13° Domingo del Tiempo Ordinario, 2 Julio 2017, Ciclo A



San Mateo 10, 37 - 42

Perder la vida para encontrarla " 

    Homilía Padre Rector Luis Guillermo Robayo M.

  1. La Caridad: se expresa en el amor a Dios, amando al prójimo, y fructifica en la medida en que se pone en ejercicio: cuanto más se ama, más capacidad tenemos para amar. No hay tasa ni medida para amar a Dios. Él espera ser amado con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente.
  2. La Hospitalidad: en  cada huésped recibimos al mismo Jesús, según nos lo dice el evangelio. Esto eleva el tono de la dignidad de nuestros huéspedes. Y la recompensa es eterna: Aún un vaso de agua será premiado y ningún gesto o detalle quedará ignorado.  La comunidad cristiana goza también del privilegio de una mesa. Mesa que es Misa. O mesa que es mantel extendido para todos donde se comparten las miradas, los  gestos y los signos de nuestra caridad, de nuestra fe. Mesa que alimenta y fortalece, mesa que nos une. Celebramos nuestra hospitalidad. ¡Cómo quisiéramos hacerlo en amor y gozo compartidos! 
  3. Dar: significa estar vivo y expresar vida. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico. Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad, sólo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás y enriquecer a otros. Muchas veces, no se trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente, «un vaso de agua fresca». Una sonrisa acogedora, un escuchar sin prisas, una ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de apoyo y amistad.
  4. Tomar La Cruz: significa estar dispuestos a entregar la propia vida por ser fieles a Cristo, así como Él la dio por nosotros. Cristo nos pide que tomemos la cruz propia y le sigamos por esa senda que no es fácil, ni amplia, pero que conduce a la salvación. 

REFLEXIÓN 
   En el Evangelio que hoy se proclama y continúa el llamado “Discurso del envío” (Mt 10,37-42). Jesús no desprecia la familia humana. Pero, con un lenguaje interpelante establece una jerarquía de valores que incluye la radicalidad de la llamada.
   La importancia de los lazos familiares pone de relieve esa mayor generosidad que exige el seguir al Maestro. Sin embargo, Jesús ofrece a sus discípulos la hospitalidad de una nueva familia universal que ni siquiera conocen todavía.
  • “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí y el que me recibe a mí,  recibe al que me ha enviado”. He ahí una promesa que abre un espléndido horizonte a quien ofrece hospedaje al misionero, identificado con Jesús y con su Padre celestial.
  • “El que recibe a un profeta… tendrá recompensa de profeta, y el que recibe a un justo tendrá recompensa de justo”. Es verdad que el amor auténtico florece en el terreno de la gratuidad. Pero Jesús no olvida pregonar la gratitud que alcanzará la hospitalidad.
   Para querer a Dios como Él pide es necesario, además, perder la propia vida, la del hombre viejo. Es necesario morir a las tendencias desordenadas que inclinan al pecado, morir a ese egoísmo, a veces brutal, que lleva al hombre a buscarse sistemáticamente en todo lo que hace.

   Dios quiere que conservemos lo sano y recto que tiene la naturaleza humana, lo bueno y distinto de todo hombre: nada de lo positivo y perfecto, de lo verdaderamente humano, se perderá. La vida de la gracia lo penetra y lo eleva, enriqueciendo así la personalidad del cristiano que ama a Dios. El hombre, cuanto más muere a su yo egoísta, más humano se vuelve y está más dispuesto para la vida sobrenatural.

   Para ser discípulos de Jesús tenemos que estar dispuestos a tomar nuestra cruz y seguirlo cada día... tomar nuestra cruz, no la suya, porque la suya ya la llevó él.

PARA LA VIDA 

   Alguna vez un maestro de novicios  contó la historia de uno de los Padres del desierto al que acudían muchos discípulos en busca de una guía para recorrer el camino de la santidad. Uno de los jóvenes buscadores estaba particularmente preocupado por el secreto de la perseverancia; veía que eran muchos los llamados y pocos los que, efectivamente, se mantenían firmes hasta el final de sus días en el camino comenzado. El Abba, como se les solía llamar a estos Padres durante los primeros siglos de la Iglesia, le dijo al joven novicio:

Cuando un hombre sale con su jauría de perros a cazar, va buscando un venado o una liebre entre los montes y los valles. En un momento determinado uno de los perros reconoce con su olfato la presencia de la presa a lo lejos. Sin perder un instante, comienza a correr y a ladrar, señalando el rumbo a los demás perros y al cazador. Los demás perros también corren y ladran, pero no saben, propiamente hablando, detrás de qué van... por eso, cuando aparecen los obstáculos en el camino, los matorrales cerrados, las quebradas profundas, las cimas infranqueables, se llenan de miedo y dejan de correr. 

   No tienen la culpa, porque, sencillamente, no saben a dónde van, ni qué buscan. Pero el perro que logró olfatear la presa, no tiene inconveniente en superar todas las dificultades que se le puedan presentar en su camino, hasta que llega a atrapar a su presa en compañía de su Señor. Algo parecido nos pasa en la vida a todos los cristianos. Si no tenemos claro detrás de quién vamos, si nos enredamos haciendo relativo lo absoluto y absoluto lo relativo, terminamos perdiendo el rumbo y olvidando para dónde vamos y qué es lo que buscamos.