San Mateo 5, 13 - 16
“Ustedes son sal de la tierra, y luz del mundo”
- La Luz: pensemos en la luz de la humilde lámpara casera, de la vela, o del cirio. El cirio: un poco de cera y una mecha: inútil y de poco valor. Encendido, es una maravilla. Sirve para saber dónde está cada cosa, por dónde moverme... La oscuridad me paraliza: todo está ahí, pero no puedo ni moverme... Esa pequeña luz "pone las cosas en su sitio", me hace capaz de valerme. Es como una creación. El fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Así pues, el cristiano, debe comportarse como Hijo de la luz, su tarea no es pequeña, ni indiferente. Nuestras obras deben brillar ante los hombres, para que den Gloria a Dios.
- La Sal: tiene la función de dar o acentuar el sabor de los alimentos; igualmente sirve para preservarlos de la descomposición o corrupción a que pueden estar expuestos. Cuando somos sal estamos alegrando los ambientes, poniendo amor donde hay odio, y paz donde hay guerra, dando pan al hambriento y consuelo al que sufre. La sal sólo se nota si falta o sobra. Un mundo sin Dios no tiene sabor. La fe, la Palabra, ponen el sabor. Pero su sabor, no es un sabor añadido. Sino que "descubren" el propio sabor de las cosas, como la luz no pone nada, sino que hace ver lo que cada cosa es. Si sobre la comida hay sal, todo se hace incomestible.
- El Discípulo: es el que trabaja para que no se corrompan los valores que dan identidad a la familia. El discípulo da testimonio de trabajo honrado ante una sociedad que se ha dejado penetrar por la corrupción y que aprovecha para uso propio los bienes de los demás. El verdadero discípulo trabaja por la justicia y la equidad en un mundo que maltrata a los más débiles. En virtud de nuestros Bautismo, estamos llamados no dejar corromper los bienes de Dios. Qué hermoso es reunirse para celebrar la misma fe, la misma vida en Cristo, la misma Eucaristía.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
REFLEXIÓN
En el Evangelio de hoy, el Señor nos habla de nuestra responsabilidad ante el mundo: Ustedes son la sal de la tierra, Ustedes son la luz del mundo. Y esto nos lo dice a cada uno de nosotros. Nos lo dice a todos los que estamos llamados a ser sus discípulos.
El Señor dice a sus discípulos que son la sal de la tierra porque preservan al mundo de la corrupción, pero como la sal, el cristiano se puede desvirtuar: entonces es un estorbo. Junto al pecado, es lo más triste que le puede ocurrir al hombre. La tibieza es una enfermedad del alma que afecta la inteligencia y la voluntad; empieza por frecuentes faltas y dejaciones culpables: Cristo queda lejano por tantos descuidos en los detalles de amor.
Santo Tomás señala como característico de este estado “una cierta tristeza, por la que el hombre se vuelve tardo para realizar actos espirituales a causa del esfuerzo que comportan”. La oración es más una carga soportada que un motor que empuja y ayuda a vencer las dificultades. Pensemos hoy si, ante las flaquezas y faltas de correspondencia a la gracia, nacen con prontitud los actos de contrición que reparan la brecha que había abierto el enemigo.
La mayor preocupación de Jesús es que los cristianos pierdan su sabor y fuerza, que pierdan el entusiasmo de la primera hora. La sal no puede dejar de salar. Es un absurdo pensar en una sal que no tenga sabor. Serviría sólo para tirarla. Un cristiano que no asume su compromiso frente al mundo, es inútil.
Dice Jesús: “Ustedes son la luz del mundo”. Los cristianos estamos para disipar las tinieblas. Debemos ayudar a los hombres para que puedan vivir de verdad. El mundo grita por la luz, por la justicia, la verdad y la paz.
Nuestro paso por la tierra no es indiferente: ayudamos a otros a encontrar a Cristo o los separamos de Él; enriquecemos o empobrecemos. Es necesario tener vida interior, trato personal diario con Jesús, conocer cada vez con más su profundidad su doctrina, luchar con empeño por superar los propios defectos. No podemos dejar de ser luz ni fermento.
PARA LA VIDA
Érase una viga de hierro muy dura que había que romper. "Yo haré el trabajo", dijo el hacha. Y comenzó a golpear con fuerza el hierro y a cada golpe que daba su filo se iba dañando hasta que dejó de dar golpes. "Déjame a mí", dijo la sierra. Y comenzó a trabajar la superficie del hierro hasta que sus dientes se gastaron y se rompieron. Y se dio por vencida.
Ah, dijo el martillo, ya sabía yo que no lo iban a conseguir. Mírenme a mí. Y después del primer golpe, el martillo voló por el aire y la viga de hierro seguía igual. "¿Me dejan intentarlo?", preguntó tímidamente la llama de fuego. "Ni lo intentes", le contestaron el martillo, la sierra y el hacha. "¿Qué puedes hacer tú?" Pero la llama rodeó el hierro, lo abrazó, calentó y no la dejó hasta que se fundió bajo su influencia poderosa.
La persistencia de la pequeña llama rompió la viga de hierro. El Señor nos dice, hoy, que sus discípulos tienen que ser persistentes, eficaces para hacer la diferencia. Estar siempre presentes para dar sabor a nuestro entorno.