San Marcos 9, 38-43. 45. 47-48
1.- La Misión del Profeta: es la de transmitir esperanza en un mundo desesperanzado. Hay falsos profetas que se regodean en el anuncio de desgracias, que sólo ven lo negativo. Otros dicen lo que conviene a cada momento con el fin de alagar a la autoridad o mantenerse en el poder a cualquier precio. El auténtico profeta se distingue por su coherencia de vida. Echar demonios hoy es liberar de esclavitudes y de todo aquello que deshumaniza.
2.- La Misión del Cristiano: el esfuerzo del cristiano a favor de la justicia y de la paz debe unirse al de otras organizaciones que persiguen el mismo fin: hacer un mundo más humano. Nosotros lo llamamos Reino de Dios, o “civilización del amor” (Pablo VI). Otros hablarán de “un mundo mejor”. Da igual, lo importante es que se haga realidad la voluntad de Dios de que todos los hombres vivamos como hermanos.
3.- Tenemos una Misión: es construir un mundo más humano. El Papa recordaba en la JMJ de Río de Janeiro que un cristiano sabe que la felicidad “no es andar por la vida dormido o narcotizado”, sino entregarse a los demás. Es decir, levantarse del sofá, “ponerse los zapatos y salir a caminar por senderos nunca soñados siguiendo la “locura” de un Dios que nos enseña a encontrarlo en el hambriento, el sediento, el desnudo, el enfermo, el preso, el inmigrante, o el vecino que esta solo”. Tu familia, tu comunidad, la parroquia, el mundo te necesita
4.- Las Riquezas: Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados… El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste. Todo discípulo de Cristo debe luchar con todas sus fuerzas contra esta desigualdad social y económica en la que, actualmente, vivimos en esta sociedad nuestra del siglo XXI. Y no miremos exclusivamente a nuestra sociedad en general; mirémonos cada uno de nosotros a nosotros mismos en nuestras relaciones con los demás.
REFLEXIÓN
La liturgia del Domingo 26 del Tiempo Ordinario presenta varias sugerencias para que los creyentes puedan purificar su opción y formar parte, de forma plena y total, de la comunidad del Reino. Una de las sugerencias importantes (que la primera lectura presenta y que el Evangelio recupera), es la de que los creyentes no pretendan tener la exclusividad del bien y de la verdad, sino que sean capaces de reconocer y aceptar la presencia y la acción del Espíritu de Dios a través de tantas personas buenas que no pertenecen a la institución eclesial, pero que son signos vivos del amor de Dios en medio del mundo.
La primera lectura, presentando un episodio de la marcha del Pueblo de Dios por el desierto, enseña que el Espíritu de Dios sopla donde quiere y sobre quien quiere, sin estar limitado por reglas, por intereses personales o por privilegios de grupo. El verdadero creyente es aquel que, como Moisés, reconoce la presencia de Dios en los gestos proféticos que ve acontecer a su alrededor.
La segunda lectura invita a los creyentes a no poner su confianza y su esperanza en los bienes materiales, pues son valores perecederos, que no aseguran la vida plena para el hombre. Además: las injusticias cometidas por quien hace de la acumulación de los bienes materiales la finalidad de su existencia, lo apartan de la comunidad de los elegidos de Dios.
En el Evangelio tenemos una instrucción, a través de la cual Jesús intenta ayudar a los discípulos a situarse en el ámbito del Reino. En ese sentido, les invita a constituir una comunidad que, sin arrogancia, sin envidias, sin presunción de poseer en exclusiva el bien y la verdad, intenta acoger, apoyar y estimular a todos aquellos que actúan en favor de la liberación de los hermanos; les invita, también, a no excluir de la dinámica comunitaria a los pequeños y a los pobres; les invita, todavía, a apartar de la propia vida todos aquellos sentimientos y actitudes que son incompatibles con la opción por el Reino.
PARA LA VIDA
“Cuando yo era niño, mi madre trabajaba mucho cosiendo. Yo me sentaba en el suelo, miraba y preguntaba qué es lo que estaba haciendo. Ella me contestaba que estaba bordando. Todos los días yo hacía la misma pregunta y ella me respondía de la misma manera. Como siempre observaba la cara inferior de la tela que ella bordaba, no me casaba de repetir: ¿Mamá, que es lo que estás haciendo? Le decía que, desde donde yo miraba, lo que estaba haciendo todo me parecía muy extraño y confuso.
Solo podía ver un montón de nudos e hilos de diferentes colores, largos, cortos, unos gruesos y otros finos... Yo no entendía nada. Ella sonreía, me miraba y de manera amable siempre me decía: Hijo, sal un poco a jugar, y en cuanto termine mi trabajo te permitiré que veas el trabajo desde mí posición. Pero yo seguía preguntándome desde abajo donde estaba: ¿Por qué ella usaba algunos hilos de colores oscuros y otros claros? ¿Por qué me parecían tan desordenados y enmarañados? ¿Por qué estaban tan llenos de nudos y puntos? ¿Por qué había tantos nudos e hilos enredados entre si? ¿Por qué no tenían aún una forma definida? ¿Por qué tardaba tanto para hacerlo?
Un día, cuando yo estaba afuera jugando, ella me llamó. Hijo, ven aquí para tomarte en mis brazos y enseñarte lo que hice. Me levanto del piso y entonces me sorprendí al ver el bordado. ¡No lo podía creer! ¡Desde abajo me parecía tan confuso! Pero, desde arriba, he podido ver un paisaje maravilloso. Entonces ella me dijo: Hijo, desde abajo mi bordado te parecía confuso y desordenado porque tu no podías ver que en la parte de arriba había un bello diseño... Pero, ahora, mirando el bordado desde mí posición, puedes ver qué es lo que yo he estado haciendo”