4° Domingo Adviento, 20 de Diciembre 2020, Ciclo B

 San Lucas 1, 26 – 38

"Concebirás y Darás a Luz un Hijo"

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M. 

1.-La Promesa: "El Señor Dios le dará el trono de David, su padre... y su reino no tendrá fin". Jesucristo será el descendiente de David y será también el verdadero templo de Dios no construido por manos de hombre.

2.-El Sí de María: al oír las palabras del ángel María “se turbó..." Al sentirse favorecida del Altísimo, no le responde que la deje pensar más despacio a fin de calcular mejor los riesgos. María reproduce el gesto de Abraham, padre de los creyentes, cuando deja su patria para irse hacia lo desconocido. La persona de fe se confía en Dios como el bebé en su madre. “Hágase en mí según tu palabra”

3.-La Esperanza: esta esperanza cristiana del Adviento, es la que nosotros debemos pedir hoy al Niño que va a nacer en Belén. Sin esperanza cristiana no se puede levantar y sostener el cristianismo. Sin esperanza cristiana nuestra vida camina por un túnel lóbrego y sin luz, una vida que camina hacia la nada, una noche que no amanece nunca. Nuestra esperanza es una esperanza anhelante, una esperanza que creemos y anhelamos que se convierta algún día en realidad. No serán nuestros méritos los que obren el milagro, serán los méritos de este Niño que va a nacer los que quiten nuestros pecados y los pecados del mundo. Por eso nos alegramos con su nacimiento, también nosotros exultamos en Dios nuestro Salvador.

4.-La Protagonista: en María, por su fe y obediencia, Dios cumplió su promesa: de ella nació el Hombre nuevo, el Hombre según el corazón de Dios, el Hombre que iba a ofrecer a todo hombre la gracia y posibilidad de realizar el proyecto original de Dios sobre los hombres: vivir en amistad y comunión con él, entrar en el círculo de vida y amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

REFLEXIÓN 

   La Liturgia de este último Domingo de Adviento se refiere, repetidamente, al proyecto de vida plena y de salvación definitiva que Dios ofrece a los hombres. Ese proyecto, anunciado ya en el Antiguo Testamento, se vuelve una realidad concreta, tangible y plena con la encarnación de Jesús. 

   La Primera Lectura presenta la “promesa” de Dios a David. Dios anuncia, por boca del profeta Natán, que nunca abandonará a su Pueblo ni desistirá de conducirle al encuentro de la felicidad y de realización plenas.  La promesa de Dios irá concretándose en un “hijo” de David, a través del cual Dios ofrecerá a su Pueblo la estabilidad, la seguridad, la paz, la abundancia, la fecundidad, la felicidad sin fin.

   Segunda Lectura llama a ese proyecto de salvación, preparado por Dios desde siempre, el “misterio”; y, sobre todo, garantiza que ese proyecto se manifestó en Jesús a todos los pueblos, a fin de que la humanidad entera forme la familia de Dios.

   El Evangelio se refiere al momento en el que Jesús se encarna en la historia de los hombres para traerles la salvación y la vida definitivas. Muestra cómo la realización del proyecto de Dios sólo será posible cuando los seres humanos, a los que Él llama, acepten decir “sí” al proyecto de Dios, acojan a Jesús y lo anuncien al mundo. 

   ¡Con qué ternura maternal debió pronunciar el nombre de Jesús la Virgen santísima, a quien contemplamos en la espera del nacimiento de su Hijo! En la oración que la Iglesia le dirige con el Avemaría, ella está asociada a la bendición misma de su Hijo: «Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Que María ponga en nuestros labios e imprima en nuestro corazón ese nombre santísimo, del que viene nuestra salvación.

   El "sí" de María y de José es pleno y compromete toda su persona: espíritu, alma y cuerpo. ¡Que así sea en cada uno de nosotros! Ojalá que Jesús, que dentro de pocos días vendrá a llenar de alegría nuestro belén, encuentre en cada familia cristiana una generosa acogida, como sucedió en Belén durante la Noche santa.

 PARA LA VIDA 

   Los tres árboles “Cuentan que una vez tres árboles jóvenes estaban conversando sobre lo que querían ser cuando fueran grandes. El primero decía: «A mí me gustaría ser utilizado en la construcción de un gran Palacio para servir de techo a Reyes y Príncipes. 

   El segundo dijo: «A mí me gustaría ser el mástil mayor de un hermoso barco que surque los mares llevando riquezas, alimentos, personas y noticias de un lado a otro de los océanos». 

   El tercero, por su parte, dijo: A mí me gustaría ser utilizado para construir un gran monumento de esos que se colocan en medio de las plazas o avenidas y que cuando la gente me vea, admire a Dios por su grandeza. 

   Pasaron los años, los árboles crecieron y llegó el tiempo del hacha y la sierra. Cada uno de los tres árboles fue a dar a distintos sitios: 

   El primero fue utilizado para construir la casita de un campesino pobre que con el tiempo fue destruida y abandonada. Con los restos se levantó un pequeño establo para que los animales se protegieran del frío y de la noche... 

   El segundo fue utilizado para la construcción de la barca de un pobre pescador que se pasaba la mayor parte del tiempo amarrada a la orilla de un lago... 

   El tercero fue utilizado para la construcción de una cruz, donde fueron ajusticiados varios hombres...” 

   No es fácil aceptar los planes de Dios cuando no se acomodan a los nuestros. Siempre que Dios nos llama a realizar un proyecto, tenemos la tentación de pensar que será como nosotros lo hemos programado; pero el Señor tiene sus caminos, que no son los nuestros. Él se encarga de realizar nuestros sueños y nuestros planes, pero a su manera. Lo importante es que encuentre en nosotros la disposición necesaria para dejarnos guiar y conducir por Él a través de las vicisitudes de nuestra vida.