San Lucas 9, 51–62
“¡Te Seguiré a Donde Quiera que Vayas!”
Homilía PadreLuis Guillermo Robayo M.
- El Seguimiento: no puede ser fruto de sentimentalismos, sino fruto de una seducción y de una decisión firme, dispuestos a relativizar todos los valores. La tarea de anunciar el reino, tarea que asume todo cristiano por el mero hecho de serlo, no es fácil. El propio Jesús tuvo serias dificultades a la hora de realizar su misión, acabó con un grupo reducido y aún estos le abandonaron en los últimos momentos.
- La Respuesta: requiere de un corazón totalmente entregado a Él, indiviso en sus afectos, fiel no sólo por un día, por un mes, por un año o diez, sino por todos los días de su vida. Ante el llamado del Señor sólo una respuesta es la adecuada: «Dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5, 11). Como Cristo mismo, el convocado debe “endurecer el rostro”, responder con decisión y firmeza al llamado, asumir con coraje la misión que Dios le confía y llevarla a su pleno cumplimiento con el don total de su propia vida.
- El Camino: El Señor, que nos conoce a cada uno, sabe cuál es el momento apropiado. Comenzar el camino de la santidad es de muchos, pero perseverar en él hasta el fin, de pocos. No es una carrera de velocidad, sino de resistencia y perseverancia. Hay que luchar hasta el final para llegar a la meta. Hay que permanecer en la opción fundamental por la santidad. Dios recompensará con la 'vida eterna a los que por su perseverancia en las buenas obras buscan gloria, honor e inmortalidad'.
REFLEXIÓN
Las lecturas de este domingo tocan la médula del cristiano, y están dirigidas a la intimidad de nuestras convicciones: ¿por qué seguimos a Jesús y hasta dónde estamos dispuestos a ir con él?
Jesús es más provocador en la propuesta de su seguimiento. La escena bíblica nos presenta al Maestro de camino, en marcha, peregrino hacia la ciudad de Jerusalén, el sitio del evento pascual: pasión, muerte y resurrección. Y mientras va de camino le salen a su encuentro nuevos seguidores que el evangelista tipifica en tres modalidades distintas, sugiriendo tres tipos distintos de repuestas, todas con excusas.
El primer “estilo de discípulo” lo podríamos definir como el talante del cristiano que se siente fascinado por Jesús, por sus palabras y gestos. La iniciativa de seguir a Jesús la emprende la persona misma. No obstante, la motivación del impulso del seguimiento no es nítida, responde más bien a un deseo de autosatisfacción, de afirmación del propio yo. En cambio, la lógica del mensaje evangélico va en otra dirección: es la lógica de la entrega, de la gratuidad, de la generosidad y sobre todo de la seguridad puesta en Dios y no en las cosas.
El segundo: “cristiano de vida resuelta”. Cuando Jesús le lanza la invitación al seguimiento “este tal” se disculpa con el motivo de enterrar primero al padre, es decir, de cumplir su deber de hijo, pero, sobre todo, de beneficiarse de la herencia del mismo. Los hay quienes, muy cristianos, por cierto, comentan que uno de los días más felices de su vida es cuando reciben la herencia, y del padre quizá poco se acuerdan. El seguimiento de Jesús supone el desprendimiento de todo aquello que ata el corazón del hombre, le quita la paz y lo hace menos libre.
El tercero. “El creyente con tortícolis”, que camina hacia delante, pero con la mirada vuelta atrás, con el peligro que ello supone. Es el estilo de cristiano adulto que mendiga el seno materno, es decir, seguridad, protección, cariño, pero de forma infantil. El seguimiento de Jesús supone progresividad en la fe, un fiarse responsablemente de Dios.
PARA LA VIDA
Un hombre iba sentado en mí mismo vagón en el tren. En cada estación se ponía de pie y miraba fuera de la ventanilla con ansiedad. Luego se sentaba y suspiraba refunfuñando en voz alta el nombre de la estación que acababa de pasar. Después de cuatro o cinco estaciones, el vecino de asiento le preguntó preocupado: - ¿Le pasa algo? Me parece tan tremendamente angustiado. El hombre lo miró y respondió: . Ciertamente habría debido cambiar de tren hace ya un buen rato, porque voy en la dirección contraria…Pero aquí se está tan a gusto y tan calentito.
Nos pasa lo que al del cuento, que incluso no nos damos cuenta de que amos en la dirección equivocada, que estamos viviendo los valores contrarios al evangelio, pero no queremos cambiar de tren, preferimos este cristianismo cómodo y fácil, y estamos tan a gusto y calentitos así.
Francisco Pizarro, de camino al Perú, se vio ante un peligro inminente, y su tripulación se rebeló y exigió la vuelta. Pero el general se puso en medio de sus hombres, trazó una línea en tierra y les pidió una opción tajante: o seguir con él hasta la victoria, o echar marcha atrás como cobardes. Los pocos valientes que le siguieron fueron los conquistadores del imperio Inca. Hernán Cortés hizo otro tanto con sus tropas: mandó quemar las naves para que nadie pudiera huir.