26° Domingo del Tiempo Ordinario, 27 de Septiembre 2020, Ciclo A

 San Mateo 18, 21 – 35

"Recapacitó y Fue"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 
SIN GRABAR AÚN

1.-La Viña: podríamos decir que representa a todo el universo creado que, gracias a la venida de Cristo, se convierte de una manera particular en propiedad de Dios. La invitación evangélica a trabajar en la viña del Señor resuena en la vida y en el corazón de todo hombre y toda mujer, llamados a comprometerse concretamente en la viña divina y a participar en la misión de salvación. 

1.-Decir “NO”: se ha convertido incluso en una costumbre, casi en una regla de mi conducta. Digo que «no», sin darme cuenta de poder agraviar con ello a alguien… Pero necesito ese «no» para poder reflexionar, meditar sobre todos los «pros» y los «contras». Para tomar una decisión finalmente. Y, como resultado, después de haber dicho primero «no», al final digo que «sí». 

3.-Decir “SI”: hay muchos que tienen los labios llenos de amor y servicio, pero su corazón va por el lado contrario. Las personas que se dicen en el camino de Jesús y no viven y, lo que es aún más terrible, no quieren vivir el Evangelio. Unas veces por temor, otras por comodidad y otras por indiferencia, la viña sigue sin ser trabajada. Uno puede echar a perder lo bueno que haga por la manera como lo haga.

4.-Nuestra Misión: es ir a trabajar por el mundo llevando el mensaje del Señor; es la obediencia alegre y confiada al Señor. El que honra a Dios no es el que observa unos ritos externos, sino el que cumple su voluntad.

5.-La Libertad: Dios nos hace libres, y desde esa libertad, estamos llamados a cooperar con El.  ÉL conoce de antemano los sentimientos más profundos de nuestros corazones.

REFLEXIÓN 

   La liturgia del Domingo 26º del Tiempo Ordinario deja claro que Dios llama a todos los hombres a empeñarse en la construcción de ese mundo nuevo de justicia y de paz que Dios soñó y que quiere que alcance a toda la creación. Ante la propuesta de Dios, podemos tomar dos actitudes: o decir “sí” a Dios y colaborar con él, o elegir el camino del egoísmo, de la comodidad, del aislamiento y desentendernos del compromiso que Dios nos solicita. La Palabra de Dios nos exhorta a un compromiso serio y coherente con Dios, un compromiso que signifique un empeño real y exigente en la construcción del mundo nuevo, de la justicia, de la fraternidad y de la paz.

   En la primera lectura el profeta Ezequiel invita a los israelitas exiliados en Babilonia a comprometerse de forma seria y consecuente con Dios, sin rodeos, sin evasivas. Cada creyente debe tomar conciencia de las consecuencias de su compromiso con Dios y vivir, con coherencia, las implicaciones prácticas de su adhesión a Yahvé y a la Alianza.

   La segunda lectura presenta a los cristianos de Filipos (y a los cristianos de todos los tiempos y lugares) el ejemplo de Cristo: a pesar de ser Hijo de Dios, Cristo no hizo alarde con arrogancia y orgullo de su condición divina, sino que asumió la realidad de la fragilidad humana, haciéndose servidor de los hombres para enseñarnos la suprema lección del amor, entregando su vida. Los cristianos estamos llamados por Dios a seguir a Jesús y a vivir del mismo modo, en la entrega total al Padre y a sus proyectos.

   El Evangelio dice cómo se hace realidad el compromiso del creyente con Dios. El “sí” que Dios nos pide no es una declaración de buenas intenciones, sin implicaciones prácticas, sino que es un compromiso firme, coherente, serio y exigente con el Reino, con sus valores, en el seguimiento de Jesucristo. El verdadero creyente no es aquel que “da buena impresión”, que finge respetar las reglas y que tiene un comportamiento irreprensible desde el punto de vista de las convenciones sociales, sino que es aquel que cumple, en verdad, la voluntad de Dios.

 

PARA LA VIDA

   Un pobre gallo, flacucho y hambriento, buscaba afanosamente algo para comer. Picoteaba por todas partes, bajo los haces de leña, entre las matas de hierba, alrededor de las piedras e incluso escarbando en la tierra. De pronto el gallo se detuvo. Allí, ante sus ojos, había una piedra distinta de las otras, que brillaba de una manera especial. El gallo se quedó contemplándola, encandilado y perplejo. Luego, de pronto, entendió. Aquella no era una piedra cualquiera. Su forma, su brillo y sus dimensiones la delataban. - Los hombres te llamarán diamante, piedra preciosa – murmuró  el gallo hambriento – pero para mí, tú no vales más que un grano de trigo. Y se dio la vuelta para seguir picoteando, ajeno al valor de lo que había encontrado. 

   El cuento de hoy nos avisa para que no nos pase como al gallo, que encontró un precioso diamante y no quiso ver en él el gran valor que tenía, como muchos hoy día, que no saben valorar el diamante de la fe y los grandes valores que dan la felicidad, ocupados en picotear y acumular cosas materiales que los hacen ciegos a la presencia de Dios en sus vidas. No seamos como aquellos publicanos, que creyéndose en la propiedad de reclamar a Dios y atados a leyes que los deshumanizan, no sepamos ver los signos de la presencia del Señor en el mundo y en las personas, también en aquellos que humanamente puede parecer que están más alejados de Dios.