1.-Emmanuel: El nacimiento de un niño, Dios-con-nosotros. Ese será el signo de la protección divina. El nacimiento del Mesías es garantía del auxilio divino. El Mesías, el hijo de Dios nace de una madre y es la estirpe de David: Carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos. No se avergonzará de llamarnos hermanos.
2.-La Fe: da gloria a Dios. Y no porque Dios reciba algo con ello, sino porque con la fe el hombre se abre a la gloria de Dios que se derrama en él. Así participa el hombre de la glorificación realizada en Cristo. A ello somos llamados. Merece la pena anunciar el Evangelio de Dios. Es una llamada de amor de Dios, una llamada a favor del pueblo santo, una llamada a tener intimidad con Dios y participar de su ser: gracia y paz en Cristo.
3.-El Anuncio: es sorprendente; Dios-con-nosotros. En verdad y para siempre: Dios con nosotros como poderoso Salvador. es el anuncio glorioso. Aquel de quien hablan las escrituras, y aquel que les ha dado desbordante cumplimiento: Jesús de Nazaret, Mesías de Dios. Su presencia conmueve cielos y tierra: es concebido por obra del Espíritu Santo y es Hijo de Dios, Salvador. El «Dios-con-nosotros» inicia y termina un «nosotros-con-Dios».
4-María: realmente virgen y realmente madre; Virgen en fecundidad de madre y madre en transparencia de virgen. virginidad en profundidad de esposa y una condición de esposa en calidad de virgen y, respecto a nosotros, una madre amantísima para todas las generaciones.
5.-José: esposo y virgen, con el encargo de padre para el precioso hijo de su esposa María, Madre de Dios. Ambos se ven envueltos de forma peculiar en la sombra del Dios misterioso y santo que se acerca al hombre para salvarlo. Son ya, de alguna forma, misterio en el misterio del Emmanuel, «Dios-con-nosotros».
REFLEXIÓN
La liturgia de este Domingo nos dice, fundamentalmente que Jesús es el “Dios con nosotros”, que viene al encuentro de los hombres para ofrecerles una propuesta de salvación y de vida nueva.
En la primera lectura el profeta Isaías anuncia que Yahvé es el Dios que no abandona a su Pueblo y que quiere recorrer de la mano con él el camino de la historia. Es en él (y no en las siempre falibles seguridades humanas) donde debemos poner nuestra esperanza.
En la segunda lectura se sugiere que, del encuentro con Jesús, debe surgir el testimonio: habiendo recibido la Buena Noticia de salvación, los seguidores de Jesús deben llevarla a todos los hombres y hacer que sea una realidad liberadora para todos los tiempos y lugares
El Evangelio presenta a Jesús como la encarnación viva de ese “Dios-connosotros”, que viene al encuentro de los hombres para presentarles una propuesta de salvación. Contiene, naturalmente, una invitación implícita a acoger con los brazos abiertos la propuesta que trae y a dejarse transformar por ella.
Esta gozosa realidad exige, por nuestra parte, corresponder con un amor total, aunque limitado, al amor total e infinito de Dios hacia todos y hacia cada uno en particular. En este sentido, hemos de intentar vivir la Navidad con la intensidad y el amor que exigen el hecho de que Dios, nada más y nada menos, se haya hecho de nuestra raza, un Niño, como nosotros, pequeño, necesitado de todo, sin importarle nada nacer en un establo, lugar propio para animales y no para personas.
PARA LA VIDA
Se dice que, cuando los pastores se alejaron y la quietud volvió, el niño del pesebre levantó la cabeza y miró la puerta entreabierta. Un muchacho joven, tímido, estaba allí, temblando y temeroso. -Acércate -le dijo Jesús- ¿Por qué tienes miedo? -No me atrevo… no tengo nada para darte. -Me gustaría que me des un regalo -dijo el recién nacido. El pequeño intruso enrojeció de vergüenza y balbuceó: -De verdad no tengo nada… nada es mío; si tuviera algo, algo mío, te lo daría… mira.
Y buscando en los bolsillos de su pantalón andrajoso, sacó una hoja herrumbrada que había encontrado. -Es todo lo que tengo, si la quieres, te la doy… -No -contestó Jesús- guárdala. Querría que me dieras otra cosa. Me gustaría que me hicieras tres regalos. -Con gusto -dijo el muchacho- pero ¿qué? -Ofréceme el último de tus dibujos. El chico, cohibido, enrojeció. Se acercó al pesebre y, para impedir que María y José lo oyeran, murmuró algo al oído del Niño Jesús: -No puedo… mi dibujo es muy feo ¡nadie quiere mirarlo…! -Justamente, por eso yo lo quiero… siempre tienes que ofrecerme lo que los demás rechazan y lo que no les gusta de ti. Además, quisiera que me dieras tu plato. -Pero… ¡lo rompí esta mañana! - tartamudeó el chico. -Por eso lo quiero… Debes ofrecerme siempre lo que está roto en tu vida, yo quiero arreglarlo…
Y ahora - insistió Jesús- repíteme la respuesta que le diste a tus padres cuando te preguntaron cómo habías roto el plato. El rostro del muchacho se ensombreció; bajó la cabeza avergonzada y, tristemente, murmuró: -Les mentí… Dije que el plato se me cayó de las manos, pero no era verdad… ¡Estaba enfadado y lo tiré con rabia! -Eso es lo que quería oírte decir -dijo Jesús- Dame siempre lo que hay de malo en tu vida, tus mentiras, tus calumnias, tus cobardías y tus crueldades. Yo voy a descargarte de ellas… No tienes necesidad de guardarlas… Quiero que seas feliz y siempre voy a perdonarte tus faltas. A partir de hoy me gustaría que vinieras todos los días a mi casa y así será siempre Navidad en tu vida, porque Navidad no es otra cosa que dejar que mi amor y mi perdón renueven tu corazón.