3° Domingo Adviento, 13 de Diciembre 2020, Ciclo B

 San Juan 1, 6-8, 19-20

"Enderezad los Senderos del Señor"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 

1.- Gaudete: Es una exhortación a la alegría que resuena ya en las primeras palabras de la antífona de entrada: "Alegraos siempre en el Señor; os lo repito: estad siempre alegres. El Señor está cerca".

2.- Gozo: es el gozo de ser de Cristo y para Cristo, y solo puede consistir en la renuncia al mal y en la fidelidad amorosa al Espíritu de Jesús. Tal es la voluntad del Padre para nuestra salvación.

3.- La Alegría: consiste en comprobar la continua presencia amorosa y solícita de Dios en la propia vida, y en reconocer la posibilidad de responder por la gracia a su amor. La oración cristiana no es solo de petición y acción de gracias, es también de afectos y de coloquio contemplativo sobre las perfecciones divinas. La oración, en su sentido más profundo, es fruto de la vida divina que invade al hombre y hace de el un verdadero hijo de Dios. A Él le llamamos Padre, y lo hacemos con toda propiedad.

4.- La Lámpara: para que no la apague el viento de la soberbia. Una lámpara puede encenderse y apagarse. Cristo, la luz de la gracia, traerá a todos el «alegre anuncio», inaugurará el año de la misericordia del Señor». El Señor vestirá a todos con «el vestido de la salvación», haciendo así «brotar la justicia» en todo el mundo 

5.- La Palabra: Jesús no es un personaje del pasado; Él es la Palabra de Dios que hoy sigue iluminando el camino del hombre; sus gestos —los sacramentos— son la manifestación de la ternura, del consuelo y del amor del Padre hacia cada ser humano. Que la Virgen María, «Causa de nuestra alegría», nos haga cada vez más alegres en el Señor, que viene a liberarnos de muchas esclavitudes interiores y exteriores. 

REFLEXIÓN 

Los textos litúrgicos de este período de Adviento nos renuevan la invitación a vivir a la espera de Jesús, a no dejar de esperar su venida, de tal modo que nos mantengamos en una actitud de apertura y disponibilidad al encuentro con él. La vigilancia del corazón, que el cristiano está llamado a practicar siempre en la vida de todos los días, caracteriza de modo particular este tiempo en el que nos preparamos con alegría al misterio de la Navidad.

la primera lectura el Profeta Isaías nos dice«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido». Para todo esto viene Cristo, el Mesías, el Ungido. Nosotros también hemos sido ungidos. Somos cristianos. Hemos recibido el mismo Espíritu de Cristo. Y también somos enviados a dar la buena noticia a los que sufren, a vendar los corazones desgarrados... además de acoger la acción de Cristo en nosotros, a favor nuestro –o mejor, en la medida en que la acojamos–, prolongamos a Cristo y su acción en el mundo y a favor del mundo, dejándole que tome nuestra mente, nuestro corazón, nuestros labios, nuestras manos..., y los use a su gusto., tanto necesidades materiales como espirituales... 

En la segunda lectura San Pablo nos indica las condiciones para ser «misioneros de la alegría»: rezar con perseverancia, dar siempre gracias a Dios, cooperando con su Espíritu, buscar el bien y evitar el mal (cf. 1 Ts 5, 17-22). Si este será nuestro estilo de vida, entonces la Buena Noticia podrá entrar en muchas casas y ayudar a las personas y a las familias a redescubrir que en Jesús está la salvación. En Él es posible encontrar la paz interior y la fuerza para afrontar cada día las diversas situaciones de la vida, incluso las más pesadas y difíciles. 

El centro del relato evangélico de Juan. Este hombre «enviado por Dios», viene para «dar testimonio de la luz». La «luz» de la cual se habla es Jesús, el Hijo de Dios, que está por entrar en el mundo y viene a quedarse en nuestro medio: el Verbo eterno que ilumina a todos los hombres, que el Padre ha enviado para «que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios» DV, n. 4). 

PARA LA VIDA 

   Un rey recibió como obsequio dos pequeños halcones y los entregó al maestro de cetrerías para que los entrenara. Pasados unos meses, el maestro informó al rey de que uno de los halcones volaba perfectamente, pero que al otro no sabía lo que le sucedía: no se había movido de la rama del árbol en la que le dejó desde el día en que le trajeron. El rey mandó llamar a curanderos y sanadores para que vieran al halcón. Pero, después de todo tipo de intentos, ninguno de ellos pudo hacer volar al ave. 

   Encargó entonces la misión a los miembros de la corte, pero nada consiguieron. El ave continuaba inmóvil en la rama del árbol. Como último recurso, cierto día decidió comunicar a su pueblo que ofrecería una recompensa a la persona que hiciera volar a su halcón. A la mañana siguiente vio, asombrado, a los dos halcones volando velozmente por los jardines. 

   El rey ordenó que llevaran ante él, inmediatamente, al responsable de ese milagro. Casi al momento le presentaron a un campesino. El rey habló: “Así que…eres tú el que hiciste volar al halcón. ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago? ¿Tienes algún poder?” El campesino, algo intimidado por la presencia del rey, le respondió: “Fue fácil mi señor. Corté la rama del árbol, el halcón se dio cuenta de que tenía alas y voló”

   Construyamos la verdadera alegría, esa alegría del halcón que se sintió libre al descubrir que tenía alas para volar, libre al sentir que ya no estaba atado al árbol que lo inutilizaba y le impedía dar lo mejor de sí mismo.  Y seamos cristianos de alegría, de sonrisa acogedora y sanadora, cristianos que demuestren que Cristo no es un mito ni un invento de la Iglesia, que en verdad vive y viene en cada instante a nuestras vidas.