29° Domingo del Tiempo Ordinario, 16 de Octubre 2022, Ciclo C

 San Lucas 18, 1 - 8

Dios Hará Justicia a sus Elegidos que Claman a Él

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.-: La Oración: la oración del pastor sostiene a la grey. la oración del pueblo sostiene a quien tiene la misión de guiarlo. Cuando la fe se colma de amor a Dios, reconocido como Padre bueno y justo, la oración se hace perseverante, insistente; se convierte en un gemido del espíritu, un grito del alma que penetra en el corazón de Dios. De este modo, la oración se convierte en la mayor fuerza de transformación del mundo.

2.-: La Fe: es la confianza total en Dios, y esa confianza es la que nos falta cuando oramos, por eso nos cansamos pronto de pedirle a Dios. Porque nosotros creemos saber cuándo han de suceder las cosas, pero la fe nos hace ver que es Dios quien lleva nuestra vida, que es Él quien hace las cosas cuando las ha de hacer. Que Él nunca nos deja solos, aunque a veces nos lo parezca.

3.-: La Palabra: La Sagrada Escritura puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación. Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud: así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.» Hacer de la Palabra de Dios -tal como la tenemos en la Biblia- un criterio rector de vida, un modo sabio de afrontar nuestra existencia, una permanente fuente de inspiración para el trato con nuestros hermanos. En la Palabra de Dios hemos de encontrar los cristianos nuestra regla, nuestro sistema de valores, nuestro modo de afrontar la vida. 

4.-: La Misión: todos los cristianos, por nuestro bautismo, somos enviados por Cristo a ser misioneros, a llevar la Palabra a todos, como Pablo le recuerda hoy a Timoteo. Por esto, la Iglesia recuerda hoy de modo especial a los misioneros, cuya misión es precisamente evangelizar, llevar la palabra del Evangelio a todos los pueblos. Y nos recuerda a nosotros la misión que tenemos por nuestro bautismo y por nuestra fe. Pero también hemos de concienciarnos de que cada uno de nosotros estamos llamados para la misión. La fe que Dios quiere encontrar en la tierra es un tesoro que nosotros hemos recibido por el bautismo. Por el mismo bautismo estamos llamados a propagar esa misma fe allá donde nos encontremos.

5.-: La Justicia: “Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá, porque todo el que pide, recibe, el que busca halla, y al que llama, se le abre”(Mateo 6,7). “¿No hará justicia Dios a sus elegidos, que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas?”. (Lucas 18,7). “Os digo que les hará justicia sin tardar” (Lucas 18,8). “Si el afligido invoca al Señor, El lo escucha”. 

REFLEXIÓN

   La Palabra que la liturgia de hoy nos presenta nos invita a mantener con Dios una relación estrecha, una comunión íntima, un diálogo insistente: sólo de esa forma será posible al creyente aceptar los planes de Dios, comprender sus silencios, respetar sus ritmos, creer en su amor.

   La primera lectura da a entender que Dios interviene en el mundo y salva a su Pueblo sirviéndose, muchas veces, de la acción de hombres; pero, para que el hombre pueda ganar la dura batalla de la existencia, tiene que contar con la ayuda y la fuerza de Dios. Ahora bien, esa ayuda y esa fuerza brotan de la oración, del diálogo con Dios.

   La segunda lectura, sin referirse directamente al tema de la relación del creyente con Dios, presenta otra fuente privilegiada para el encuentro entre Dios y el hombre: la Sagrada Escritura. Siendo la Palabra con la que Dios indica a los hombres el camino que lleva a la vida plena, ella debe tener un lugar preponderante en la vida cristiana.

   El Evangelio sugiere que Dios no está ausente, ni se queda insensible ante el sufrimiento de su Pueblo. Los creyentes deben descubrir que Dios les ama y que tiene un proyecto de salvación para todos los hombres; y ese descubrimiento sólo puede realizarse a través de la oración, de un diálogo continuo y perseverante con Dios.

   La acción misionera de la Iglesia tiene como objetivo la fe en Cristo, de modo que cada uno descubra lo que significa confiarse a un amor misericordioso, que acoge, perdona, sostiene y orienta toda la existencia. Hoy recordamos a todos los que, con entrega generosa y sencillez de corazón, han abandonado su tierra, como Abraham, para comunicar a otros en los campos de misión del mundo el Amor que todo lo abarca con su providencia. Acudimos también a María, la “buena tierra”, que acoge la palabra con corazón noble y generoso y la cumple, convirtiéndose así en icono perfecto de la fe y estrella de la nueva evangelización.

Oremos con la fe perseverante de la viuda y especialmente de la Virgen María, creyente y discípula, que confía en la fidelidad de Dios a sus promesas. Además tenemos la garantía de Jesús: “Cuanto pidáis al Padre en la oración, creed que ya lo habéis obtenido, y lo obtendréis” (Marcos 11,25). 

PARA LA VIDA 

   Una noche tuve un sueño: Soñé que con el Señor caminaba por la playa, y a través del cielo, escenas de mi vida pasaban. Por cada escena que pasaba percibí que quedaron dos pares de pisadas en la arena. Unas eran las mías y las otras las del Señor. Cuando la última escena pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena, y noté que muchas veces en el camino de mi vida había sólo un par de pisadas en la arena. 

   Noté también que esto sucedió en los momentos más difíciles de mi vida. Esto me perturbó y, entonces, pregunté al Señor: “Señor, tú me dijiste, cuando yo resolví seguirte, que andarías conmigo a lo largo de todo el camino, pero he notado que durante los peores momentos de mi vida se divisan en la arena sólo un par de pisadas. No comprendo por qué me dejaste en las horas que más te necesitaba”. Entonces El, clavando en mí su mirada infinita de amor, me contestó: “Mi hijo querido, yo siempre te he amado y jamás te dejaría en los momentos más difíciles. Cuando viste en la arena un solo par de pisadas, fue justamente allí donde yo te cargué en mis brazos”.

   El cuento-poema de hoy nos recuerda esta presencia amorosa de Dios en nuestra vida, sobre todo en los momentos difíciles, cuando pensamos que Dios nos ha abandonado. La fe no nos quita los males ni las enfermedades ni los sufrimientos. La fe nos da una mirada nueva sobre todos esos males y nos invita a sacar lo bueno de caso. Quizá nos falte más fe. Quizá nos falte más confianza en Dios o más generosidad o más disponibilidad a su Voluntad. Pero no dejemos de orar, no dejemos de pedir, y también más a menudo de dar gracias. Con insistencia, con fe, como la viuda de la parábola.