San Mateo 25, 14 - 30
1.- Las Virtudes de la Mujer: la mujer, de espíritu fuerte, y laboriosa, que sabe ganarse la vida con su trabajo, representa un ideal válido para nuestra época. Cuando corremos el riesgo de convertir a la mujer en una señal de prestigio del varón y en un objeto de placer, vale la pena subrayar con energía que lo más hermoso de la mujer son las virtudes que tiene y que no siempre son reconocidas por nuestra querida Iglesia.
2.-La Fraternidad: es una gracia de Dios comer juntos, sentarse a la mesa en compañía de hermanos, tomar en unidad el fruto común de nuestro trabajo, sentirse en familia y charlar y comentar y comer y beber todos juntos en la alegre intimidad del grupo unido. Comer juntos es bendición de Dios. El comedor común nos une quizá tanto como la capilla. Somos cuerpo y alma, y si aprendemos a rezar juntos y a comer juntos, tendremos ya medio camino andado hacia el necesario arte de vivir juntos.
3.-La Vida: es imprevisible y no se deja controlar por ninguna máquina programadora. En una palabra, los cristianos, aun alegrándose de las victorias humanas sobre sus múltiples alienaciones, nunca juzgarán definitiva una época histórica, sino que siempre adoptarán frente a ella una actitud crítica y de espera. Hay que vivir la vida de forma positiva, como dice Martin Seligman, valorando el presente, sin añorar demasiado el pasado y con la ilusión de conseguir metas que están a nuestro alcance.
4.-Los Talentos: El Señor no da a todos las mismas cosas y de la misma manera: nos conoce personalmente y nos confía aquello que es justo para nosotros y que está a nuestro alcance. Todos tenemos algún talento con el cual servir a la comunidad. Dios coloca en todos nosotros la misma inmensa confianza ¡No lo defraudemos! ¡No nos dejemos engañar por el miedo, sino intercambiemos confianza con confianza! Pidámosle ayudarnos a ser “servidores buenos y fieles”, para participar “de la alegría de nuestro Señor”.
REFLEXIÓN
La liturgia del Domingo 33 del tiempo Ordinario recuerda a cada cristiano la grave responsabilidad de ser, en el tiempo histórico en el que vivimos, testimonio consciente, activo y comprometido de ese proyecto de salvación/liberación que Dios Padre tiene para los hombres.
La primera lectura presenta, en la figura de la mujer virtuosa, algunos valores que aseguran la felicidad, el éxito, la realización. El “sabio” autor del texto propone, sobre todo, los valores del trabajo, del compromiso, de la generosidad, del “temor de Dios”. No son solo los valores de la mujer virtuosa: son los valores de los que debe revestirse el discípulo que quiere vivir en fidelidad a los proyectos de Dios y corresponder a la misión que Dios le ha confiado.
En la segunda lectura Pablo deja claro que lo importante no es saber cuándo vendrá el Señor por segunda vez; sino estar atentos y vigilantes, viviendo de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, dando testimonio de sus proyectos, empeñándose activamente en la construcción del Reino.
El Evangelio nos presenta dos ejemplos opuestos de cómo esperar y preparar la última venida de Jesús. Elogia al discípulo que se empeña en hacer fructificar los “bienes” que Dios le confía; y condena al discípulo que se instala en el miedo y en la apatía y no pone a fructificar los “bienes” que Dios le entrega (de esa forma, está desperdiciando los dones de Dios y privando a los hermanos, a la Iglesia y al mundo de los frutos a los que tienen derecho).
El gran talento cristiano es la fe que hay que sacar al aire sin temor a que se oxide o desdibuje. No se premia al que es incapaz de arriesgarse. Riesgo supuso la predicación de los apóstoles: un hombre que murió ajusticiado; escándalo o necedad. El talento es la vida: el que se desentiende de la vida, entierra su talento. ¿Y el que se arriesga y pierde? Para Jesús todo el que arriesga, gana. Lo importante no son los resultados.
PARA LA VIDA
Había una vez un hombre que poseía mucho oro pero que era incapaz de disfrutarlo. Como la comida costaba dinero, comía muy poco. Los mendigos nada tenían que hacer con él…pues ahorraba, decía, para el día del Juicio Final. Día y noche, su mente estaba dominada por pensamientos de oro y plata. ¿Dónde guardaba todas sus riquezas? La respuesta a esta pregunta era lo que su hijo quería saber, así que éste se dedicó a vigilar atentamente a su padre y a seguirlo en secreto.
Al fin descubrió el lugar. Estaba escondido bajo tierra. En menos de lo que canta un gallo, el hijo desenterró los cofres, sacó el oro y los rellenó con piedras. Y se fue a divertir con sus amigos. El dinero llovía de sus manos y, claro está, no duró mucho en los bazares y en las cantinas del pueblo. Pero cuando el viejo avaro descubrió el robo, aullaba de gritos de dolor. Se pasó la noche gimiendo y llorando. ¡El hijo, en cambio, estuvo despierto todo el tiempo tocando la flauta y el arpa! Al día siguiente, el hijo fue a ver a su angustiado padre: - ¡Oh, padre! – dijo riéndose - ¡El oro es para disfrutarlo! Si todo lo que sabes hacer con él, es enterrarlo, ¡las piedras te servirán lo mismo!
Y es que el oro, el tesoro, el regalo que es la gracia de Dios no es para enterrarla, sino para disfrutarla y entregarla. Pongamos, pues, a trabajar todos esos talentos que Dios nos ha dado, todas las semillas de bien y de bondad que Él ha puesto en nuestros corazones, todo esa fe que vale más que el oro y que debemos dar a otros con esperanza y con fiesta.