3° Domingo de Cuaresma, 19 Marzo 2017, Ciclo A


San Juan  5, 4 - 42

“ Señor, Dame Agua de Ésa; Así no Tendré más Sed

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. El Agua: Jesús es el Agua Viva. Lo que es el agua para la vida normal, eso es Jesús para la vida humana. Jesús es el Agua, Jesús es La Palabra, Jesús es el que da el Espíritu. Jesús no es un pozo a donde se va a beber de vez en cuando, es una fuente de espíritu: el que bebe de Jesús es fuente. Él mismo siente brotar de dentro de sí el Agua que brota hasta la Vida eterna, y no tiene más sed de otras aguas, porque Jesús quita la sed de todas las otras cosas. 
  2. La Palabra: es Jesús, un modo diferente de vivir, una manera de situarse ante los demás, una nueva relación con Dios. Todo esto se explica con palabras, pero solo se transmite con obras. Por esta razón, el agua vuelve a aparecer en la última "parábola", la del Juicio final. En ella se diferencia lo válido de lo inválido, no por la predicación, ni por la pertenencia jurídica a la Iglesia, sino por la mejor de todas las frases que puede entender cualquiera: "Porque tuve sed y me disteis de beber"  
  3. La Fe: nuestra fe en la divinidad de Jesús va a ser puesta a prueba al ver su humanidad. Verle sufrir y morir es un escándalo. ¿Puede pasarle esto  al “hijo predilecto”? "Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz". Y nos sucede lo mismo al ver la cruz de tantos crucificados de la tierra. Es el desafío más fuerte para nuestra fe. Si, después de la cruz, seguimos creyendo en Dios, es porque sabemos que, precisamente por eso no bajó de la cruz. Nuestra fe es en Jesús crucificado, es decir: creemos en el Amor de Dios, a pesar del mal del mundo, a pesar del desierto, porque hemos visto a Jesús dar la vida, hasta la misma muerte, por nosotros, los hijos pecadores, simplemente porque nosotros necesitamos creer en el amor, a pesar de que vemos el mal, el odio. 
  4. El Testimonio: "tres son los que dan testimonio sobre la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre, y estos tres son uno solo" (1 Jn 5, 7-8). Esto es lo que Jesús vio, como de antemano, en el pozo de Jacob. La "luz del testimonio" que brilla en la plenitud del misterio le iluminaba, salida del plácido espejo de las aguas del pozo. Esta luz cobró realidad con su muerte; su vida se salió de El con su sangre, y, como agua vivificante, llenó el pozo de la iglesia. 

REFLEXIÓN

   El tema del agua, elemento imprescindible para la vida y símbolo del bautismo, recorre toda la liturgia En la primera lectura, Dios hace brotar agua de la roca para que beba el pueblo sediento en el desierto. A partir de allí, el Señor es llamado en el Antiguo Testamento Roca, como lo vemos en el Salmo que dice: Vengan, cantemos con júbilo al Señor. Aclamemos la Roca que nos salva!

  El agua viva que en los cristianos bautizados se convierte en un manantial que brota hasta la vida eterna, es Jesucristo, don gratuito del amor de Dios. Este amor gratuito nos lo recuerda San Pablo en la segunda lectura “el amor de Dios se va derramando en nuestros corazones”.

   El Evangelio nos presenta la escena del encuentro del Señor con la samaritana. Los judíos odiaban a los samaritanos. Por otra parte, en ese tiempo era muy mal visto entablar conversación con una mujer en un lugar público. Jesús, sin embargo, supera los prejuicios de raza y las conveniencias sociales y empieza a conversar con la samaritana. En la persona de esta mujer el Señor acoge a la gente común de Palestina. Es verdad que no era judía, sino samaritana, es decir, que era de una provincia diferente, con una religión rival de la de los judíos. Pero tanto samaritanos como judíos creían en las promesas de Dios y esperaban un Salvador.

   Cuando se entabla el dialogo con el Señor, la primera inquietud que muestra la samaritana es la de calmar su sed. Los antepasados del pueblo judío andaban errantes con sus rebaños de una fuente a otra. Los más famosos (como Jacob) habían cavado pozos, en torno a los cuales el desierto empezaba a revivir.

   Así somos los hombres: buscamos por todas partes algo para calmar la sed y estamos condenados a no encontrar más que aguas dormidas o estanques agrietados, como lo dice el libro del Génesis. Jesús, en cambio, trae el agua viva, que es el don de Dios, a sus hijos e hijas y que significa el Espíritu Santo (7,37).

   Cuando hay agua en el desierto, aunque no aflore en la superficie, se nota por la vegetación más tupida. Lo mismo pasa con nosotros: nuestros actos se hacen mejores, nuestras decisiones más libres, nuestros pensamientos más ordenados hacia lo esencial. Pero no se ve el agua viva de la que proceden estos frutos; ésa es la vida eterna contra la cual la muerte no puede nada.

PARA LA VIDA 

   A Booker T. Washington le gustaba contar la historia de un buque que navegaba por el sur del océano Atlántico y hacía señas a otro buque que navegaba por allí: Ayudadnos. No agua, Nos morimos de sed. Los del otro buque les gritaron: Echen sus cubos donde están. Los del barco siguieron gritando: Ayuda. No agua. Nos morimos de sed. La respuesta era siempre la misma. 

   Desesperados decidieron seguir el consejo y llenaron sus cubos con agua clara, fresca y dulce de la desembocadura del Amazonas.  Estaban rodeados de agua dulce por los cuatro costados, sólo tenían que cogerla, peros ellos ignorantes pensaban que se encontraban rodeados de aguas saladas.
  “Si conocieras el don de Dios, tú le pedirías y él te daría el agua viva”. “El que beba el agua que yo le daré nunca tendrá sed y se convertirá en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

2° Domingo de Cuaresma, 12 Marzo 2017, Ciclo A


San Mateo  17, 1 - 9

“ Este es mi Hijo, el Amado, mi Predilecto, Escúchenlo

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Transfiguración: es una manifestación de su identidad: Él, el Cristo, es el Hijo de Dios, y su misión es la de reconciliar a la humanidad entera por su muerte en Cruz; muerte que dará paso a la gloria por su Resurrección. Para todo aquél que quiera seguir al Señor, la Cruz será también para él el camino que conduce a la gloriosa transfiguración de su propia existencia. 
  2. La Voz: Es el Padre quien presenta a su Hijo e invita a escucharlo, a creer en Él, a vivir como Él enseña: hasta entonces Dios había hablado a su pueblo por medio de Moisés y los Profetas, en su Hijo amado ha llegado la plenitud de la revelación: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo”. 
  3. La Cruz:  Cristo cargó su Cruz y por nosotros murió en ella. Nuestra vida, para que se asemeje plenamente a la del Señor Jesús, debe pasar por la experiencia de la cruz. Al seguir a Cristo no se nos promete: “¡todo va a ir bien!” Todo lo contrario, se nos advierte de pruebas y tribulaciones, y se nos dice: «Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba». La vida cristiana no es fácil, no está exenta de pruebas a veces muy duras.  
  4. La Palabra: Hoy la palabra de Dios nos urge para que descubramos el verdadero rostro divino: rostro de vida y solamente de vida. Subir a la montaña es el proceso simbólico de acercamiento a Dios. «Este es mi Hijo, en quien me complazco. Escuchadlo». La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús. 
  5. El Encuentro: es siempre personal; es un viaje  a la montaña para encontrar y encontrarnos. “Tú eres mi hijo amado”. El monte es un viaje de ida y vuelta, se sube para bajar. Nos alejamos de nuestras preocupaciones, intereses, dolores habituales, para encontrarnos con el espíritu de Jesús y bajar transfigurados, santos, reactivando lo mejor de nosotros. La montaña es un lugar seguro donde re-encontrar la presencia de Dios cuando la hemos descuidado, un lugar sanador del corazón y de la vida. Requiere un esfuerzo para subir para luego bajar mejorados. 
REFLEXIÓN
 
   La transfiguración de Jesús manifiesta su presencia, y expresa la total unidad con Dios. “Dios de Dios, Luz de Luz”, así lo proclamamos comunitariamente en el Credo. Y esto significa que la transfiguración de Jesús no sólo le sucede a él en la compañía de sus discípulos en el monte. También nos acontece a nosotros. La transfiguración de Jesús transfigura al tiempo pasado (de Moisés y Elías) en un tiempo presente: el de Jesús y sus discípulos, y el nuestro. Y como Dios es el Dios del futuro, la transfiguración es un acontecimiento simultáneamente futuro. Jesús es Dios y nos comparte, aquí, ahora y siempre, su comunión filial con Dios.

Es por eso que debemos tener en cuenta tres elementos importantes:
 
  • Subir. «Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan y se los llevó a una montaña alta». Se trata de alzar la mirada, de contemplar más allá de las estrecheces de nuestros ojos. Se trata de hacer el esfuerzo de alejarnos un poco de lo urgente de nuestra vida para tener una perspectiva mayor de lo verdaderamente importante. Se trata de buscar el encuentro con Cristo para volver a la vida cambiado por Él.
  • Escuchar. Es imperativo divino. Escuchar a Cristo. En las relaciones de amistad la escucha juega un papel central. En cierta medida, escuchar al otro me complica la existencia, me compromete con el otro, me hace formar parte del devenir del otro.
  • Bajar. Para poder levantar a un hombre caído es necesario agacharse. No podemos estar siempre viviendo en abstracto nuestra vida cristiana. Ésta ha de encarnarse en medio de la humanidad. Ha de poner un resplandor de gloria recibida por la fe en Cristo Jesús como punto de luz y esperanza en medio de las tinieblas de nuestro mundo. Es pues, imperativo, dejarnos transfigurar (grabar su resplandor en nosotros) por otro paradigma relacional, atrevernos a revolucionar la consciencia, a construir otro tipo de práctica que emerja del corazón que palpita ante la voz que nos llama a cada uno de nosotros: hijos muy amados en “el Hijo muy amado”. 
PARA LA VIDA
 
   Eran dos hermanos que cultivaban juntos una finca muy fértil y se repartían a partes iguales la abundante cosecha. El uno era soltero y el otro casado.  Al principio todo iba perfectamente. Pero llegó un momento en el que el hermano casado empezó a despertarse sobresaltado por las noches, pensando: “No es justo. Mi hermano no está casado y se lleva la mitad de la cosecha. Yo tengo mujer y cinco hijos, de modo que, cuando sea anciano, tendré todo cuanto necesite. 


   Sin embargo, ¿quién cuidará de mi pobre hermano cuando sea viejo? Necesita  ahorrar para el futuro mucho más de lo que actualmente ahorra, porque su necesidad es mayor que la mía”. Entonces se levantaba de la cama, e iba en secreto a donde vivía su hermano y vaciaba en el granero de éste un saco de grano. También el hermano soltero comenzó a despertarse por las noches y a decirse a sí mismo: “Esto es una injusticia. Mi hermano tiene mujer y cinco hijos y se lleva la mitad de la cosecha. 

   Yo no tengo que mantener a nadie más que a mí mismo. ¿Es justo acaso que mi hermano, cuya necesidad es mayor que la mía, reciba lo mismo que yo? Entonces se levantaba de la cama y llevaba un saco de grano al granero de su hermano. Un día, se levantaron de la cama al mismo tiempo y tropezaron uno con otro, cada cual con un saco de grano a la espalda. 

   Muchos años más tarde, cuando ya habían muerto los dos, el hecho se fue conociendo por toda la comarca. Y cuando los ciudadanos decidieron levantar un templo, escogieron para ello el lugar en el que ambos hermanos se habían encontrado, porque no creían que hubiera en toda la ciudad un lugar más santo que aquél».

1° Domingo de Cuaresma, 5 Marzo 2017, Ciclo A


San Mateo  4, 1 - 11

“ No Tentarás al Señor tu Dios 

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. El Diablo: no podemos olvidar que tenemos un adversario invisible, el Diablo, que «ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1Pe 5,8). De él enseñaba el Papa Pablo VI: «el mal que existe en el mundo es el resultado de la intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad, misteriosa y que causa miedo, busca tu ruina y no descansa en su intento”. 
  2. La Tentación: es por medio de la tentación como el diablo busca apartarnos de Dios, fuente de nuestra vida y felicidad. La tentación es una sugerencia a obrar en contra de lo que Dios enseña (ver Gén 3,3). Por la tentación el Diablo introduce en el corazón del hombre el veneno de la desconfianza en Dios, haciéndolo aparecer como enemigo de su felicidad y realización: “¿Cómo es posible que Dios te haya prohibido…?” (Gén 3,4). Al mismo tiempo la tentación aparece como confiable, y se hace tremendamente atractiva porque promete a la criatura humana “ser como dios”, es decir, alcanzar el poder, la gloria y la felicidad si en lugar de Dios adora a otros “dioses”, a los ídolos del poseer-placer, del tener o del poder, o adorando incluso al mismo Satanás (ver Mt4,9). 
  3. La Palabra: al mirar a Cristo entendemos que las enseñanzas divinas son armas necesarias para luchar y vencer en el combate espiritual. Quien se nutre «de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3; Mt 4,4), quien la medita y guarda haciendo de ella su norma de vida, se reviste de las «armas de Dios» (ver Ef 6,11.13) necesarias para vencer al Maligno y sus astutas tentaciones.  
  4. El Ayuno: ayunar debe ayudarnos a eliminar, de nuestro cuerpo y de nuestra vida, todas las grasas de pecado que nos impiden caminar resueltamente hacia el bien. No se trata de una práctica del ayuno y la abstinencia fácil de cumplir, sino todo lo contrario. Es mucho más fácil, y más perjudicial para la salud, abstenerme durante unos determinados días del año de ciertos manjares, si me permito comer desordenadamente durante muchos otros días de la semana y del año. Para ayudar a los demás, el ayuno favorece que Dios llena con la oración, la abstinencia y las obras de caridad.
 

REFLEXIÓN
 
    En el primer Domingo del Tiempo de Cuaresma, las lecturas nos presentan las tentaciones del demonio a las que estamos sometidos todos. El relato nos muestra que Jesucristo vence al demonio y al pecado. El tiempo de Cuaresma que comenzó con las celebraciones del miércoles de ceniza, tiene como telón de fondo el relato del Evangelio de hoy.
 
   Jesús, antes de comenzar los años de su vida pública, movido por el Espíritu Santo se retira al desierto, en total ayuno durante cuarenta días, al final de los cuales es tentado por el demonio. La Iglesia quiere que antes de celebrar el misterio de la Pascua del Señor - su Pasión, Muerte y Resurrección - nos preparemos con la fuerza del Espíritu Santo, por la oración y la penitencia, y obras de caridad, a fin de que, purificados, podamos recibir los frutos de la Redención.
  • La primera lectura, mediante un lenguaje simbólico, describe el pecado del hombre, que ayer como hoy, consiste en querer ocupar el lugar de Dios.
  • La segunda lectura es clave para las enseñanzas que la liturgia de hoy nos deja: existe el pecado, pero existe la victoria de Jesucristo sobre el pecado. El apóstol San Pablo proclama la victoria de la vida sobre la muerte por las gracias de Nuestro Señor. 
  • El Evangelio relata las tentaciones a que el mismo Jesús estuvo sometido. 

   La Cuaresma conmemora los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto, como preparación de esos años de predicación que culminan en la Cruz y en la Gloria de Pascua. Fueron cuarenta días de oración, de ayuno y de penitencia, al cabo de los cuales tuvo lugar la escena que nos relata el Evangelio de la misa de hoy.


   Jesús quiso someterse a las tres tentaciones que ordinariamente más estragos hacen en los hombres: la falta de templanza, la soberbia y la avaricia. Quiso darnos un ejemplo de fortaleza contra las intenciones de nuestro enemigo de perder nuestra alma por uno de esos caminos. Como el diablo busca venganza, nos advierte, que solo adheridos a Jesús, quien lo puede todo, saldremos vencedores.

PARA LA VIDA

   La gran muralla china es una de las maravillas que el hombre ha creado. Y dicen que es la única cosa de la tierra que se puede ver desde la luna. Cuando terminaron su construcción, la gente satisfecha se regocijó. Y se dijeron: “ahora sí que estamos a salvo. Nadie podrá atacarnos, nadie podrá penetrar esta magnífica e inexpugnable muralla.    Pero sus enemigos un día entraron con toda facilidad.


   ¿Cómo? Sobornando, comprando a los guardianes. El guardia abrió la puerta y entraron sin ninguna oposición. Esta es nuestra historia desde el primer día de la creación. 


   Adán y Eva somos nosotros rodeados por la gran muralla del Amor de Dios, vivificados por el soplo de vida divina de Dios, colocados en este mundo para ser los amigos de Dios y ser los testigos de su Gloria.
 

   Esta es la historia de Adán y Eva, es decir, de todo hombre y de toda mujer desde el primer día de nuestra vida.

  • Tú eres el guardia que guarda la entrada del jardín.
  • Tú eres el conserje que guarda la entrada del edificio.
  • Tú eres el administrador de la vida divina que Dios te ha dado.
  • Tú eres el templo en el que Dios quiere habitar y conversar contigo.

8° Domingo del Tiempo Ordinario, 26 Febrero 2017, Ciclo A


San Mateo  6, 24 - 34

“ No Podéis Servir a Dios y al Dinero 

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. Dios: Qué difícil es hablar hoy de la confianza en un Dios providente cuando vemos a tantos descartados por la crisis económica, por las guerras, por las corrupciones, las injusticias, el hambre etc... Hemos vuelto la espalda a Dios y nos hemos “mundanizado” favoreciendo así la “deshumanización”. Lo que importa es el dinero y a este ídolo sacrificamos familia, amistad, ocio, salud, principios éticos, trabajo digno… Ya lo dice el refrán:” Poderoso caballero es don dinero”.
  2. El Dinero: parece comprarlo todo, y los que lo adoran y se dedican a conseguirlo robando, asaltando, matando o utilizando toda clase de medios ilícitos a su alcance, se creen dueños del mundo y piensan que así serán como dioses que todo lo pueden. Los bienes materiales, las diversiones, los goces de este mundo, que son buenos porque proceden de Dios, nos deben llevar a Dios, y así ocurrirá si los usamos rectamente. Pero nuestra salvación y verdadera felicidad no está en ellos; por eso si alguna vez nos faltan no nos sentimos desgraciados, y si alguna vez tenemos que renunciar a ellos, tampoco.
  3. El ServicioLos servidores del Señor deben ser fieles y rendir cuentas a Dios. «Los hombres destinatarios del amor de Dios, se convierten en sujetos de caridad, llamados a hacerse ellos mismos instrumentos de la gracia para difundir la caridad de Dios y para tejer redes de caridad». Pero también nos recordó el Santo Padre que la caridad tiene que ir acompañada de la Verdad que es Cristo, para que no se convierta en un mero acto de filantropía, desnudo de todo el sentido espiritual cristiano, propio de los que viven según nos enseñó el Maestro.
  4. El Desprendimiento: Se vive concretamente en la pobreza de espíritu, la práctica de la limosna o la ayuda económica a alguien que le hace falta, pero sin que se note para no humillarla. Hemos de aprender a distinguir entre lo que es dar una limosna y hacer justicia; es decir, dar a una persona lo que le corresponde por su trabajo o por sus servicios.

        REFLEXIÓN
         

           En el Evangelio del domingo pasado Jesús nos mandaba: “amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen para que seáis hijos de vuestro Padre celestial”. Cumplamos o no este mandato, nos identificamos con él y reconocemos en este mandamiento el mensaje central de Jesús, amar a Dios y amar al prójimo. En el evangelio de este domingo, Jesús nos dice cinco veces: “No andéis agobiados pensando qué vais a vestir o comer, no os agobiéis por el mañana”.
         
           Con esta misma idea de compasión y providencia coincide el Evangelio: Si Dios cuida de las aves y de los lirios, ¿qué no hará por los hombres? Dios alimenta a los pájaros, que ni siembran, ni cosechan, ni tienen graneros, y viste de belleza a los lirios que no se maquillan. Con estos ejemplos, Jesús nos indica que nuestra primera inquietud, el centro de nuestras preocupaciones debe ser: “Buscar primero el Reino de Dios y su justicia”; buscar a Dios, confiar en Él, entregarse a Él; que todo lo demás “se nos dará por añadidura”.
         
           El que es esclavo de las riquezas las guarda como esclavo; pero el que sacude el yugo de la esclavitud, las distribuye como señor”. Es el momento de hacer un examen de conciencia sobre el lugar que ocupa Dios en nuestra vida y sobre el grado de fe que vivimos: ¿Qué es lo primero en mi vida: Dios o el dinero? El afán desmedido por acaparar y acumular bienes materiales no nos sirve para la vida futura.
         

        “Nunca se ha visto un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre”

         
           El verdadero discípulo de Cristo no se deja devorar por la obsesión de acaparar y acumular bienes perecederos. La verdadera fe reconoce y cuenta con el amor paterno-materno de Dios y deja su futuro, con plena confianza, (v. 6, 34) en manos de Dios.
         

        PARA LA VIDA

           Érase una vez un hombre muy rico y avaro que contrató a un matemático para que descubriera la fórmula que le permitiera incrementar más y más sus ganancias. El hombre rico estaba construyendo una enorme caja fuerte donde almacenar mucho oro y muchas joyas. El matemático se encerró durante seis meses en su estudio y al final encontró la fórmula.

           Una noche se presentó en la casa del hombre rico con una gran sonrisa en la cara y le dijo: Ya lo tengo. Mi fórmula es perfecta. El hombre rico no tenía tiempo para explicaciones ya que a la mañana siguiente emprendía un largo viaje, pero le prometió doblarle el sueldo si, en su ausencia, se encargaba de sus negocios y así ponía en práctica su nueva fórmula. Éste aceptó encantado.

           Cuando el rico regresó descubrió que todas sus riquezas se habían esfumado. Furioso, le pidió explicaciones. El matemático con mucha calma le dijo que había distribuido todo entre la gente. El rico no se lo podía creer. Durante meses, explicó el matemático, analicé cómo se podía obtener el máximo beneficio, pero siempre era algo muy limitado. Comprendí que la clave consistía en que, no uno, sino muchas gentes podían ayudarnos a conseguir el objetivo.

           La conclusión era que ayudando a los demás era la mejor manera de que muchas gentes nos beneficiaran a nosotros. Furioso y abatido se puso a caminar, pero los vecinos salían a su encuentro y le ofrecían todo lo que necesitaba, comida, casa… y pudo comprobar los resultados previstos por el matemático.

           Recibía honores y ayuda de todos. Cayó en cuenta de que no tener nada le había dado mucho más. Pronto emprendió nuevos negocios, pero siguiendo el consejo del matemático ya no guardaba nada en la caja fuerte sino que lo compartía con los demás cuyos corazones eran los más seguros y más agradecidos cofres.

        7° Domingo del Tiempo Ordinario, 19 Febrero 2017, Ciclo A


        San Mateo  5, 38 - 48

        “ Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto 

          Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
        1. Amar al Enemigo: Cuando Jesús habla del amor al enemigo, no está pidiendo que alimentemos en nosotros sentimientos de afecto, simpatía o cariño hacia quien nos hace mal. El enemigo sigue siendo alguien del que podemos esperar daño, y difícilmente pueden cambiar los sentimientos de nuestro corazón. Amar al enemigo significa, antes que nada, no hacerle mal, no buscar ni desear hacerle daño. No devolver mal por mal, sino bien por mal. Es natural que nos sintamos heridos o humillados. Nos hemos de preocupar cuando seguimos alimentando el odio y la sed de venganza: Eso no es de Dios.
        2. La Santidad: es lo más sublime que el ser humano trate en su vida, en sus pensamientos y en sus acciones, de ser santo, es decir, de encontrar a Dios en su prójimo, para amarlo y beneficiarlo. El santo del siglo XXI, no necesita estar escondido en un monasterio para sentir su llamado a la santidad. La casa, oficina, el centro de estudio o el lugar de descanso diario son los espacios oportunos para vivir nuestro ser santos, nuestro llamado a ser perfectos como Dios. Además, el Evangelio de Mateo nos coloca el “medidor” para nuestra santidad: la hermana o hermano prójimo. Es en el otro, en el que vive cerca o lejos de nosotros, donde estaremos cerca o lejos de Dios.
        3. El Prójimo: Jesús enseña que todos formamos una sola familia, por lo que “prójimo” es cualquier otro ser humano, el más próximo a nosotros: la hermana o hermano prójimo. Es en el otro, en el que vive cerca o lejos de nosotros donde se hace vida la verdadera santidad.
        4. Los Discípulos: serán auténticamente hijos del Padre imitando su bondad, de la que la generosidad y esplendidez de la creación son un signo palpable. El nuevo discípulo del Reino debe ser capaz de vivir con mayor libertad los valores y para ello coloca como principio básico el amor. Cuando una persona da un paso hacia adelante perdonando, amando, siendo misericordioso, esto genera un impulso a imitarle y la sociedad se vuelve mejor. 
        REFLEXIÓN

           Hoy, la Palabra de Dios nos habla de realidades muy importantes y esenciales: Cuando oímos hablar de “santidad”, pensamos en lugares lejanos y en personas con estilos de vida bien extraños.  Pensamos que la santidad es para las monjitas, para los sacerdotes y religiosos; pero no para mí, que soy un cristiano normal, que me esfuerzo apenas por vivir como tal. 
           Además, nos preguntamos ¿cómo se hace uno “santo”? Los laicos, como los sacerdotes y religiosos estamos llamados a la santidad, es decir “a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.  Buscar la santidad es la tarea esencial de un cristiano. La santidad es indispensable para transformar las familias, el mundo y la sociedad.  Y para ello el cristiano ha de trabajar por la paz, la solidaridad, frecuentar los sacramentos, hacer oración y vivir la devoción a la Virgen María.
           Ante las dificultades de la vida, los cristianos confiamos en el amor. Queremos sentirnos amados y ayudados por un Dios que se ha comprometido con nosotros. Y el mejor agradecimiento que podemos mostrarle a Dios es el vivir unidos, en comunidad, en la Iglesia, nuestra gran familia. 
           La Ley del Talión decía: “ojo por ojo, diente por diente”.  Esta ley ha quedado totalmente abolida por Jesús. Sin embargo, y por desgracia, la ley del Talión sigue existiendo en muchas culturas. Aunque oficialmente haya desaparecido de nuestro mundo actual, la violencia legalizada sigue estando muy vigente. El mal, a pesar de las apariencias, siempre será débil.  El odio brota del miedo; la ofensa quiere buscar venganza. En cambio el amor es la única fuerza capaz de cortar de raíz la violencia.  Es urgente un “¡ya basta!” a la violencia y aceptar la propuesta de la no violencia que Cristo nos ofrece. 

        PARA LA VIDA

           En 1956 los padres adoptivos de un niño de siete años llevaron al niño al médico y este les dijo: el ojo de su hijo tiene glaucoma y no tiene curación. Hay que sacarle el ojo. La madre se desmayó y cuando volvió en sí le dijo al médico: Sáqueme uno de mis ojos y trasplánteselo a mi hijo. 
           El médico alabó su generosidad, pero le dijo que era imposible y la madre gritó desesperada pensando en el futuro de su hijo. Ni la madre ni el médico sabían que la puerta estaba entreabierta y que el niño estaba escuchando la conversación. Este niño, años más tarde, escribió: desde aquel día la expresión ojo por ojo me sabe a amor, no a odio.

        LOS AGRICULTORES 

           Esta es una historia verdadera. Sucedió en Canadá. Es la historia de dos agricultores que vivían cerca el uno del otro. Un día el perro de uno de ellos se soltó y a dentelladas mató al niño de dos años de su vecino. El padre del niño angustiado cortó la comunicación y la relación con su vecino y los dos hombres vivieron en amenazante enemistad durante años. 

           Y un buen día el fuego arrasó la propiedad del agricultor dueño del perro y destruyó su granja y sus herramientas. No podía ni labrar sus tierras ni sembrarlas y su futuro era negrísimo. Pero a la mañana siguiente se despertó y encontró sus tierras labradas y listas para la siembra. 

           Preguntó y supo que el que había hecho esta buena acción no era otro que su enemigo, su angustiado vecino. Con mucha humildad salió en su busca y le preguntó por qué lo había hecho. Su respuesta fue la siguiente: “Labré tus tierras para que Dios siga vivo”.

        6° Domingo del Tiempo Ordinario, 12 Febrero 2017, Ciclo A


        San Mateo  5, 17 - 37

        “ Si no Sois Mejores que los Escribas y Fariseos... 

          Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

        1. No Matar: muchos podrían decir que nunca han matado a nadie. Hay formas sutiles de matar al prójimo y que no le privan de la vida física pero sí pueden privarle de la vida espiritual: los ataques a la buena fama, el desprecio, el escándalo, la ofensa… Son otras formas de matar. Y así no bastará no matar. Será necesario no enojarse con el hermano, no enfadarse con él, no boicotearle, no pisarlo, no ignorarlo, no olvidarlo, no despreciarlo. Y si algo de esto sucede, que sucede naturalmente, el cristiano tendrá que remediarlo inmediatamente si quiere que su ofrenda sea agradable a los ojos de Dios.
        2. El Adulterio: “Habéis oído el mandamiento no cometerás adulterio. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior”. La pureza y la castidad hay que vivirlas primeramente en los pensamientos y deseos, en el corazón. Y para que el corazón no se ensucie hay que estar lejos de la tentación, evitar las ocasiones: “Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el abismo”. El cristiano tiene ante sí otro reto puesto por Jesucristo: el de considerar a la mujer como persona con la que compartir un proyecto de vida, el de dar una espléndida lección al mundo, mostrar qué maravilla son capaces de forjar dos seres que, considerándose iguales, viven fundados en Cristo. 
        3. El Divorcio: no se trata ya de atenerse únicamente a seguir un procedimiento La intención no se centra en cómo separarse rápidamente, sino ante todo, el cómo mantener lo que Dios ha unido. Cuando un hombre sabe decir SI a determinadas situaciones y mantener ese sí, por encima de todo y, al propio tiempo, sabe decir NO ante otras situaciones determinadas y mantener ese no por encima de todo, nos hemos topado con un hombre de cuerpo entero. Pues bien, para Cristo, los cristianos debieran ser estos hombres. No les hará falta jurar por nada ni por nadie, será suficiente que su vida sea de tal categoría y calibre que su sí o su no, sean una garantía total para los demás. 
        REFLEXIÓN 

           En el Evangelio de hoy, Jesús hace referencia a aquello que consideramos el resumen del código moral del Antiguo Testamento: los mandamientos de la Ley de Dios. Según el pensamiento de Jesús, la Ley no consiste en principios meramente externos. No. La Ley no es una imposición venida de fuera. Todo lo contrario. En verdad, la Ley de Dios corresponde al ideal de perfección que está radicado en el corazón de cada hombre. 
           Esta es la razón por la cual el cumplidor de los mandamientos no solamente se siente realizado en sus aspiraciones humanas, sino también alcanza la perfección del cristianismo, o, en las palabras de Jesús, alcanza la perfección del reino de Dios: «El que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19). 
           Hoy está a la orden del día no sólo la infidelidad en las relaciones hombre-mujer, sino la constante propaganda que pone la satisfacción propia por encima de cualquier otro sentimiento. Lo importante, puesto que se vive sólo una vez, sería entonces, gozar, poseer, mandar, triunfar cuanto más mejor. 
           Y viene Jesús dando un giro a esta actitud. El hombre del Reino de Dios, el cristiano, tiene que tener clarísimo que él es hijo de Dios y que el hombre que vive a su lado también lo es.
           Por eso, el cristiano cree que es posible el amor, ese amor «hasta que la muerte nos separe» y que para sí quisieran los más progresistas del mundo. Pero lo cree sabiendo que el amor es fundamentalmente entrega y no satisfacción propia. 
           No basta con no matar, hay que respetar la vida. Y no se respeta la vida cuando se consiente o no se hace lo suficiente para impedir que el prójimo muera de hambre. ¿Cómo es posible que con tantos recursos técnicos, tanto progreso, con tantas cosechas y frutas que quedan sin recoger, haya tantos millones de hombres, mujeres y niños en la más absoluta miseria? Se puede llamar progreso humano a esto?. 

        PARA LA VIDA
           Érase una vez un escultor a quien un obispo le había encargado una estatua para la catedral. Cuando llegó el día de entregarla, el escultor se sentía mal, no estaba satisfecho de su trabajo y no le gustaba su estatua. Llamó a su ayudante para que le ayudara a transportarla y le dijo: ya tenía ganas de quitarme de encima este muerto. Su ayudante de mal humor miró para otro lado.
            Entonces el escultor recordó las veces que le había maltratado e insultado durante el trabajo. Éste le pidió perdón y el viaje hasta la catedral se hizo más agradable. En el camino se encontró con su mujer que le miró con desprecio y no quería viajar con ellos. Pero el escultor, con humildad, le pidió perdón y ella con una sonrisa se lo dio y se sentó junto a su marido.
           Más adelante se encontró con el cantero que le había vendido la piedra para hacer la estatua. El cantero le miró con ira porque no le había pagado a pesar de sus promesas. El escultor se disculpó una vez más y pagó su deuda y viajó con ellos a la catedral.
           Cuando llegaron a la catedral, la mujer del escultor invitó al obispo para que viera la estatua mientras el escultor, su ayudante y el cantero la descargaban. Cuando la descubrieron todos se maravillaron de su extraordinaria belleza. El más sorprendido fue el escultor y es que cada vez que pedía perdón y se reconciliaba la estatua se hacía más hermosa.

        5° Domingo del Tiempo Ordinario, 5 Febrero 2017, Ciclo A


        San Mateo  5, 13 - 16

        Ustedes son sal de la tierra, y luz del mundo

          Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

        1. La Luz: pensemos en la luz de la humilde lámpara casera, de la vela, o del cirio. El cirio: un poco de cera y una mecha: inútil y de poco valor. Encendido, es una maravilla. Sirve para saber dónde está cada cosa, por dónde moverme... La oscuridad me paraliza: todo está ahí, pero no puedo ni moverme... Esa pequeña luz "pone las cosas en su sitio", me hace capaz de valerme. Es como una creación. El fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Así pues, el cristiano, debe comportarse como Hijo de la luz, su tarea no es pequeña, ni indiferente. Nuestras obras deben brillar ante los hombres, para que den Gloria a Dios. 
        2. La Sal:  tiene la función de dar o acentuar el sabor de los alimentos; igualmente sirve para preservarlos de la descomposición o corrupción a que pueden estar expuestos. Cuando somos sal estamos alegrando los ambientes, poniendo amor donde hay odio, y paz donde hay guerra, dando pan al hambriento y consuelo al que sufre. La sal sólo se nota si falta o sobra. Un mundo sin Dios no tiene sabor. La fe, la Palabra, ponen el sabor. Pero su sabor, no es un sabor añadido. Sino que "descubren" el propio sabor de las cosas, como la luz no pone nada, sino que hace ver lo que cada cosa es. Si sobre la comida hay sal, todo se hace incomestible. 
        3. El Discípulo: es el que trabaja para que no se corrompan los valores que dan identidad a la familia. El discípulo da testimonio de trabajo honrado ante una sociedad que se ha dejado penetrar por la corrupción y que aprovecha para uso propio los bienes de los demás. El verdadero discípulo trabaja por la justicia y la equidad en un mundo que maltrata a los más débiles. En virtud de nuestros Bautismo, estamos llamados no dejar corromper los bienes de Dios. Qué hermoso es reunirse para celebrar la misma fe, la misma vida en Cristo, la misma Eucaristía. 

        REFLEXIÓN 

           En el Evangelio de hoy, el Señor nos habla de nuestra responsabilidad ante el mundo: Ustedes son la sal de la tierra, Ustedes son la luz del mundo. Y esto nos lo dice a cada uno de nosotros. Nos lo dice a todos los que estamos llamados a ser sus discípulos. 
           El Señor dice a sus discípulos que son la sal de la tierra porque preservan al mundo de la corrupción, pero como la sal, el cristiano se puede desvirtuar: entonces es un estorbo. Junto al pecado, es lo más triste que le puede ocurrir al hombre. La tibieza es una enfermedad del alma que afecta la inteligencia y la voluntad; empieza por frecuentes faltas y dejaciones culpables: Cristo queda lejano por tantos descuidos en los detalles de amor. 
           Santo Tomás señala como característico de este estado “una cierta tristeza, por la que el hombre se vuelve tardo para realizar actos espirituales a causa del esfuerzo que comportan”. La oración es más una carga soportada que un motor que empuja y ayuda a vencer las dificultades. Pensemos hoy si, ante las flaquezas y faltas de correspondencia a la gracia, nacen con prontitud los actos de contrición que reparan la brecha que había abierto el enemigo. 
           La mayor preocupación de Jesús es que los cristianos pierdan su sabor y fuerza, que pierdan el entusiasmo de la primera hora. La sal no puede dejar de salar. Es un absurdo pensar en una sal que no tenga sabor. Serviría sólo para tirarla. Un cristiano que no asume su compromiso frente al mundo, es inútil.
        Dice Jesús: “Ustedes son la luz del mundo”. Los cristianos estamos para disipar las tinieblas. Debemos ayudar a los hombres para que puedan vivir de verdad. El mundo grita por la luz, por la justicia, la verdad y la paz. 
           Nuestro paso por la tierra no es indiferente: ayudamos a otros a encontrar a Cristo o los separamos de Él; enriquecemos o empobrecemos. Es necesario tener vida interior, trato personal diario con Jesús, conocer cada vez con más su profundidad su doctrina, luchar con empeño por superar los propios defectos. No podemos dejar de ser luz ni fermento. 

        PARA LA VIDA

           Érase una viga de hierro muy dura que había que romper. "Yo haré el trabajo", dijo el hacha. Y comenzó a golpear con fuerza el hierro y a cada golpe que daba su filo se iba dañando hasta que dejó de dar golpes. "Déjame a mí", dijo la sierra. Y comenzó a trabajar la superficie del hierro hasta que sus dientes se gastaron y se rompieron. Y se dio por vencida.
           Ah, dijo el martillo, ya sabía yo que no lo iban a conseguir. Mírenme a mí. Y después del primer golpe, el martillo voló por el aire y la viga de hierro seguía igual. "¿Me dejan intentarlo?", preguntó tímidamente la llama de fuego. "Ni lo intentes", le contestaron el martillo, la sierra y el hacha. "¿Qué puedes hacer tú?" Pero la llama rodeó el hierro, lo abrazó, calentó y no la dejó hasta que se fundió bajo su influencia poderosa.
           La persistencia de la pequeña llama rompió la viga de hierro. El Señor nos dice, hoy, que sus discípulos tienen que ser persistentes, eficaces para hacer la diferencia. Estar siempre presentes para dar sabor a nuestro entorno.