1° Domingo de Adviento,1° de Diciembre de 2019, Ciclo A

San Mateo 24, 37-44


 "Vigilen Porque No Saben El Día En Que Su Señor Vendrá"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- El Adviento: nos recuerda también que el Señor vino, viene y seguirá viniendo. Es la maravilla de la gracia increada: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo ponen su casa y establecen su morada en el alma del justo. Abramos el corazón al Señor que viene a todos y a cada uno de nosotros. Él llama a la puerta de nuestro corazón. Más aún, nunca se cansa de llamar
2.- El Llamado: Dios está siempre a nuestra puerta llamando, sin forzar nunca, pero deseando que oigamos su voz y le abramos para entrar y compartir la mesa con nosotros (Ap 3,20). Pero abrirnos de verdad a Dios nos da miedo, parece que nos perdemos y nos entra vértigo, quedamos apegados a nuestros caminos trillados y seguros. Para María y José discernir la voluntad de Dios y aceptarla supuso un cambio radical e inesperado en sus vidas.
3.- Estar en Vela: si supieras cuándo va a venir el ladrón estarías en vela para no dejarte robar. Pues así debemos estar preparados, porque no sabéis cuándo vendrá la muerte. No es prudente dejar el problema de la conversión para última hora, porque no sabemos si tendremos tiempo, o si tendremos la conciencia despierta.
4.- Estar Vigilantes:  la misma certeza que tiene el vigía nocturno de que el día llegará, la tiene el cristiano de que el Señor volverá y no tardará. Cada momento que pasa nos acerca más al encuentro con "el sol de justicia", con la luz indefectible", con "el día que no conoce ocaso".
5.- Estar Atentos:  hay que despertarse del sueño y ver que el día está por despuntar. Así como al amanecer todo se despierta y se llena de nueva esperanza, así la vida del cristiano es un continuo renacer a una nueva vida en la luz. 

REFLEXIÓN


Estad en vela para estar preparados. La liturgia de este domingo presenta una llamada vehemente a la vigilancia. El cristiano no debe instalarse en la comodidad, en la pasividad, en la negligencia, en la rutina, sino que debe caminar, siempre atento y vigilante, preparado para acoger al Señor que viene y para responder a sus desafíos.
La primera lectura invita a los hombres, a todos los hombres, de todas las razas y naciones, a dirigirse a la montaña donde habita el Señor. Del encuentro con el Señor y con su Palabra surgirá un mundo de concordia, de armonía, de paz sin fin.
La segunda lectura recomienda a los creyentes que despierten del letargo en el que están inmersos, en el mundo de las tinieblas, del egoísmo, de la injusticia, de la mentira, del pecado. Pide revestirnos de luz, de la vida de Dios, que Cristo ofreció a todos, y que caminemos con alegría y esperanza, al encuentro de Jesús, al encuentro de la salvación.
El Evangelio apela a la vigilancia. El creyente ideal no vive inmerso en los placeres que alienan, ni se deja sofocar por el trabajo excesivo, ni se adormece en una pasividad que le roba las oportunidades; el creyente ideal vive, cada minuto que pasa, atento y vigilante, acogiendo al Señor que viene, respondiendo a sus desafíos, cumpliendo su papel, empeñado en la construcción del “Reino”.
Hay que despertarse del sueño y ver que el día está por despuntar. Así como al amanecer todo se despierta y se llena de nueva esperanza, así la vida del cristiano es un continuo renacer a una nueva vida en la luz. 

PARA LA VIDA 

   Cuenta una leyenda oriental que un hombre buscaba en el desierto agua para saciar su sed. Después de mucho caminar, muy fatigado, con la boca reseca, el peregrino descubrió por fin las aguas de un arroyo. Pero, al arrojarse sobre la corriente, su boca encontró sólo arena abrasadora. De nuevo comenzó a caminar, leguas y leguas; su sed y su cansancio iban en aumento. 

   Por fin, escuchó el rumor del agua. Se divisaba en la lejanía un río caudaloso y ancho; sus manos tomaron el líquido tan ansiado, pero de nuevo era sólo arena. Siguió caminando, con la lengua fuera, ansioso y sediento. Hasta que de nuevo se oyó rumor de aguas de una fuente. Su chorro cristalino formaba un gran charco. Pero sólo la decepción respondió a la sed del caminante. 

   Y con renovado afán se lanzó de nuevo al desierto. Atravesando montes y valles, sólo encontró soledad y aridez. No había agua, ni rastro de ella. Un día le sorprendió un viento de humedad; allá, a lo lejos, pareció que el mar inmenso brillaba ante sus ojos. El agua era amarga, pero era agua. Al hundir su cabeza ansiosa entre las olas, no hizo sino sumergirse en un fango que no estaba originado por el agua. 

   El peregrino entonces se detuvo; se acordó de su madre, que tanto sufriría por él cuando supiera de su muerte. Las lágrimas vinieron a sus ojos, resbalaron por sus mejillas y cayeron en sus manos. Entonces, asombrado, se dio cuenta de que aquellas lágrimas habían saciado de verdad su sed, y el peregrino, tomando fuerzas, prosiguió su camino y sintió su alma llena de luz. 

   Fue un gran descubrimiento saber que el agua que buscaba no estaba en el desierto, sino dentro de su propio corazón."El adviento, se asoma en nuestro corazón".