31° Domingo del Tiempo Ordinario, 1 de Noviembre 2020, Ciclo A

 San Mateo 5, 1-12a

"Alégrense y Regocíjense, Porque Tendrán   una Gran Recompensa en el Cielo"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 

1.-La Santidad: es una llamada universal, a todos los hombres y mujeres. Puesto que Cristo ha dado su vida por todos en la cruz, la llamada a vivir este amor de Dios es universal. Todos pueden llegar a la santidad por medio de Cristo. Pero todos gritan al unísono con voz potente que la salvación viene de Dios, por tanto, todos reconocen de forma unánime a Cristo como salvador y redentor de todo el género humano. La santidad, nos muestra el Evangelio de hoy, consiste en definitiva en vivir como vivió el mismo Cristo, llegando a dar la vida por los demás.

2.-La Alegría: todos deseamos vivir felices. Nos esforzamos arduamente durante toda nuestra vida para alcanzar la felicidad. Pero la felicidad pareciera como el rayito del sol del invierno que aparece y desaparece en el tiempo menos pensado. Muchos de nosotros creemos que para ser feliz se necesita alcanzar cierto nivel material, social y ambiental. En cierta forma esas condiciones no son del todo equivocadas. Lo cierto es que lo material y lo ambiental pueden ser condiciones secundarias, pero no la razón céntrica de la felicidad. La base de la verdadera felicidad está en el corazón. Jesús señaló el auténtico camino que conduce a la felicidad.

3.-El Caminosi optamos por el camino fácil nunca llegamos a ser de verdad cristianos comprometidos con el mensaje de Jesús. Nos quedamos en el camino, sin decidirnos a optar radicalmente por El. Las Bienaventuranzas nos recuerdan que somos ciudadanos del cielo. Para llegar a la cima tenemos que escoger el camino directo, el mismo que eligió Jesús. Se trata de asumir la opción por el Reino, a pesar de que esto conlleve dureza y esfuerzo. La recompensa es única y da sentido al esfuerzo: la posesión del Reino de los cielos, heredar la tierra, ver a Dios, ser llamado hijo de Dios.

REFLEXIÓN 

   Hoy, en este día de Todos los Santos, celebramos con la Iglesia entera la fiesta del gozo y de la esperanza cristiana, esa esperanza de la que ya participan por la misericordia de Dios los santos, todos aquellos hermanos nuestros que han sido fieles al Señor durante su peregrinación por este mundo. ahora somos ya hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es".

   Nuestro destino es 'ver' a Dios que significa: entrar en el fondo inagotable de su misterio, participar de su misma vida inmortal, ser admitidos a su divina presencia en calidad de hijos.

   La visión de Dios es la meta de nuestra fe y el fin de nuestra esperanza. Entonces veremos con los ojos de Dios, seremos felices con la felicidad de Dios, viviremos por siempre en la luz y el gozo de la Trinidad eterna. Entonces "seremos semejantes a él, porque el veremos tal cual es". Ser semejantes a Dios: este es el final de nuestro camino, para eso fuimos creados, para vivir en Dios, para vivir de Dios por toda la eternidad. Esta es la vida de los Santos, la vida que nos aguarda al término de nuestra peregrinación por este mundo. "Ahora somos ya hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos". 

   En medio de un mundo sin apenas esperanza, marcado por el derrotismo y la resignación, la fiesta de Todos los Santos nos recuerda que el cristianismo es ante todo una gran esperanza: la esperanza de vivir para siempre junto a Dios en compañía de los santos, si es que en esta vida somos fieles al Evangelio de Jesús, expresado resumidamente en las bienaventuranzas, que son la Carta Magna del Reino de Dios, la Ley, con mayúscula, de todo cristiano que aspire a entrar un día, con todos los Santos, en la Patria del cielo.

PARA LA VIDA 

   Eran dos preguntas, que un niño, lanzaba a su padre cuando el pequeño contemplaba atónito y expectante, el paso de miles y miles de jóvenes que participan en un gran maratón. El padre, cariñosamente lo cogió en brazos, lo puso en sus hombros y le contestó: “vienen desde muchos kilómetros atrás; y, mira hijo mío, van todos hacia aquel lugar donde les espera un premio” El niño prosiguió: ¿y quiénes son papá? El padre, ya sin respuesta, se limitó a musitar: “son gente anónima hijo mío. Sólo en su casa los conocen. 

   Nosotros hemos venido para aplaudirles y, si podemos, iremos poco a poco para verlos en la meta” Esta parábola refleja perfectamente la Solemnidad de Todos los Santos. Una muchedumbre inmensa, de hermanos nuestros, que han desfilado por delante de nosotros sin otro objetivo que el llegar hasta el final de sus vidas con criterio de fe. Unos, oficialmente, fueron subidos al pódium de la santidad. Otros, llegando más que de sobra hasta el colofón del itinerario, lo hicieron tan calladamente, tan humildemente que fueron obsequiados por el mismo Dios.

   La festividad de todos los santos tiene aire de deportividad. Son hombres y mujeres que no se han quedado quietos. Que han ofrecido su cara por Cristo. Padres y madres, jóvenes y niños que, sin saberlo nosotros, hicieron de su vida un canto a Dios y un seguimiento constante a Jesús. ¿Escollos, zancadillas, traiciones? Ya lo creo que las tuvieron. ¡Corrieron! ¡Ya lo creo que lo hicieron! Fueron apoyándose y aleccionándos en los 8 mojones de las bienaventuranzas.