28° Domingo del tiempo Ordinario, 10 Octubre 2021, Ciclo B

 San Marcos 10, 17 - 30

"Vende lo que Tienes y Sígueme

Homilía Padre Luis Guillermo Robayo M.

1.- Cumplir los Mandamientos: también muchos de nosotros podríamos hacernos a nosotros mismos esta misma pregunta: yo, ni robo, ni mato, voy a misa todos los domingos y hago lo que la Iglesia manda, ¿me salvaré? Es decir: ¿el cumplimiento literal de las normas religiosas es suficiente para salvarse? También muchos de nosotros podríamos hacernos a nosotros mismos esta misma pregunta: yo, ni robo, ni mato, voy a misa todos los domingos y hago lo que la Iglesia manda, ¿me salvaré? Es decir: ¿el cumplimiento literal de las normas religiosas es suficiente para salvarse? podemos ser buenos cumplidores de la Ley religiosa y, no obstante, no ser buenos cristianos.

2.- El Reino de los Cielos: es la alternativa que Jesús propone para todo el que quiera ser cristiano. Se desarrolla en el presente y tendrá su culminación en el futuro. Entrar en el Reino de Dios, es decir en la alternativa que Jesús propone, es vivir un tipo de vida en el que el dinero no es un valor. Esto sólo es posible en la medida en que se descubre otro valor radical: Dios. El descubrimiento de Dios lleva a un modelo de vida fraterno, realmente nuevo. Pertenecer al Reino significa fundamentalmente haber descubierto a Dios. A Dios se le descubre sólo como Padre.

3.- Seguir a Jesús: más allá del cumplimiento de los mandamientos, más allá de las obras de caridad o de limosnas, más allá, incluso, de la pobreza voluntaria, hay un camino, comienza el camino de Jesús y de los que le siguen. La pobreza es una condición necesaria para recorrer ese camino, pero no basta para recorrerlo. Seguir a Jesús no es propiamente "imitarle", haciendo exactamente lo que él hizo, sino hacer lo que cada uno tiene que hacer, pero como lo hizo Jesús, esto es, viviendo para los demás. 

4.- La Eucaristía: cada domingo nos reunimos los cristianos alrededor del altar para celebrar nuestra fe. Celebramos el amor de Dios, que se nos da en el pan de la Eucaristía. Pan compartido, Cuerpo entregado que comulgamos y que nos invita a hacer nosotros lo mismo dando lo que somos y lo que tenemos, como le pidió Jesús al joven rico del pasaje del Evangelio de hoy. Pero es necesario primero escuchar la palabra de Dios y dejar que ésta llegue hasta el fondo de nuestra vida. Es la palabra de Dios la que nos cambia, la que nos llama y nos hace capaces de seguir a Jesús.


REFLEXIÓN

   La liturgia del Domingo 28 del Tiempo ordinario nos invita a reflexionar sobre las elecciones que hacemos; nos recuerda que no siempre lo que reluce es oro y que es necesario, a veces, renunciar a ciertos valores perecederos, a fin de adquirir los valores de la vida verdadera y eterna.

   En la primera lectura, un “sabio” de Israel nos presenta un “himno a la sabiduría”. El texto nos invita a adquirir la verdadera “sabiduría” (que es un don de Dios) y a prescindir de los valores efímeros que no realizan al hombre. El verdadero “sabio” es aquel que elige escuchar las propuestas de Dios, aceptar sus desafíos, seguir los caminos que él indica.

   La segunda lectura nos invita a escuchar y a acoger la Palabra de Dios propuesta por Jesús. Ella es viva, eficaz, actuante. Una vez acogida en el corazón del hombre, lo transforma, lo renueva, le ayuda a discernir entre el bien y el mal y a realizar las opciones correctas, indicándole el camino seguro para llegar a la vida plena y definitiva.

   El Evangelio nos presenta a un hombre que quiere conocer el camino para alcanzar la vida eterna. Jesús le invita a renunciar a sus riquezas y a elegir el “camino del Reino”, camino de compartir, de solidaridad, de donación, de amor. Es en ese camino, asegura Jesús a sus discípulos, donde el hombre se realiza plenamente y donde encuentra la vida eterna. El joven no se dejó conquistar por la mirada de amor de Jesús, y así no pudo cambiar. Sólo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones. El dinero, el placer, el éxito deslumbran, pero luego desilusionan: prometen vida, pero causan muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para entrar en la vida verdadera, la vida plena, auténtica y luminosa. 

PARA LA VIDA

Un sabio hindú había llegado a las afueras de la aldea y acampó bajo un árbol para pasar la noche. De pronto llegó corriendo hasta él un habitante de la aldea y le dijo:  “La piedra!, La piedra! , Dame la piedra preciosa!”  “Qué piedra?”, preguntó el sabio. “La otra noche se me apareció en sueños el Señor Shiva”, dijo el aldeano, “y me aseguró que, si venía al anochecer a las afueras de la aldea, encontraría a un sabio que me daría una piedra preciosa que me haría rico para siempre”. El sabio rebuscó en su bolsa y extrajo una piedra.  “Probablemente se refería a ésta”, dijo, mientras entregaba la piedra al aldeano. “La encontré en un sendero del bosque hace unos días. Por supuesto que te puedes quedar con ella”. El hombre se quedó mirando la piedra con asombro. ¡Era un diamante!. Tal vez el mayor diamante del mundo, pues era tan grande como la mano de un hombre. Tomó el diamante y se marchó. Pasó la noche dando vueltas en la cama, totalmente incapaz de dormir. Al día siguiente, al amanecer, fue a despertar al sabio y le dijo:  Quiero que me des algo más. Dame la riqueza que te permite desprenderte con tanta facilidad de este diamante.

El hombre de esta historia refleja nuestra sociedad, nos refleja a nosotros. Queremos vivir una fe que no nos comprometa a nada más que a cumplir los mandamientos, una fe exterior a nosotros, que no nos toque la cartera ni la cuenta del banco. Queremos una fe de buenas intenciones, una fe burguesa, acomodaticia. Que no venga Jesús ahora a decirnos lo que no queremos oír: que ser cristiano es estar dispuesto a dejarlo todo, a desprenderse de todo, no para ahorrarlo, sino para compartirlo. Porque en realidad, Jesús está describiendo la realidad de nuestro mundo: la de una minoría de ricos frente a una mayoría de empobrecidos a causa de esa riqueza acumulada. Por eso, donde se pone a prueba nuestra fe es en esta capacidad real de compartir con los más necesitados. Sin solidaridad, no hay espiritualidad, sin caridad, no hay fe.