San Marcos 10, 2 - 16
1.- Cuidar El Amor: amor en el matrimonio. El amor humano ha sido bendecido por Dios. Dios eleva este amor a un nivel verdaderamente divino. A partir de este momento Dios ama a cada uno de los esposos a través del amor del otro, y cada uno ama a Dios amando al otro. La unión del hombre y la mujer ha sido bendecida y santificada por Dios.
2.- La Fecundidad del Amor: dar vida: los hijos, fruto del amor. Pero debe ser fecundo para los demás. No se trata solamente de mirarse el uno al otro, sino también de mirar juntos a los demás, para que el amor sea también bendición para otros muchos. Juntos pueden cambiar el mundo. Las personas que les quieren os siguen necesitando: familia, amigos, compañeros. Los esposos se comprometen a vivir siempre juntos. Pero hay que saber priorizar en la vida: el amor es lo más importante, es un tesoro.
3.- La Iglesia y La Familia: "Ante tantas familias rotas, la Iglesia no se siente llamada a expresar un juicio severo e indiferente, sino más bien a iluminar los diversos dramas humanos a la luz de la Palabra de Dios, acompañada del testimonio de su misericordia”.
4.- El Compromiso del Hombre y La Mujer: Dios no nos ha hecho distintos para que nos peleemos, sino para que nos complementemos. Un hombre y una mujer bien unidos pueden llegar más lejos que si actúan separados o desunidos.
5.- Contrato o Amor: no podemos caer en el error de pensar que amor es igual a contrato temporal con una persona. Ya sé que, todo esto, a muchos les sonará a chino, rancio, sacrificado o que, incluso a otros, les parecerá un imposible. Pero, los imposibles, también están para los cristianos. No es bueno, entender el amor o el matrimonio, como aquel amigo que, después de jugar durante una temporada con otro amigo, se aburrió de permanecer con él porque ya no le divertía y lo abandonó. El amor no es un juego ni, los amantes, son juguetes. Ni el matrimonio es un viaje en busca de placer. Dios reconoció que a su gran obra le faltaba algo. Que al hombre le faltaba una compañera. No sé por qué me da que, también al mundo, a la sociedad también le falta “algo” el amor auténtico, fiel, dialogado, recíproco y transparente.
REFLEXIÓN
Las lecturas del Domingo 27 del Tiempo Ordinario presentan, como tema principal, el proyecto ideal de Dios para la mujer y para el hombre: formar una comunidad de amor, estable e indisoluble, que les ayude mutuamente a realizarse y a ser felices. Ese amor, hecho donación y entrega, será para el mundo un reflejo del amor de Dios.
La primera lectura nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer para que se complementen, para que se ayuden, para que se amen. Unidos por el amor, el hombre y la mujer serán “una sola carne”. Ser “una sola carne”, implica vivir en comunión total uno con otro, dándose uno al otro, compartiendo la vida el uno con el otro, unidos por un amor que es más fuerte que cualquier otro vínculo.
La segunda lectura nos recuerda la “calidad” del amor de Dios por los hombres. Dios amó de tal forma a los hombres, que envió al mundo a su Hijo único “en provecho de todos”. Jesús, el Hijo, se solidarizó con los hombres, compartió la debilidad de los hombres y, cumpliendo el proyecto del Padre, aceptó morir en la cruz para decir a los hombres que la vida verdadera está en el amor que se da hasta las últimas consecuencias. Ligando el texto de la Carta a los Hebreos con el tema principal de la liturgia de este Domingo, podemos decir que la pareja cristiana debe testimoniar, con su donación sin límites y con su entrega total, el amor de Dios por la humanidad.
En el Evangelio Jesús, confrontado con la Ley judía del divorcio, reafirma el proyecto ideal de Dios para el hombre y para la mujer: ellos fueron llamados a formar una comunidad estable e indisoluble de amor, de compartir y de donación. La separación no está prevista en el proyecto ideal de Dios, pues Dios no considera un amor que no sea total y duradero. Sólo el amor eterno, expresado en un compromiso indisoluble, respeta el proyecto primordial de Dios para el hombre y para la mujer.
PARA LA VIDA
El rey, en su avaricia, había apresado y encarcelado a Háyarat Isa, a quien todo pueblo veneraba y reverenciaba como a hombre de Dios y profeta de su pueblo, e hizo saber que no lo pondría en libertad hasta que el pueblo pagase una muy elevada cantidad de dinero por su rescate. Una manera un poco primitiva y salvaje de cobrar impuestos. El rey sabía que el pueblo veneraba al santo, y pagaría. Pagaron mucho, en efecto, pero la cantidad recaudada no llegaba aún a lo estipulado.
Una viejecita de un pueblo muy lejano se enteró también de lo que sucedía y quiso contribuir en su pobreza. Era hilandera, y todo su capital en aquel momento eran cinco ovillos de hilo. Las tomó y se encaminó a palacio a entregarlas para el rescate. La gente, al verla pasar, se contaba unos a otros su caso, y no podían menos de sonreírse ante la ingenuidad de su gesto y la inutilidad de su esfuerzo. ¿Qué valían cinco ovillos de hilo en un rescate de millones? Pero ella seguía su camino y contestaba: No sé si pondrán en libertad a Háyarat Saheb o no.
Lo único que pretendo es que cuando Dios en su juicio me pregunte qué hice yo cuando Háyarat Saheb estaba en la cárcel, no tenga yo que bajar los ojos avergonzada. Y presentó su ofrenda. El rey, a cuyos oídos había llegado ya su historia, liberó al hombre de Dios. Sabemos que el alma de la humanidad está en la cárcel. ¿Cuándo nos pondremos en camino con nuestros cinco ovillos?
Contaban a modo de chiste, que un par de marineros habían bebido durante toda la noche en una isla cercana al puerto. En la madrugada, salieron muy tomados. Subieron a su bote al cual apenas pudieron llegar. A duras penas empezaron a remar, y al amanecer uno de ellos se dio cuenta de que ¡no habían desamarrado el bote!