde la primera comunión. Y vio al fondo una lucecita roja que brillaba. De pronto se acordó de la mirada profunda del limpiabotas negro y se sintió feliz como nunca se había sentido, y de repente lo comprendió todo. Luego, sus zapatos volvieron a ser normales. Entró de nuevo en el salón de reuniones y preguntó: - ¿Habéis visto donde ha ido a parar aquel limpiabotas negro?. – Por aquí no ha pasado ningún limpiabotas negro, señor, - le contestaron. Lo sospechaba. Además, ¿quién iba a creer que Dios era negro y que hacía de limpiabotas en las calles de la ciudad?.