San Mateo 21, 33 - 43
1.-La Viña: antes que nada, la Viña no es de los viñadores. La experiencia fundamental de la vida humana se encuentra en que nos es «dada». Nadie es dueño de la vida, porque ninguno es autor de la vida. La vida es un don y, con ella, el cosmos en el cual estamos nos es dado.
2.-Condición Para Trabajar en la Viña: para ser partícipes de la obra del Reino, es dar fruto. Si como cristianos no damos fruto y no reconocemos humildemente que cada fruto deriva de la gracia de Dios, con la que cooperamos libremente, nos autoexcluimos de la viña.
3.-Los Trabajadores: todos somos trabajadores activos en la viña del Señor. En nuestras comunidades parroquiales se anuncia estos días el plan del nuevo curso con multitud de grupos y actividades -pequeñas parcelas- en las que los miembros de la comunidad pueden colaborar. Has recibido un carisma por parte de Dios, no lo entierres miserablemente, sé generoso.
4.-Los Peligros: resulta difícil, y a veces doloroso, ser enviados una y otra vez a la viña del Señor. Entre otras cosas porque, las resistencias o contradicciones con las que nos encontramos, pueden llegar a mermar o debilitar nuestras iniciativas. ¡Cuándo llegaremos a comprender que no podemos ser más que el Maestro: Jesús también se topó con incomprensiones y descalificaciones! Seguimos, un domingo más, en la viña y como viña del Señor.
5.-La Evangelización: los cristianos debemos afrontar los nuevos tiempos con una actitud abierta, debemos escuchar la voz de Dios que nos invita a trabajar en su viña y la voz del pueblo de Dios que espera de nosotros una actitud más evangélica. No basta con querer ir a trabajar a la viña, hay que hacerlo con los medios actuales, para que nuestros frutos no sean raquíticos, sino abundantes.
REFLEXIÓN
La liturgia del 27º Domingo del Tiempo Ordinario utiliza la imagen de la “viña de Dios” para hablar de ese Pueblo que acepta el reto del amor de Dios y que se pone a su servicio. A ese Pueblo, Dios le exige frutos de amor, de paz, de justicia, de bondad y de misericordia.
En la primera lectura, el profeta Isaías muestra el amor y la solicitud de Dios por su “viña”. Ese amor y esa solicitud no pueden, sin embargo, tener como contrapartida frutos de egoísmo y de injusticia. El Pueblo de Yahvé tiene que dejarse transformar por el amor siempre fiel de Dios y producir frutos buenos que Dios aprecia: la justicia, el derecho, el respeto por los mandamientos, la fidelidad a la Alianza.
En la segunda lectura, Pablo exhorta a los cristianos de la ciudad griega de Filipos, y a todos los que forman parte de la “viña de Dios”, a que vivan en la alegría y en la serenidad, respetando lo que es verdadero, noble, justo y digno. Son esos los frutos que Dios espera recoger de su “viña”.
En el Evangelio, Jesús retoma la imagen de la “viña”. Critica fuertemente a los líderes judíos que se apropiaron en beneficio propio de la “viña de Dios” y que se niegan siempre a ofrecer a Dios los frutos que le deben. Jesús anuncia que la “viña” va a serles quitada y se les va a confiar a trabajadores que produzcan y que entreguen a Dios los frutos que él espera.
El Papa Francisco no se cansa de repetir que Dios no se cansa de buscarnos. Y, por supuesto, esto es verdad. Pero también es verdad que nosotros, nuestra sociedad, muchas veces y en muchos momentos y circunstancias no nos dejamos encontrar por Dios. Y es que, para salvarnos, no es suficiente con que Dios nos busque, es necesario que nosotros nos dejemos encontrar por Dios.
PARA LA VIDA
El rey, en su avaricia, había apresado y encarcelado a Háyarat Saheb, a quien todo pueblo veneraba y reverenciaba como a hombre de Dios y profeta de su pueblo, e hizo saber que no lo pondría en libertad hasta que el pueblo pagase una muy elevada cantidad de dinero por su rescate. Una manera un poco primitiva y salvaje de cobrar impuestos. El rey sabía que el pueblo veneraba al santo, y pagaría. Pagaron mucho, en efecto, pero la cantidad recaudada no llegaba aún a lo estipulado.
Una viejecita de un pueblo muy lejano se enteró también de lo que sucedía y quiso contribuir en su pobreza. Era hilandera, y todo su capital en aquel momento eran cinco ovillos de hilo. Las tomó y se encaminó a palacio a entregarlas para el rescate. La gente, al verla pasar, se contaba unos a otros su caso, y no podían menos de sonreírse ante la ingenuidad de su gesto y la inutilidad de su esfuerzo. ¿Qué valían cinco ovillos de hilo en un rescate de millones?
Pero ella seguía su camino y contestaba: No sé si pondrán en libertad a Háyarat Saheb o no. Lo único que pretendo es que cuando Dios en su juicio me pregunte qué hice yo cuando Háyarat Saheb estaba en la cárcel, no tenga yo que bajar los ojos avergonzada. Y presentó su ofrenda. El rey, a cuyos oídos había llegado ya su historia, liberó al hombre de Dios.
Cuántas veces nosotros tratamos de hacer esfuerzos para mejorar nuestras vidas, pero sin embargo dejamos de lado el hecho de que para avanzar requerimos mas que buena voluntad. Requerimos soltar amarras que nos atan al puerto para poder seguir adelante.