San Mateo 10, 26 - 33
" No Tengan Miedo "
- El Miedo: cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.
- La Confianza: es cierto que la vida está llena de experiencias negativas y la fe no ofrece recetas mágicas para resolver los problemas. Pero la existencia del ser humano está en manos de Dios. Sólo en Él está nuestra salvación de la muerte y del fracaso final. Otra consecuencia de la confianza en Dios es la paciencia. La palabra «paciencia» en el primitivo lenguaje griego de las primeras comunidades cristianas se dice «hypomone», y significa literalmente «permanecer en pie» soportando el mal de cada día. Esa es la actitud secreta de quien pone su confianza última en Dios.
- La Vocación: es necesario recuperar, en la vida personal y en la sociedad en general, la dimensión misionera de la vocación cristiana. En la entraña misma del cristianismo está la misionalidad, el envío, la tarea de ir y anunciar la buena nueva y convertir a los hombres al amor de Jesucristo.
- La Verdad: las personas que emprenden el camino de las disculpas y de las mentiras terminan enredadas en su propia telaraña. Recordemos las sabias palabras de San Mateo en el evangelio de hoy: “nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse”. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los techos.
Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.
REFLEXIÓN
En torno a la triple repetición del “No tengan miedo”, se articulan las tres partes de la enseñanza de Jesús:
- El misionero no se puede silenciar; al contrario debe proclamar con mayor fuerza. ¡Que no se callen los evangelizadores!
- El misionero debe tener la mirada centrada en lo esencial: la vida que el Padre Creador le ofrece y que nadie le puede quitar. ¡Que no teman dar el paso los mártires!
- El misionero debe ser fiel a la persona de Jesús: al confesarlo o negarlo se juega la comunión definitiva con Él ¡Que no se callen los confesores!
Hay otro argumento, el más poderoso de todos: el amor providente de Dios.
Las imágenes de los pajaritos y de los cabellos, son significativas:
1. Las aves no caen sin que el Padre lo sepa. De esta manera, Jesús se remite al cuidado que Dios Padre tiene de lo creado. La lógica es: si Dios se ocupa de un pajarito (que vale un “as”, que era la moneda más sencilla y devaluada), cuánto más valemos delante Dios!
2. Los cabellos son, como sucede con la arena de la playa, símbolo de lo que aparentemente no se puede contar. Aplicado al martirio, significa que puede ser que uno no consiga comprender la maldad humana, y mucho menos cómo es que Dios pude permitirla, pero si uno no es capaz de contar los cabellos de la cabeza, ¿cómo se atreve a juzgar al creador, quien está por encima de toda comprensión humana?
En el centro está entonces la confianza en la providencia y la asistencia del Padre del Cielo. Dios no está ausente ni desinteresado por lo que le pase a sus discípulos.
PARA LA VIDA
Jenny era una hermosa niña de cinco años, de ojos relucientes. Un día, mientras ella con su mamá visitaban unas tiendas, Jenny vio un collar de perlas de plástico que costaba 8 euros. ¡Cuánto deseaba poseerlo! Preguntó a su mamá si se lo compraría. Su mamá le dijo: “Hagamos un trato. Yo te compraré el collar y cuando lleguemos a casa haremos una lista de tareas que podrás realizar para pagar el collar. Y no te olvides que para tu cumpleaños, es muy posible que tu abuelita te regale 10 euros ¿Estás de acuerdo?”.
Jenny estuvo de acuerdo y su mamá le compró el collar de perlas. Gracias a su esfuerzo y a los 10 euros que le regaló su abuelita, Jenny canceló su deuda. Jenny amaba sus perlas y las llevaba puestas a todas partes, menos cuando se bañaba, pues su mamá le había dicho que se volvía de color verde con el agua. Jenny tenía un papá que la quería mucho, Cuando Jenny iba a su cama, él se levantaba del sillón para leerle su cuento preferido.
Una noche, cuando terminó el cuento, le dijo: “Jenny, ¿tú me quieres?” “Oh, sí papá, tú sabes que te quiero” “Entonces, regálame tus perlas”. “Oh, papá, mis perlas no”, dijo Jenny. Una semana después, el papá volvió a preguntarle: Jenny, ¿tú me quieres?”. “Oh, sí papá, tú sabes que te quiero”. “Regálame tus perlas”. “Oh, papá mis perlas no, pero te doy los lazos de mi caballo de juguete.
Es mi favorito, su pelo es tan suave y tú puedes jugar con él”. “No, hijita, que Dios te bendiga y felices sueños”, le dijo el papá dándole un beso en la mejilla. Algunos días después, cuando el papá de Jenny entró en su habitación, Jenny estaba sentada en su cama y le temblaban los labios: “Toma, papá”, y estiró su mano.