San Lucas 17, 5 - 10
Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.
1.- La Fe Cristiana: es ante todo una entrega personal a Dios, en respuesta a la persona y a la palabra viva de Cristo Jesús, el Hijo de Dios, que se hace hombre para hacer a los hombres hijos de Dios. La vida para los creyentes, como para San Pablo, no tiene sentido si no está centrada realmente en Cristo y marcada siempre por su evangelio. La fe es un don de Dios, es algo que se pide y se agradece. No es la barita mágica que nos resuelve los problemas. La fe sirve para que vivamos las mismas cosas que viven las demás personas pero de manera diferente. En medio de los aprietos y dificultades comunes con nuestros hermanos, los cristianos tenemos la confianza en el Señor. La mirada fija en Él. Tenemos la seguridad de su presencia, que nos acompaña y sostiene. La fe no nos dispensa de la dura tarea de hombres y mujeres. No es una escapatoria de las responsabilidades de la vida. No nos ahorra el camino. Pero da sentido al caminar, y, hasta lo imposible deja de serlo, si se tiene fe.
2.- El Justo: vive por la fe. La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para llegar a la fe y permanecer en ella es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del alma y concede a todos facilidad para aceptar y creer la verdad.
3.-Los Creyentes: por la gracia divina, guardaron intacto el depósito de la fe, y confesaron a Cristo entre los hombres y entre los creyentes por la palabra y la obra. Solo así la verdad evangélica es proclamada eficazmente y penetra en el corazón de los hombres para convencerlos, transformarlos y vivificarlos. La fe actúa de este modo en toda su plenitud, guardando su luminosa simplicidad.
4.- La Salvación: el don fundamental de la salvación es la fe, pero entendida rectamente a la luz de la Palabra de Dios, es decir, como una fuerza interior que proviene de lo alto y que lo transforma todo, con tal que el hombre sepa acogerla con humilde disponibilidad.
5.- La Humildad: la primera virtud del cristiano, como tantas veces nos dice san Agustín, es la humildad. Es verdad que somos hijos de Dios, pero no debemos olvidar que también somos sus siervos. La misma Virgen María se declara esclava del Señor, en el mismo momento en que el ángel la llama bienaventurada y dichosa porque ha sido elegida para ser madre del salvador. Es verdad, y no debemos olvidarlo nunca, que también sabemos que Jesús quiere que nos comportemos siempre como hijos de Dios, y lo más propio de un hijo es el amor. Sí, en nuestras relaciones con Dios tenemos que saber unir la humildad con el amor. El hijo sabe que debe amar al padre, pero también sabe que debe obedecerle.
REFLEXIÓN
En la Palabra de Dios que hoy se nos propone, se entrecruzan varios temas (la fe, la salvación, la radicalidad del “camino del Reino”, etc.), pero sobresale la reflexión sobre la actitud concreta que el ser humano debe asumir frente a Dios. Las lecturas nos invitan a reconocer, con humildad, nuestra pequeñez y finitud, a comprometernos por el “Reino” sin cálculos ni exigencias, a acoger con gratitud los dones de Dios y a entregarnos confiadamente en sus manos.
En la primera lectura, el profeta Habacuc interpela a Dios, le insta a que intervenga en el mundo para poner fin a la violencia, a la injusticia, al pecado. Dios, como respuesta, manifiesta su intención de actuar en el mundo, en el sentido de vencer a la muerte y a la opresión; pero da a entender que sólo lo hará cuando sea el momento oportuno, de acuerdo con su proyecto; al hombre le queda confiar y esperar pacientemente el “tiempo de Dios”.
La segunda lectura invita a los discípulos a renovar cada día su compromiso con Jesucristo y con el “Reino”. De forma especial, el autor exhorta a los animadores cristianos para que conduzcan con fortaleza, con equilibrio y con amor a las comunidades que les han sido confiadas y a que defiendan siempre la verdad del Evangelio.
En el Evangelio se invita a los discípulos a adherirse, con coraje y radicalidad, a ese proyecto de vida que, en Jesús, Dios vino a ofrecer al hombre. A esa adhesión se le llama “fe”; y de ella depende la instauración del “Reino” en el mundo. Los discípulos, comprometidos en la construcción del “Reino” debemos, sin embargo, tener conciencia de que no actuamos por nosotros mismos; somos, únicamente, instrumentos a través de los cuales Dios realiza la salvación.
Nos queda cumplir nuestro papel con humildad y gratuidad, como “unos pobres siervos, (que) hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Para un cristiano el “no se puede” se puede convertir en “todo es posible”; el “yo ya no creo” ha de mudar a un “creo y me fío totalmente del Señor”. Y es que, con la fe, todo es posible. Entre otras cosas porque, con Dios, todo es alcanzable y superable. Basta con que tengamos fe, como el grano de mostaza. ¡Y a veces nuestra fe es tan invisible!
PARA LA VIDA
El santo Joneyed acudió a la Meca vestido de mendigo. Estando allí, vio cómo un barbero afeitaba a un hombre rico. Al pedirle el barbero que le afeitara a él, el barbero dejó inmediatamente al hombre rico y se puso a afeitar a Joneyed. Y al acabar no quiso cobrarle. En realidad, lo que hizo fue además a Joneyed una limosna. Joneyed quedó tan impresionado que decidió dar al barbero todas las limosnas que pudiera recoger aquel día. Sucedió que un acaudalado peregrino se acercó a Joneyed y le entregó una bolsa de oro. Joneyed se fue aquella tarde a la barbería y ofreció el oro al barbero. Pero el barbero le gritó: - “¿Qué clase de santo eres? ¿No te da vergüenza pretender pagar un servicio hecho con amor?
La fe, según el Evangelio, es un don, es un regalo de Dios, totalmente gratuito, inmerecido; junto a esto, es una experiencia parecida al amor, una experiencia de amistad que transforma la vida y trastoca la jerarquía de valores en la que apoyamos nuestra vida. Y esto que parece tan sencillo de entender, no es tan fácil de vivir, sobre todo en esta sociedad nuestra donde todo tiene un precio y donde las cosas, las relaciones muchas veces se compran y se venden.
Aunque es verdad que mucha gente busca hoy más que nunca esa sensación de ser amado gratuitamente, quizá porque eso es precisamente lo que no siente ni vive. Terrible sociedad que nos hace desconfiar de los demás, de los amigos, incluso de la familia, que nos hace creer que todo se vive por interés. Y así cómo vamos a entender y vivir la fe desde una experiencia de gratuidad y de amor.