San Lucas 10,1-12. 17-20
“La Paz del Misionero es la Paz de Dios”
Homilía PadreLuis Guillermo Robayo M.
- El Envío: a pesar de ser obra de Dios, ha de ofrecer serias dificultades a los misioneros. La obra se presenta difícil. No siempre han de ser acogidos. No todos les han de dar la bienvenida. Indiferencia, animosidad, persecución, odio. En las palabras de Cristo no hay lugar para triunfalismos. Hablará de "tomar la cruz" a este respecto. Hay que estar preparados. Su misión es algo de extrema grandeza.
- El Misionero: lleva consigo "la paz". La paz del misionero es la Paz de Dios, y su "evangelio", presencia del reino de los cielos. El misionero no va solo. Dios va con El. Cristo lo acompaña. Su voz es la voz de Dios, y sus manos van cargadas de maravillas. Los mueve y dirige el Espíritu Santo. Han de sanar enfermos; han de lanzar demonios; han de realizar "signos". Sus obras han de gritar: ¡El Reino de Dios está cerca! La palabra de Dios es una espada de doble filo. Abre los corazones y deposita en ellos la paz.
- La Oración: la gravedad y urgencia del Evangelio lo exigen. Tenemos que mover el ánimo de los fieles en esa dirección. Hay que fomentar también las vocaciones. En estos tiempos la Iglesia se resiste de falta de evangelizadores. Oremos por ello. La Iglesia entera, los fieles cristianos, deben salir al paso de las necesidades de los enviados. Son los mensajeros de la Paz. Son los que anuncian el Reino. Tienen derecho a ser atendidos. Por otra parte, no estará demás recordar que sus pretensiones no deben ser exageradas. Es el anunciador de la vida. ¡Dios lo ha inscrito en el Libro de la Vida! ¿Nos parece poco? No es ajeno al pensamiento cristiano el consuelo que le espera.
REFLEXIÓN
Este Domingo la Palabra de Dios nos invita a transformarnos en mensajeros de Jesús y constructores de su paz El Señor quiere que nos preguntemos nosotros también, ¿para qué somos llamados y para qué seguimos a Cristo, qué misión nos encomienda? Intentemos descubrir hoy, nuestro para qué.
Cuando escuchamos hablar de misioneros o evangelizadores, inconscientemente pensamos en ciertas personas dedicadas a esa función: pensamos en sacerdotes, religiosos, o tal vez catequistas o dirigentes de algún grupo.
Y esto es un error. Esa actitud es la que tenemos que cambiar, porque en esos 72 que el Señor envió delante suyo, estamos cada uno de nosotros, con nuestros talentos y particularidades, enviado a anunciar la Buena Noticia.
Y es un serio compromiso el que nos da Jesús, porque anunciar la Buena Noticia, necesita en forma imprescindible del testimonio de vida , además de nuestra palabra. Nosotros somos responsables de actualizar el mensaje de Cristo en el mundo, primero con nuestra vida, y después con nuestra palabra.
El Señor nos dice que nos envía como ovejas en medio de lobos. Los caminos de Dios no son los caminos de los hombres.
El mundo y la sociedad actual ofrecen un estilo, una manera de ser y ciertos criterios que nada tienen que ver con la escala de valores del cristiano. Por eso Jesús nos dice que nos envía como ovejas en medio de lobos. Y nos lo dice, porque las ovejas en medio de los lobos, corren el peligro de ser comidas por ellos. El mundo es el lobo que nos comerá si nos enreda con sus equívocos, si nos hace creer que la felicidad está en el poder y en el dinero y no en el amor y la libertad.
PARA LA VIDA
Una vez visitó un cristiano a un maestro Zen y le dijo: “Permíteme que te lea algunas frases del Sermón de la Montaña”. “Las escucharé con sumo gusto”, replicoel maestro. El cristiano leyó unas cuantas frases y se le quedó mirando. El maestro sonrió y dijo: “Quienquiera que fuese el que dijo esas palabras, ciertamente era un hombre iluminado”. Esto agradó al cristiano, que siguió leyendo.
El maestro le interrumpió y le dijo. “Al hombre que pronunció esas palabras podría realmente llamársele Salvador de la humanidad”. El cristiano estaba entusiasmado y siguió leyendo hasta el final. Entonces dijo el maestro: “Ese sermón fue pronunciado por un hombre que irradiaba divinidad”. La alegría del cristiano no tenía límites.
Se marchó decidido a regresar otra vez y convencer al maestro Zen de que debería hacerse cristiano. De regreso a casa, se encontró con Cristo, que estaba sentado junto al camino. “¡Señor”, le dijo entusiasmado, “he conseguido que aquel hombre confiese que eres divino”! Jesús se sonrió y dijo: “Y tú has conseguido que se hinche tu “ego” cristiano”.
El misionero ha de caminar ligero, sin nada que pueda comprometer el claro, directo, robusto anuncio del Reino, como cosa única de valor único. Nada debe entretener ni preocupar al que anuncia la Paz. La encomienda es seria y la entrega total. Puede que nos falte algo de convencimiento. Los mensajeros de la Paz. Son los que anuncian el Reino.