29° Domingo del tiempo Ordinario, 17 Octubre 2021, Ciclo B

 San Marcos  10, 35 - 45

"El Hijo del Hombre ha Venido Para Dar su Vida en Rescate por Todos 

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- Ser Importante: Cristo no condena el deseo de ser importante ni habla mal de quien quiere tener el primer puesto. Más bien se trata de mostrar en dónde radica la verdadera "importancia" y cuál es el "primer puesto" al que hay que aspirar. Esto es muy importante para poder entender en qué consiste la humildad cristiana: no es tanto "hacer de cuenta" que no me interesa lo que en realidad sí me interesa, sino encauzar ese interés según la mente de quien mejor me conoce y ama, que es Dios.

2.-La Grandeza: Grande es el que hace algo grande. La grandeza no está en lo que cada uno dice de sí mismo, ni en lo que obliga a otros a decir, sino en las obras, en la realidad, en los hechos. En el mundo todo funciona según el ego, en el plan de Dios todo funciona en clave de servicio, amor y entrega.

3.- Lo Que Debemos Hacer: el servir, el amar hasta hacerse siervo, ese es el modo de conseguir la verdadera grandeza. Así Cristo, así nosotros. Cristo y su obra siguen siendo, aun después de conocidos, un profundo misterio. La Escritura, por eso, se esfuerza en presentarlo en sus diversas facetas. Hay que volver continuamente a él; hay que meditarlo, hay que analizarlo, hay que profundizarlo, hay que contemplarlo. No se agota nunca; siempre encontramos cosas nuevas.

4.- La Sagrada Eucaristía: Cristo nos ama, nos escucha, nos atiende e intercede por nosotros. Puede condolerse de nuestra debilidad, pues él la llevó sobre sí, siendo hombre. No quedaremos jamás defraudados. Cristo está entre nosotros. La Santa Misa nos recuerda y nos repite el sacrificio de Cristo en toda su amplitud. Ahí está como Siervo que se entrega por nosotros. Aparece como Sumo Sacerdote que ofrece una Víctima por nuestros pecados. Allí el cáliz, allí la oración al Padre pos nosotros. La servidumbre de Cristo llega hasta hacerse alimento por nosotros. 

REFLEXIÓN

   La liturgia del Domingo 29 del Tiempo Ordinario nos recuerda, una vez más, que la lógica de Dios es diferente a la lógica del mundo. Nos invita a prescindir de nuestros proyectos personales de poder y de grandeza y a hacer de nuestra vida un servicio a los hermanos. Es en el amor y en la entrega de quien sirve humildemente a los hermanos, en donde Dios ofrece a los hombres la vida eterna y verdadera.

   La primera lectura nos presenta la figura de un “Siervo de Dios”, insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios. Nos recuerda que una vida vivida en la sencillez, en la humildad, en el sacrificio, en la entrega y en la donación de uno mismo no es, a los ojos de Dios, una vida maldita, perdida, fracasada; sino que es una vida fecunda y plenamente realizada, que traerá liberación y esperanza al mundo y a los hombres.

   En la segunda lectura, el autor de la Carta a los Hebreos nos habla de un Dios que ama al hombre con un amor sin límites y que, por eso, está dispuesto a asumir la fragilidad de los hombres, a descender a su nivel, a compartir su condición. Él no se esconde detrás de su poder y de su omnipotencia, sino que va al encuentro de los hombres para ofrecerles su amor.

   En el Evangelio, Jesús invita a los discípulos a no dejarse manipular por los sueños personales de ambición, grandeza, poder y dominio, sino a hacer de la vida un don de amor y de servicio. Llamados a seguir al Hijo del Hombre, los discípulos deben dar testimonio de un nuevo orden y proponer, con su ejemplo, un mundo libre del poder que esclaviza: “el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.

PARA LA VIDA

   Había una vez un gran jefe que era muy orgulloso. Un día se paseaba por la ciudad y gritaba para quien quisiera oírle: "Soy grande. No hay nadie más grande que yo". Una anciana que lo oyó, se le acercó y le dijo: Yo conozco a uno que es verdaderamente grande. El gran jefe se sorprendió y enojado le dijo: ¿Quién es más grande que yo? La sabia anciana dijo: Venga a mi casa mañana cuando el sol esté en lo más alto del cielo y yo se lo presentaré. Al día siguiente, el jefe vestido con sus mejores ropas y joyas fue a visitar a la anciana mientras se repetía por el camino: No hay nadie más grande que yo. 

   Cuando el jefe entró en la casa vio a la anciana sentada contra la pared y a un niñito gateando junto a ella. ¿Dónde está ese gran jefe del que me hablaste ayer? La anciana cogió en sus brazos al niño y dijo: Éste es el grande del que le hablé. Al gran jefe no le agradó este anuncio. Muy enfadado gritó a la anciana: ¿Qué es esto? No intentes engañarme. Esto no es más que un bebé. El niño asustado por el grito súbito y poderoso comenzó a llorar. El jefe se conmovió. No quería asustarle. 

   Arrodillado, se quitó las plumas de águila y halcón que llevaba en el pelo y acarició las mejillas del niño. Sacó la bolsa de las medicinas y las colocó debajo de su nariz. Se quitó finalmente sus collares que hicieron de sonajero a los oídos del niño. Poco a poco el niño dejó de llorar y comenzó a escuchar y mirar. 

   La anciana sonriendo le dijo: Se da cuenta, incluso usted el gran jefe, tuvo que dejar de hablar y cuidar del niño. En cada casa, el niño es verdaderamente grande porque incluso el jefe más grande, como usted, tiene que convertirse en el servidor de un niño. A partir de aquel día nadie oyó al gran jefe proclamar su grandeza.

Por eso la mejor autoridad, según Cristo, está en servir a los hermanos.